Mucho más que una canguro

No solo una cuidadora

Clara estaba sentada en una de las mesas de la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, rodeada de libros y apuntes. Sus dedos recorrían las páginas a toda velocidad y sus ojos repasaban con atención cada línea: trataba de asimilar toda la información posible antes del examen. El profesor de Pedagogía era conocido por su exigencia extrema: si alguien suspendía el examen, la recuperación estaba casi asegurada. Clara no podía permitirse ese lujo: el semestre ya se le hacía cuesta arriba.

En ese momento, se acercó a su mesa Lucía, una compañera de clase. Se sentó en el borde de la mesa, se inclinó hacia Clara y, en voz baja, le preguntó:

¿Seguías buscando un trabajo de media jornada, verdad?

Clara levantó la vista del cuaderno apenas un segundo, asintió sin abrir la boca y volvió a centrarse en la lectura. El reloj corría y lo que tenía que estudiar aún era mucho.

Ajá respondió al cabo de unos segundos, intentando no perder el hilo. Pero todo depende del horario. Ya sabes que tenemos clases hasta las dos todos los días, y faltar no es una opción.

Lucía le regaló una sonrisa comprensiva: sabía bien lo en serio que se tomaba Clara sus estudios. Tras una breve pausa, continuó, ahora con visible entusiasmo:

Es que he dado con el trabajo perfecto para ti. Mi vecino, Nacho, es padre soltero. No está claro si su mujer falleció, no quiero entrar en detalles frunció ligeramente el ceño: nunca le gustaron los cotilleos. El caso es que ahora mismo está desbordado de trabajo y necesita urgentemente una cuidadora para sus hijas por las tardes. Serían unas cuatro horas, desde las cuatro hasta las ocho más o menos.

Por fin, Clara apartó la mirada de los apuntes y miró con interés a su amiga. Lucía, al darse cuenta, continuó:

Te encantan los niños, estás estudiando Magisterio y tienes experiencia, ¡cuatro hermanos pequeños te avalan!

Clara meditó. Siempre le había gustado ayudar con los niños. Desde niña cuidaba de sus hermanos; nadie se lo imponía: era agotador, sí, pero también le traía mucha alegría.

¿Qué edad tienen? preguntó, dejando oír su genuina preocupación.

Clara jugueteó con el bolígrafo, dándole vueltas a las palabras de Lucía. La idea de cuidar a otras niñas le atraía y le asustaba al mismo tiempo. ¿Sería capaz? No es lo mismo cuidar a tus propios hermanos, que a niñas ajenas, y menos en una familia golpeada por la desgracia.

Son gemelas y tienen unos seis años respondió enseguida Lucía. Nacho tiene otro hijo mayor, pero ya tiene trece años y apenas para en casa: está siempre en entrenamientos. No puede ayudar mucho con las pequeñas.

¿Seguro que me querrá? preguntó Clara con prudencia, golpeando el boli nerviosamente en la mesa. A fin de cuentas, todavía no he terminado la carrera, solo estoy en cuarto

Sí, había ayudado a su madre con sus cuatro hermanos pequeños, había hecho prácticas en una escuela infantil, adoraba a los niños Pero no era lo mismo: sus hermanos eran su propia sangre, ahora sería responsable de unas niñas ajenas, y ante un padre que no la conocía.

Lucía agitó la mano, quitándole importancia a sus dudas:

Claro que sí. Justo ayer Nacho me preguntó si conocía a alguien de confianza. ¿Le paso tu número?

Su determinación era contagiosa y Clara se quedó unos segundos inmóvil, mirando sus apuntes. Miró el reloj: apenas quedaban treinta minutos para la siguiente clase Y lo entendió de repente: quizá era justo la oportunidad que necesitaba. El trabajo estaba cerca de la universidad, con horario flexible y seguro que las niñas eran un encanto.

Sintió el corazón saltarle de emoción y nerviosismo. Inspiró profundo, soltó el aire y dijo con seguridad:

¡Vale!

********************

Clara iba ese día más nerviosa que nunca. Era como su primer día de trabajo. Había cuidado a sus hermanos mil veces, pero esto era distinto: era un empleo de verdad, una responsabilidad ante una familia ajena y unas niñas que apenas conocía. Revisó su bolso una vez más móvil, llaves, cuaderno con notas, una bolsita con algo de merendar para las gemelas. Todo en orden.

