En la bruma difusa de la madrugada madrileña, a orillas de la ribera del Manzanares, una figura femenina, con los rasgos borrosos propios de los sueños, salió corriendo hacia un perro tumbado junto a un banco forjado en hierro. Nada era del todo nítido; la correa de cuero, arrojada con desidia, descansaba sobre el tablón, olvidada por Susana, suspendida en el aire como los recuerdos de la niñez. Al acercarse, el perro, un viejo galgo llamado Rayo, levantó la cabeza y la miró con ojos hinchados de pena.
Jáccara y su hermano Alberto apenas habían cruzado palabra en los últimos dos años. Aun en el sueño, Jáccara no lograba entender cómo una minucia absurda se había transformado en una tormenta imposible de silenciar.
Jáccara y Alberto Jiménez habían nacido con apenas un año de diferencia. Desde pequeños en el pueblo toledano de Villaflorida, habían sido inseparables, perpetuamente leales el uno al otro. Fuera cual fuera la travesura, compartían la culpa sin esconderse tras los nombres ni las excusas.
El corazón del pueblo, Villaflorida, latía fuerte y constante bajo el amparo del alcalde don Francisco Ramírez, hombre nacido allí mismo, ducho en economía rural. Tras licenciarse en la Universidad Politécnica de Madrid, don Francisco volvió a la villa de sus antepasados y se lanzó de lleno a modernizarla. Pronto lo reconocieron y, al cabo de una década, fue nombrado alcalde, tejiendo con manos de mago una nueva prosperidad.
La vida privada de Jáccara también fue dando giros oníricos. Tras graduarse como auxiliar de enfermería en el instituto de la localidad, se incorporó a la consulta médica del pueblo. Don Francisco no pudo evitar fijarse en la elegancia tranquila de la muchacha de ojos profundos. No tardaron en casarse: la boda fue una fiesta desbordante de vino tinto y tortilla española, y todo Villaflorida bailó hasta el alba. Alberto, sincero, aplaudió la alegría de su hermana, aunque su propio matrimonio con Susana nunca tuvo el brillo del sol.
Mientras Jáccara seguía soltera, la lengua de Susana se volvía afilada: la llamaba inútil, altiva, perdida. Tras la boda, la envidia asomó como sombra retorcida: Susana exigía de Alberto una casa más grande, un coche más reluciente, una estola de visón aún más suave que la de sus primas madrileñas…
Una letanía se apoderó de los días: ¡Mira cómo los demás tienen de todo y nosotros nada! Alberto, como un quijote desarmado, ya no hallaba moneda ni fuerzas para saciar los deseos sin fondo de su mujer.
La desdicha anidaba también en Susana: el destino, caprichoso, no le concedió hijos. Entretanto, Jáccara se deslizaba por la vida con la gracia líquida de los sueños: un hijo, una hija, un chalé con jardín, y un marido respetable, casi como un personaje de novela.
Las reuniones familiares, antes alegres veladas de chorizo y risas, acababan cada vez más en discusiones turbulentas. Después de cada visita a casa de Jáccara, Susana fustigaba a Alberto con palabras que retumbaban como tambores al alba.
La última tormenta estalló en el cumpleaños de Alberto. Jáccara, desde Toledo, le llevó como regalo un cachorro de galgo, sabiendo cuánto deseaba uno. Don Francisco le obsequió una moto Ducati reluciente. Todo era confuso y ligeramente irreal, como en las fiestas de pueblo bajo la lluvia de pétalos. Hasta que Susana, ebria de resentimiento, arremetió contra Jáccara, como si el regalo del perro fuera un mensaje disfrazado:
¿Qué pasa, Jacarita? ¿El perro es para darme envidia? Si no vienen los hijos, por lo menos que haya perro, ¿no?
Jáccara intentó calmar las aguas, sus palabras se diluían como humo:
Susana, tranquilízate. Mañana hasta te reirás de esto…
Pero la tormenta ya rugía, los invitados se dividieron sin sentido. Don Francisco susurró a su esposa que debían retirarse. Abandonaron la fiesta bajo la extraña penumbra de los sueños rotos.
