Esposa y suegro Carla solo fingía interés en conocer a los padres de Javier. ¿Para qué le iban a servir, sinceramente? No pensaba convivir con ellos y, por mucho dinero que tuviese su suegro, don Álvaro, lo más probable es que acabase con problemas y sospechas, nada más. Pero ya que había decidido casarse, tocaba aguantar hasta el final. Carla se arregló, pero de manera sencilla, para que la viesen como una chica agradable. El primer encuentro con los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles; y si encima son inteligentes, ya es una prueba de fuego. Javi pensaba que ella necesitaba ánimo: —No te preocupes, Carla, de verdad no te preocupes. Papá es un poco seco, pero se puede hablar con él. No te dirán nada espantoso. Y te acabarán cogiendo cariño. Mi padre tiene sus rarezas, pero mi madre es puro encanto —le aseguró delante de la puerta familiar. Carla sonrió, apartándose un mechón de pelo. Papá seco, mamá el alma de la fiesta. Buen dúo. Sonrió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Había estado en sitios más lujosos. Les recibieron de inmediato. Carla no estaba muy nerviosa. ¿Para qué? Gente normal. Teresa, la madre de Javi, era ama de casa de toda la vida, salía de vez en cuando de excursión con amigas, pero nada digno de crónica social. Don Álvaro, el padre — según Javier, no muy dado a bromas, pero sí más bien callado. El nombre le resultaba vagamente familiar… Les dieron la bienvenida… Y Carla se congeló antes de entrar. Fin del juego… No conocía a su futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante… Ya se habían visto. Tres años antes. No muchas veces, pero sí interesadas por ambas partes. En bares, hoteles, restaurantes. Nadie lo sabía, ni Teresa ni Javi. Ahí estaba el lío. Don Álvaro también la reconoció. En su mirada hubo un destello imposible de interpretar: sorpresa, alarma, o incluso algo más oscuro. Pero permaneció mudo. Javier, sin enterarse de nada, la presentó felizmente. —Mamá, papá, os presento a Carla. Mi prometida. La habría traído antes, pero es muy tímida. Vaya… Don Álvaro le dio la mano. El apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carla —dijo, y en su voz se coló un matiz sutil… algo que Carla no supo descifrar de inmediato. ¿Rencor? ¿Advertencia? ¿O…? Carla se preparaba para salir del atolladero, esperando que don Álvaro la desenmascarara en cualquier instante. —El placer es mío, don Álvaro —respondió ella, procurando que no la pillaran de primeras. Mientras le estrechaba la mano, el pulso le latía a mil. ¿Ahora qué…? Pero… nada. Don Álvaro, fingiendo una sonrisa, tuvo incluso el detalle de acercarle la silla en la mesa. Seguro guarda el escándalo para después… Pero no, la comida fluyó. Entonces Carla cayó en la cuenta: jamás la delataría. Porque si él lo hacía, también se delataba ante su esposa. Relajada, la velada resultó más natural. Teresa compartió anécdotas del pequeño Javi, y don Álvaro la escuchaba a ella con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Claro, él sabía de sobra su historia. Pero su cinismo ya no le hería. Incluso soltó algún chascarrillo que, para sorpresa de Carla, le hizo gracia. Eso sí, sus bromas iban repletas de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, mirándola directamente, dijo: —¿Sabe, Carla? Me recuerda mucho a una antigua… compañera. Muy lista también. Tenía don para tratar con todo tipo de personas. Carla, sin inmutarse: —Cada uno tiene su talento, don Álvaro. Javi, enamoradísimo, no captaba dobles fondos. De verdad la quería. Y eso era lo más dulcemente trágico para él. Más tarde, hablando de viajes, don Álvaro, con intención, le planteó: —Yo siempre prefiero lugares apartados, sin ruido, para sentarse a pensar con un buen libro. ¿Y tú, Carla, qué ambientes te gustan? Un dardo. —A mí me gusta la gente, el ruido, la alegría —contestó ella, sin dejarse provocar—. Aunque a veces demasiados oídos pueden ser peligrosos. Teresa pareció captar algo raro. Frunció el ceño, pero se esforzó por no darle importancia. Don Álvaro sabía que Carla no era precisamente de las que buscan soledad. Y sabía por qué. Ya al final, al irse a dormir, don Álvaro abrazó a su hijo. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a piropo y a aviso. Solo Carla lo entendió. Sintió cómo bajaba la temperatura al oír “especial”. Había elegido la palabra exacta. *** Esa noche, Carla no podía dormir. Daba vueltas, repasando el encuentro, imaginando cómo seguir. Valía la pena mirar hacia el futuro… complicado. Intuía que don Álvaro, como ella, tampoco pegaría ojo. Ze tenía mucho que hablar. Por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso una sudadera encima del pijama y salió de la habitación. Bajó pisando la escalera para que, si alguien estaba despierto, la oyera. Salió a la terraza, segura de que él aparecería. No tardó. —¿No duermes? —le preguntó, acercándose por detrás. —El sueño no viene —respondió ella. Un fresco aroma de su colonia y el análisis paciente en sus ojos. —¿Qué buscas de mi hijo, Carla? Sé hasta dónde puedes llegar. