¿Otra vez pones este juego de platos? Te pedí el de la banda dorada, el que nos regaló mamá por nuestro aniversario. Ese se ve más elegante protestó Víctor, frunciendo el ceño mientras observaba la vajilla que Aurora acababa de colocar sobre el mantel blanco impoluto.
Aurora se quedó un instante paralizada, el manojo de perejil en alto. Le daban ganas de contestar con sarcasmo y decir que los platos con la banda dorada no pueden ir al lavavajillas, y que no piensa estar fregando a mano a la una de la madrugada cuando los invitados se hayan ido. Pero se mordió la lengua. Hoy era el cumpleaños de Víctor, sus cincuenta, y no quería empezar la noche con mal pie.
Vítor, ese juego es para doce, y hoy solo somos cuatro. Además, estos platos son más hondos, mejor para el guiso contestó tranquila, decorando el aspic con ramitas de verde. Mira si están frías las botellas de orujo. Marcos y Carmen llegan en cualquier momento.
Víctor masculló algo mientras se dirigía a la cocina. Aurora le observó alejarse y suspiró profundamente. Llevaba toda la semana a contrarreloj: el cierre de trimestre en la asesoría, las cuentas y, encima, organizarle el cumpleaños a su marido. Víctor se había negado a celebrarlo en un restaurante, argumentando que nadie cocinaba como ella, y que además gastar en postureo no merecía la pena.
Por supuesto, halagaba que su marido apreciase su cocina. Pero detrás del elogio se escondía la costumbre de ahorrar y evitar mirar los precios de la carta. Aurora pasó tres noches seguidas marinando carne, cociendo verduras, montando el pastel de San Marcos y enrollando pimientos rellenos, favoritos del cumpleañero. Le dolían los pies, la espalda, y ni tiempo para la manicura: tuvo que limitarse a esmalte transparente.
El timbre la sobresaltó.
¡Voy! gritó Víctor desde la cocina, por arte de magia se transformó en el perfecto anfitrión, sonrisa incluida.
En el recibidor apareció Carmen. Mejor dicho, flotó. Siempre vestida como para una portada de revista, elegante y pulida. Llevaba un pequeño paquete de una tienda de lujo. Detrás venía Marcos, cargado con bolsas de regalos y botellas.
Aurorita, querida Carmen la saludó con un par de besos y una nube de perfume caro. ¡Cómo huele la casa! Como siempre, has hecho magia en la cocina, ¿eh? Yo no podría. Siempre le digo a Marcos: si quieres fiesta, al restaurante, que la cocina me estropea las uñas.
Aurora, instintivamente, escondió las manos tras la espalda.
Alguien tiene que cuidar el hogar, ¿no? sonrió cortés, ayudando con los abrigos. Pasad, ya está todo servido.
La comida empezó con lo habitual: brindis por el cumpleañero, charla sobre los regalos (Marcos había traído una caña de pescar que Víctor llevaba medio año pidiendo), risas y bromas. Aurora entraba y salía, cambiando platos, reponiendo embutidos y asegurándose de que todos tuvieran el vaso lleno. Ella solo probó algo de ensaladilla y un trozo de queso.
A la segunda copa de orujo, Víctor se animó. Se reclinó en su silla, lanzando una mirada admirada a Carmen, quien cortaba el pescado con delicadeza.
Carmen, qué guapa siempre. ¿Eres bruja o qué? Comes y no engordas. El vestido te queda fenomenal, se nota que te cuidas.
Carmen se arregló un mechón, sonriendo coqueta.
Ay, Víctor, tampoco exageres. Es cuestión de disciplina: gimnasio tres veces por semana y nada de pan por las noches. Y cremitas, claro. He descubierto una nueva para la cara, una maravilla.
¡Eso es! interrumpió Víctor con tono triunfal. ¡Disciplina! ¿Lo escuchas, Aurora? Disciplina. Tú siempre diciendo estoy cansada, no tengo tiempo. Mira Carmen: trabaja y sigue jovencísima.
Aurora, que justo entonces servía el asado, se paralizó. Era la jefa de contabilidad en una gran empresa, mantenía la casa, cuidaba el huerto y ayudaba con los nietos cuando sus hijos los traían. Carmen era administradora en una peluquería, tenía horario flexible y no tenía hijos.
