Esto no es tu casa
Marta miró con tristeza la casa en la que había crecido desde pequeña. Con dieciocho años, sentía que ya estaba harta de todo. ¿Por qué la vida tenía que ser tan dura con ella? Su abuela había fallecido, no había conseguido plaza en la universidad porque la chica de al lado en los exámenes le copió todo. Cuando fue la primera a entregar el examen, le susurró algo al oído al examinador. Él frunció el ceño, fue directo a Marta, le pidió ver sus respuestas y después la expulsó del examen por copiar. Nadie quiso escuchar sus explicaciones. Y para colmo, resultó que esa chica era la hija de un empresario importante del pueblo. ¿Quién se atrevía a discutir con esa gente?
Y ahora, tras tantas decepciones, aparecía su madre junto con sus dos hermanos de sangre y el nuevo marido. ¿Dónde habrían estado todos estos años? La que la crió fue su abuela, su madre solo estuvo hasta que ella tenía cuatro años. Y ni siquiera guardaba buenos recuerdos de entonces. Mientras su padre estaba trabajando, su madre la dejaba sola y se iba a divertirse. Aunque estaba casada, nunca dejó de buscar un hombre digno para ella y no lo ocultaba, ni entonces ni después, cuando el padre de Marta murió de forma repentina.
Tampoco lloró demasiado por su viudedad, Teresa, su madre. Hizo las maletas, dejó a la niña de cuatro años en el portal de la casa de su madre y, tras vender el piso que había sido del padre de Marta, desapareció sin dejar rastro. Su abuela Carmen intentó de mil maneras que recapacitara, pero fue imposible.
De vez en cuando Teresa reaparecía, aunque a Marta nunca le prestaba mucha atención. A los doce años, vino con su entonces hijo de siete años, Iñigo, y exigió que la abuela pusiera la casa a su nombre.
¡No, Teresa! ¡No conseguirás nada! se negó en seco la abuela.
¡Cuando te mueras será mía igualmente! soltó Teresa, fulminó con la mirada a su hija que estaba espiando desde la otra habitación, recogió a Iñigo y se fue dando un portazo.
Abuela, ¿por qué cada vez que viene mamá os peleáis? le preguntó entonces Marta.
¡Porque tu madre solo piensa en ella! ¡La crié mal, eso es lo que pasa! respondió enfadada Carmen.
El día que la abuela enfermó, todo cambió. Nunca se quejaba, siempre estaba activa, pero aquel día, al volver Marta del instituto, se la encontró sentada, muy pálida, en el sillón de la terraza. Jamás la había visto quieta sin hacer nada.
¿Te encuentras bien? preguntó extrañada.
No, hija, llama a urgencias pidió la abuela con calma.
Y después vinieron el hospital, goteros y la muerte. Carmen pasó sus últimos días en la UCI, prohibido visitarla. Desesperada por la abuela, Marta terminó llamando a su madre. Al principio Teresa no quiso venir, pero cuando oyó que la abuela estaba en cuidados intensivos, por fin accedió. Llegó justo para el entierro y, tres días después, le plantó a Marta el testamento en la cara:
Esta casa es mía y de mis hijos. Oleg está por llegar, sé que no os lleváis bien. Así que por favor, vete una temporada a casa de tu tía Lucía, ¿vale?
En la voz de su madre no se notaba la menor tristeza. Parecía incluso aliviada por la herencia.
Marta, destrozada de dolor, no tenía fuerzas para discutir. Además, el testamento lo dejaba claro. Así que acabó viviendo una temporada en casa de tía Lucía su tía por parte de padre. Pero era una mujer un tanto ligera, no perdió nunca la esperanza de dar el pelotazo, así que la casa siempre estaba llena de gente rara y juerguista, y Marta no aguantaba aquel ambiente. Peor aún, algunos amigos de su tía empezaron a fijarse demasiado en ella. Marta estaba horrorizada por aquella atención.
Se lo contó todo a su novio Pablo, temerosa de su reacción, pero se sorprendió y alegró al escucharle decir:
¡Ni hablar! No me gusta ni un pelo que tipos mayores estén rondándote y mucho menos meterte mano. Hoy mismo hablo con mi padre. Tenemos un pisito en las afueras de la ciudad; me lo prometió para cuando aprobara el acceso a la universidad. Cumplí mi parte, ahora le toca cumplir a él afirmó decidido, con apenas diecinueve años.
¿Y qué tiene que ver eso conmigo? preguntó Marta, insegura.
¿Cómo que qué tiene que ver? ¡Pues que nos vamos a vivir ahí los dos!
¿Seguro que tus padres estarían de acuerdo?
No tienen opción. Hoy mismo te lo propongo oficialmente: ¿Quieres ser mi mujer y vivir conmigo en el piso?
Marta casi rompió a llorar de felicidad:
¡Claro que sí!