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y siempre has contado las cosas muy claras. Un precio, aunque fuese velado. ¿Para qué quieres a Javi? Ya que él no iba a dulcificar, Carla tampoco. —Le quiero, don Álvaro —canturreó—, ¿por qué no podría? No le convenció. —¿Le quieres? Eso no me lo creo. Sé muy bien quién eres. Y pienso contárselo a Javi. Todo. Lo que hacías. Quién eres de verdad. ¿Tú crees que se casará contigo después? Carla se le plantó enfrente, a apenas un brazo. —Cuéntaselo, don Álvaro —articuló, lenta y amenazante—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar también lo que hacíamos. Créeme, yo completaré la historia. —No es lo mismo… —¿Ah, no? ¿Vas a contarle lo mismo a tu mujer? Don Álvaro se quedó helado. Ella le había acorralado. O callaban los dos, o se hundía el barco. —¿Qué dirías tú? —No solo a ella. También a Javi. Les contaré lo gran marido que eres y de qué “trabajillos” salías tan tarde. Lo contaré todo, ya que perdería todo igualmente. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Hazlo. Menudo dilema. Convencer a su hijo de no casarse era invitar a su propio divorcio. —No te atreverás. —¿No? ¿Tú sí y yo no? —sonrió Carla—. No lo haré solo si tú no cuentas nada de mi supuesta “interés­ta”, sabiendo que tienes mucho más que perder. Y doña Teresa, ya sabes que valora la fidelidad… Una vez, borracho, él había confesado a Carla sus infidelidades, que su mujer era ejemplar y él, un canalla. Doña Teresa no perdonaría. Ni su hijo, probablemente. Sabía que Carla no jugaba de farol. —Vale —cedió él—. Yo no diré nada. Y tú… tú tampoco. Nadie sabrá nada. Olvidaremos aquello. Por eso Carla estaba tranquila. Él perdería mucho más. —Como quieras, don Álvaro. La mañana siguiente, se despidieron de los padres de Javi. Bajo la mirada feroz de su futuro suegro, Carla abrazó a su suegra, que ya la llamaba “hija”. A don Álvaro le tembló un ojo. No soportaba no poder advertir a su hijo de la auténtica Carla, pero no podía arriesgarse. Perder a Teresa suponía perder media vida y su fortuna. Y su hijo jamás se lo perdonaría… En otra ocasión, Carla y Javi se quedaron dos semanas con sus padres. Las vacaciones, en fin, estaban en pleno apogeo. Don Álvaro procuraba evitar a Carla, poniendo excusas. Hasta que un día, estando solo en casa, la curiosidad le pudo. Hurgó en el bolso de Carla: neceser, agenda, libretita. Y un test de embarazo. Dos rayas. —Pensaba que la desgracia era que mi hijo se casase con… No, esto sí que es una desgracia —lo volvió a dejar en el bolso, pero no cerró a tiempo. Carla le pilló enseguida. —Qué feo es rebuscar en ajeno, don Álvaro —ironizó, aunque no parecía molesta. Él tampoco se excusó. —¿Estás embarazada de Javi? Carla se le acercó, recogió el bolso y, mirándole, soltó: —Creo que le he fastidiado la sorpresa, don Álvaro. Él se enfureció. Ahora Carla no se alejaría de su hijo. Si hablaba, todos caerían. El silencio era su única salida. Pero dolía no poder avisar al hijo del agujero en el que iba a caer. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Javi y Carla criaban a Alicia. Don Álvaro evitaba visitarles. Ni ver, ni pensar. No sentía a la nieta como propia. Carla le inquietaba. Su indiferencia hacia Javi y su pasado oscuro le aterraban. Y otra vez. Teresa planeaba ir a ver a Javi y Carla. —¿Vienes, Álvaro? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya huele raro. —No, en serio. Estoy cansado. Ve tú sola. Don Álvaro se parapetó, como siempre, detrás de supuestas migrañas, resfriados o dolores de piernas. Hasta tomaba pastillas para disimular. No podía estar cerca de Carla, pero tampoco podía contar nada. La tarde resultó monótona, salvo por las neuras. Leyó. Vagueó. Hasta que se dio cuenta de que Teresa tardaba mucho. Eran las once y su mujer no volvía. No contestaba el móvil. Así que llamó a Javi. —¿Todo bien? ¿Tu madre se marchó? Aquí no ha llegado. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y colgó… Don Álvaro pensó en acercarse cuando un coche se paró frente a la casa. Era el de Carla. Se puso tenso, pero al verla casi se desmaya. —¿A qué vienes tú aquí? ¡Dímelo! ¿Qué ha pasado? Carla aparentaba calma. Se sirvió un vino y se acomodó. —Se acabó todo. —¿Qué dices? —Lo nuestro. De todos. Javi ha encontrado unas fotos nuestras de hace cuatro años en la web de un bar, ¿sabes? Aquella fiesta en el “Oasis”. Resulta que buscaba sitios para celebrar el aniversario y, sorpresa, ahí estábamos, preciosos. El fotógrafo lo colgó todo. Y ahora Javi está como una furia. Tu Teresa quiere divorciarse. Y, como tú querías, yo también acabaré divorciándome de tu hijo. Don Álvaro se dejó caer en el suelo. —¿Y a qué has venido? —A huir un poco —sonrió Carla—. La casa es un desastre. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció el mismo vino que él tomaba. Bebieron en la terraza. Solo el canto de los grillos les recordaba algo de complicidad. —Todo esto es culpa tuya —dijo él. Carla asintió, sin despegar los ojos del vaso. —Eso parece. —Eres insoportable. —Eso seguro. —Ni siquiera te da pena Javi. —Me da, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No te lo discuto. Él le tomó la cara con la mano. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Te creo. *** Por la mañana, cuando Teresa llegó dispuesta a hacer las paces y perdonar a su marido aunque le costara medio sistema nervioso, encontró a Carla y a don Álvaro juntos. Aún dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carla, medio despierta. —Yo —musitó Teresa, contemplando cómo se le venía el mundo abajo. Carla sonrió con calma. Don Álvaro se despertó después, pero no salió tras su mujer.

