Catalina era una joven poco moderna que deseaba con todas sus fuerzas casarse —hoy las chicas parecen reacias: ¿para qué traer a casa un cerdo entero si basta con una salchicha?— y, entre salchichas de todo tipo, convivencias aceptadas, pisos por horas y bodas que ya no son la única salida, se desvanecieron la moral, la vergüenza y la dignidad de antaño; ahora hasta el eterno holgazán que cobra la renta se considera un triunfador, un tipo con smartphone puede ser un exitoso bloguero y la vida en pareja se reduce a “vive como quieras”, mientras brotan el infantilismo, el síndrome del “mamá” y el crónico “yo no hago nada” entre los pretendientes y también en muchas damas. Catalina era la excepción: natural, sin retoques estéticos, culta, con buena carrera y sueldo, pero los hombres pasaban de largo; su primer gran amor universitario, Víctor, se evaporó cuando discutieron por comprar la comida en el piso que ella heredó de la abuela; después llegó Sergio, divorciado y sin trabajo, que devoraba las provisiones y citaba versos extraños para justificar su inestabilidad; luego León, con su humor hiriente y sus motes humillantes, y un bochornoso episodio familiar donde el abuelo, exagente de los servicios secretos, estalló por la falta de respeto a una figura histórica, hicieron que el Registro Civil quedara siempre pendiente. Al final apareció Pedro, solvente pero agarrado, que pidió ser inscrito en su piso y ante su reticencia Catalina propuso vivir por turnos —un mes en su casa, otro en la suya— y al no haber acuerdo, la relación se enfrió; así, con bodas que duran meses o se desaparecen, hombres que aman más sus comodidades que a ella y la constatación de que el amor es más hecho que sentimiento, Catalina dejó de obsesionarse con casarse: la ascendieron, cambió el estudio por un piso mayor, se compró un coche y viajó, descubrió que la vida le sonreía y que hoy la edad fértil se estira hasta los sesenta, así que aún habría tiempo para ser madre si quisiera, porque alrededor abundaban salchichas de todos los tamaños.

Catalina era una joven algo anticuada y con un anhelo sencillo: quería casarse. Porque hoy en día las chicas no desean tanto el matrimonio: ¿para qué traer al piso todo un cerdo si basta con una salchicha? Y salchichas por todas partes había a montones: de todas las clases y tamaños. Además, la convivencia ya estaba socialmente aceptada y raramente se veía como una desgracia, como antes. Antes existían la moral, la vergüenza, el orgullo, la decencia y un montón de cosas por las que hoy nadie pregunta; cosas que al parecer ya no hacían falta. Hoy incluso al más remolón no se le señala como un fracasado: si alguien recibe ingresos de su patrimonio, ¡hala, ya es un rentista! Y si a ese señor le das un móvil y unas cuantas seguidores, resulta que es un influencer de éxito.
En cuanto a la vida en pareja, el lema era vive y deja vivir. Citas en hoteles, apartamentos por horas inventos y fórmulas había a raudales; existía la pareja de hecho: ¿para qué ir corriendo al Registro Civil? ¿Quién sabe qué aparecerá en la persona del otro después de la boda? Antes los desastres eran calcetines tirados por la casa o no saber hacer un cocido; ahora hay cosas peores: inmadurez, mamitis crónica en los chicos y ese pasotismo permanente que tanto asusta. Y, claro, también había un pasotismo femenino que consistía en admirarse a sí misma y ya; además, crecían las listas de exigencias de ambas partes: el pan, las expectativas y por supuesto las compras.
Catalina era la excepción agradable: guapa sin necesidad de retoques modernos, sin implantes ni modas estrambóticas. Inteligente, con una carrera universitaria prestigiosa y un buen puesto que le pagaba un sueldo digno en euros. Sin embargo, por alguna razón, los hombres no reparaban en esas virtudes: pasaban de largo, alineándose con otras elecciones, tropezando, una y otra vez, con el mismo rastrillo. No significa que no hubiera hombres en su vida, porque Catalina era coqueta; simplemente, rara vez la cosa llegaba al Registro Civil. El año siguiente cumpliría treinta, y en muchos entornos eso era una cifra que hacía sonar campanas alarmistas: si llegas tarde, ya no tendrás plazo. Hoy en día las madres se siguen embarazando hasta bien entrados los cuarenta y cincuenta, pero Catalina no quería tener un hijo por su cuenta sin un compañero al lado.
