¿Por qué no puedes perder ni una vez?
Acomodada en su butaca con el portátil sobre las piernas, Inés se preparaba para buscar algo interesante de historia en internet; mañana quería sorprender a sus alumnos de bachillerato con alguna curiosidad. Los chicos adoraban a su profe favorita, la entrañable Inés Jiménez.
En ese momento sonó el móvil.
¡Hola, Inés! Oye, ¿en tu cole hace falta profe de Lengua? Que vuelvo a mi tierra, ¿crees que tu director me daría trabajo? Échame un cable, que para eso somos amigas le soltó Lucía, con su habitual desparpajo. Ya he avisado a mi madre, está encantada de que vuelva.
¿Pero qué te ha dado, Lucía? Siempre te ha gustado la ciudad, ¿y ahora el pueblo? Decías que aquí te agobiabas
Ay, hija, que ya me cansa todo esto, ya he hecho de todo, los tíos son un cuadro Nada, no he conseguido casarme, he ido de uno a otro y ni una propuesta. Y eso que tenemos cuarenta y dos. Pero no me deprimo, aún me queda cuerda, ya verás Lucía se reía a carcajadas. Bueno, Inés, nos vemos
Inés se quedó pensativa; hacía siglos que no veía a su amiga. Desde que acabaron Magisterio, Inés volvió al cole de toda la vida y Lucía se quedó en la ciudad. Lucía venía de vez en cuando a ver a su madre, que vivía puerta con puerta con la de Inés, y se veían un rato, pero la amiga nunca paraba mucho, enseguida se largaba.
Inés vivía sola en su piso; su hija estudia arquitectura en Madrid, sacó matrícula de honor y es el orgullo de su madre y abuela. Lástima que el padre de Clara no lo vea. Andrés murió en los Pirineos, donde se escapaba cada año con los amigos. No podía vivir sin la montaña, y la montaña se lo llevó. Ya han pasado siete años.
Lucía y Inés crecieron juntas, vecinas de toda la vida. Lucía era rápida y perezosa, copiaba los deberes de Inés, pero aprobaba. Se apuntó a Magisterio solo porque así tendría a su amiga cerca para echarle un cable
Entraron juntas, pero Inés se volcó en los estudios y Lucía se dedicó a buscar novio rico en la ciudad. Al principio compartieron habitación en la residencia, pero Lucía se aburría con Inés y pronto se fue con otras amigas más marchosas.
Inés, no te enfades, me cambio con Marta, ahora ella vive contigo, sois igual de empollonas, solo os importa estudiar.
Inés ni se molestó. Sabía que Lucía era amiga por conveniencia. Sorprendentemente, Lucía acabó la carrera, entre favores de Inés, dinero de mamá y alguna sonrisa coqueta. Con el título en mano, decidió seguir buscando marido en la ciudad.
Inés, yo no vuelvo al pueblo, aquí no hay futuro, mejor me quedo en la ciudad y busco cole.
Vale, Lucía, yo sí vuelvo. Siempre quise trabajar en mi cole de toda la vida.
El director, don Antonio Martínez, se alegró al ver a Inés con el título; la conocía como la mejor alumna, responsable y buena gente.
¡Qué alegría, Inés! Ahora serás mi colega, seguro que encajas enseguida le dijo con entusiasmo.
Así empezó la vida de profe. Inés adoraba su trabajo, conectó rápido con los alumnos, era joven y les entendía. Los chicos notan enseguida quién disfruta enseñando y quién solo viene por la nómina.
En el cole conoció a Andrés, el profe de Física; se casaron rápido y tuvieron una hija.
La vida con Andrés pasó volando pensaba a veces Inés. Fuimos felices, nunca discutíamos. Era imposible pelearse con él, todo lo convertía en broma, un marido así no se encuentra fácil. Le echaba mucho de menos.
Ya casi siete años sin Andrés, y apareció Óscar. No era profe, tenía un taller mecánico en el pueblo. Divorciado, tres años mayor que Inés.
Llevan saliendo ocho meses, Óscar la quiere, sabe que Inés es de familia, ya le ha pedido matrimonio y van a entregar los papeles.
Óscar es distinto a Andrés pensaba Inés, pero también tranquilo y atento. Cada uno es como es, no hay que comparar. Espero que Óscar sea buen marido.