Esposa y padre

Claudia solo fingía que tenía ganas de conocer a los padres de Luis. ¿Para qué los quería? No pensaba vivir con ellos, y del padre, que según decían era un hombre de posibles, no esperaba nada bueno, solo problemas y sospechas.

Pero ya que se había prometido a casarse, había que seguir la jugada hasta el final.

Claudia se arregló, aunque de manera discreta, buscando parecer una chica dulce.

Conocer a los padres del novio siempre es un laberinto de trampas invisibles; si además son padres inteligentes, es una prueba de fuego.

Luis creía que necesitaba apoyo:

No te preocupes, Claudia, de verdad, no te preocupes. Mi padre es un hombre serio, pero es razonable. No te dirán nada horrible. Te tomarán cariño, lo sé. Papá es un poco raro, pero mi madre es la alegría de la casa aseguraba, de pie ante la puerta de su casa.

Claudia sonrió, apartándose un mechón del hombro. Así que, el padre, seco; la madre, sociable. Vaya combinación. Esbozó una sonrisa socarrona.

El chalet tampoco la sorprendió. Había estado en casas mucho más impresionantes.

Les abrieron nada más llegar.

Claudia no sentía nervios. ¿Por qué iba a estar nerviosa? Personas como cualquier otra. Carmen, la madre, según había contado Luis, llevaba años sin trabajar, dedicada al hogar y a viajar de vez en cuando con amigas; nada fuera de lo común. El padre, Don Ignacio Linares, no era de muchas palabras ni tampoco precisamente alegre. Pero su nombre… le sonaba familiar.

Les recibieron…

Y Claudia se quedó de piedra en mitad del porche, sin atreverse a entrar. Se acabó. No conocía a la futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante. Se habían visto antes. Tres años atrás. No fue frecuente, pero sí mutuamente ventajoso. En bares, hoteles, restaurantes. Ni Luis ni Carmen sabían de ese conocimiento.

Menudo lío.

Don Ignacio también la reconoció. Hubo un destello en sus ojos: sorpresa, estupor o quizá algo más siniestro, alguna estrategia perversa, pero mantuvo la compostura.