Víctor, mejor no comparéis, ¿vale? respondió sin elevar la voz, sin abrir conflicto delante de los invitados. Cada vida es diferente. Prueba el asado, le he puesto ciruelas, es una receta nueva.
Pero el alcohol desató la lengua de Víctor y sus habituales resentimientos, o más bien, su torpeza masculina.
¡El asado no importa! exclamó, sirviéndose una ración generosa. La comida es comida. Pero lo importante es la estética. Marcos, te envidio, tío. Llegas a casa y tienes a tu mujer como una musa, no una cocinera con bata. Es una alegría para la vista. Lo nuestro es todo ollas y olor a sofrito. Siempre le digo a Aurora que se apunte al gimnasio. Pero siempre pone excusas: la espalda, la tensión. Todo cuentos. Es vagancia.
Marcos intentó cortar la tensión:
Vítor, anda, deja de meterte con Aurora. Como ella cocina nadie. Carmen no entra en la cocina, vivimos de precocinados y comida a domicilio.
Exacto añadió Carmen, intentando suavizar y consiguiendo lo contrario. Yo no cocino, es verdad. Así tengo tiempo para mí. ¡El hombre debe enamorarse con los ojos, ¿verdad, Víctor?!
Víctor sonrió satisfecho.
Eso es. Enamorarse con los ojos. Y claro, mira a Aurora hizo un gesto hacia ella, que se sentó frente a él, manos ya ajadas sobre la falda. Te has puesto vestido y te peinaste, pero sigues pareciendo agobiada. Como de tía mayor, ¿me entiendes? En los ojos de Carmen hay vida, alegría. En los tuyos, solo etiquetas del Mercadona.
Se hizo un silencio cargado. Marcos hundió la vista en el plato, Carmen jugueteaba nerviosa con la servilleta. Aurora sintió como si la hubieran abofeteado. Recordó a Víctor quejándose el día anterior por no tener camisas limpias, y ella planchándole, tras la jornada, esa camisa azul que ahora llevaba puesta mientras la humillaba. Recordó cómo sacrificó la cita en la esteticista para poner dinero extra al regalo de la caña de pescar.
Víctor, basta dijo firme y en voz baja. Estás pasado.
¡No estoy pasado! ¡Solo digo la verdad! gritó Víctor. Un amigo se conoce en un apuro, y la mujer, comparando. Y la comparación, mal que le pese, no es buena para ti. ¿Por qué Marcos puede lucir a su mujer en sociedad y yo tengo que avergonzarme? ¿Has visto cómo te has echado a perder? Arrugas
No somos de la misma edad, Víctor corrigió Aurora con voz fría. Carmen tiene treinta y ocho, yo cuarenta y ocho. Y no tienes que subirle la compra cinco pisos cuando el ascensor se estropea, porque tú estás tumbado.
¡Vaya, empezamos! se quejó Víctor, poniendo los ojos en blanco. ¡Yo trabajo! ¡Yo traigo dinero! Entiendo que mi mujer debe estar a la altura. Pero tú eres una gallina de patio. Solo sabes picar ensaladas. Incluso la ensaladilla rusa la hace mejor Carmen. La suya en Nochevieja fue ligera, y la tuya, un puré de mayonesa. Como tú.
Fue la gota que colmó el vaso. Aurora sintió cómo se rompía algo por dentro: esa paciencia infinita que había mantenido el matrimonio por veinticinco años se evaporó, dejando un frío absoluto y un extraño y sereno coraje.
Se levantó despacio. Víctor seguía hablando, ahora dirigiéndose a Marcos:
Dime, ¿me equivoco? La mujer está para inspirar. Y en mi casa, todo es tedio. Bata, zapatillas, caldo.
Aurora cogió el gran bol de ensaladilla rusa, reciente, cremosa, bien decorada.
Se puso a su lado, y él la miró finalmente.
¿Qué quieres, Aurora? ¿Te falta sal? ¿Mayonesa?
No, Víctor, dijo con calma, la voz firme. Está todo bien. Pero si lo que echas en falta es ligereza estética, este plato te va a venir fenomenal.
Sin dudar, volcó el bol.
El tiempo pareció ralentizarse. Marcos abrió la boca, Carmen se tapó la cara. La ensaladilla, mayonesosa y rosa, se derramó por las piernas de Víctor, recién estrenados pantalones beige para el cumple.