Inés, cuéntame, ¿cuánto cobráis ahora en el cole? ¿Hay pluses? ¿Quién es el director? ¿Queda alguien de los de antes? disparó Lucía cuando vino al pueblo y se plantó en casa de su amiga.
¡Madre mía, Lucía, qué bombardeo! Vamos a tomar un té y luego hablamos ¿Y tú, por qué has vuelto, te agobiaba la ciudad?
¿Has hablado ya con el director por mí?
Todavía no Pero ve tú misma, tienes experiencia, seguro que hay vacantes.
Charlando con el té, Inés preguntó por la vida amorosa de Lucía. Siempre fue guapa, con figura de modelo y melena oscura, sabía cómo llamar la atención, pero sus romances nunca cuajaban. Cuando los hombres la conocían bien, perdían el interés.
¿Vida amorosa? ¡Qué va! Hombres hay muchos, pero ninguno decente. Y aquí en el pueblo ni lo intento, ¿qué hombres hay aquí?
No digas eso, Lucía Ya sabes cómo era mi Andrés, pero bueno
Eso fue suerte, Andrés es uno entre un millón respondió Lucía con desdén. Yo ya he perdido la fe en los hombres.
En ese momento llamaron a la puerta; apareció Óscar. Un hombre atractivo, alto, de unos cuarenta y cinco, vestido con estilo y deportista. Lucía se quedó muda.
Buenas tardes saludó educadamente a Lucía. Inés, no sabía que tenías visita.
Pasa, Óscar, es mi amiga de toda la vida, Lucía. Ni yo sabía que venía sonreía Inés, sirviéndole té.
Encantada dijo Lucía, recuperando el habla. Soy Lucía, amiga de la infancia, vecinas y compañeras de cole y carrera.
Los tres charlaron largo rato, recordando viejos tiempos y riendo. Lucía, sin embargo, solo pensaba en cómo Óscar debería ser suyo, no de Inés, que según ella era menos atractiva.
Vaya, qué hombre se ha agenciado Inés, y encima con negocio propio Llevo años buscando uno así y nada, y resulta que estaba aquí rumiaba Lucía.
Ya había decidido que quitarle a Óscar a su amiga sería pan comido con su físico, solo necesitaba la ocasión.
Al día siguiente, Lucía fue al cole. Estaba convencida de que con una sonrisa el director firmaría su contrato. Pero al ver al mismo don Antonio Martínez, ahora más mayor, dudó y le entregó el título.
Pues mire, doña Lucía, dijo con voz seria tendrá que buscar en otro colegio, aquí no hay plazas. Lo siento
El otro cole estaba en el pueblo viejo, al otro lado del río, y no le hacía ninguna gracia, pero no tenía opción.
Inés, el viejo Antonio no me ha cogido, ni una sonrisa, me ha mandado al otro cole.
Pues si dice que no hay plazas, será verdad. Espera un poco, igual sale algo. Por cierto, ¿te acuerdas que el viernes es mi cumple? Lo celebro en el bar.
¡Ay, Inés, qué amiga soy! Se me había olvidado, pero iré, así me da tiempo a comprar regalo.
Pero no es por el regalo, Lucía se reía Inés.
Ya, ya pensaba Lucía. Esta es mi oportunidad, hay que planearlo bien.
El viernes por la mañana Óscar estaba en el taller, tenía faena, pero estaba ilusionado con el regalo para Inés.
Lucía llamó a Inés para preguntar cuándo estaría en casa.
Ya estoy, solo tuve dos clases hoy respondió Inés.
Lucía fue a verla, y la amiga se extrañó, porque la fiesta era por la noche en el bar.
¿Qué pasa, Lucía?
Toma, mi regalo, no podré ir al bar esta noche.
¿Cómo?
Pues tengo una cita, no quiero perder al hombre que he conocido aquí dijo Lucía, esquivando el tema. Me ha invitado a otro sitio.
Bueno, gracias por el regalo, venid juntos si quieres.
Inés no vio que Lucía se llevó su móvil, y luego fue al taller de Óscar.
Hola Óscar se sorprendió al verla. ¿Qué haces aquí?