Cuando su tía se enteró de la boda, se alegró de verdad. Por el contrario, su madre estuvo a punto de echar humo por la boca:
¿Así que te vas a casar? ¡Qué lista! Como no entraste en la universidad, buscas colocarte de otra manera. Ya te digo que de mí no verás ni un euro. Y esta casa también es mía. No esperes recibir nada.
Aquellas palabras le rompieron el corazón a Marta. Pablo apenas entendió entre lágrimas lo sucedido. Se la llevó a su casa donde sus padres la acogieron, ayudaron a calmarla y le dieron tila caliente.
Andrés, el padre de Pablo, escuchó la complicada historia de Marta y de sus desgracias recientes, que a otros les ocuparían toda una vida.
¡Pobrecita mía! ¡Menuda mujer tu madre! exclamó su futura suegra al oír lo que había dicho Teresa.
Yo no entiendo otra cosa dijo pensativo Andrés. ¿Por qué tanto énfasis en la casa si hay testamento y siempre te lo echa en cara?
No sé sollozó Marta. Siempre se peleaba con la abuela. Primero le pedía vender la casa y que le diera el dinero, luego le exigía ponerla a su nombre. Pero la abuela nunca aceptó. Decía que si lo hacía acabaríamos las dos en la calle.
Todo esto es sospechoso. ¿Has ido tú al notario desde que falleció tu abuela?
No, ¿para qué? respondió Marta sorprendida.
Para presentar tu derecho a la herencia.
Pero la heredera es mi madre. Yo soy solo la nieta, y también vi el testamento que lo dice.
Es un poco más complicado. El lunes vamos juntos tú y yo al notario. Por ahora, toca descansar.
Entretanto, su madre apareció con unos papeles y quiso forzar a Marta a firmarlos. Pablo se plantó delante:
¡No va a firmar nada!
¿Y tú quién eres? Ella es mayor de edad y sabrá lo que hace replicó, muy borde, Teresa.
Soy su futuro marido y sé que esto podría perjudicarle. Así que nada de firmar.
Teresa acabó montando una escena, pero se fue cabreada y sin conseguir lo que quería. Aquello solo hizo sospechar aún más a Andrés.
Unos días después, como prometió, Andrés acompañó a Marta al notario:
Escucha todo con atención y mira bien lo que firmas le avisó.
El notario, profesional y correcto, tomó la solicitud de Marta y en apenas un día recibieron la noticia: se había abierto el expediente de herencia a su favor. Resulta que Carmen dejó una cuenta con unos ahorros destinados a pagarle los estudios a su nieta, de los que Marta nunca había oído hablar.
¿Y la casa? preguntó Andrés.
Sobre la vivienda, hay una donación anterior a su favor. No hay otros documentos.
¿Una donación? Marta se quedó helada.
Su abuela vino a esta notaría hace años para donarle la casa. Justo el mes pasado cumplió dieciocho, así que ahora es plenamente suya.
¿Y el testamento?
Es de hace siete años, luego fue revocado. Probablemente su madre no lo sabe. La casa es suya, puede vivir en ella cuando quiera.
Los temores de Andrés eran ciertos.
¿Y ahora qué hago? dijo Marta, confundida, al salir de la notaría.
¿Cómo que qué? Dile a tu madre que la casa es tuya y que se tiene que ir.
¡Jamás va a aceptar! Y ya ha empaquetado mis cosas para echarme.
Pues hay una cosa llamada policía, para eso está.
Al oír la noticia, Teresa entró como una fiera:
¡Serás desagradecida! ¡Quieres echar a tu madre! ¡Vete tú! ¿Me crees tan idiota como para tragarme tus historias? ¿Quién te ha metido estas ideas? ¿Tu novio y su padre? Vaya par. Yo tengo un documento que me da derecho a la casa. ¡La herencia la firmó mi madre conmigo de heredera!
¡Exacto! Así que largaos ya o ahora mismo os parto las piernas, para que aprendáis añadió Oleg, que había estado observando todo con desprecio. Andrés y Marta se mantuvieron firmes.
No olvide usted, caballero, que amenazar está penado le advirtió Andrés, educado pero serio.
Pero tú quién eres para darme lecciones, venga, largo, que la casa ya está en venta y vienen compradores.
Pero en vez de compradores llegó la policía. Al comprobar la situación, exigieron que abandonaran la casa o serían denunciados. Teresa, su marido y los hijos se enfadaron muchísimo, pero la ley es la ley. Marta volvió por fin a su casa. Pablo se fue a vivir con ella para protegerla de represalias, y acertó.
Aún así, Teresa y Oleg siguieron dándole guerra. Al saber que había una cuenta bancaria de su abuela, Teresa la reclamó en el notario y logró quedarse con una parte; no había nada que hacer ahí. Pero la casa, por mucho que insistió, no consiguió arrebatársela. Solo cuando consultó con todos los abogados posibles, aceptó resignada y se fue de la casa. Marta no volvió a tener relación con ella.
