Mientras paseaba al perro, una adolescente fue alcanzada por dos hombres que, de manera agresiva, le propusieron que la llevaban a dar una vuelta
Nunca antes había visto a su perra así: en sus ojos ardía el enfado, los colmillos asomaban amenazadores. Antes de que pudiese comprender lo que ocurría, la perra ya se había lanzado sobre el hombre que intentaba agarrarle el brazo, lo derribó al suelo, y se plantó sobre él con un gruñido tan feroz que su sombra resultaba intimidante
Cuando Inés cumplió siete años, sus padres le dieron su propia habitación, grande y luminosa. Pero la niña se negó en redondo a dormir sola allí. Cada noche, uno de sus padres -a veces su madre, a veces su padre- acababa acostándose con ella hasta que se dormía. Si se despertaba sola de noche y veía que no había nadie, cogía almohada y manta y se iba rauda a la habitación de sus padres. Ni ruegos ni razonamientos servían de mucho: nada cambiaba, aunque la niña se hiciera mayor.
Hasta que un día, la solución casi le cayó a los pies: una bolita blanca y peluda apareció de sorpresa, primero ladrando asustada y luego haciéndose pis en el suelo del susto. Al acercarse, se dieron cuenta de que era una cachorrita encantadora; tan dulce, que Inés exclamó: ¡Mamá, ¿podemos quedárnosla, por favor? Así empezó el tira y afloja: prometería estudiar bien, mantener el orden, pasear a la perra ella sola y dormir sin sus padres en su habitación. Las tres primeras condiciones las aceptó sin vacilar, pero la última… dudó. No tardó mucho en darse cuenta: ¡Ya nunca estaré sola!
Así fue cómo llegó Alba a casa: según los papeles era una westie, pero de carácter era una señorita con personalidad. Sorprendentemente, Inés cumplió su palabra. Con la llegada de Alba, empezó a dormir en su propia cama; la perra se convirtió en compañera fiel, tanto en sus sueños como en su día a día.
Alba era, verdaderamente, una belleza: siempre bien peinada, consciente de su encanto, se comportaba con toda la dignidad de una dama. Apenas prestaba atención al resto de los perros, pero con los niños -ansiosos de acariciarla- era paciente, incluso altiva, como aceptando las alabanzas. Sin embargo, si otro perro se le acercaba, enseñaba los dientes y protestaba con indignación.
Intentando que su carácter mejorase, madre e hija se apuntaron a una escuela canina. Durante tres semanas, acudieron con diligencia, pero ya fuese por falta de experiencia del adiestrador, o porque Alba era demasiado independiente, lo cierto es que nada cambió. La conclusión del profesional fue sencilla: Para ella, vosotras sois la manada. No necesita a ningún otro. Y así, las tres siguieron disfrutando juntas.
A la hora de pasear, Inés y Alba escogían un solar trasero, cubierto de hierba, detrás de su edificio en Salamanca. Antaño, aquello estaba ocupado por barracones que ya eran historia; sólo quedaban restos de cimientos y algunos árboles frutales creciendo salvajes por el terreno. En un lado, lindaba con viejas casas de madera a punto de ser demolidas, un último reducto de otro tiempo. La mayoría de dueños preferían el parque canino bien equipado cerca del barrio, pero Inés y Alba sentían predilección por ese rincón romántico, que les daba sensación de libertad y tranquilidad.
Y fue allí donde Alba encontró su destino.
Ese verano, Inés cumplió quince y Alba, ocho años. La chica se había estirado, delgada, soñadora, con el móvil siempre en la mano. Alba actuaba con la firmeza de una dama hecha y derecha. Caminaban sumidas en sus pensamientos, y la perra olisqueaba la hierba. Entonces, sucedió el ataque: un perro enorme, peludo, apareció de la nada. Parecía un mastín, pero aún más desaliñado y rebosando energía. Era ruidoso, amistoso y grande, saltaba alrededor de Alba, la empujaba con el hocico y la lamía tan efusivo que logró animar hasta a la esquiva perrita. Alba, al principio, se quedó petrificada, sin saber cómo reaccionar.
¡No tengas miedo, pequeña! se apresuró a tranquilizar una mujer mayor, rondando los setenta, apoyada en un bastón . Es travieso, pero bueno. Jamás ha mordido a nadie, te lo aseguro.
Ya veo sonrió Inés, agachándose para acariciar el borreguito, mientras este la lamía como un loco, la cola haciendo volar polvo a su alrededor . ¡El único peligro está en morir de tantos lametones!
Hasta ahora sólo le dejaba salir al patio, pero ahora que mi nieto le ha soltado por primera vez, ¡se hizo tan feliz! He decidido sacarlo más. Al ver a tu perra, fue directo a por ella.
Y la mía no puede dejar de mirarle. Creo que se ha enamorado.
¡Qué maravilla! Todo es mejor en compañía. Se llama Chispa. Yo soy María Fernández.
Desde aquella tarde, Chispa se convirtió en asiduo de los paseos vespertinos. A veces ya les esperaba junto al solar. Si se retrasaba, Alba lanzaba un agudo trino, y el grandullón acudía en segundos. Jugaban en la hierba, perseguían mariposas, rodaban por el polvo.
Inés llevaba una manta, la extendía bajo un manzano y se ponía a leer. Alba y Chispa, tras desahogarse, se tumbaban juntos a su lado, hocico con hocico. A menudo, María Fernández se sentaba con ellas, compartía unas pastas caseras y contaba historias. A Inés le encantaba escucharla: la mujer vivía sola; su hijo y nieto apenas iban a visitarla. Le regalaron aquel cachorro hacía cinco años, creyendo que sería pequeño, pero el perro se hizo un gigante.
