Mira, te voy a contar algo muy fuerte que me pasó, y aún hoy cuando lo pienso, me cuesta creerlo. Es de esas historias que te hacen replantearte todo.
Cuando me casé con Gonzalo, no teníamos casa propia. Vivíamos en el piso de sus padres, un piso de dos habitaciones en el centro de Valladolid, apretados, pero bueno, nos apañábamos. El problema empezó cuando, un día, llegó su padrastro a casa y pilló a su madre, doña Marisol, con un amante. Te juro que era un chavalín, bastante descarado, con mucho cuento y que prometía el oro y el moro. Pero claro, puso una condición:
Vende el piso y nos vamos a Madrid. Allí empezamos de cero.
Intentamos hacerle ver a doña Marisol que aquel tipo la estaba engañando y que podía acabar fatal:
Madre, te va a dejar tirada y te vas a quedar en la calle le decía Gonzalo.
Pero ella, cabezona:
Lo que pasa es que me tenéis envidia. No os metáis.
Una semana después, ahí estábamos: en la calle con mi niña recién nacida en brazos. El piso vendido, nosotros fuera, buscando dónde vivir. Gonzalo partía la espalda trabajando en dos sitios, y yo, de baja por maternidad, me sacaba unos eurillos haciendo traducciones por las noches. Apenas nos daba para pagar el alquiler, pero tirábamos como podíamos, soñando con el día en que saliéramos adelante.
Llegamos incluso a pensar en pedir una hipoteca, pero la vida a veces te da un respiro: mi tía Carmen, que no tenía hijos, falleció y en el testamento me dejó un piso en Salamanca. Grande, luminoso, con unas ventanas que daban a la plaza y todo. Con lo poco que habíamos ahorrado, hicimos alguna reforma y, por primera vez en mucho tiempo, pude dormir tranquila.
Pero claro, la calma no duró mucho.
Una noche, justo cuando terminaba de fregar los platos después de cenar, llaman a la puerta. Y quién es doña Marisol. Con los ojos rojos, la cara hinchada de tanto llorar en fin, un cuadro.
Hija Gonzalo me han echado. Me he quedado sin nada. Solo tengo esta maleta. ¿Puedo quedarme aquí con vosotros?
Nos miramos Gonzalo y yo. Vi cómo se le ablandaba el corazón. La sentó en la cocina, le puso una taza de té delante, y yo, mientras tanto, me quedé clavada, sintiendo una mezcla de tristeza y rabia. Te juro que aún recordaba cómo nos echó a la calle sin miramientos. Se lo había advertido, le dije por activa y por pasiva que no confiara en aquel hombre
Gonzalo me miró y me dijo:
No puede estar sola. No la vamos a dejar tirada. Es mi madre.
Yo apreté los labios y le respondí:
Nos trató peor que a un perro. ¿Y ahora quieres que viva aquí? ¿En este piso en el que por fin respiro un poco?
Pero doña Marisol, entre sollozos, no se callaba:
Hijo, no tengo a nadie ayúdame Prometo no causar más problemas
Y entonces, va Gonzalo y suelta lo que nunca pensé escuchar:
Si no dejas que mi madre viva con nosotros, me separo de ti.
Te juro que en ese momento todo se me vino abajo, pero mantuve la calma y le respondí aunque por dentro me rompía:
Pues si esa es tu condición, lo mejor es separarnos, porque yo nunca viviré con alguien que pone condiciones al amor.
Así fue. Y aunque dolió, ahora sé que tomé la mejor decisión.