Con Pablo, se casaron. Al verano siguiente, Marta entró en la carrera que siempre soñó, y en tercero tuvieron a su primer hijo. Nunca olvidó el apoyo de su marido y su familia en los peores momentos, y vivió siempre agradecida y, sobre todo, feliz.
Autora: Odette
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El misterio
La casita era antigua, pero muy bien cuidada. No había pasado mucho tiempo vacía y se mantenía en un estado bastante decente. ¡Menos mal!, pensó Inés. Ahora mismo no tengo pareja, y dudo que vuelva a tener. Tampoco soy una de esas mujeres a la española, fuertes y apañadas, que lo mismo te clavan un clavo, que te doman un caballo o te salvan de una casa ardiendo.
Subió los dos escalones, sacó la llave del bolso y abrió el candado grande y oxidado.
***
Esa casa se la había dejado la tía-abuela María sin que Inés supiera muy bien por qué. Casi no la conocía, aunque era familia. La cabeza de la gente mayor funciona de maneras misteriosas. A María, por lo que recordaba Inés, ya debía de rondar el siglo de vida. Era como su tía o su prima segunda, nunca quedó claro; les hacía apaños de costura y le guisaba platos de los de toda la vida.
Inés había estado alguna vez en casa de tía María en su juventud, pero incluso entonces la tía ya era muy mayor. Siempre vivió sola, jamás pidió ayuda ni molestó a nadie. Y ahora, de repente, se fue para siempre.
Cuando le llamaron para decirle que su tía María había fallecido en el pueblo de Enigma, Inés tardó en darse cuenta de que estaba hablando de esa vieja parienta. Menos aún esperaba que le tocara la casita y los quinientos metros de huerto de herencia.
¡Regalito para cuando te jubiles! bromeó su exmarido, Javier.
¡Ja! Para la jubilación aún me faltan siglos se rió Inés. Solo tengo cincuenta y cuatro. Cuando llegue a los sesenta, lo mismo la retrasan aún más. Así que esto es un regalo, y bien, aunque no sé el motivo. Tampoco sabía que la tía María estaba viva todavía. Creía que se había ido hace años. ¡Quién lo diría! Pero bueno, no estamos para rechazar regalos.
¡O lo vendemos! soltó Javier, frotándose las manos.
***
Menos mal que no lo vendieron. A los pocos meses de que Inés heredara la finca, le tocó otro regalito, pero no tan bueno: su querido Javier le estaba siendo infiel. Sí, a esas edades y con tantas canas, resulta que también pierden la cabezaAsí, Inés decidió que aquello era una señal. Cogió sus cosas, firmó el último papel de divorcio, y se fue a Enigma, sin mirar atrás.
Durante los primeros días, se dedicó a limpiar, ordenar, dejar su huella en los viejos muebles y descubrir pequeñas pistas de la vida de la tía María: cartas antiguas, una caja de botones impares, recetas garabateadas en los márgenes de periódicos amarillentos. En el huerto, plantó tomates y albahaca, aunque más por hacer algo que por confiar en que crecieran.
La casa, poco a poco, empezó a sentirse menos vacía. Y una tarde, revolviendo trastos en el desván, Inés encontró algo inesperado: un álbum de fotos diminuto, encuadernado a mano con hilo rojo. Había imágenes de la tía María joven, con un sombrero de ala ancha, sonriendo cerca de la acequia, y otras con mujeres y hombres que Inés no reconocía. En la última hoja alguien había escrito con una letra firme: Solo en silencio se escucha el propio corazón.
Ese mensaje caló en Inés. Empezó a escuchar el suave crujido de la madera al anochecer, el canto de los jilgueros al amanecer, su propia risa tímida cuando aprendía a hacer pan o se atrevía a chapucear en el jardín.
La vida en Enigma le trajo una calma inesperada, y pronto sumó nuevas experiencias: aprendió a reconocer los nombres de las flores silvestres y los árboles, se animó a recibir las visitas de los vecinos que, curiosos y un poco cotillas, venían a conocer a la heredera de la famosa María. Entre ellos estaba Samuel, el panadero viudo, que le regaló la mejor hogaza de centeno que jamás había probado.
A veces, el miedo a la soledad regresaba, pero siempre encontraba señales de la tía María: una bufanda olvidada en un cajón, una carta sin enviar, una receta manuscrita. Era como si le tendiera la mano para enseñarle que una puede empezar de nuevo a cualquier edad y que, a veces, las casas antiguas y los secretos familiares son el mejor refugio para empezar a escuchar el propio corazón.
En Enigma, Inés descubrió que no necesitaba ser fuerte ni apañada “a la española”; solo hacía falta atreverse a vivir a su manera. Bajo el sol y la sombra de los naranjos, encontró por fin su casa. Y no era un regalo: era una invitación a ser feliz, aquí y ahora.
Y esa invitación, Inés, por primera vez en mucho tiempo, la aceptó sin reservas.