Sin la ayuda de mi hijo no podría cuidarle. Darle de comer solo con la pensión es todo un reto suspiraba María, mirando a Chispa, que la adoraba y la observaba con una sonrisa perruna.
Con la llegada de septiembre, los paseos se trasladaron al anochecer. Una tarde, justo al salir al solar, Chispa no apareció. En ese momento, un todoterreno negro irrumpió entre los baches con música atronadora y tres chicos ebrios en su interior. Dos de ellos bajaron tambaleándose, acercándose a Inés rodeándola por ambos lados.
Ella retrocedió bajo el manzano, encendió el micrófono del móvil y lo ocultó en el bolsillo. Luego, susurró a Alba:
Llama a Chispa, ¡deprisa!
No hubo que pedirlo dos veces; Alba empezó a ladrar grave y fuerte, pidiendo ayuda.
¡Mírala qué potencia! rió uno, meneando la cabeza con admiración. Hemos venido al sitio perfecto.
¡Vaya perrita! asintió su compañero, sonriente, y Alba, al oír la palabra, gruñó, alzando el hocico, y enseñó los dientes.
¿A qué esperamos? soltó el primero. De repente agarró a Inés del brazo. ¡Venga, te vamos a dar una vuelta! Prometo devolverte sana
O casi, se burló el otro, cogiendo el otro brazo de la chica.
No os va a gustar, dijo Inés serena, para ganar tiempo. En un minuto llegará otro perro. Mejor que os vayáis antes de que os pase algo.
¿Otro chucho? rió el primero, y de una patada le dio a Alba, a la vez que intentaba arrastrar a Inés hacia el coche. Anda, a ver si al menos nos entretenemos
Igual nos come a nosotros bromeó el otro, soltando una palmada en la pierna de Inés. Pero la fiesta terminó allí: en un segundo, salió volando, igual que si le hubiese embestido un toro. Chispa había arremetido con todo su peso.
Inés nunca había visto a Chispa así: los ojos rojos, la mirada desquiciada, la boca abierta con babas, los dientes listos para morder.
Antes de comprender nada, Chispa ya se había lanzado sobre el agresor, lo derribó de un golpe, y se plantó sobre él como una montaña de rabia pura.
El otro chico, presa del pánico, se arrastró como pudo hasta el coche, se metió dentro y arrancó a toda velocidad, perdiéndose en la noche.
Inés paró la grabación del móvil y llamó a la policía.
El primer atacante seguía bajo Chispa, empapado en saliva y temblando de miedo. Así le encontraron los agentes.
Ya está, Chispa, tranquilo, murmuró Inés, tomándole del collar. ¡Fuera! No te vayas a empachar de tanta porquería. Que se seque el pantalón por él mismo.
Los policías levantaron al hombre, y en efecto, llevaba manchas húmedas por toda la ropa
Inés, sujetando aún a Chispa, se arrodilló, le acarició el hocico mientras abrazaba a Alba, que aún temblaba, mirándola con ojos de pregunta: ¿Ya estamos a salvo?
Tu dueña decía que ni sabías gruñir le susurró a Chispa, acercándose al grandullón. Y tanto que sabes. ¡Gracias, mi héroe!
Las noches de octubre se hicieron frías. Una de esas veladas, Inés volvió a salir con Alba al solar, pero Chispa no estaba. Alba ladraba como siempre, pero nadie respondía. Cuando llegaron a la casa de María Fernández, una ambulancia esperaba en el portal. Sacaban a la mujer en camilla.
Está muy enferma explicó la vecina, que observaba la escena . Lleva días tosiendo, apenas puede andar. Hoy he oído a Chispa aullar, y nunca ladra sin motivo. Fui corriendo y la encontré desmayada, ardiendo en fiebre Llamé a emergencias enseguida. ¡Ojalá salga adelante!
Mañana la visitaré en el hospital aseguró Inés.
Ojalá Pero el perro yo no puedo hacerme cargo. Tengo un macho en casa, no se soportarían.
Nosotros nos lo llevaremos. Es pequeño el piso, pero hablaré con mis padres. No dirán que no.
En su nueva casa, Chispa se consoló con la compañía de Alba pero no le abandonaba la tristeza. Cada vez que Inés regresaba del hospital, el perro corría a la puerta, con la esperanza de oír: ¡Vamos, te esperan!
El estado de María Fernández mejoró poco a poco, y un día, Inés llevó una tableta electrónica al hospital. Desde entonces, Chispa hablaba todos los días por videollamada. Al principio olfateaba la pantalla, luego movía la cola, después se sentaba frente a la cámara, quieto, mirando fijamente. María sonreía, acariciando el aire como si tocara al perro. A ambos les reconfortaba.
Días después llegó el hijo de María. Tras informarse de todo, agradeció la ayuda y dijo:
Hemos decidido que mamá vivirá con nosotros. Ya no puede seguir sola. Pero no tenemos sitio para Chispa. Somos cinco en casa, tres habitaciones, y ahora mamá
No se preocupe. Ya vive con nosotros, mis padres están de acuerdo. Sólo llévese la tableta, para que sigan hablando. Así Chispa y María estarán más felices.
El otoño crujía bajo sus pies, llovía sin descanso, el viento sacudía las ventanas. Sobre el ancho alféizar, arropada con una manta, Inés contemplaba el solar por última vez. A sus pies, en el suelo, dos perros dormían, hocico con hocico.
Una historia terminaba. Pero en la distancia, tras la lluvia y el horizonte en Salamanca, ya empezaba otra. Una en la que siempre existiría hogar, calor y el gruñido fiel de quienes nunca te dejan.