La entrevista con Nacho y sus hijos el día anterior había ido mucho mejor de lo que esperaba. Él resultó ser un hombre cordial y paciente, que le explicó todo con sencillez y amabilidad. Las niñas Celia y Sofía le dieron algo de reparo al principio, pero enseguida se lanzaron a enseñarle sus dibujos y a contarle mil historias. Clara se encariñó con ellas al instante: su espontaneidad era encantadora.

Pero lo que más le sorprendió fue otra cosa: Nacho en persona. Lucía nunca había comentado lo atractivo que era el padre soltero. Alto, mirada afable, una sonrisa cálida, sencillo pero con una naturalidad que la desarmó. Clara se molestó con su amiga por omitir ese detalle, y ahora tenía que esforzarse en no sonrojarse cada vez que él la miraba.

Que no se te vaya la cabeza, se repetía por dentro, Es un trabajo, nada más.

Llegaron a la puerta de la escuela infantil: un edificio pequeño, acogedor y con un parque de juegos de colores vivos. Nacho ya había avisado a las cuidadoras de que ese día recogería a las gemelas su niñera del día, y hasta le había dado a Clara una autorización firmada. Clara respiró hondo, se alisó el pelo y cruzó la verja.

En el patio reinaba el bullicio: niños corriendo, gritos, castillos de arena. Clara reconoció inmediatamente a Celia y Sofía, charlando animadas cerca de los columpios. Al verla, las mellizas se detuvieron y le sonrieron tímidas.

Clara se acercó con una sonrisa tranquilizadora, se agachó para estar a su altura y les susurró:

¿Nos vamos ya a casa? Os preparo una merienda rica.

Celia miró a Sofía, luego se acercó despacio.

¿Qué vas a preparar? preguntó, entornando los ojos.

Mmm Clara hizo como que se lo pensaba. ¿Quizá unos crepes con mermelada? ¿O galletas con trocitos de chocolate?

Sofía se animó de inmediato:

¡Galletas! ¡Me gustan las de chocolate!

¡Pues decidido! Clara les tendió la mano. ¿Vamos?

Las niñas dudaron apenas un instante antes de agarrarle la mano. Y justo entonces, Clara sintió que el miedo se iba y en su lugar brotaba una tranquilidad dulce. ¿Y si realmente podía con ello?

Las gemelas se miraron: solo un instante, pero en esa mirada había madurez y complicidad. Caminaban igual, juntando las manos, las cabezas inclinadas a la par, hasta los pasos iban acompasados. Y esa seriedad en sus ojos Clara no pudo evitar mirarlas embelesada, pero le vino a la mente la conversación del día anterior con Marcos, el hermano mayor de las gemelas. De manera seria y en voz baja, como si también fuera ya adulto, la apartó unos minutos y le confesó:

Antes eran muy distintas decía Marcos, estrujando el bajo de la camiseta. Abiertas, cariñosas, se tiraban a abrazar a cualquiera. Pero desde desde que mamá ya no está… se detuvo, se recompuso. Ellas no entienden bien lo que ha pasado. Creen que quizá hicieron algo mal.

Guardó silencio, mirando hacia otro lado, pero añadió:

Lloraban mucho, preguntando: ¿Somos tan malas que mamá se ha ido? Nacho y yo intentamos explicarles que no fue culpa suya, que mamá las quería más que nadie Pero es como si se hubieran cerrado. Casi no sonríen. Y desde que la abuela está tan enferma papá ha tenido que buscar una cuidadora.

Su tono era de agotamiento, pero a la vez sentías cómo ese chico intentaba cargar con todo, cuidando a su padre y a sus hermanas a la vez.

Clara solo pudo asentir entonces, sintiendo cómo se le encogía el corazón. Ahora lo entendía al mirar a las mellizas: el peso frágil y precioso del encargo que le habían confiado.

Pero ayer les caí muy bien pensó Clara con una sonrisa. Jugamos, estaban tímidas al principio, pero pronto se rieron mucho. Les hice un truco con un pañuelo y no paraban de reír.

Marcos la miró largo rato, como calibrando si podía fiarse, y al final dijo, muy serio:

Por eso mi padre te eligió. Vio que a ellas les gustabas. Solo no nos falles, ¿vale?

En su mirada había tanta esperanza y ansiedad que Clara sintió un nudo en la garganta. Asintió, firme:

No os voy a fallar. Haré todo lo posible para que vuelvan a sonreír.

