Me lo he pensado mejor sobre casarme Archipo pasaba noches enteras en su laboratorio, sin descanso, transfiriendo líquidos de un tubo de ensayo a otro y analizando polvos misteriosos. Estaba convencido de que, con tanta dedicación, su trabajo pronto daría fruto y por fin podría mostrar al mundo su “producto”, extraído de las raíces de una planta rara. El entusiasmo con el que este investigador de cuarenta años se sumergía en su oficio le impedía percibir las miradas de interés de la joven limpiadora, Sofía, quien apenas llevaba poco tiempo trabajando en el instituto. Guiado por la esperanza de lograr resultados cuanto antes, Archipo no se daba cuenta de cómo Sofía, olvidando por completo sus tareas, pasaba horas en el umbral de su despacho, apoyada en la fregona, clavando su mirada en su espalda. Relato de ¡Madre Mía! / Zen Por fin, una tarde, la joven se atrevió a decirle: — Don Archipo, lleva usted ahí sentado desde primera hora. ¿Le apetece tomar un té? Resulta que por accidente traje el hervidor de casa. Y he preparado unas salchichas caseras. Al escuchar lo de las salchichas, el hombre apartó la mirada de su trabajo y se levantó. — El té me parece estupendo. ¿Con salchichas, dice? Sería un pecado rechazar tal invitación. La limpiadora, radiante, sacó con manos temblorosas su mochila y extrajo primero el hervidor y luego un táper, donde llevaba aquella delicia. — Mi madre me trajo carne de la aldea ayer — explicó Sofía con una sonrisa —, yo preparé las salchichas con grasa y las asé. Archipo se puso las gafas para inspeccionar el envase mientras el agua hervía en el hervidor. Era una bandeja de plástico transparente con tapa. — Dígame, por favor, ¿desde qué hora lleva el táper con la comida en su mochila? Sofía dudó, nerviosa, y se encogió de hombros: — Pues, desde la mañana… ¿por? — Hmm, ¿y la tapa se quedó tan bien cerrada como ahora? — Sí… creo… — respondió asustada la joven —. ¿Cree que se habrá echado a perder? No creo. En el vestuario hace fresco, aún no han puesto la calefacción. Archipo luchaba contra la duda: — Entiendo… Entonces, tomemos solo el té. Y esto, mejor lo lleva usted a casa. La pobre Sofía, a la que aquel intento de agradar le había llevado toda la tarde anterior, indignada, le arrebató la bandeja. Archipo comprendió sus intenciones por el ceño fruncido de ella. — ¡No la abra! — gritó, alejándose y tapándose la nariz con un pañuelo. Sofía abrió el táper, olió e hizo un gesto desdeñoso: — Huele normal. ¡Sois unos pijos los de ciudad! ¿Que no quiere probarlas? Pues, me la como yo. Golpeando la mesa con el táper, se sirvió té y empezó a comer. El aroma y el ambiente calmaron a Archipo y, mirando de reojo cómo ella disfrutaba, murmuró: — ¿Es ternera? — Ujum — contestó ella con la boca llena. — Tienen buena pinta… y huele de maravilla. A regañadientes, el científico siguió con su té, mientras su estómago rugía. Pero entonces ocurrió algo completamente inesperado: como hechizado, la mano de Archipo agarró un trozo de salchicha. Su fina piel estalló bajo los dientes. — Exquisito… ¿quién la ha hecho? — Pues yo — respondió apurada Sofía. Archipo siguió comiendo, cerrando los ojos de placer. — Me deja sin palabras. Sofía, entre lágrimas de alegría, limpió su boca con la bata y suspiró: — ¿Ves? Al final no estaba mala, ¡si llevo toda la vida cocinando! *** En agradecimiento, Archipo insistió en acompañar a Sofía hasta la parada del autobús. Hablaron un buen rato. Resultó que Sofía tenía solo veintitrés años. Demasiado joven. Podría ser su hija, pensó. En la parada de autobús, esperaron juntos. — Si quiere, mañana le traigo galletas caseras — murmuró, sonrojándose, la chica. — Yo misma las hago, nunca compro en tiendas. ¿Las prefiere de zanahoria o de requesón? — Todas me gustan. — Pues traigo dos tipos. Por increíble que parezca, Archipo empezó a esperar el día siguiente con impaciencia. Esa noche, incluso soñó algo vergonzoso: en el sueño, Sonita se desnudaba, bajándose la camisa por su dulcísimo hombro. Archipo se despertó con las mejillas ardiendo. — Cielos… Cuarenta años sin mirar a una mujer y ahora esto. Como si me hubieran echado mal de ojo. Parte 2 Antes de conocer a la futura familia política, Archipo estaba nervioso. De camino, en el taxi, se acomodaba los pocos pelos que le quedaban para disimular la calva. La noche anterior, Sonya, con su cabeza apoyada en el regazo de Archipo, le había quitado todas las canas con unas pinzas. Archipo se afeitó, se puso su mejor traje y colonia. Sonya, cariñosa, le rozó la mejilla como una gata. — Les vas a gustar — le animó —. Mamá es comprensiva. Y mi padrastro es muy bueno, siempre está de acuerdo con todos. — ¿Cuántos años tiene tu madre? — Cuarenta y cinco. — Pues yo tengo cuarenta. ¿Crees que le pareceré bien? — ¡Anda ya! ¿Y si se queja? Le diré que espero un niño tuyo. — No