Transcurrieron dos años grisáceos. A partir de aquella noche, Alberto evitó a su hermana; apenas se veían en encuentros escasos y breves. El silencio se volvió común también entre él y Susana, creciendo como hiedra entre los resquicios de la casa.
Al caer la tarde, Alberto caminaba una y otra vez hasta la orilla del río con Rayo, lanzando palos y dejando que el perro corriera entre álamos y zarzas que parecían susurrar secretos. Todo era felicidad truncada en esos momentos; Rayo escuchaba las confidencias de su amo como si el mundo fuese un misterio por resolver.
De esto se enteraba Jáccara por los vecinos, que atentos escudriñaban desde las ventanas. Ella nada podía hacer; Alberto, inamovible como estatua, no escuchaba razones.
Tras aquella discusión fatal, Susana llegó a aborrecer no solo a Jáccara, sino también al pobre Rayo, inocente portador de rivalidades. Cuando Alberto estaba fuera, echaba al perro de la casa, gritándole, incluso golpeándolo de vez en cuando.
Las vecinas, eternamente atentas, arrojaban leña al fuego:
¡Pero chica, que tu marido otra vez por el río paseando al galgo! decía la señora Candelaria.
¡Ayer mismo se cruzó con Jáccara, su marido y los niños! ¡Muertos de risa!
Los celos de Susana se espesaron como la niebla sobre el Tajo. Un día, Alberto le preguntó:
Susana, ¿tú no estarás maltratando a Rayo?
¡Como si me importara ese perro tuyo! escupió, saliendo del salón con la sombra alargada por la luna.
Rayo comenzó a esconderse, temblando cada vez que oía los pasos de Susana.
Todo quedó suspendido como una gota de aceite sobre el agua aquella mañana en la que Alberto, harto hasta la raíz, gritó mientras cruzaba la puerta:
¡Ya basta, Susana! ¡Esta envidia nos está devorando!
Susana, sola y devorada por el enfado, arrastró a Rayo al patio, lo ató al banco junto a los geranios, y descargó con el cinturón la furia acumulada. El galgo gimió, el aire se volvió denso de dolor. Cuando todo acabó, dejó caer el cinturón y, como una melodía ahogada, Susana hizo la maleta y se marchó para siempre.
Al atardecer, al regresar, Alberto no encontró a Rayo junto a la verja. La casa era un caótico remolino. Junto al banco estaba el perro; la mano de Alberto se cerró como un nudo de amargura. Lo desató, tomó el cuerpo herido entre sus brazos y corrió hacia la consulta.
Jáccara preparaba su bata cuando vio la imagen fracturada de su hermano entrando con Rayo sangrando:
Jacarita, ayúdame… susurró Alberto, la voz hecha trizas.
Le llevaron al galgo a la consulta; Jáccara le curó las heridas bajo la luz amarillenta, limpió los ojos inflamados, le dio agua fresca.
Luego, en el pasillo, Alberto balbuceó:
Perdóname, Jacarita…
No digas tonterías respondió ella, agotada. ¿Y Susana…?
No, Jacarita. Nunca más.
Jáccara llamó a don Francisco:
Pachi, ven a por mí, por favor…
A los pocos minutos, como si el tiempo no existiera, don Francisco llegó y al ver a los hermanos abrazados, con Rayo a sus pies gimoteando, sonrió:
Anda, valientes, vamos a casa.
Se llevaron a Alberto y le explicaron cómo cuidar a Rayo. Cuando Jáccara le contó a su madre lo sucedido, la mujer murmuró:
Tenían que haberse separado hace años…
Se puso el mantón y fue a ayudar a su hijo a poner orden.
En el porche, Alberto estaba sentado, acariciando a Rayo. Su madre llegó, posó la mano en la cabeza del hijo y en la de Rayo:
¿Estáis vivos?
Sí, madre, vivos.
De la cocina flotaba un aroma de puchero y tomates frescos. Rayo olfateó, movió el rabo. Alberto sonrió y se incorporó.
La vida, difusa e ilógica, siguió su camino por los cauces oníricos del tiempo.