Marcos se relajó y, recordando que apenas era un niño, añadió con tono más ligero:

Yo a veces también estaré con ellas, eh. Cuando no tenga entreno. Sé contar cuentos.

Claro, respondió Clara con calidez. Seguro que les encantará.

****************

Ya han pasado dos meses desde que Clara empezó en casa de los Torres. Muchas cosas han cambiado: la desconfianza de las mellizas dio paso poco a poco al cariño. Ahora la recibían con gritos de alegría, le contaban sus cosas y no querían que se marchara cuando llegaba el momento de despedirse.

Esa tarde, como de costumbre, Clara recogía los juguetes desperdigados mientras tarareaba la canción que habían aprendido juntas. Celia y Sofía, sentadas en el sofá, la miraban con caritas tristes.

¡Quédate esta noche con nosotras! dijo de pronto Celia, saltando del sofá y abrazando a Clara por la cintura. ¿Para qué vas a volver a tu casa?

Clara se detuvo unos instantes, pero luego soltó una suave risa y se agachó para abrazarlas.

Tengo que prepararme las clases, cariño explicó con tono dulce. Mañana tengo clase temprano, y hay que repasar teoría y hacer trabajos. Pero volveré mañana, ¡y no vais a tener tiempo de echarme de menos!

Sofía se lanzó también al abrazo, apretándose contra su hermana y Clara de un brinco.

¡Si ya te echamos de menos! exclamó con espontaneidad. Quédate.

Frente a esas dos miradas brillantes y ansiosas, Clara sintió cómo se le ablandaba el alma. Se agachó a su altura y preguntó con una sonrisa:

¿Y dónde dormiría? ¡No quepo en vuestra cama!

Celia se lo pensó un segundo, frunció el ceño y exclamó feliz:

¡En la de papá, que es gigante!

Sofía añadió:

¡Sí! Papá a veces vuelve tarde y no le importa.

Clara sonrió, enternecida y divertida. Entendía bien que solo querían tenerla cerca. Les acarició las mejillas:

Gracias por la invitación tan generosa dijo suavemente. Pero hoy sí tengo que irme. Eso sí, mañana vengo antes y podemos jugar, leer cuentos y hasta hacer más galletas.

Las niñas se miraron, se encogieron un poco de hombros, y finalmente Celia asintió:

Vale pero ¿seguro que vuelves?

Por supuesto que sí, afirmó Clara abrazándolas de nuevo. Con mis niñas favoritas nunca miento.

Aún las apretó un poco más antes de separarse con cariño.

Y ahora, a recoger juguetes y a lavarse antes de dormir. Papá vuelve enseguida y le encantará ver que está todo perfecto.

Ya sin tanto pesar, las mellizas cogieron los juguetes juntas y Clara las miraba con una sonrisa cálida, notando cómo su afecto por ellas no paraba de crecer.

La verdad, a Clara le había sonrojado la propuesta inocente de las niñas. Sabía que para ellas solo era una forma genuina de retenerla un poco más. Pero su imaginación, claro, se desbocó un poco: pensó en una noche tranquila en casa de los Torres, la luz de la lámpara, una charla pausada con Nacho Ojalá pudiera quedarse no en la cama de él, claro, sino sencillamente en su presencia, compartiendo un té y charlando.

Pero se obligó a sí misma a poner límites: Esto es un trabajo, nada más, no eres invitada. Así que recogió deprisa, se despidió y casi salió corriendo del piso.

Fuera, respiró el aire fresco de la tarde madrileña, tratando de calmar el rubor de sus mejillas. Se revolvía el pelo y jugueteaba nerviosa con el asa del bolso.

Desde el pasillo, Marcos lo había visto todo, sonriendo satisfecho. Llevaba tiempo notando cómo cambiaba el ambiente desde que Clara estaba en casa: cómo su padre se quedaba mirando a Clara, cómo la voz se suavizaba al hablarle. Y cómo Clara, por mucho que quisiera ser profesional, acababa sonrojada cada vez que él la miraba.

Creo que mi padre tiene una oportunidad, pensó Marcos. Llevaba tiempo deseando que alguien devolviera la alegría al hogar no solo una cuidadora para las niñas, sino alguien capaz de sacar la mejor versión de su padre. Clara era perfecta: generosa, paciente, alegre y se veía que quería de verdad a las mellizas.

¿Por qué ninguno de los dos se atreve? se frustraba el chaval. ¿Vergüenza? ¡Qué complicados son los adultos!