empieces una vida juntos con mentiras — se asustó Archipo. Al llegar, Archipo luchó con el viento invernal por su gorra, mientras miraba atónito los inmensos montones de nieve, desconocidos en su ciudad. El hogar era de esos que el madrileño solo ve en cuentos: desvencijado, techo torcido de uralita, una chimenea coronada por una olla vieja. Al entrar: el crujido grave de la puerta cubierta con una colcha, suelos de madera bajo alfombrillas hechas a mano, paredes pobres cubiertas de cal… Todo le pareció irreal. «Dios, ¿cómo se puede vivir aquí?», pensó horrorizado. Sonya le empujó cariñosa al interior. En medio del salón, una mujer en bata miraba seria. — Mamá, este es Archipo, mi novio — le presentó Sonya. La anfitriona desprendía frialdad: — Buenas — musitó mientras miraba de arriba abajo a Archipo. — ¿Cuántos años tiene usted? — tronó la mujer. — Cuarenta. — ¡Y mi hija tiene veintitrés! ¡Le lleva usted una vida entera! — Por favor, tiene que entender que… Archipo trató de defender su amor y su honradez, incluso habló de coche y casa en Madrid. — Pero coche, no tiene — le recriminó la madre. — Es que no veo bien, pero si es necesario, le enseño a Sonya a conducir. — ¡De ninguna manera! — gritó la mujer. — ¡Mi hija no será sirvienta de ningún viejo! Un hombre atractivo salió del fondo. Era el padrastro, joven, sonriente y simpático. — Encantado, un placer conocerle —saludó. Pero la madre sentenció: — ¡No pienso dar a mi hija a este vejestorio! Sonya intervino, la madre, el padrastro… Todo derivó en un auténtico drama familiar. Archipo, abrumado, soltó la mano de Sonya e intentó marcharse. — Lo siento… No puedo enfrentarme a tu madre. — ¿Y ella puede maltratarme a mí? — gritó Sonya. Comenzó literalmente una batalla campal. Archipo salió huyendo mientras una banqueta volaba cerca de su cabeza. «Santa María, protégeme», rezaba mientras corría bajo la oscura nieve del pueblo, buscando en vano un taxi o una estación. Agotado, regresó hacia la casa (la reconoció por la olla de la chimenea). Sorprendentemente, dentro reinaba la calma. Sonya salió con las maletas. — Archipo, ¿estás ahí? Mi vida, pensé que te habías ido… — Me faltaba el aire — mintió él. — Si mamá no me bendice, me voy contigo. Los pies de Archipo se estaban congelando. Dudaba ya de todo. ¿De verdad le hacía falta todo aquello? ¿Y con esa familia tan… desbordante? *** La madre salió a la puerta como una señora de la España rural, enfundada en un chaleco y botas. — Si no me respetas, hija, adelante, te vas. Ahora él es responsable de ti. — Mejor con él que aquí, mamá. ¡Archipo es un hombre magnífico! Pero por favor, ¿nos ayudas a llamar un taxi? — Ni hablar. Ahora ustedes solos, ya no cuenten más conmigo. Sonya se apoyó en Archipo. — Cariño, haz algo… — Aquí no hay señal. No soy mago. Ve a casa de los vecinos y pide un taxi. Por primera vez, Archipo sentía un miedo y un agobio inexplicables. Se le doblaron las piernas y cayó al suelo. Sofía gritó por todo el pueblo. — ¿Qué te pasa? — chillaba angustiada. Archipo balbuceó: — Me mareo… mamá mía… quiero volver a casa. Finalmente llegó la médica del pueblo, le inyectaron algo y comenzó a recuperarse. — Tiene la tensión por las nubes. Debe usted reposar. El rostro de la suegra seguía persiguiéndole: — ¡Encima, enfermizo! — se burlaba. Sonya intentó cuidar de él, pero Archipo ya solo pensaba en huir, no en casarse. «Estos tendrán sus acuerdos, pero yo, en cuanto respire, salgo corriendo y no vuelvo a pasarme por aquí.» *** De regreso en Madrid, una tarde Archipo advirtió a su ayudante: — Ya he terminado. Ustedes también. Cierro el laboratorio. La joven ayudante de treinta y dos años se sonrojó: — He traído una empanada para el té… — ¡No! Nada de té aquí. Esto es un laboratorio, no una cafetería. — Pero ya terminó la jornada… — ¡A casa! — gritó Archipo. La ayudante, herida, se fue. — ¡Menudo chiflado! — susurró al marcharse. Archipo suspiró aliviado y se fue. Llegó justo a las ocho a casa. Sofía abrió. — Buenas tardes, don Archipo. — ¿Qué hay de cena? — preguntó él, sin mirarla. — Sopa de pato espesa y empanadillas de patata. — Perfecto. Apunta lo que gastes, te lo sumo al sueldo este mes. Se descalzó, se lavó y se sentó a cenar. Sofía, a su alrededor, intentaba reconfortarle: — ¿Aún le molesta mi madre? Ella ya le ha explicado todo… Solo tenía miedo de que, siendo tan sabio y casi catedrático, no quisiera casarse en serio. Solo quería que me valorase algo más. Pero yo te quiero de verdad. Archipo cenaba en silencio, tenso. — ¿O es por la bronca familiar? Eso no fue para tanto, de verdad… A veces las familias discuten, no le des importancia… Archipo la condujo hacia la puerta, le dio sus cosas y la despidió. — Es tarde. Mañana no vengas. Pasado mañana sí, que habrá varenyky. Cerró la puerta tras la chica, volvió a la cocina, y siguió comiendo.