Luis, ignorante, la presentó con entusiasmo.

Mamá, papá, os presento a Claudia. Mi prometida. La habría traído antes, pero le da vergüenza.

Vaya…

Don Ignacio tendió la mano.

El apretón fue fuerte, incluso seco.

Mucho gusto, Claudia dijo, y hubo en su voz una nota difícil de descifrar: ¿enojo? ¿Advertencia? ¿O qué?

Claudia se preparó para salir del aprieto, esperando que Don Ignacio ventilara su pasado en cualquier momento.

El gusto es mío, Don Ignacio contestó Claudia, intentando aparentar normalidad mientras sentía que la adrenalina le subía. ¿Y ahora?

Pero no ocurrió nada.

Don Ignacio, esbozando lo que apenas era una mueca, le acercó la silla en la mesa.

Seguro que me sacará los colores luego, pensó.

Pero la escena nunca llegó.

Y entonces Claudia comprendió: él no podía decir nada, porque también se revelarían sus propias faltas ante su esposa.

Cuando ya todo estuvo más relajado, la velada se tornó incluso distendida. Carmen relataba anécdotas de la infancia de Luis; Don Ignacio escuchaba a Claudia y le preguntaba por su trabajo. Vaya, él la conocía bien. Aunque sus ironías sutiles no la afectaban. Incluso soltó algún chascarrillo, que hizo reír a Claudia por pura sorpresa, aunque en ellos había un doble sentido solo para ellos dos.

Por ejemplo, mirándola, Don Ignacio comentó:

¿Sabe, Claudia? Me recuerda usted mucho a una antigua compañera. También tenía mucho ingenio y sabía llegar a la gente. A todo el mundo.

Claudia no se achicó:

Cada cual con sus talentos, Don Ignacio.

Luis, atontado por su amor, no percibía nada. Estaba realmente enamorado. Y eso era lo más profundo y lo más doloroso para él.

Más tarde, hablando de viajes, Don Ignacio la provocó:

A mí me gustan los lugares solitarios. Que no haya ruido. Poder sentarme en paz a leer. ¿Y a ti, Claudia?

Intentó pillarla.

A mí me agrada el bullicio, la alegría respondió Claudia sin vacilar, aunque admito que a veces los oídos ajenos son peligrosos.

Por un instante, fugaz pero claro, Carmen pareció percibir algo. Claudia notó que la futura suegra fruncía el ceño, aunque alejó cualquier pensamiento incómodo.

Don Ignacio sabía bien que Claudia no era de las que buscan silencio, y por qué.

Al terminar la jornada y retirarse, Don Ignacio abrazó a Luis:

Cuídala, hijo. Es especial.

Sonó a piropo y a burla. Solo Claudia lo entendió.

Sintió un escalofrío. Especial. La palabra exacta.

***

Esa noche, Claudia no pudo dormir.

Daba vueltas, rememorando el encuentro imprevisto, y urdiendo cómo afrontaría la nueva situación. Las perspectivas no eran halagüeñas. Imaginaba a Don Ignacio en vela, desvelado también, por la sorpresiva coincidencia, aguardando la conversación temida. Y ella no era menos.

Se puso una sudadera sobre el pijama, y salió de puntillas de la habitación. Bajó la escalera deliberadamente, no muy alto pero lo suficiente para que quien estuviera despierto lo oyese, y salió a la terraza, suponiendo que allí se cruzaría con Don Ignacio.

No tardó en aparecer.

¿No puedes dormir? le preguntó por la espalda.

No me viene el sueño dijo Claudia.

Sopló una brisa suave.

Reconoció el perfume de él al instante.

Don Ignacio la observó.

¿Qué quieres de mi hijo, Claudia? Ya no quedaba rastro del pasado. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo has conocido. Y sé que solo has buscado dinero. Nunca lo ocultaste, aunque fueras discreta con la tarifa. ¿Por qué Luis?

Si él no iba a sacar los recuerdos, Claudia tampoco sería cortés. Sonrió, irónica:

Le quiero, Don Ignacio entonó. ¿Por qué no podría?

No le creyó.

¿Amor? ¿Tú? Por favor. Sé cómo eres, Claudia. Y pienso contarlo todo a Luis. Quien eres, lo que has hecho. ¿Crees que se casará contigo después?

Claudia se acercó, hasta quedar casi tocando su mano.

Hazlo, Don Ignacio dijo despacio. Pero entonces tu esposa también sabrá nuestro secreto.