Aquella noche, cuando Nacho volvió, Marcos aprovechó para hablar claro. Se sentó enfrente en el salón, cruzó los brazos y preguntó serio:

Papá, ¿por qué no haces nada con Clara?

Nacho levantó la vista, sorprendido:

¿Eh? ¿Qué dices?

Lo que digo insistió Marcos. Te gusta Clara. Se nota. ¿Por qué no das el paso? Invítala a salir, papá.

Nacho se quedó un instante en silencio, ruborizado, rascándose la nariz.

Hijo, Clara es la niñera. Se lleva bien con las niñas, y eso es lo importante

¡Que no! le interrumpió Marcos. Se nota cómo la miras, y cómo ella te mira. ¡D éjate de rodeos y llévala a un café!

Nacho se pasó la mano por la cara, intentando ordenar sus ideas. Parecía menos seguro de sí mismo de lo normal.

Marcos, hijo, no es tan fácil. No quiero romper el equilibrio en casa. Las niñas adoran a Clara, y si por mi culpa ella se va no quiero ni pensarlo.

Pensó en cómo las niñas sonreían con Clara, en cómo él sin querer se fijaba en su sonrisa y su delicadeza. ¿Y si lo arruinaba si confesaba sus sentimientos?

Marcos, en cambio, estaba decidido. Se inclinó hacia su padre, mirándolo con seriedad adulta.

Clara está coladita por ti. Se nota. Solo no se atreve porque trabaja aquí. Da tú el primer paso. ¡Papá, no pierdas la oportunidad!

Nacho no pudo evitar sonreír ante la insistencia de su hijo adolescente.

Lo dices como si fuera fácil ¿y si meto la pata? ¿Si piensa que me aprovecho?

No se trata de lanzarse a lo loco respondió Marcos. Invítala a una salida, pero con todos. Un paseo en el Retiro o una merienda. Nada raro. Y así podéis charlar tranquilos.

Nacho se quedó pensativo. No parecía mala idea: comenzar compartiendo momentos en grupo, para que todos estuvieran cómodos, antes de dar un paso más personal.

¿De verdad crees que funcionará? dudó Nacho.

¡Seguro! Lo importante es empezar. Luego ya se verá.

Nacho asintió y miró por la ventana. Pensaba en mil planes: un paseo, un chocolate con churros en la cafetería que tanto les gustaba a las niñas, una tarde en el parque. Inspiró y por fin sonrió.

Vale. Lo intento. Pero si sale mal

Me callo prometió Marcos. ¡Palabra!

Se miraron riendo y justo entonces resonó la risa de Celia y Sofía: jugaban al escondite con Clara. Nacho escuchó el eco de las voces y sintió que algo se le aflojaba por dentro. ¿Y si Marcos llevaba razón?

***********************

Los días siguientes, Nacho no podía apartar de su mente las palabras de Marcos: Clara está coladita por ti, sólo tienes que atreverte. Recordaba instantes en los que Clara sonrojada desviaba la mirada cuando él le daba las gracias por su cariño a las niñas, cómo se le iluminaba la sonrisa

¿De verdad no me había dado cuenta?, se preguntaba al abrir la puerta de casa, ¿O simplemente no quería reconocerlo?

Del fondo llegaban carcajadas infantiles y Nacho, contagiado, dejó las cosas en silencio para escuchar.

Clara, ¿a que papá es el mejor del mundo? exigía Celia, con el claro apoyo de Sofía y Marcos.

Por supuesto decía Clara, mientras seguía trenzando el pelo de Celia con destreza. El más generoso y bueno.

Y guapo, ¿verdad? añadía Sofía, con picardía.

Muy guapo respondía Clara, distraída. Vuestro papá es el mejor.

Solo un momento después fue consciente de lo que acababa de decir y se puso roja como un tomate.

El mejor papá, claro está. Y os quiere muchísimo matizó.

¿Y tú? insistió Sofía con ojos grandes.

¿Y yo qué? pretendió Clara disimular, atusándose el pelo.

¿Tú le quieres? preguntó directamente Sofía.

Clara se quedó paralizada. Hasta Marcos dejó de respirar. Buscó los ojos de las niñas, como pidiendo ayuda.

Yo mirad qué tarde es. ¡Hora de hacer la cena! ¿Quién me ayuda?

Salió disparada a la cocina, visiblemente nerviosa. Celia y Sofía se miraron, pero enseguida corrieron tras ella con alegría.