Cambio de idea sobre casarse

Arcadio se quedaba hasta altas horas en el laboratorio, siempre haciendo malabares con tubos de ensayo y analizando polvos misteriosos.

Tenía fe en que todo su esfuerzo acabaría dando frutos, y por fin podría presentar a la sociedad su famoso producto, extraído de las raíces de una planta rarísima.

Tal era el entusiasmo de este científico cuarentón que no se enteraba ni del interés de la nueva limpiadora, una jovencita llamada Inés, quien llevaba poco tiempo en el Instituto.

Arcadio, obsesionado con los resultados de sus experimentos, tampoco se daba cuenta de cómo Inés, olvidando hasta el mocho en la mano, pasaba horas mirándole la espalda desde la puerta.

Por fin, una tarde, la muchacha reunió valor y se dirigió a él:

Don Arcadio, ¿no se ha dado cuenta de que lleva todo el día encorvado en esa silla? ¿Le apetece tomar un té? Traje mi hervidor eléctrico, por casualidad, y también unas chistorras caseras.

Solo escuchar chistorra, Arcadio levantó la mirada de los tubos y se puso de pie.

Ah, té con chistorra ¿Cómo decir que no a semejante tentación?

Encantada, Inés, con las manos temblorosas, sacó su mochila, primero el hervidor y luego un táper con la dichosa merienda.

Mi madre me trajo ayer carne picada de la aldea, hice chistorras y las horneé con un poquito de panceta, como Dios manda.

Inés puso el táper en la mesa, orgullosa como una madre con el primer dibujo de su hijo.

Bueno, bueno murmuró Arcadio, poniéndose las gafas de bata que acaba de guardarse tres minutos antes.

Mientras el agua hervía, Arcadio inspeccionó el táper con ojo clínico, transparente, bien tapado:

Disculpa ¿Cuánto tiempo ha pasado el táper con comida en tu mochila?

Inés se encogió de hombros, azorada:

Pues desde por la mañana, creo. ¿Pasa algo?

La tapa, ¿estaba igual de bien cerrada que ahora?

Sí, sí Se asustó un poco. ¿Cree que se haya estropeado? En el vestuario hace fresco, eh. Ni calefacción tenemos todavía

Arcadio se debatía entre la prudencia y el hambre:

Bueno, entonces, propongo que tomemos sólo té y esto, mejor te lo llevas de vuelta, no vaya a ser

Inés, que se había pasado la tarde anterior cocinando las chistorras, recuperó ofendida el táper.

Arcadio supo leer sus intenciones en el ceño fruncido de la joven.

¡Por favor, no lo abras! gritó, dando un respingo y tapándose la nariz con un pañuelo.

Pero Inés destapó el táper, olisqueó el contenido y comentó tan tranquila:

Está fenomenal. Ay, señores de ciudad, siempre con tonterías. Si no quieres, me las como yo.

Y con el táper sobre la mesa, se puso a servir té en vasos de plástico.

Arcadio, resignado, se acercó. Aquel té caliente, en el fondo, le animó el alma. Miró de reojo a Inés, que engullía chistorra con verdadera pasión.

¿Carne de ternera? se atrevió a preguntar.

Ajá afirmó Inés sin levantar la vista.

Tiene buena pinta Y huele vamos, que huele a gloria.

Ya babeando, Arcadio pensó: El cuerpo no entiende de protocolos, ni de normativas .

Suspiró y recitó, memorioso:

Según regulación, la temperatura del vestuario jamás debería superar los veintidós grados. Teóricamente, la seguridad alimentaria está asegurada y ningún microorganismo debería

Inés le miró, interrumpiéndole:

¿Cómo dice?

Vio que a la joven le resbalaba un hilillo de grasa por la barbilla. Y en la punta de la nariz brillaba otra gota. Arcadio dudaba:

Eso tiene sustancia. Y el olor ¡qué bobo soy rechazando esto!
No seas idiota, Arcadio. Sabes lo que pasa cuando comes algo que ha estado horas danzando por ahí sin control. Y a la niña esta, salvando su simpatía, no la veo muy puesta en microbiología.

Mientras se debatía, el estómago ya no aguantaba las indirectas. Cuando menos se lo esperaba, su mano se lanzó sola a por la chistorra. El primer bocado le supo a gloria.

Fantástico, ¿quién lo ha hecho?

¡Que soy yo, pesado! dijo Inés sonrojada.

Arcadio comía y comía, con los ojos cerrados en éxtasis gastronómico.

Increíble me deja sin palabras.

Inés, feliz, se limpió la boca con la manga de su bata y luego hasta las lágrimas de emoción.

Ya era hora de que lo disfrutaras. Que si se ha estropeado Por favor, cocino desde niña, ¡que no soy cualquiera!

***

De agradecimiento, Arcadio decidió acompañar a Inés hasta la parada de autobús.

Hablaron de todo. Resulta que Inés solo tenía veintitrés años.

¡Veintitrés! Vamos, que casi podía ser su hija. Esperaron el autobús buen rato.

¿Quiere que mañana le traiga galletas caseras? dijo Inés tímidamente. Las hago yo, y nunca compro en el súper. ¿Le gustan más de zanahoria o de requesón?

Yo soy de buen comer, me da igual.

Pues le traigo de las dos.

Y por increíble que parezca, Arcadio empezó a esperar la llegada del día siguiente como un niño un regalo.

Se olvidó hasta de fórmulas y cálculos. Y además, soñar, soñó: vio a Inés quitándose la blusa y mostrando un hombro de azúcar.

Arcadio se despertó ardiendo de vergüenza roja como un pimiento.

¡Será posible! Cuarenta años sin fijarme en mujeres y ahora voy y me deslumbro con la primera que pasa. Cosas veredes, amigo Sancho

Parte 2

Antes de conocer a los futuros suegros, Arcadio estaba de los nervios. Mientras el taxi saltaba por baches castellanos, él se quitó la boina e intentó tapar la calva con cuatro pelos estratégicamente ordenados.

Ayer mismo, Inés, con la cabeza de Arcadio en sus piernas, había dedicado media hora a arrancarles todas las canas con unas pinzas.

Arcadio se afeitó con esmero, se puso su mejor traje, corbata, hasta colonia.

Inés frotó su mejilla contra la de Arcadio y cerró los ojos, como un gato en siesta.

Les vas a caer genial, intentó animarle. Mi madre es comprensiva, y el padrastro, ni te cuento, bueno como el pan, siempre da la razón.

