Mientras vendemos el piso, quédate un tiempo en la residencia, le soltó su hija.
Consuelo se casó bastante tarde en la vida. Para ser sincero, durante años no tuvo suerte, y ya con cuarenta años había perdido toda esperanza de encontrar a alguien que realmente mereciera la pena, según ella misma decía.
Ramón, de cuarenta y cinco, pintaba bien de primeras, pero resultó ser príncipe de aquellos que dan poco que celebrar. Ya había pasado por varios matrimonios y tenía tres hijos, a los cuales, por mandato judicial, cedió su piso de toda la vida.
Por eso, Consuelo, tras pasar varios meses mudándose de alquiler en alquiler, se vio obligada a arrastrar a Ramón a casa de su madre, Teresa, que estaba a punto de cumplir sesenta años.
Nada más cruzar el umbral, Ramón puso cara de asco y torció el gesto, dejando claro que el olor de la casa le resultaba insoportable.
Huele a viejo, rezongó en voz baja, con tono de desaprobación. Habría que ventilar esto un poco.
Teresa oyó perfectamente el comentario, pero decidió hacerse la sorda. No era la primera de Ramón y sospechaba que tampoco sería la última.
¿Y nosotros dónde vamos a dormir? preguntó Ramón al rato, dejando claro que aquel piso no era precisamente de su agrado.
Consuelo empezó a moverse nerviosa, buscando cómo contentar a su marido, y se llevó a su madre aparte para hablar en privado.
Mamá, Ramón y yo vamos a coger tu habitación susurró casi sin mirarla, y tú te instalas en la pequeña, ¿vale?
Aquel mismo día, a Teresa le tocó, de manera vergonzosa y sin mucha conversación, mudarse al cuarto diminuto del fondo, el que apenas parecía una habitación. Lo peor fue que tuvo que cargar ella sola con todas sus cosas; a Ramón ni se le pasó por la cabeza ayudarla.
Aquello solo fue el principio. Empezaron días muy duros para Teresa. Ramón se quejaba de todo: la comida, la limpieza, el color de las paredes…
Pero sobre todo, el olor le sacaba de quicio. Decía que en la casa había un tufillo a viejo que le provocaba hasta alergia.
Cada vez que Consuelo llegaba a casa, Ramón simulaba ataques de tos, haciendo todo el teatro posible.
Así no se puede seguir. Hay que buscar una solución, le soltó un día a Consuelo, fingiendo estar muy agobiado.
No tenemos dinero para pagar otro alquiler, contestó ella, levantando las manos en señal de impotencia.
Pues manda a tu madre a algún sitio masculló él, poniendo cara de sufrimiento. Aquí no hay quien respire.
¿Y a dónde la voy a mandar?
¡Pues no sé! ¡Pero aquí no pinta nada! Esta casa ya no tiene remedio. Mejor la vendemos y nos compramos otra, resopló Ramón. Eso es, ¡precisamente eso! ¡Habla con tu madre!
¿Y qué le digo? preguntó Consuelo, visiblemente nerviosa.
Lo que sea. Al fin y al cabo, cuando falte, esta casa será tuya. Solo vamos a adelantar lo inevitable, contestó él, dispuesto a barrer si hacía falta.
Me parece una barbaridad…
¿Pero tú a quién prefieres, a ella o a mí? Que yo te he acogido cuando ya tenías cuarenta; dime tú, ¿quién te iba a querer a estas alturas? Si me voy, te quedas más sola que la una, ¿y quién te va a recoger entonces?
Consuelo miró de reojo a Ramón y, cargada de culpa, se fue al cuarto minúsculo donde había acabado su madre.
Mamá, seguro que no te gusta estar aquí, ¿verdad? preguntó intentando ser delicada.
¿Habéis recogido ya mi habitación? se interesó Teresa, con los ojos algo temblorosos.
No, mamá, es otra cosa lo que vengo a proponerte. Total, esta casa la vas a dejar para mí, ¿verdad? preguntó Consuelo con cierto tono de esperanza.
Claro que sí, hija.
Pues no lo alarguemos más. Mejor la vendemos ahora y nos compramos otra en una buena zona.
¿Y si la reformamos?
No, así lo hacemos de una vez y buscamos un sitio mejor.
¿Y yo, hija? preguntó Teresa, con la voz entrecortada y los labios temblorosos.
Mamá, podrías quedarte un tiempo en una residencia de mayores, soltó Consuelo, intentando fingir entusiasmo, pero sería solo algo temporal, luego te recogeríamos.
¿De verdad, hija? preguntó Teresa, agarrándose a esa esperanza.
Claro, claro que sí. Cuando todo esté listo, vendremos a por ti, lo prometo, dijo Consuelo, dándole la mano.
Teresa, sin muchas más opciones, aceptó y accedió a poner la casa a nombre de su hija.
En cuanto firmaron todos los papeles, Ramón, frotándose las manos de gusto, soltó:
Venga, recoge todas las cosas de tu madre, que mañana mismo la llevamos a la residencia.
¿Tan pronto? se sorprendió Consuelo, sintiéndose más culpable que nunca.
¿Para qué esperar más? Ni siquiera su pensión nos es útil, y da más problemas que otra cosa. Ya ha vivido su vida, ahora nos toca a nosotros, soltó Ramón, con tono práctico.
Pero aún no hemos vendido la casa
Haz lo que te digo, o te quedas solos otra vez, sentenció Ramón.
Y así, dos días después, las cosas de Teresa y ella misma acabaron metidas de cualquier manera en el maletero para ir a la residencia.
Durante el trayecto, Teresa lloró de la forma más discreta posible, sin que su hija la notase. Su corazón intuía que nada bueno iba a salir de aquello.
Ramón ni siquiera fue. Se quedó en la casa para “ventilar el aire”.
El ingreso en la residencia fue rápido, y Consuelo, avergonzada, se despidió casi sin mirar atrás.
Hija, ¿seguro que me vais a recoger después? preguntó Teresa, intentando aferrarse a una esperanza.
Claro, mamá, musitó Consuelo mirando al suelo.
Sabía perfectamente que Ramón nunca permitiría que su madre volviera a vivir con ellos en el piso nuevo.
Con la vivienda de Teresa ya a su nombre, la pareja la vendió enseguida y compró otra, pero Ramón insistió en ponerla solo a su nombre, diciendo que en Consuelo no se podía confiar.
Pasaron un par de meses, y Consuelo intentó, en voz baja, sacar el tema de su madre, pero se topó de bruces con la reacción furiosa de Ramón.
Como me saques ese tema otra vez, te echo de casa ladró Ramón.
Consuelo calló, sabiendo que no era un farol. No volvió a mencionar a su madre.
En ocasiones, pensaba en ir a verla a la residencia, pero solo de imaginarse sus lágrimas y su decepción, se echaba atrás.
Durante los cinco años siguientes, Teresa esperó cada día que su hija volviera a buscarla.
Pero esa visita nunca llegó. Al final, la tristeza la derrotó, y la abuela Teresa se fue de este mundo en el olvido.
Consuelo solo se enteró al cabo de un año, cuando Ramón también la echó de casa, y la soledad le aplastó la conciencia. La culpa se apoderó de ella, y acabó entrando a un convento, buscando el perdón por el daño que había causado.