Eso

No es chantaje, es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, será imposible ocultar también en qué circunstancias. Créeme, añado los detalles que faltan.

No es lo mismo

Claro, ¿y eso le dirías a tu mujer?

Don Ignacio dudó. Intimidar a Claudia había fracasado. Ambos estaban atados por el mismo secreto.

¿Y qué piensas decirle?

No solo a ella. A todos. Incluyendo a Luis. Relataré qué marido eres, y en qué trabajo te demorabas. Lo contaré todo, ya nada perdería. ¿Quieres proteger a tu hijo de mí? Adelante.

Duro dilema.

Disuadir a Luis era firmar su propio divorcio.

No te atreverás.

¿Yo? ¿No debería atreverme yo cuando tú sí? No lo haré si tú no dices nada sobre mi supuesta interés, cuando tienes tan buen motivo para callar. Y tú sabes lo mucho que valora la fidelidad Carmen

Él, en alguna borrachera antigua, había confesado su culpa por no ser fiel, por tener una mujer tan buena. Sabía que Carmen jamás le perdonaría. De veras debía decidir.

Sabía que Claudia no mentía.

Está bien murmuró seco. No diré nada. Y tú tampoco. Olvidamos el pasado.

Por eso Claudia se sentía tranquila. Él perdería más.

Como quieras, Don Ignacio.

A la mañana siguiente se marcharon de la casa de los Linares. Bajo la mirada recelosa del padre, Claudia se despidió de Carmen, ya llamándola hija. A Don Ignacio hasta se le desencajó la boca.

Él sufría porque deseaba advertir a su hijo del peligro, pero temía delatarse. Perder a Carmen era perder mucho más que una esposa: perdería parte de su patrimonio. Ella nunca se iría sin una buena indemnización. Y Luis tampoco perdonaría.

En otra ocasión, Claudia y Luis pasaron dos semanas en casa de los padres de él.

Vacaciones, en fin.

Don Ignacio evitaba a Claudia con mil excusas, siempre ocupado. Pero una tarde, estando solo, pudo la curiosidad maligna, y se metió a hurgar en el bolso de Claudia, buscando quizá un arma arrojadiza para tener el control.

Revolvió neceser, agenda, una libreta… y vio el objeto blanco y azul: un test de embarazo, con dos rayas bien claras.

Pensaba que la desgracia era ver a mi hijo casarse con No, ¡esto es una catástrofe! dejó el test, pero Claudia ya le cazaba con las manos en la masa.

No es bonito curiosear cosas ajenas le recriminó Claudia, irónica, aunque no parecía ofendida.

Don Ignacio tampoco se excusó.

¿Estás embarazada de Luis?

Claudia agarró el bolso y, mirándole, le respondió:

Parece que ha estropeado la sorpresa, Don Ignacio.

Él se mordió los labios. Ahora Claudia no dejaría escapar a Luis. Si él contaba algo, todos caerían. Así que no podía decir nada. Pero era insoportable entender que su hijo marchaba directo a la trampa.

***

Pasaron nueve meses… y medio año más.

Luis y Claudia cuidaban de una niña, Alba.

Don Ignacio no quería ni acercarse. Ni verla. Ni pensar en ello. No sentía a la nieta como suya. Claudia le daba miedo: le inquietaba su indolencia hacia Luis y el pasado turbio.

De nuevo.

Carmen preparaba una visita a casa de Luis y Claudia.

¿Vienes, Ignacio?

No, me duele la cabeza.

¿Otra vez? Esto ya es crónico.

Solo estoy cansado. Ve tú.

Cada vez que había que ir, fingía migrañas, resfriados, todo tipo de males. Incluso tomaba pastillas para disimular. No soportaba ver a Claudia. Ni aguantar su silencio cómplice.

El resto del día se le pasaba entre pensamientos amargos.

Descansó. Leyó.

Hasta que vio que Carmen no volvía. Once y nada. Teléfono apagado. Llamó a Luis.

¿Estáis bien? ¿Se ha ido ya Carmen? Aquí no llega.

Papá, no eres la persona con la que me quiero hablar ahora.

Y colgó…

Don Ignacio pensaba salir, cuando oyó el coche aparcarse. El de Claudia. Al verla, casi desfallece.

¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado?

Claudia parecía inexpresiva. Se sirvió una copa de vino, bebió, buscó asiento.

Ha ocurrido un desastre.

¿Qué desastre?

