Investigación sobre el compañero y sus amigos

Sergio, sabes que no me gustan esas juntadas y, la verdad, no conozco mucho a tus colegas; además, la gente no me provoca demasiado.

Lidia, nadie te obliga a querer a mis amigos. Además, es solo una noche.

Normalmente Pablo nos lleva, porque es el único que no bebe, pero como él está enfermo, la fiesta no se cancela.

Ya sabes que nos reunimos todo el grupo cada tres meses. «¡Ayúdame, por favor!», me suplica el chico.

Lidia accede. No le resulta complicado ir como «plus one» de uno de los asistentes.

Según dice Sergio, además de ella, hay tres «plus one» más, así que no parecerá extraña sentada en un rincón con el móvil y sin participar en la charla.

¿Y si voy después de la celebración y llevo a todos? intenta ella evitar la tertulia.

Lidia, si fuera tan fácil llamaríamos un taxi y listo. Pero el tráfico del centro nos retendrá, y acabarás teniendo que pasar por allí de todas formas.

Claro, no lo había pensado responde. Sergio ha preparado un plan minucioso: quién va a dónde, bajo la condición de que algunos del grupo ofrezcan alojamiento a los que no tengan piso en el centro, evitando así el congestionado núcleo urbano.

Después, todos se dirigirán a la casa de campo de los padres de Sergio y volverán a la ciudad por la mañana, cuando el tráfico disminuya.

Tranquila, todo irá bien. Mis amigos son gente normal, te caerán bien asegura Sergio, aunque no lo sabe aún.

Los amigos de Sergio son mayormente antiguos compañeros de universidad o colegas de oficina.

Con gente que se considera, si no intelectual, al menos «de buen gusto», no esperas comportamientos extraños. Claro, la vida da sorpresas, pero no temes problemas de una compañía decente.

Así que Lidia, al conocer a los amigos de Sergio, decide que no está tan mal. En vez de quedar en la esquina con el móvil, empieza a conversar sin planearlo.

Le preguntan de sus estudios, su trabajo; una chica le indaga sobre sus aficiones. Cada respuesta se acompaña de un trago, y el ambiente en la mesa empieza a cambiar sutilmente.

Por cierto, Sergio dice una mujer guapa, maquillada, con anillo de compromiso y voz algo burlona , ¿cómo has llegado a comer tantos pastelitos que ahora te piden pan de centeno con moho?

Nadie necesita ser un sabio para captar que la frase va dirigida a él. Lidia mira fijamente a la interlocutora y replica:

Creo que le aburren las damas que solo buscan la apariencia, así que prefiere lo que le llama la atención al instante.

Ja, Lara, y tiene razón Lidia, se nota de inmediato, pero a ti ya se te ha olvidado cómo luces se ríe el chico sentado a su derecha.

Lara lanza una mirada hostil a Lidia, pero no profundiza. En su lugar, otra chica ataca la falta de estudios superiores de Lidia, respondiendo de forma tajante para dejar claro a todos que no se metan con ella.

Sergio, en ese momento, le pide a Lidia que lo acompañe a un lado.

Al salir del salón al patio, Sergio la reprende como a una niña por no saber comportarse y por avergonzarlo frente a sus amigos.

¿Entonces no tienes preguntas para mis amigos? ¿Especialmente para las chicas? se sorprende Lidia.

Solo están bromeando, podrías no tomártelo tan a pecho.

Claro, están bromeando. ¿Y a mí no se me puede bromear? responde, sabiendo que Sergio le espera una conversación difícil en casa.

Lidia decide cambiar de tema y, al volver a la mesa, probar una ensalada que una amiga ha recomendado.

¿Qué has pedido? comenta Laura, mirando a Lidia con desdén. Vaya, qué delicada.

Laura se tambalea, pero el grupo parece no notar su torpeza.

¡Bajen el ritmo! exclama Manuel, cansado.

Su enojo surge cuando Lidia saca el móvil para fotografiar el plato y Laura, aprovechando el momento, revuelve la ensalada con los palillos, arruinando su presentación.

¿Te has equivocado de camino? le reprocha Lidia.

El deseo de probar la ensalada desaparece al instante.

Y si me equivoco, ¿qué vas a hacer? pregunta Lidia a Sergio, que finge que nada pasa.

Ana, tendrás que elegir: o yo, o tu compañía dice Manuel, dirigiéndose a la chica que, aunque no atacó a Lidia, observaba todo con placer y provocaba tanto a Laura como a la otra ofendida.

Lidia siente que ha vuelto a la época escolar, donde no había normas de educación ni de comportamiento en grupo.

No sabe que antes explicaba a estas compañías a quién no había que mirar ni abrir la boca.

Sergio no parece dispuesto a defenderla. Manuel, más interesado en su propia Ana, no hace más que criticar.

Lidia suspira y voltea la ensalada sobre el bonito vestido de Laura.

Lo siento, soy torpe se lamenta.

Laura intenta apartarse, pero Lidia, con un movimiento rápido, le sujeta el brazo. Desde fuera parece que nada pasa, pero el agarre le provoca dolor.

Lidia conoce esas técnicas porque su abuelo le enseñó defensa personal. Nunca explicó de dónde aprendió, solo decía que sirvió en el ejército.

Ese conocimiento le sirve tanto en la escuela como ahora, a los veintiocho años, cuando ya debería haber dejado atrás las peleas de la adolescencia.

Lidia, detente comienza alguien, pero la voz de Lidia hace que la temperatura del salón baje unos grados.

Sorprendentemente, el personal del restaurante no los ha notado; el local está lleno, la gente bebe y charla, y su escándalo pasa desapercibido.

Si no te gusta, te echo de la mesa y te rompo el vaso amenaza Sergio, pálido como Laura.

No soy yo, es la vida responde Lidia, pero aliviada de haber conocido a los amigos de Sergio, aunque decide que no quiere volver a tratar con él.

¡Basta! dice Lidia, soltando la mano de Laura.

Laura, ahora sobrada, solloza y se revuelve la mano herida.

No te pongas nerviosa, mañana estarás como nueva, pero la próxima vez podrías no tener suerte, así que no te metas con desconocidos. Buenas noches a todos, me voy dice Lidia.

Espera, tenías que llevarnos grita Ana.

No les debo nada. Sobre cómo volver a casa deberían haber pensado antes de organizar todo. Dejo las llaves en el buzón responde Lidia y se marcha del restaurante y de la vida de Sergio.

Un mes después vuelve a encontrar a Manuel y descubre que ha roto con Ana. Como él no hace bromas ofensivas, Lidia acepta salir con él.

Acaba yendo a varias citas. Su antiguo novio y su círculo nunca la vuelven a mencionar.

Así, aunque su subconsciente siga pensando en lo que piensan de ella, ya no le afecta.

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Investigación sobre el compañero y sus amigos
No entregaré a mi hijo