¿Cuántos años tiene tu madre?

Cuarenta y cinco.

Pues yo tengo ya cuarenta. ¿Estás segura de que lo aceptará?

Ay, tontorrón, ¿qué va a hacer? Si se pone tonta, le digo que espero un hijo tuyo y punto.

¡Tanto no, por favor! No empecemos la convivencia con esos dramas

Llegaron por fin. Al salir del coche, Arcadio agarró por los pelos la boina, porque el cierzo se la quería llevar de excursión.

Era invierno. En la ciudad de Arcadio jamás había visto semejantes montañas de nieve.

Mientras él oteaba el horizonte con asombro, Inés ya había pagado el taxi y, cargando con bolsas propias y ajenas, tiró hacia la casa.

Arcadio ni en sueños había visto casas así, sólo en cuentos de la abuela. Una casa vieja, con tejado torcido de uralita, una chimenea coronada por un puchero de hierro al revés.

El portazo de la puerta forrada de edredón, los suelos de madera crujiente cubiertos de alfombritas remendadas, las paredes encaladas y abolladas, todo aquello parecía irreal, digno de Almodóvar.

Madre mía del Amor Hermoso, ¿quién puede vivir aquí? ¿No se vuela el tejado al primer vendaval? pensó Arcadio horrorizado.

Se negaba a creer que Inés de verdad viviera allí. Pero cuando la chica le hizo callar y lo empujó a la diminuta estancia principal, supo que la broma iba en serio.

En el centro del salón, una mujer con bata de franela les esperaba de brazos cruzados.

Hola, mamá. Este es Arcadio, mi prometido. El que te conté por teléfono.

La señora era de las que intimidan con solo mirarte.

Buenas tardes gruñó y lo escudriñó de arriba abajo, como si estuviera de subasta.

El tono presagiaba tormenta.

¿Estarás de guasa, hija? ¿Qué edad tenéis?

Arcadio tragó saliva.

Bueno, me presento. Me llamo Arcadio, trabajo con su hija, Inés.

¡He preguntado la edad! rugió la madre.

Yo tengo cuarenta.

¡Y mi niña veintitrés! Eso no es edad, eso es una brecha generacional.

Escuche… sí, soy mayor, pero adoro a su hija, jamás le haría daño. Tengo trabajo estable, piso en Madrid, casa en la sierra

¡Pero no tienes coche!

Bueno, soy medio cegato Y no conduzco, pero si hace falta, le enseño y le regalo uno, si el coche es vital pa usted

¡Anda ya! bramó la madre, ¡Querrás una sirvienta, qué te has creído! Que la esclavitud se abolió, caballero.

¡Por favor, señora! suspiró Arcadio. Escúcheme quiero casarme con su hija, por la iglesia si hace falta, tener hijos Se lo juro, voy en serio.

De detrás de la chimenea salió sonriente el padrastro. Tendría unos treinta años. Guapetón, cuerpo de galán, ojos grandes y labios carnosos.

Ricitos negros por la frente y camisa medio desabrochada. Arcadio no podía evitar pensar vaya semental tiene aquí la Doña.

Encantado, hombre sonrió el padrastro. Un placer, ya me habían hablado de ti.

Andrés, no le bailes el agua, que yo a mi hija no la doy a este vejestorio cortó la madre.

¡Pero mamá! protestó Inés. ¿Se puede tratar así a un invitado? Yo me voy con él.

¡De eso nada!

Aquí el drama familiar estaba al caer, y Arcadio sólo quería desaparecer.

Disimuladamente, le soltó la mano a Inés y empezó a deslizarse hacia la puerta.

Inés, perdóname. Pero si tu madre no lo aprueba, yo no puedo seguir.

¿Y ella sí puede traer amantes de tu edad y echarme para no molestarle? lloró Inés.

¡Niña, no seas irrespetuosa! gritó Andrés.

¡Cierra el pico! le chilló todavía más la madre a Inés.

La escena degeneró en gorguera. Arcadio, encogiendo los hombros, tiró hacia la salida. Una banqueta voló a su lado.

¡Virgen Santa! murmuró, y salió escopeteado de la casa.

Corrió primero al portal, luego por la mitad del pueblo, buscando taxis o alguna estación de tren.

El estrés le pesaba en el pecho y seguro tenía la tensión por los cielos.

¿Para qué querré yo estos líos?, pensaba, Podría estar ahora en mi laboratorio calentito. ¿A quién se le ocurre meterse en este reality?

Sacó el móvil: sin cobertura.

Resignado, regresó de puntillas a la casa (la reconoció por el puchero en la chimenea).

Al acercarse abajo, notó un silencio sospechoso.

La puerta chirrió y apareció Inés con las maletas.

¿Arcadito, eres tú? dijo con voz temblorosa. Mi amor, qué susto me has dado

Necesitaba aire mintió él.

Si mi madre no quiere bendecir nuestro matrimonio, me voy de casa proclamó Inés.

Arcadio callaba. Y además, sus zapatos finos no resistían la nieve de Soria, los pies helados, así que se puso a patear y bailar como podía.

Aquí el amor tenía difícil futuro.

Y de pronto, Arcadio pensó: ¿De veras me hace falta todo esto? Con este elenco de parientes

***

La madre asomó al porche, enfundada en un abrigo de piel de oveja y botas de fieltro, tan orgullosa como una infanta.

Si no me respetas, hija, que te vaya bien sentenció. Ahora es él quien te aguanta.

Mejor con él que aquí, mamá. Arcadio es un hombre de los pies a la cabeza Pero por lo menos, ¡pídenos un taxi!

De eso ni hablar. Aquí cada uno que se las apañe.

Inés miró a Arcadio buscando luz.

Cariño, haz algo.