Catalina creía en los horóscopos bueno, en los pronósticos astrológicos: sonaba más serio. Los horóscopos, decía, eran un invento ingenioso para ganarse unos euros; difícilmente negar que, en tiempos difíciles, los augurios siempre suelen ser optimistas: el martes por la mañana tendrás un encuentro decisivo con un empresario acaudalado. Por si las moscas, llévate el cepillo de dientes, añadían algunos columnistas, no fuera a ser que el encuentro incluyera intenciones serias. Catalina escogía parejas según el zodiaco: ella era Sagitario, signo de fuego; junto a Aries y Leo, se suponía que Sagitario era el más equilibrado de los fogosos.
Su primer gran amor surgió en primero de universidad; ahora aquello parecía pertenecer a una etapa infantil: ¿qué podían entender los críos de dieciocho años? Algo sabían, por supuesto las clases de educación sexual habían cambiado mucho, pero luego vino el parón creativo. Había que pagar la luz, el transporte y comer; y resultó que había que comprar la comida uno mismo, no robar del frigorífico como si aún vivieras en casa. Hasta entonces, sus padres le daban dinero; ella ya vivía sola en un apartamento que le regaló la abuela al cumplir dieciséis. A dos personas ese dinero no les bastaba. Y eso fue un descubrimiento desagradable para su novio: vivían en el piso de Catalina y él suponía que, por eso, las compras eran asunto suyo.
¿No eres tú la que va a comprar la comida? preguntó Víctor con absoluta sinceridad.
¿Por qué yo? respondió Catalina sorprendida.
¡Pero si el frigorífico es tuyo y yo no soy el dueño! explicó Víctor; su cadena lógica sonaba coherente.
Si es solo por eso replicó Catalina con ingenio, te cedo todas las competencias domésticas: ¡haz y deshaz a tu antojo!
No es difícil imaginar lo que pasó después: Víctor desapareció y dejó de saludarla; aunque estudiaban en el mismo curso, él ya no la miraba. Y eso que ambos eran signos de fuego, Sagitario y Aries quizá, casualidades de la vida. Catalinita lo pasó mal: fue su primer hombre y le dolió la pérdida. Pero la vida sigue: en tercero apareció otro novio, esta vez fuera de la universidad. Sergio era bastante mayor, tenía ya más de treinta y aparentaba intenciones serias: nos casaremos, cariño, ya verás. Había estado casado y divorciado, pero ¿qué son unos papeles contra el amor? Catalina creía que él la quería de verdad.
Resultó, no obstante, que Sergio no tenía empleo estable; aquello sucedió en una época en la que aún no habían estallado muchas de las crisis que vendrían después, pero los problemas laborales ya eran frecuentes: me han despedido otra vez, querida; estoy fatal, me muero de los nervios, ¿qué hacemos, nos lo comemos?. El novio, en su búsqueda, comía por dos y la situación entristeció a Catalina.
¿Y si haces de repartidor mientras buscas? propuso ella, tímida.
¡Soy analista! dijo él con orgullo.
¿Y un analista no puede ser repartidor? respondió ella con lógica. Anda, ve a repartir y analiza la ciudad; yo ayer compré comida con los últimos cincuenta euros.
Pues pídelo a mi madre sugirió él. Dile que tenemos dificultades temporales.
¡Llevo dos meses contándoselo a mi madre! contestó ella.
El tiempo es una cosa muy larga citó él, presumiendo de cultura. ¿Ves? ¿no te impresiona mi erudición?
Entonces no pidas comida replicó Catalina, y añadió con decisión: ya que los tiempos de la gran paciencia quedaron atrás, toma la puerta y vete cuanto antes.
¿A quién le dices eso? se indignó Sergio, dolido; él estaba acostumbrado a dejar a las mujeres, no a ser dejado. ¿¡A mí me dices que me marche!? protestó como si aquello fuera un agravio nunca antes recibido.
Se lo dije a tu cita con la poética cita replicó Catalina con desparpajo. Que se vaya con su cita erudita y que él te mantenga ahora.