*Chof.*
El sonido fue jugoso y húmedo. Ríos de mayonesa descendieron por los pantalones, la remolacha tiñó la tela, trozos de atún decoraron la bragueta.
Se hizo un silencio sepulcral. Víctor, atónito, contemplaba sus piernas. El jugo de remolacha se expandía creando una obra abstracta. Miró a Aurora, furioso:
¡¿Pero qué has hecho?! gritó poniéndose en pie. Trozos de ensaladilla caían por el suelo, la alfombra, los zapatos. ¡Estás loca! ¡Son nuevos! ¡Majareta!
Aurora dejó el bol sobre la mesa con elegancia.
Al menos rico, Víctor. Y nutritivo. Todo natural, sin aditivos.
Víctor intentó abalanzarse, pero Marcos se interpuso sujetándole.
Víctor, cálmate. Te lo has buscado.
¿Yo? ¡Yo! Víctor seguía chillando. ¡Solo dije la verdad y mira lo que hace! ¡Limpia esto, ya! ¡Arrástrate y recogelo!
Carmen, lívida, se quedó pegada a la silla. La velada se arruinó en cinco segundos.
Aurora contempló a su marido con asco, como quien se topa con una cucaracha.
Limpia tú mismo dictó. O llama a una empresa de limpieza. Eres tan importante, seguro que puedes pagarlo. Yo me voy. Voy a dedicarme tiempo a mí. Como dijiste, inspirarme.
Se fue con paso firme. En la entrada, se abrigó y se colgó el bolso. Los gritos de Víctor y el murmullo de Marcos llegaban del salón.
Aurora, espera Carmen salió tras ella, agitando sus pestañas. No te vayas, está borracho, no lo dice en serio
Sí lo dice, Carmen Aurora la miró, pero no sintió rencor, solo pena. Siempre lo ha pensado. Gracias por venir. Me abriste los ojos.
Aurora salió al frío otoñal. No sabía adónde ir, pero quedarse en casa era imposible. Se sentó en el banco frente al portal, llamó a un taxi con el móvil. A la casa de mamá, pensó. Hacía años que su madre había fallecido, pero el piso seguía vacío. Al menos serviría de refugio.
Víctor la llamó una veintena de veces. Primero para gritar, luego, ya sobrio, suplicando. Aurora no contestó. Se compró una botella de vino y una tableta de chocolate en el 24h, se metió en el piso de su madre, donde olía a libros viejos y polvo, y por primera vez en años, se tumbó en el sofá sin pensar en lavadoras ni desayunos.
Las siguientes dos semanas fueron un infierno para Víctor.
Aurora no volvió, ni al día siguiente, ni al siguiente. Se instaló en casa de su madre, iba a trabajar, y por las tardes… Por las tardes se apuntó al spa para el masaje, el que llevaba años posponiendo por ahorrar.
Víctor se quedó sólo en el piso. Pronto descubrió que la comida no aparece sola en la nevera y los calcetines no vuelven lavados y emparejados mágicamente al cajón.
Los primeros días presumió. Comió empanadillas y vivió en vaqueros (los pantalones elegantes no se pudieron limpiar ni en la tintorería profesional). Le contó a Marcos por teléfono que Aurora era una histérica.
Na, ya volverá decía con chulería. ¿Dónde va a ir una mujer de cincuenta? Se cansará y volverá, y yo ya decidiré si la perdono.
Pero al cuarto día, se acabaron las camisas limpias. No sabía planchar. Al quinto, se indigestó con la comida congelada. Al sexto, descubrió que no quedaba papel higiénico en casa.
La casa comenzó a llenarse de suciedad. La mancha de ensaladilla en la alfombra, que intentó limpiar con trapos, empezó a apestar a mayonesa rancia y pescado. El hogar que él daba por supuesto se desmoronaba.
Aurora, en cambio, resurgió. Ya no arrastraba bolsas de la compra ni cocinaba para nadie más que para ella. Dormía. Las compañeras notaron el cambio.
Aurora, ¿estás enamorada? Te brilla la mirada bromeaban en contabilidad.
Sí, chicas. Por fin, de mí misma.
Dos semanas después, Víctor la esperó en la salida del trabajo, desaliñado, con una camisa arrugada y mirada de perro apaleado. En la mano, un absurdo ramo de claveles envueltos en plástico.
