No quería, pero lo hice Vasilisa nunca había aprendido a fumar, pero creía firmemente que aquello le ayudaba a calmar los nervios. De pie en el patio de su casa, observaba la calle del pueblo, mientras sus pensamientos navegaban oscuros, sombríos y agitados. Últimamente, su vida se había llenado de serias preocupaciones. Vivía sola en la casa de su abuela fallecida; sus padres residían en la aldea, a siete kilómetros de distancia. Había decidido independizarse, tenía veintitrés años y deseaba ser autónoma. Trabajaba en Correos. No logró terminar el cigarro, lo apagó y lo lanzó lejos: — No me gusta fumar, y mira que Verónica no para, una detrás de otra… fue ella quien me lo aconsejó, decía que calma los nervios, pero lo dudo… —pensaba Vasilisa. En ese momento, pasó por su casa el nuevo guardia rural, Anton, recién trasladado de la comarca vecina. De esto se había enterado a través de sus compañeras de la oficina de Correos. Observó su coche hasta que desapareció y luego entró en casa: empezaba a oscurecer y tenía hoy algo importante y peligroso que hacer… El día anterior, la oficina de Correos había estado tranquila, aunque de vez en cuando entraban vecinos. —Mañana esto va a estar lleno —dijo doña Ana—, hoy sólo es la calma antes de la pensión. Doña Ana lleva en Correos desde sus años jóvenes; los vecinos ni recuerdan cuándo empezó, y ella suele decir: —Ya treinta años llevo aquí, todo el mundo me conoce y ni me imagino dónde hubiera trabajado si no fuera aquí. —Claro que sí, tía Ana —sonreía la joven Verónica—. Mi madre dice que sin ti ni existiría esta oficina. Todo se sostiene por ti. —Bueno, tampoco exageréis, cualquier sitio tiene sustituto, cuando me jubile… —Buenas tardes —saludó Marina, una mujer corpulenta de cuarenta y dos años—. ¡Uf, qué calor hace hoy! Vengo porque mi vecina, la abuela Glafira, quiere que le renueve la suscripción a la revista, le encanta leer. Y como mañana nos vamos a las costas, a Turquía nada menos… me pidió el favor, porque se le acaba el plazo y teme quedarse sin revistas. Pobrecilla, como no anda, lee mucho, dice que así pasa más rápido el tiempo. —Caray, Marina, ¿no te da miedo viajar tan lejos y en avión? —preguntó doña Ana—. Turquía está bien, os vais a tostar al sol —comentaba como si también ella acabara de regresar de allí. —No, para nada. El primer día subo fotos a internet, me he comprado un bañador nuevo, ¡para que lo vean! —prometió Marina y se marchó. —¿Cuánto hay que gastar para irse con toda la familia a Turquía? —puso los ojos en blanco Verónica. —Pues hay quien tiene dinero, el marido de Marina es agricultor —afirmó doña Ana. Vasilisa permanecía callada, sentada junto a la pared, mirando el monitor y escuchándolo todo con atención, pensando… Al rato, entró Anton, el guardia rural, alegre y saludando: —Buenas tardes, creo que tengo un aviso por aquí —dijo dirigiéndose a Verónica, y entonces divisó a Vasilisa y la observó fijamente. —No sabía que aquí trabajan chicas tan guapas… aunque muy triste, eso sí… Doña Ana siguió su mirada. —Ah, Vasilisa. Hace poco enterró a su prometido. —Vaya… —dijo Anton, y Verónica le informó que aún no había llegado nada a su nombre. Tres semanas atrás, el prometido de Vasilisa, Denis, había aparecido muerto en la capital de la comarca, en un descampado. Decían que era jugador clandestino y frecuentaba un club ilegal. De todo esto Vasilisa no sabía nada. La policía no encontraba culpables, pero de pronto, una noche, dos jóvenes de la ciudad llegaron a su casa. Vasilisa les había visto alguna vez con Denis. —Tu prometido nos dejó una deuda gorda. —Pero ha muerto… —balbuceó Vasilisa, aterrorizada. —Ja, las deudas no mueren, así que tú tendrás que pagarlas —Lorenzo, uno de ellos, dijo una cifra grande: trescientos mil rublos. —¿Dónde voy a