Aquello ofendió al señor analista, y un caballero resentido no puede pasarlo por alto. Y eso que Sergio, siendo Capricornio, se consideraba trabajador y responsable: vaya usted a creer en los horóscopos después de esto.
El tercero, Leandro, también creía en los signos; se conocieron en un foro de astrología y la afinidad creció hasta convertirse en afecto. Pero por alguna razón él se dedicaba a deformar las palabras: zodíakay en lugar de zodíaco, y así una y otra vez.
¿Por qué lo dices así? preguntó Catalina.
Venga ya, es gracioso respondía Leandro.
A Catalina aquello le parecía de mal gusto: pequeñas faltas y motes grotescos salían sin esfuerzo de la boca de Leandro: Sñedurita, dama estelar o apodos que pretendían ser graciosos y tiraban a crueles. Al principio lo toleró, porque en lo demás iba bien: estabilidad laboral, libertad, buen sentido del humor. Él, divorciado, tenía un hijo mayor y, al principio, fue algo tímido; más tarde se soltó y fue incapaz de contener las payasadas. La gota que colmó el vaso ocurrió en una reunión familiar, con el abuelo de Catalina presente, un hombre serio que había pasado su vida en los servicios de inteligencia del Estado; el novio se lanzó a hacer un chiste irreverente sobre figuras históricas y, riendo satisfecho de su ocurrencia, preguntó: ¿no os da risa?.
¡Jesús María! exclamó el abuelo Antonio, de raíces polacas y lengua afilada. ¡Fuera de aquí, hijo! ¿A quién has traído?
La escena fue un desastre y la idea del Registro Civil se desvaneció. Leandro resultó ser Tauro, signo de tierra, y los Tauro pueden ser muy susceptibles. Con él también se rompió lo que podía haber sido una boda.
Entonces llegó Pedro: un hombre sin las aristas que irritaban a Catalina. Divorciado, sin hijos, agradable, con solvencia y con un pequeño piso cómodo. Responsable, ahorrador sin llegar a ser tacaño: Virgo, otro signo de tierra, se decía el compañero ideal para la vida en común. ¿Sería por fin el sí, quiero definitivo? Pedro se mudó al piso de Catalina y empezó a alquilar la suya. Poco después le pidió que lo empadronara, o que lo inscribiera en su domicilio, como se decía ahora.
¿Para qué? preguntó ella. Tú ya estás empadronado en tu casa. Si no tuvieras empadronamiento, entendería, pero ahora ¿qué sentido tiene?
¡Pues porque nos queremos y somos ya familia! respondió él. ¡Tenemos que tenerlo todo en común!
Aquello le recordó a Catalina un chiste conocido: Pásame a mí la escritura de la casa, por favor. Perdón, ¿empecé por otra cosa? Dime, ¿crees en Dios?. Y así empezaban muchas propuestas que parecían amorosas. Catalina, después de pensarlo unos instantes, dijo: Está bien, si tanto hablamos de amor y familia, acepto: te empadrono y tú me empadronas.
¿Dónde? inquirió Pedro sorprendido.
En tu casa replicó Catalina. Ahora todo es común, ¿no?
Pero si tú no vives allí añadió él, intentando aparentar lógica.
Pues entonces vamos a turnarnos: un mes en mi piso, otro en el tuyo propuso Catalina con calma y ya algo desengañada. Era una respuesta ingeniosa y un baldón para las intenciones de Pedro; lo dejó sin palabras. Él, después de quedar en silencio, se sintió pillado: no había contraargumento inmediato.
¿Qué te parece? insistió ella, estudiando la cara que tantos inteligentes la había parecido antes. A mí me parece una solución muy sensata.
Y Pedro no supo qué decir; no había pensado en esa posibilidad ni en las consecuencias de empadronar a un extraño en su vivienda. La primera esposa de Pedro dijo la gente había despilfarrado oportunidades y él, tal vez, había aprendido a ser cauteloso hasta la avaricia. Ambos callaron y no supieron cómo comportarse. Fingir que nada pasaba ya no era posible. Catalina se levantó del comedor y se fue al salón, dejando a Pedro a cargo de su propio enredo. Pasaron unos quince minutos y, con el semblante apaciguado, Pedro se acercó como si nada hubiera sucedido y preguntó: ¿Catalina, nos vamos al cine? .