Arcadio, casi convertido en polo, recolectó su última chispa vital:

Aquí no hay cobertura a menos que los santos lo quieran Anda, pregunta a los vecinos si pueden llamar un taxi.

Por primera vez en la vida, Arcadio estaba en una situación tan dantesca. De puro frío y miedo, las piernas le fallaron y se desplomó.

¿Pero qué te pasa? gritó Inés, armando escándalo de verbena. Arcadio balbuceó:

Me marea… nunca pensé que mi final sería aquí Quiero volver a Madrid.

¡No! chilló Inés. Para Arcadio, aquello empezaba a parecerse al Apocalipsis.

***

Arcadio apenas recordaba nada, pero una ATS le metió tal pinchazo que fue volviendo a la realidad.

El milagro no existió: seguía en esa casa, techo irregular, cal agrietada, con una manta de cuadros en el sofá.

No se levante, ordenó la sanitaria, tómese al menos media hora de descanso.

¿¿Qué me pasa?? lloriqueó Arcadio.

Le ha dado una subida de tensión. Nada de disgustos por hoy.

Pfff y yo presumiendo de temple hasta hoy

Entre sueños, a Arcadio se le aparecía el rostro de la suegra:
¡Encima enfermo! decía la Doña.

¡Mamá, ya está bien! saltaba Inés.

La joven le trajo té caliente y le dio las cucharadas.

La ATS ya pensaba marcharse. Arcadio le suplicó:

¿Por favor, puede llevarme con usted?

¿A dónde? Yo soy del pueblo, no de ambulancia

Inés retiró la taza y miró a los ojos de Arcadio:

¿Te quieres ir ya? No hace falta, mamá y yo hemos hecho las paces. Todo está bien.

Arcadio, que en el fondo ya no quería casarse, no podía mirarla a la cara.

Pues vosotros hacéis las paces, pero yo tengo mi decisión. Si salgo vivo, me voy pitando, y las mujeres que se queden en las películas.

***

Arcadio terminó su día en el laboratorio y preguntó a la técnica:

He acabado. Avisé hace media hora que debías terminar. Voy a cerrar la lab y marcho.

La técnica, una mujer de treinta y dos y gafas de pasta, se sonrojó:

He traído tarta. ¿Un té para celebrar?

¡No! saltó Arcadio. Aquí se viene a trabajar, no a hacer meriendas.

Si el horario se acabó hace rato dijo la técnica con medio sonrisa.

¡A casa! gritó él.

La técnica recogió sus cosas y se marchó fulminante.

Vaya personaje murmuró al pasar.

Arcadio suspiró, cerró el laboratorio y salió pitando a casa.

Llegó justo cuando el reloj daba las ocho.

Inés le abrió, al oír la llave:

Buenas noches, don Arcadio.

¿Qué hay de cenar? preguntó, sin mirarla.

Sopa de pato bien espesita y empanadillas de patata.

Genial. Apúntame el importe, y a fin de mes te lo sumo a tu salario.

Arcadio se quitó el abrigo, se lavó las manos y fue a la cocina, donde le esperaba la cena.

Inés revoloteaba.

¿Sigues enfadado con mi madre? Si hasta te pidió perdón. Es que se asustó de que tú, tan culto, tan a punto de ser catedrático, no te lo tomaras en serio conmigo.

Por hacerme la dura, vamos. Cosas de madres. Pero yo te adoro.

Arcadio escuchaba, removiendo la sopa, sin disfrutarla.

¿Te da miedo el drama familiar? Venga ya, Arcadio aquí la vida es así. Un día a gritos, otro a besos Sí, igual nos pasamos un poco, pero ¿qué hay de malo?

Arcadio se levantó, llevó a Inés al recibidor, la acompañó hasta la puerta y le puso todas sus cosas en la mano.

Ya es tarde. Vete a casa. Mañana no vengas, comeré empanadillas, pero pasado sí.

Cerró la puerta mientras ella bajaba las escaleras, llorando.

Arcadio volvió a la cocina y siguió cenando, con una extraña sensación agridulce.