El nuestro. Luis encontró en la web de un café unas fotos de hace cuatro años. De una fiesta en El Oasis, ¿recuerdas? Pues trasteando para reservar por nuestro aniversario Nos encontró. Con todo lujo de detalle. Algún fotógrafo despistado colgó las fotos. Luis está fuera de sí. Tú Carmen piensa divorciarse. Y yo, como querías, posiblemente le pida también el divorcio a tu hijo.

Don Ignacio se dejó caer en el suelo, sobrecogido. Recordaba aquella noche, pidió que no tomaran fotos, pero nunca pensó que todo estallaría así.

¿Y a mí por qué vienes?

He preferido escapar un rato rió Claudia. En casa todo está patas arriba. Alba se queda con la niñera. ¿Quieres vino?

Él aceptó la copa que ella le ofrecía: la suya propia.

Bebieron juntos en la terraza, en silencio, rotos solo por los grillos.

Todo es culpa tuya dijo él.

Claudia asintió, bebiendo.

Eso parece.

Eres insoportable.

Qué le vamos a hacer.

Ni siquiera te da pena Luis.

Me da pena, pero más me doy yo.

Solo piensas en ti.

No lo niego.

De repente, él la sujetó del mentón, obligándola a mirarle.

Tú sabes que yo nunca te quise susurró.

No lo dudo.

***

Por la mañana, cuando Carmen por fin regresó, dispuesta a perdonar a su marido para no perder todo, los encontró juntos, dormidos.

¿Quién anda ahí? preguntó Claudia.

Yo dijo Carmen, viendo cómo su vida se hundía.

Claudia sonrió con calma. Don Ignacio despertó más tarde, pero no fue tras su esposa.

A veces, los secretos y las mentiras se enredan tanto en la vida, que uno termina atrapado irremediablemente por ellos. No se puede construir nada duradero sobre la falsedad, y tarde o temprano, la verdad reclama su lugar, arrasando con lo que encuentra. La lección es sencilla: cuando te metes en el lodo, todos terminan manchados.