De acuerdo contestó ella con ligereza. Él suspiró aliviado y ella añadió de pronto: ¿Y me empadronas, Pedro? Me parece que tenemos aún asuntos sin terminar.
Él desvió la mirada, dio unos pasos, y se marchó. Catalina no lo detuvo; al menos no habían celebrado la boda y no habían despilfarrado dinero en preparativos. A veces uno se pregunta si todos los hombres son así, pero hay mujeres que sí se casan. Por ejemplo, dos de las amigas de Catalina lo habían hecho: una por seis meses, la otra por un año; la tercera iba a su ritmo, como en un chiste. Catalina, en cierto modo, también salía y había convivido con novios en régimen de pareja, más de un mes con cada uno. Y sí, había habido cariño.
El problema era que el amor, a la larga, no se demuestra solo con sentimientos, sino con hechos y actos. Resultó que ninguno de sus novios la amaba tanto como ella pensaba. Como se dice en el refrán de un país vecino: no hay tontos, y aun cuando no eran Aries, cada uno resultaba ser un carnero distinto del anterior. Daba rabia, sí; pero ni era el fin del mundo. Catalina, pasada ya la treintena, dejó de desear el matrimonio con ansia. ¿Cómo? Pues así, de repente. Ascendieron en su trabajo y cambió la mona de su abuela por un dos dormitorios más cómodo; además se compró un coche nuevo en vez del viejo, se permitió unas vacaciones y llegó a la conclusión de que su vida iba bien.
Además, el reloj de la fertilidad se había estirado gracias a los avances médicos: hoy muchas mujeres pueden ser madres con éxito hasta edades que antes parecían imposibles; con calma, aún podría ser madre si lo deseaba. Y, por si acaso, salchichas es decir, pretendientes no le faltaban alrededor: había de todo. Catalina sonreía con ironía y se permitía pensar que, al final, la vida le había salido bastante bien sin depender de que un hombre le pusiera su apellido en una firma del Registro Civil.

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Catalina era una joven poco moderna que deseaba con todas sus fuerzas casarse —hoy las chicas parecen reacias: ¿para qué traer a casa un cerdo entero si basta con una salchicha?— y, entre salchichas de todo tipo, convivencias aceptadas, pisos por horas y bodas que ya no son la única salida, se desvanecieron la moral, la vergüenza y la dignidad de antaño; ahora hasta el eterno holgazán que cobra la renta se considera un triunfador, un tipo con smartphone puede ser un exitoso bloguero y la vida en pareja se reduce a “vive como quieras”, mientras brotan el infantilismo, el síndrome del “mamá” y el crónico “yo no hago nada” entre los pretendientes y también en muchas damas. Catalina era la excepción: natural, sin retoques estéticos, culta, con buena carrera y sueldo, pero los hombres pasaban de largo; su primer gran amor universitario, Víctor, se evaporó cuando discutieron por comprar la comida en el piso que ella heredó de la abuela; después llegó Sergio, divorciado y sin trabajo, que devoraba las provisiones y citaba versos extraños para justificar su inestabilidad; luego León, con su humor hiriente y sus motes humillantes, y un bochornoso episodio familiar donde el abuelo, exagente de los servicios secretos, estalló por la falta de respeto a una figura histórica, hicieron que el Registro Civil quedara siempre pendiente. Al final apareció Pedro, solvente pero agarrado, que pidió ser inscrito en su piso y ante su reticencia Catalina propuso vivir por turnos —un mes en su casa, otro en la suya— y al no haber acuerdo, la relación se enfrió; así, con bodas que duran meses o se desaparecen, hombres que aman más sus comodidades que a ella y la constatación de que el amor es más hecho que sentimiento, Catalina dejó de obsesionarse con casarse: la ascendieron, cambió el estudio por un piso mayor, se compró un coche y viajó, descubrió que la vida le sonreía y que hoy la edad fértil se estira hasta los sesenta, así que aún habría tiempo para ser madre si quisiera, porque alrededor abundaban salchichas de todos los tamaños.
¡Mamá volvió a decir que tienes que darnos la habitación más grande!” Sofía salió disparada justo en la puerta sin siquiera saludar.