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Resulta que por accidente traje el hervidor de casa. Y he preparado unas salchichas caseras. Al escuchar lo de las salchichas, el hombre apartó la mirada de su trabajo y se levantó. — El té me parece estupendo. ¿Con salchichas, dice? Sería un pecado rechazar tal invitación. La limpiadora, radiante, sacó con manos temblorosas su mochila y extrajo primero el hervidor y luego un táper, donde llevaba aquella delicia. — Mi madre me trajo carne de la aldea ayer — explicó Sofía con una sonrisa —, yo preparé las salchichas con grasa y las asé. Archipo se puso las gafas para inspeccionar el envase mientras el agua hervía en el hervidor. Era una bandeja de plástico transparente con tapa. — Dígame, por favor, ¿desde qué hora lleva el táper con la comida en su mochila? Sofía dudó, nerviosa, y se encogió de hombros: — Pues, desde la mañana… ¿por? — Hmm, ¿y la tapa se quedó tan bien cerrada como ahora? — Sí… creo… — respondió asustada la joven —. ¿Cree que se habrá echado a perder? No creo. En el vestuario hace fresco, aún no han puesto la calefacción. Archipo luchaba contra la duda: — Entiendo… Entonces, tomemos solo el té. Y esto, mejor lo lleva usted a casa. La pobre Sofía, a la que aquel intento de agradar le había llevado toda la tarde anterior, indignada, le arrebató la bandeja. Archipo comprendió sus intenciones por el ceño fruncido de ella. — ¡No la abra! — gritó, alejándose y tapándose la nariz con un pañuelo. Sofía abrió el táper, olió e hizo un gesto desdeñoso: — Huele normal. ¡Sois unos pijos los de ciudad! ¿Que no quiere probarlas? Pues, me la como yo. Golpeando la mesa con el táper, se sirvió té y empezó a comer. El aroma y el ambiente calmaron a Archipo y, mirando de reojo cómo ella disfrutaba, murmuró: — ¿Es ternera? — Ujum — contestó ella con la boca llena. — Tienen buena pinta… y huele de maravilla. A regañadientes, el científico siguió con su té, mientras su estómago rugía. Pero entonces ocurrió algo completamente inesperado: como hechizado, la mano de Archipo agarró un trozo de salchicha. Su fina piel estalló bajo los dientes. — Exquisito… ¿quién la ha hecho? — Pues yo — respondió apurada Sofía. Archipo siguió comiendo, cerrando los ojos de placer. — Me deja sin palabras. Sofía, entre lágrimas de alegría, limpió su boca con la bata y suspiró: — ¿Ves? Al final no estaba mala, ¡si llevo toda la vida cocinando! *** En agradecimiento, Archipo insistió en acompañar a Sofía hasta la parada del autobús. Hablaron un buen rato. Resultó que Sofía tenía solo veintitrés años. Demasiado joven. Podría ser su hija, pensó. En la parada de autobús, esperaron juntos. — Si quiere, mañana le traigo galletas caseras — murmuró, sonrojándose, la chica. — Yo misma las hago, nunca compro en tiendas. ¿Las prefiere de zanahoria o de requesón? — Todas me gustan. — Pues traigo dos tipos. Por increíble que parezca, Archipo empezó a esperar el día siguiente con impaciencia. Esa noche, incluso soñó algo vergonzoso: en el sueño, Sonita se desnudaba, bajándose la camisa por su dulcísimo hombro. Archipo se despertó con las mejillas ardiendo. — Cielos… Cuarenta años sin mirar a una mujer y ahora esto. Como si me hubieran echado mal de ojo. Parte 2 Antes de conocer a la futura familia política, Archipo estaba nervioso. De camino, en el taxi, se acomodaba los pocos pelos que le quedaban para disimular la calva. La noche anterior, Sonya, con su cabeza apoyada en el regazo de Archipo, le había quitado todas las canas con unas pinzas. Archipo se afeitó, se puso su mejor traje y colonia. Sonya, cariñosa, le rozó la mejilla como una gata. — Les vas a gustar — le animó —. Mamá es comprensiva. Y mi padrastro es muy bueno, siempre está de acuerdo con todos. — ¿Cuántos años tiene tu madre? — Cuarenta y cinco. — Pues yo tengo cuarenta. ¿Crees que le pareceré bien? — ¡Anda ya! ¿Y si se queja? Le diré que espero un niño tuyo. — No empieces una vida juntos con mentiras — se asustó Archipo. Al llegar, Archipo luchó con el viento invernal por su gorra, mientras miraba atónito los inmensos montones de nieve, desconocidos en su ciudad. El hogar era de esos que el madrileño solo ve en cuentos: desvencijado, techo torcido de uralita, una chimenea coronada por una olla vieja. Al entrar: el crujido grave de la puerta cubierta con una colcha, suelos de madera bajo alfombrillas hechas a mano, paredes pobres cubiertas de cal… Todo le pareció irreal. «Dios, ¿cómo se puede vivir aquí?», pensó horrorizado. Sonya le empujó cariñosa al interior. En medio del salón, una mujer en bata miraba seria. — Mamá, este es Archipo, mi novio — le presentó Sonya. La anfitriona desprendía frialdad: — Buenas — musitó mientras miraba de arriba abajo a Archipo. — ¿Cuántos años tiene usted? — tronó la mujer. — Cuarenta. — ¡Y mi hija tiene veintitrés! ¡Le lleva usted una vida entera! — Por favor, tiene que entender que… Archipo trató de defender su amor y su honradez, incluso habló de coche y casa en Madrid. — Pero coche, no tiene — le recriminó la madre. — Es que no veo bien, pero si es necesario, le enseño a Sonya a conducir. — ¡De ninguna manera! — gritó la mujer. — ¡Mi hija no será sirvienta de ningún viejo! Un hombre atractivo salió del fondo. Era el padrastro, joven, sonriente y simpático. — Encantado, un placer conocerle —saludó. Pero la madre sentenció: — ¡No pienso dar a mi hija a este vejestorio! Sonya intervino, la madre, el padrastro… Todo derivó en un auténtico drama familiar. Archipo, abrumado, soltó la mano de Sonya e intentó marcharse. — Lo siento… No puedo enfrentarme a tu madre. — ¿Y ella puede maltratarme a mí? — gritó Sonya. Comenzó literalmente una batalla campal. Archipo salió huyendo mientras una banqueta