Aurora empezó, inseguro.
Ella le miró con calma y frialdad.
¿Qué quieres, Víctor?
Ya vale de bromas. Es hora de volver a casa. Allí hay que regar las plantas. Y la gata te echa de menos.
Nunca tuvieron gata.
No voy a volver, Víctor dijo sin rodeos. He pedido el divorcio. Pronto te llegará la notificación.
Víctor se quedó boquiabierto.
¿Divorcio? ¿Estás loca? ¿Por una ensaladilla? ¿Por unas palabras? ¡Veinticinco años juntos!
Exacto. Veinticinco años haciendo de criada, costurera y cocinera. Pero como persona, nunca. ¿Querías una musa, Víctor? Búscala. Carmen, por ejemplo Bueno, no, Marcos te rompe la cara. Busca otra. Una que ande flotando por la casa y solo huela a perfume, sin tocar un puchero. Porque las musas no limpian baños ni cocinan.
¡Aurora, perdóname! rogó tomándole del brazo, la gente en la calle empezaba a mirar. ¡He sido idiota! ¡No pensaba! ¿Quieres un abrigo nuevo? ¿Un bono de fitness?
Aurora soltó una risa amarga y alegre.
¿Fitness? ¿Para que te de menos vergüenza salir conmigo? Ya no. Ya lo hago, pero por mí. Y el abrigo ya me lo compraré yo, ahora que mi sueldo no se va en tus caprichos, cañas de pescar y delicatessen para tus amigos.
¿Y yo? preguntó confuso. Me las arreglaré. Ni siquiera entiendo la lavadora, tiene demasiados botones
Hay tutoriales online, Víctor. O contrata a alguien. Yo renuncio al cargo de esposa. Sin indemnización.
Retiró el brazo y se encaminó ligera hacia el metro. La espalda recta, el paso firme.
Víctor se quedó mirando el ramo de claveles marchitos. Pensó en la velada, el asado sabroso, la luz cálida y el instante en que la ensaladilla resbaló por sus rodillas.
Menuda loca susurró, sin convicción.
Pero cuando volvió al piso, apestando, con la vajilla amontonada, se sintió estúpido. Llamó a Marcos.
Oye, tío, ¿puedo ir a tu casa? Me muero de hambre, quiero comida casera
Va a ser que no respondió Marcos tenso. Carmen y yo hemos discutido. Le insinué que cocinara una vez, me montó un pollo porque no quiere ser la cocinera, dice: Mira cómo acabó Aurora con Víctor, ensaladilla en las piernas. Yo así no. Así que aquí estamos, con fideos instantáneos.
Víctor colgó mirando la mancha en la alfombra, que tenía forma de corazón, quebrado y sucio.
Medio año después.
Aurora y Víctor firmaron el divorcio sin dramas. Los hijos, ya adultos, intentaron reconciliarlos, pero viendo a la madre floreciente y al padre quejumbroso, se quedaron del lado de ella.
Víctor jamás aprendió a cocinar de verdad. Adelgazó, envejeció, su ropa la lavaban por encargocaro, pero necesario. Probó a salir con otras mujeres, pero todas resultaron no como Aurora. Una no sabía freír croquetas, otra exigía cenas fuera, la tercera preguntó por su sueldo y torció el gesto.
Aurora, en cambio, celebró sus cuarenta y nueve en un café íntimo con amigas. Lucía un vestido nuevo y corte de pelo.
¿Lo lamentas? preguntó una amiga. Tantos años
Aurora removió su café y sonrió.
Sí, lo lamento. Lamento no haberle vaciado la ensaladilla en la cabeza hace diez años. Perdí demasiado tiempo intentando agradar a quien nunca lo valoró.
Miró a la ventana. Por la calle paseaban parejas, felices o no. Por fin entendía: su felicidad no dependía de cómo cortaba el chorizo ni de cuántos halagos recibía una esposa ajena. Su felicidad estaba en sus propias manos. Y esas manos ya no tenían olor a cebolla. Olían a libertad y a crema cara.
La ensaladilla la compra ahora en la tienda de platos preparados. Un poco, solo cuando le apetece.
La vida le mostró que la dignidad no se negocia ni se adorna con perejil. Y que una mujer aprende a quererse cuando por fin deja de compararse con nadie.






