Querido diario,
Hoy cumplo casi los sesenta, y aun después de seis años de matrimonio mi marido, que me lleva treinta años menos, sigue llamándome cada noche «mi pequeñita» y me obliga a beber una extraña poción que me hace perder la cabeza una y otra vez.
Me llamo Almudena. Tengo 59 años y nunca pensé que volvería a enamorarme a esta edad, tan intensamente, tan infantilmente. Todo comenzó cuando conocí a Diego, entonces de 23 años, mientras yo tenía 53. Él acababa de incorporarse como entrenador al gimnasio de la plaza de la Cibeles, al que me inscribí «solo para no quedarme encerrada en casa tras el divorcio». Alto, bronceado, con hoyuelos en las mejillas y una sonrisa que hacía temblar las rodillas de una madre con dos hijos adultos.
Diego se ofrecía a corregir mi técnica y cada vez que sus manos rozaban mis hombros o mi cintura me sonrojaba como una adolescente. Tres meses después me invitó a tomar un café. Yo, con una risita, le dije: «Chico, eres más joven que mi hijo menor». Él, sin dudar, respondió: «¿Y qué? El corazón no mira el pasaporte».
Así empezamos a vernos. Yo esperaba que fuera sólo un romance pasajero, que él se cansara y se fuera con alguien de su edad. Pero pasó un año y él no se fue. Pasaron dos y se instaló en mi vida. En el tercero, de rodillas, bajo los focos del mismo gimnasio, me pidió matrimonio delante de todos.
Mis hijos quedaron pasmados. Las vecinas del barrio cuchicheaban: «Se ha comprado al chico», «Esperará a que ella falle y se quede con la herencia». Pero nosotros vivíamos, y éramos felices.
La boda fue íntima, solo los familiares más cercanos. Yo, vestida con un sencillo traje blanco (sí, a los 56 me permití ser novia), él con esmoquin y los ojos llenos de lágrimas. Cuando el sacerdote dijo: «Podéis besar a la novia», Diego me susurró al oído: «Mi pequeña esposa». Desde entonces me llama así, cada tarde, cada noche.
Y entonces empezó nuestro pequeño secreto. Cada noche, cuando quedamos solos, Diego me sirve un vaso no de vino, ni de coñac, sino de una mezcla especial que él llama «el elixir de la juventud para mi reina». Tiene sabor dulce, con notas de miel y hierbas. Lo bebo y, media hora después, me invade una sensación extraña.
No es embriaguez. Es algo distinto. El cuerpo se vuelve ligero, la piel se vuelve hipersensitiva y el corazón late como si tuviera veinte años. Riendo sin motivo, corro por la casa con su camisa, bailo al son de viejas canciones, canto con él en el karaoke. Él me mira con ojos enamorados y repite: «Mira qué bonita estás, mi pequeña mi loca niña».
Le pregunté qué contenía aquel brebaje. Sólo sonrió y dijo: «Es un secreto, pero es seguro y solo para ti». Una noche lo observé en silencio y vi cómo añadía gotas de una pequeña botella negra. Leí la etiqueta: afrodisíacos naturales, extracto de damiana, maca, ginseng, Larginina y alguna otra sustancia cuyo nombre no comprendí. La dosis suficiente para alimentar a todo un equipo de fútbol.
Hice como si no hubiera visto nada. ¿Sabes por qué? Porque me gusta.
Me gusta sentirme, a los 59, como una amante de 25 años. Me gusta cuando me lleva en brazos a la habitación y me susurra: «Eres mi esposa, y nunca te soltaré». Me gusta despertar por la mañana y encontrar su desayuno listo, con la mirada que dice que soy lo mejor que le ha ocurrido.
La semana pasada celebramos nuestro sexto aniversario. Diego organizó una sorpresa: la habitación iluminada con velas, música ochentera, y él, con los mismos vaqueros y camiseta con la que me había conocido. Me acercó otro vaso del mismo elixir y me dijo:
«Almudena, no lo hago para que parezcas más joven, lo hago para que nunca lo olvides: siempre serás mi pequeña esposa, a los 60, a los 70 y a los 90. Cuando tus cabellos sean canas hasta la cintura y caminemos con bastones, seguiré sirviéndote este vaso y diré: Bebe, amor, porque hoy vuelvo a enamorarme de ti».
Lo bebí hasta el fondo. Corrí de nuevo por la casa con su camisa, reí hasta las lágrimas y amamos hasta el amanecer.
Que murmuren, que no comprendan. Diego y yo tenemos nuestra propia fórmula del eterno lunático romance, y el ingrediente principal no está en la botella de hierbas, sino en él mismo, en la forma en que me mira y me llama «mi pequeñita», noche tras noche, durante ya seis años. Y sé, con todo mi corazón, que esto es para siempre.