Nacho, que lo había oído todo, entró entonces en el salón. Y sí, la vio sonreír casi con alivio cuando él apareció en la puerta.

¿Qué os parece si hoy cenamos todos fuera? propuso con tono suave. Nos vendrá bien cambiar de aires.

Surgió el alboroto:

¡Fuera, genial!

¿Podemos tomar helado?

¿Vamos al parque?

Clara, de pie y observando la escena, no podía tampoco contener la sonrisa. Nacho se le acercó y le murmuró:

¿Te parece bien? Creo que será bueno para todos.

Por supuesto respondió ella todavía ruborizada. Es una idea estupenda.

Él asintió. Quizá era la oportunidad de dar ese primer paso, como le aconsejó Marcos: sin prisas y en familia.

************************

Pasaron los meses. La vida en casa de los Torres fue evolucionando poco a poco, casi sin que nadie lo percibiese. Los paseos, meriendas y salidas en grupo se volvieron rutina. Cada vez que las mellizas se dormían, Nacho y Clara acababan compartiendo una infusión en la cocina, riendo, hablando sin prisa.

No quisieron reconocer los dos que ahora todo aquello era mucho más que una relación profesional. A veces, con una sola mirada lo sabían: la confianza y el cariño habían ido creciendo.

Marcos lo observó todo con una sonrisa satisfecha. Su plan estaba funcionando. Su padre sonreía más, y Clara ya no se ruborizaba tanto: ahora brillaba en sus ojos una ternura tranquila.

Hasta que un día, con las niñas dormidas, Nacho y Clara se sentaron juntos en el sofá del salón. Dos tazas de té a medio terminar, la luz tenue.

Verás empezó Nacho, fijándose en las luces del patio. Hace tiempo que quiero decirte algo

Clara se tensó, el corazón desbocado. Se giró hacia él con ojos sinceros, llenos de esperanza.

Ya no me imagino la vida sin ti prosiguió Nacho mientras le tomaba la mano. Sin tu risa, tus cuidados, tu cariño. Clara, te quiero. Quiero que formes parte de nuestra familia, no solo como cuidadora sino como mi mujer.

Clara cerró los ojos, respiró hondo y contestó, con voz baja y firme:

También te quiero. Quiero quedarme contigo.

*************************

No quisieron boda grande ni mucha ostentación. Querían la cercanía de los suyos y compartir la alegría, por encima de trajes o celebraciones.

El día de la boda fue soleado y cálido. En un pequeño restaurante de la sierra de Madrid, decorado con flores y globos, todos sus seres queridos se reunieron. Por supuesto, las protagonistas eran Celia, Sofía y Marcos.

Las mellizas, en idénticos vestidos rosas, repartieron pétalos con solemnidad y luego, en la ceremonia, llevaron los anillos.

Papá, ¡qué guapo vas! susurró Celia cuando Nacho se agachó a besarla en la frente.

Clara es como un hada de cuento añadió Sofía, admirando el vestido blanco de la novia.

Marcos se enderezó con orgullo junto a su padre, radiante de alegría.

¿Ves, papá? Te dije que todo saldría bien le murmuró al oído cuando los declararon marido y mujer.

Nacho le apretó el hombro, luego miró a Clara y casi se le cortó la respiración: la felicidad y el amor brillaban en su mirada.

Ahora ya somos una familia susurró ella entrelazando sus dedos con los de él.

Siguieron la comida, las risas, los bailes, los brindis; los niños corrían de un lado a otro, reclamando abrazos y atenciones. Cuando trajeron la tarta, las niñas exigieron ser las primeras en probarla.

Al anochecer, ya casi solos en la terraza, Nacho y Clara se abrazaron bajo el cielo estrellado y el perfume a flores.

Creo que ha sido el mejor día de mi vida susurró ella, refugiándose en su abrazo.

Y el mío respondió él. Pero lo importante es que ahora nos esperan muchos días así.

Y Clara, mientras lo miraba sonriendo, comprendió que todas sus inseguridades quedaban atrás: ahora tenía una familia, la persona a la que amaba y un futuro que construir juntos.

La vida a veces da giros inesperados, pero, si uno se atreve a abrir su corazón, puede descubrir que, tras la pérdida y la incertidumbre, es posible empezar de nuevo y que la felicidad, aunque llegue de forma inesperada, sabe aún mejor cuando se comparte.

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