volaba cerca de su cabeza. «Santa María, protégeme», rezaba mientras corría bajo la oscura nieve del pueblo, buscando en vano un taxi o una estación. Agotado, regresó hacia la casa (la reconoció por la olla de la chimenea). Sorprendentemente, dentro reinaba la calma. Sonya salió con las maletas. — Archipo, ¿estás ahí? Mi vida, pensé que te habías ido… — Me faltaba el aire — mintió él. — Si mamá no me bendice, me voy contigo. Los pies de Archipo se estaban congelando. Dudaba ya de todo. ¿De verdad le hacía falta todo aquello? ¿Y con esa familia tan… desbordante? *** La madre salió a la puerta como una señora de la España rural, enfundada en un chaleco y botas. — Si no me respetas, hija, adelante, te vas. Ahora él es responsable de ti. — Mejor con él que aquí, mamá. ¡Archipo es un hombre magnífico! Pero por favor, ¿nos ayudas a llamar un taxi? — Ni hablar. Ahora ustedes solos, ya no cuenten más conmigo. Sonya se apoyó en Archipo. — Cariño, haz algo… — Aquí no hay señal. No soy mago. Ve a casa de los vecinos y pide un taxi. Por primera vez, Archipo sentía un miedo y un agobio inexplicables. Se le doblaron las piernas y cayó al suelo. Sofía gritó por todo el pueblo. — ¿Qué te pasa? — chillaba angustiada. Archipo balbuceó: — Me mareo… mamá mía… quiero volver a casa. Finalmente llegó la médica del pueblo, le inyectaron algo y comenzó a recuperarse. — Tiene la tensión por las nubes. Debe usted reposar. El rostro de la suegra seguía persiguiéndole: — ¡Encima, enfermizo! — se burlaba. Sonya intentó cuidar de él, pero Archipo ya solo pensaba en huir, no en casarse. «Estos tendrán sus acuerdos, pero yo, en cuanto respire, salgo corriendo y no vuelvo a pasarme por aquí.» *** De regreso en Madrid, una tarde Archipo advirtió a su ayudante: — Ya he terminado. Ustedes también. Cierro el laboratorio. La joven ayudante de treinta y dos años se sonrojó: — He traído una empanada para el té… — ¡No! Nada de té aquí. Esto es un laboratorio, no una cafetería. — Pero ya terminó la jornada… — ¡A casa! — gritó Archipo. La ayudante, herida, se fue. — ¡Menudo chiflado! — susurró al marcharse. Archipo suspiró aliviado y se fue. Llegó justo a las ocho a casa. Sofía abrió. — Buenas tardes, don Archipo. — ¿Qué hay de cena? — preguntó él, sin mirarla. — Sopa de pato espesa y empanadillas de patata. — Perfecto. Apunta lo que gastes, te lo sumo al sueldo este mes. Se descalzó, se lavó y se sentó a cenar. Sofía, a su alrededor, intentaba reconfortarle: — ¿Aún le molesta mi madre? Ella ya le ha explicado todo… Solo tenía miedo de que, siendo tan sabio y casi catedrático, no quisiera casarse en serio. Solo quería que me valorase algo más. Pero yo te quiero de verdad. Archipo cenaba en silencio, tenso. — ¿O es por la bronca familiar? Eso no fue para tanto, de verdad… A veces las familias discuten, no le des importancia… Archipo la condujo hacia la puerta, le dio sus cosas y la despidió. — Es tarde. Mañana no vengas. Pasado mañana sí, que habrá varenyky. Cerró la puerta tras la chica, volvió a la cocina, y siguió comiendo.
«Aquí, ni mi hijo ni yo tenemos sitio» — la esposa señaló hacia la puerta Fuera, las primeras sombras invernales caían despacio. En el acogedor piso del ático olía a repostería recién hecha y a celebración. Marina, una joven madrileña con el rostro cansado pero dichoso, acababa de colocar, en medio de la mesa, una tarta de manzana aún caliente y cubierta con un paño. Hoy era el cumpleaños de su suegra, doña Carmen, y en la casa se reunía la familia más cercana: la homenajeada, su hermana Victoria con su marido y, por supuesto, el esposo de Marina, Alejandro. «Casi todo a punto», pensó aliviada Marina, quitándose el delantal. «Solo me queda acostar a Esteban». Esteban, el pequeño de cinco meses que era la alegría de todos, estaba más inquieto de lo normal; quizá por tantas voces desconocidas y el trasiego de la fiesta. Se quejaba y no quería separarse de su madre. Marina lo cogió en brazos notando el cansancio en la espalda tras un día sin sentarse: limpieza, cocina, mil cuidados del bebé. —Bueno, mi amor, es hora de dormir —susurró acunando a su hijo—. Todo está casi listo, te llevo a la cunita y me sumo con los demás. Pasó al salón, donde todos se acomodaban en los sofás y servían vino. —Doña Carmen, tía Victoria, disculpadme veinte minutos. Esteban no logra calmarse y tengo que dormirle —dijo Marina, dirigiéndose principalmente a su suegra. Doña Carmen, una elegante mujer de unos sesenta años, con su cabello plateado impecable, dejó de conversar con su hermana y sonrió con indulgencia. —Por supuesto, Marina, ve tranquila. Te esperamos, ¿verdad? —preguntó a los presentes. Victoria, siempre dispuesta, le apoyó con voz jovial: —¡No hay prisa! Lo primero es el niño, aquí estamos, charlando tranquilamente. ¿Alejandro te echa una mano si hace falta? Alejandro, embelesado con su móvil, apenas respondió: —Mejor se duerme con Marina, solo consigo alterarle. Adelante, nosotros aguardamos. Marina asintió y fue al dormitorio infantil, cerrando la puerta suavemente. Una luz nocturna en forma de luna llenaba de penumbra sedante la habitación. Se sentó en la mecedora, notando el olor a leche y crema en el cálido cuerpo de Esteban. El ritmo del vaivén y la nana susurrada obraban su efecto. Poco a poco la respiración del bebé se hizo regular, los puñitos se relajaron. Un minuto más… otro… Por fin dormido. Marina esperó aún para no perturbarle. Por la puerta entreabierta llegaba el rumor apagado de voces y risas. «Menos mal que esperaron», pensó agradecida. «Enseguida le dejo en la cuna y salgo con ellos». Como una equilibrista, depositó a Esteban en la cuna y, conteniendo el aliento, acomodó la manta. El pequeño suspiró, pero siguió