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Esposa y suegro Carla solo fingía interés en conocer a los padres de Javier. ¿Para qué le iban a servir, sinceramente? No pensaba convivir con ellos y, por mucho dinero que tuviese su suegro, don Álvaro, lo más probable es que acabase con problemas y sospechas, nada más. Pero ya que había decidido casarse, tocaba aguantar hasta el final. Carla se arregló, pero de manera sencilla, para que la viesen como una chica agradable. El primer encuentro con los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles; y si encima son inteligentes, ya es una prueba de fuego. Javi pensaba que ella necesitaba ánimo: —No te preocupes, Carla, de verdad no te preocupes. Papá es un poco seco, pero se puede hablar con él. No te dirán nada espantoso. Y te acabarán cogiendo cariño. Mi padre tiene sus rarezas, pero mi madre es puro encanto —le aseguró delante de la puerta familiar. Carla sonrió, apartándose un mechón de pelo. Papá seco, mamá el alma de la fiesta. Buen dúo. Sonrió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Había estado en sitios más lujosos. Les recibieron de inmediato. Carla no estaba muy nerviosa. ¿Para qué? Gente normal. Teresa, la madre de Javi, era ama de casa de toda la vida, salía de vez en cuando de excursión con amigas, pero nada digno de crónica social. Don Álvaro, el padre — según Javier, no muy dado a bromas, pero sí más bien callado. El nombre le resultaba vagamente familiar… Les dieron la bienvenida… Y Carla se congeló antes de entrar. Fin del juego… No conocía a su futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante… Ya se habían visto. Tres años antes. No muchas veces, pero sí interesadas por ambas partes. En bares, hoteles, restaurantes. Nadie lo sabía, ni Teresa ni Javi. Ahí estaba el lío. Don Álvaro también la reconoció. En su mirada hubo un destello imposible de interpretar: sorpresa, alarma, o incluso algo más oscuro. Pero permaneció mudo. Javier, sin enterarse de nada, la presentó felizmente. —Mamá, papá, os presento a Carla. Mi prometida. La habría traído antes, pero es muy tímida. Vaya… Don Álvaro le dio la mano. El apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carla —dijo, y en su voz se coló un matiz sutil… algo que Carla no supo descifrar de inmediato. ¿Rencor? ¿Advertencia? ¿O…? Carla se preparaba para salir del atolladero, esperando que don Álvaro la desenmascarara en cualquier instante. —El placer es mío, don Álvaro —respondió ella, procurando que no la pillaran de primeras. Mientras le estrechaba la mano, el pulso le latía a mil. ¿Ahora qué…? Pero… nada. Don Álvaro, fingiendo una sonrisa, tuvo incluso el detalle de acercarle la silla en la mesa. Seguro guarda el escándalo para después… Pero no, la comida fluyó. Entonces Carla cayó en la cuenta: jamás la delataría. Porque si él lo hacía, también se delataba ante su esposa. Relajada, la velada resultó más natural. Teresa compartió anécdotas del pequeño Javi, y don Álvaro la escuchaba a ella con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Claro, él sabía de sobra su historia. Pero su cinismo ya no le hería. Incluso soltó algún chascarrillo que, para sorpresa de Carla, le hizo gracia. Eso sí, sus bromas iban repletas de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, mirándola directamente, dijo: —¿Sabe, Carla? Me recuerda mucho a una antigua… compañera. Muy lista también. Tenía don para tratar con todo tipo de personas. Carla, sin inmutarse: —Cada uno tiene su talento, don Álvaro. Javi, enamoradísimo, no captaba dobles fondos. De verdad la quería. Y eso era lo más dulcemente trágico para él. Más tarde, hablando de viajes, don Álvaro, con intención, le planteó: —Yo siempre prefiero lugares apartados, sin ruido, para sentarse a pensar con un buen libro. ¿Y tú, Carla, qué ambientes te gustan? Un dardo. —A mí me gusta la gente, el ruido, la alegría —contestó ella, sin dejarse provocar—. Aunque a veces demasiados oídos pueden ser peligrosos. Teresa pareció captar algo raro. Frunció el ceño, pero se esforzó por no darle importancia. Don Álvaro sabía que Carla no era precisamente de las que buscan soledad. Y sabía por qué. Ya al final, al irse a dormir, don Álvaro abrazó a su hijo. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a piropo y a aviso. Solo Carla lo entendió. Sintió cómo bajaba la temperatura al oír “especial”. Había elegido la palabra exacta. *** Esa noche, Carla no podía dormir. Daba vueltas, repasando el encuentro, imaginando cómo seguir. Valía la pena mirar hacia el futuro… complicado. Intuía que don Álvaro, como ella, tampoco pegaría ojo. Ze tenía mucho que hablar. Por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso una sudadera encima del pijama y salió de la habitación. Bajó pisando la escalera para que, si alguien estaba despierto, la oyera. Salió a la terraza, segura de que él aparecería. No tardó. —¿No duermes? —le preguntó, acercándose por detrás. —El sueño no viene —respondió ella. Un fresco aroma de su colonia y el análisis paciente en sus ojos. —¿Qué buscas de mi hijo, Carla? Sé hasta dónde puedes llegar. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y siempre has contado las cosas muy claras. Un precio, aunque fuese velado. ¿Para qué quieres a Javi? Ya que él no iba a dulcificar, Carla tampoco. —Le quiero, don Álvaro —canturreó—, ¿por qué no podría? No le convenció. —¿Le quieres? Eso no me lo creo. Sé muy bien quién eres. Y pienso contárselo a Javi. Todo. Lo que hacías. Quién eres de verdad. ¿Tú crees que se casará contigo después? Carla se le plantó enfrente, a apenas un brazo. —Cuéntaselo, don Álvaro —articuló, lenta y amenazante—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar también lo que hacíamos. Créeme, yo completaré la historia. —No es lo mismo… —¿Ah, no? ¿Vas a contarle lo mismo a tu mujer? Don Álvaro se quedó helado. Ella le había acorralado. O callaban los dos, o se hundía el barco. —¿Qué dirías tú? —No solo a ella. También a Javi. Les contaré lo gran marido que eres y de qué “trabajillos” salías tan tarde. Lo contaré todo, ya que perdería todo igualmente. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Hazlo. Menudo dilema. Convencer a su hijo de no casarse era invitar a su propio divorcio. —No te atreverás. —¿No? ¿Tú sí y yo no? —sonrió Carla—. No lo haré solo si tú no cuentas nada de mi supuesta “interés­ta”, sabiendo que tienes mucho más que perder. Y doña Teresa, ya sabes que valora la fidelidad… Una vez, borracho, él había confesado a Carla sus infidelidades, que su mujer era ejemplar y él, un canalla. Doña Teresa no perdonaría. Ni su hijo, probablemente. Sabía que Carla no jugaba de farol. —Vale —cedió él—. Yo no diré nada. Y tú… tú tampoco. Nadie sabrá nada. Olvidaremos aquello. Por eso Carla estaba tranquila. Él perdería mucho más. —Como quieras, don Álvaro. La mañana siguiente, se despidieron de los padres de Javi. Bajo la mirada feroz de su futuro suegro, Carla abrazó a su suegra, que ya la llamaba “hija”. A don Álvaro le tembló un ojo. No soportaba no poder advertir a su hijo de la auténtica Carla, pero no podía arriesgarse. Perder a Teresa suponía perder media vida y su fortuna. Y su hijo jamás se lo perdonaría… En otra ocasión, Carla y Javi se quedaron dos semanas con sus padres. Las vacaciones, en fin, estaban en pleno apogeo. Don Álvaro procuraba evitar a Carla, poniendo excusas. Hasta que un día, estando solo en casa, la curiosidad le pudo. Hurgó en el bolso de Carla: neceser, agenda, libretita. Y un test de embarazo. Dos rayas. —Pensaba que la desgracia era que mi hijo se casase con… No, esto sí que es una desgracia —lo volvió a dejar en el bolso, pero no cerró a tiempo. Carla le pilló enseguida. —Qué feo es rebuscar en ajeno, don Álvaro —ironizó, aunque no parecía molesta. Él tampoco se excusó. —¿Estás embarazada de Javi? Carla se le acercó, recogió el bolso y, mirándole, soltó: —Creo que le he fastidiado la sorpresa, don Álvaro. Él se enfureció. Ahora Carla no se alejaría de su hijo. Si hablaba, todos caerían. El silencio era su única salida. Pero dolía no poder avisar al hijo del agujero en el que iba a caer. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Javi y Carla criaban a Alicia. Don Álvaro evitaba visitarles. Ni ver, ni pensar. No sentía a la nieta como propia. Carla le inquietaba. Su indiferencia hacia Javi y su pasado oscuro le aterraban. Y otra vez. Teresa planeaba ir a ver a Javi y Carla. —¿Vienes, Álvaro? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya huele raro. —No, en serio. Estoy cansado. Ve tú sola. Don Álvaro se parapetó, como siempre, detrás de supuestas migrañas, resfriados o dolores de piernas. Hasta tomaba pastillas para disimular. No podía estar cerca de Carla, pero tampoco podía contar nada. La tarde resultó monótona, salvo por las neuras. Leyó. Vagueó. Hasta que se dio cuenta de que Teresa tardaba mucho. Eran las once y su mujer no volvía. No contestaba el móvil. Así que llamó a Javi. —¿Todo bien? ¿Tu madre se marchó? Aquí no ha llegado. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y colgó… Don Álvaro pensó en acercarse cuando un coche se paró frente a la casa. Era el de Carla. Se puso tenso, pero al verla casi se desmaya. —¿A qué vienes tú aquí? ¡Dímelo! ¿Qué ha pasado? Carla aparentaba calma. Se sirvió un vino y se acomodó. —Se acabó todo. —¿Qué dices? —Lo nuestro. De todos. Javi ha encontrado unas fotos nuestras de hace cuatro años en la web de un bar, ¿sabes? Aquella fiesta en el “Oasis”. Resulta que buscaba sitios para celebrar el aniversario y, sorpresa, ahí estábamos, preciosos. El fotógrafo lo colgó todo. Y ahora Javi está como una furia. Tu Teresa quiere divorciarse. Y, como tú querías, yo también acabaré divorciándome de tu hijo. Don Álvaro se dejó caer en el suelo. —¿Y a qué has venido? —A huir un poco —sonrió Carla—. La casa es un desastre. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció el mismo vino que él tomaba. Bebieron en la terraza. Solo el canto de los grillos les recordaba algo de complicidad. —Todo esto es culpa tuya —dijo él. Carla asintió, sin despegar los ojos del vaso. —Eso parece. —Eres insoportable. —Eso seguro. —Ni siquiera te da pena Javi. —Me da, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No te lo discuto. Él le tomó la cara con la mano. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Te creo. *** Por la mañana, cuando Teresa llegó dispuesta a hacer las paces y perdonar a su marido aunque le costara medio sistema nervioso, encontró a Carla y a don Álvaro juntos. Aún dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carla, medio despierta. —Yo —musitó Teresa, contemplando cómo se le venía el mundo abajo. Carla sonrió con calma. Don Álvaro se despertó después, pero no salió tras su mujer.
«Eché a mi marido por el pollo y no me arrepiento de nada»