Vengo de parte de Inés. Ha perdido el móvil y no puede llamar, y además ha cambiado de idea, la fiesta será en la zona de la ribera, donde está la pérgola grande, con más gente.
Lucía, no sé nada de eso Óscar estaba desconcertado.
Te digo que ha perdido el móvil. Ven a la ribera.
Óscar ni sospechó que era cosa de Lucía.
Inés esperaba a Óscar en el bar, pero no apareció. La fiesta fue corta, los amigos notaron que Inés estaba triste.
Óscar tampoco entendió nada, solo vio a Lucía en la ribera, sin nadie más. Ella intentó seducirle al momento, lo tenía todo calculado
¿Qué le ves a Inés? Siempre ha sido una sosa, le rodeó el cuello. Mírame, soy mejor, más atractiva, deberíamos estar juntos.
Óscar no se dio cuenta de la jugada de Lucía, pero no cayó en la trampa y se ofreció a llevarla a la ciudad. Al pasar por el bar, vieron a Inés y todo quedó claro.
Inés estuvo una semana sin hablarle, él no podía llamarla, ella compró otra SIM y usó un móvil viejo. Óscar fue a su casa, llamó al timbre, pero ella no abría. Hasta que la esperó a la salida del cole.
Inés, ¿qué pasa? ¿Por qué cancelaste todo? ¿O tu amiga ha liado algo?
Al final, hablando tranquilos, encajaron las piezas y entendieron todo. Lucía había hecho de las suyas. No esperaba que Inés y Óscar se reconciliaran, y cuando fue a devolver el móvil, soltó:
¿Por qué siempre te toca lo mejor? ¿Por qué no puedes perder ni una vez?
Ahí acabó la amistad. Inés se casó con Óscar, llevan años felices.Lucía, por supuesto, no se daba por vencida. Seguía apareciendo en fiestas del pueblo, siempre con ese aire de aquí estoy yo, y cada vez que veía a Inés y Óscar juntos, ponía cara de póker y soltaba algún comentario irónico, como si la vida le debiera una explicación. Pero en el fondo, todos sabían que Lucía era incapaz de estar quieta: cambiaba de trabajo, de piso, de corte de pelo y de pretendiente con la misma facilidad con la que otros cambian de calcetines.
Inés, mientras tanto, se había convertido en la profe más querida del colegio. Los alumnos le traían flores en San Isidro, los padres le pedían consejo sobre todo, desde deberes hasta recetas de tortilla, y hasta el conserje le guardaba los mejores churros de la cafetería. Óscar, feliz con su taller y con la vida tranquila del pueblo, se reía de los dramas urbanos de Lucía y, de vez en cuando, le arreglaba el coche gratis, porque en el fondo le caía bien, aunque nunca lo admitiría.
Clara, la hija de Inés, venía a casa los fines de semana, contaba historias de la universidad y traía bocadillos de calamares de la Plaza Mayor, que hacían que la abuela suspirara de nostalgia. A veces, las tres se sentaban en la terraza, con una jarra de sangría y aceitunas, y se reían de los líos de Lucía, de los novios imposibles y de los profesores que confundían el Quijote con una receta de gazpacho.
Lucía, por su parte, seguía buscando al hombre perfecto, convencida de que estaba a punto de aparecer en cualquier esquina, quizá en la cola de la panadería o en una verbena de verano. Y aunque cada vez que se enamoraba, el romance duraba menos que una siesta en agosto, ella nunca perdía el optimismo. Ya verás, Inés, el próximo será el bueno, decía, mientras se retocaba el pintalabios y miraba el móvil por si acaso.
El pueblo, como siempre, seguía su ritmo: los niños jugaban al fútbol en la plaza, los abuelos discutían sobre política en el bar, y las fiestas patronales traían música, risas y algún que otro cotilleo. Inés y Óscar paseaban de la mano, saludando a todo el mundo, y a veces, cuando Lucía pasaba cerca, Inés le guiñaba un ojo y le decía: Tranquila, que aquí nadie pierde para siempre.
Y así, entre risas, tés, y algún que otro desencuentro, la vida seguía en el pueblo, con sus historias de amor, sus pequeñas traiciones y sus grandes reconciliaciones. Porque, al final, en España, todo se arregla con una buena charla, un poco de ironía y, por supuesto, una ronda de tapas.