dormido. Marina, con el corazón aliviado, salió de puntillas, soñando ahora con sentarse, tomar una copa y compartir la velada en familia. Pero lo que vio en el comedor la detuvo en seco, clavada en el umbral. La mesa estaba repleta. En el centro humeaba una sopa recién servida —al parecer, por Alejandro. Doña Carmen, sentada en el sitio de honor, comía ensalada, conversando con Victoria. Su marido, don Víctor, ya probaba el segundo. Alejandro servía vino en las copas. Nadie reparó en Marina. Ya no la esperaban; habían comenzado a cenar sin ella. El murmullo de la comida le retumbó en los oídos. Se quedó allí una eternidad viendo la idílica escena familiar. Por un instante se sintió una criada invisible, ya inútil tras cumplir con sus tareas. Fue doña Carmen la primera en notar su presencia. —¡Ah, Marina, por fin! Pensamos que te habías dormido con el niño. Anda, siéntate, hay sitio de sobra. Se enfría la sopa. Lo dijo con naturalidad y ligereza, sin pizca de malicia, lo que dolía aún más. Ni siquiera comprendía por qué estaría ella disgustada. Alejandro, entonces, levantó la vista de la botella: —Sí, siéntate. Te he servido. Todo está frío ya. —Todo frío… —repitió Marina. Por su mente desfilaron todas las veces que le pidieron «esperar, que somos invitados», cuando se daba por hecho que su esfuerzo —cocinar, limpiar, cuidar al niño— era lo habitual. Pero lo más importante, no la habían esperado. Lo habían prometido, pero no lo hicieron. Su lugar y su papel en la familia habían quedado desairados. —Yo… no tengo hambre —dijo en voz baja. —¡Qué cosas dices! —respondió la tía Victoria—. ¡Con todo el día sin parar seguro que sí! Ven, siéntate con nosotros, se te abrirá el apetito. Pero Marina no se movió. Miró a Alejandro buscando apoyo, comprensión… pero enseguida él volvió a concentrarse en el queso. —No, gracias. Veo que ya habéis empezado sin mí. Seguid cenando. Se giró y volvió a la habitación del niño, con el corazón a mil y las manos temblorosas. Sin pensar, casi por instinto maternal, cogió a Esteban, aún dormido, de la cuna. Él frunció el ceño pero no despertó. Marina le envolvió en la mantita y, tras lanzarse una chaqueta por encima, calzó las botas deprisa y salió al recibidor. —¿Marina? ¿Dónde vas? —alcanzó a oír la voz de Alejandro desde el comedor. Al fin se dio cuenta de que algo pasaba. Marina no respondió. Abrió la puerta y salió al gélido rellano. —¿¡Estás loca!? —exclamó Alejandro saliendo en zapatillas—. ¿Adónde vas con el niño dormido? Ella se volvió, decidida, bajo la mortecina luz del portal. —Ni mi hijo ni yo tenemos sitio ahí —asintió hacia la puerta—. Sois muchos a la mesa y os bastáis estupendamente sin nosotros. —¡Pero qué infantilismo! —susurró él, temiendo que oyeran desde dentro—. ¡Si te esperábamos! Vale, nos sentamos cinco minutos antes, pero… ¿qué tragedia es esa? —¿Esperabais? —esbozó una media sonrisa amarga—. Cuando salí, ya estabais todos cenando. Para tu madre, ni ha habido motivo de molestia. Mi sitio aquí es en la cocina y con el niño, ¿no? No a la mesa. —Marina, ha sido solo un malentendido. Vuelve, por favor, no expongas al niño al frío. —No, Alejandro. No es un malentendido: es vuestra actitud. Si no lo ves, allá tú. Yo me voy con mi madre —dijo, y empezó a bajar la escalera, apretando a Esteban contra sí. —¡Marina! ¡Espera! —pero justo entonces la puerta se abrió y apareció doña Carmen, alarmada. —¿Alejandro, qué pasa? ¿A dónde va ella? ¿Con el bebé? —Que se va, porque nos hemos sentado a la mesa sin esperarla —respondió él con evidente fastidio. En el rostro de doña Carmen relució un asombro genuino. —¿¡Por semejante tontería!? ¡Pero si yo dije que esperábamos! En fin… Discúlpate, ve tras ella. Pero era tarde. Marina acomodó al bebé dormido en el coche y salió a la noche madrileña. Lloró, por fin, sin contención. No por la sopa fría ni por el pastel intacto, sino por sentirse ajena en su propia casa. Varios horas condujo por la ciudad, reflexionando sobre lo ocurrido. Alejandro y doña Carmen llamaron repetidas veces, pero no contestó. Al final de la noche, regresó a casa: no iría con su madre para no alarmarla. De vuelta con Esteban en brazos, notó aquel indescriptible silencio de piso vacío: ya no había invitados. Alejandro salió al pasillo de mal humor: —¿Se puede saber el espectáculo que has montado? ¿Sabes el numerito que has armado? —¡Tú no entiendes! —le espetó Marina—. He pasado el día en la cocina, limpiando, cuidando al niño y ni siquiera pudisteis esperarme, como si fuera la asistenta. Alejandro suspiró, cogiendo con delicadeza al hijo dormido. Marina, a regañadientes, se lo cedió. Aquel día no hablaron más. Al día siguiente, la tensión aún flotaba. Alejandro decidió ser él quien diese el paso. Se acercó por detrás y, con voz calmada, murmuró: —Perdóname, quizá estuvimos poco acertados. Deberíamos haberte esperado, no creímos que para ti sería algo tan importante… —Pues debería haberlo sido —replicó ella con resentimiento. —No sé cómo arreglar lo ocurrido; no hay marcha atrás —admitió él, encogiéndose de hombros. Marina echó una mirada a su marido, dándose cuenta de que ya no estaba tan enfadada. —Espero que la próxima vez pienses en ello —le respondió, intentando sonar firme. —Seguro que mi madre también recordará que hay que esperarte a la mesa —sonrió Alejandro. Pero doña Carmen, al saber que su nuera seguía resentida porque no la esperaron, soltó: —Vaya con la princesita… Si quería estar, que se hubiera dado más prisa. Que no me invite más, yo tampoco vuelvo a su casa, no vaya a ser que encima me tenga ni que pedir permiso para ir al baño. Y cumplió su palabra. Nunca volvió a casa de su hijo, y tampoco invitaba ya a esa nuera tan susceptible.