sacar ese dinero? —Ese es tu problema. Por cierto, en vuestro pueblo hay gente pudiente, así que piensa. —Pero no sé quién tiene dinero… —No mientas, trabajas en Correos, conoces a todos —afirmó Lorenzo—. Y necesitamos el dinero. En dos semanas venimos a por él, si vas a la policía, acabarás mal, tú y los tuyos. Aquí tienes unas ganzúas. Podrás abrir cualquier cerradura —dijo, entregándole el set de llaves falsas. Al irse, Vasilisa cerró la puerta con rapidez. Tenía la cabeza a punto de estallar, la casa estaba silenciosa, y afuera era noche cerrada. Al día siguiente, en plena madrugada, Vasilisa decidió colarse en casa de Marina. Sabía que se habían ido de vacaciones y que no tenían perro, sólo el portón cerrado. Pero eso no era problema, trepó la valla. No sabía cómo entraría pero, tal y como prometió Lorenzo, pudo abrir la cerradura con las ganzúas. El corazón se le salía del pecho, sabía que estaba cruzando la línea —convertida ahora en delincuente, igual que aquellos matones que la obligaron a delinquir. Buscó mucho, la habitación se iluminaba con la luz del farol de la calle que entraba por la ventana. —Dios mío, ¿qué estoy haciendo? —pensó—. Las ganas de vivir… ¡¿qué hiciste, Denis?! Estás ahí enterrado y ahora tengo que pagar por ti, incluso delinquir… Sabía que debía ir a la policía, pero tenía miedo—ese Lorenzo brutal podría alcanzarla en cualquier sitio. Sólo encontró quince mil rublos y, en un cajón, el anillo de oro y una pulsera de Marina. Vio el portátil sobre la mesa y lo metió en la bolsa. Salió silenciosa, la mochila al hombro, mirando por todos lados, ninguna ventana encendida, solo algún perro ladrando a lo lejos, ni una sola alma—nadie vio nada. Temblaba, estaba asustada. En casa, escondió la bolsa en el viejo baúl de su abuela, bajo mantas y cosas viejas. Esa noche no dormía, la cabeza no le dejaba descansar. Al trabajo fue con dolor de cabeza. Cerca del mediodía, salió de Correos y fue al comedor del pueblo. —Buenas —saludó Anton, el guardia rural, al verla, y Vasilisa se estremeció, él sonrió—. No te asustes, sólo coincidimos, yo también como aquí. —Hola… —respondió ella en voz baja, pensando febril: ¿sabrá ya mi crimen? ¿Me esperabais? —Eso es, te esperaba —bromeó Anton. Ella le miró a los ojos alegres y se tranquilizó; vio que iba de broma. Desde ese día, comían juntos, y a veces la acompañaba por la tarde o se quedaba con ella. Los rumores circularon rápido por la aldea: —¡Mira a Vasilisa, se agenció al guardia rural antes que nadie! —rezongaba Tamara—. A mi hija Tania le gustaba Anton, pero esta chica se lo llevó… —Va, que se nota que a Anton le gusta Vasilisa, se ha enamorado. Lo suyo era mutuo, el amor surgió, aunque algunos vecinos la criticaban: —Hace nada que enterró al novio y ya tiene otro… —Y qué, ¿acaso debe sufrir sola toda la vida? —la defendían otros. Vasilisa no tenía paz; se acercaba el día en que vendrían por el dinero. Temía que pudieran encontrar allí a Anton… deseaba confesarle lo sucedido, y el tiempo volaba. Ya no aguantó más; a falta de dos días, se armó de valor: —Anton, tengo que confesarte algo —empezó, y él se echó a reír. —Ya lo sé, yo también te quiero mucho… —No, no es eso… Anton la escuchó atento y serio; no podía creer que aquella joven tan delicada y bella se hubiera atrevido a tal cosa. Pero la justificaba: la habían amenazado. —Madre mía, Vasilisa… tendrás que responder por ello. ¿Dónde está lo robado? Qué ingenua eres, tenías que haber acudido a mí… Ella sacó la bolsa y se la dio. Él le habló largo rato, prometiendo ayudarla. Y justo, dos noches después, llamaron a su puerta. Vasilisa abrió temblando. Era Lorenzo, acompañado por su cómplice, y exigieron el dinero. —No pude encontrar nada, pero intentaré buscar otra solución —dijo Vasilisa, asustada—. Denme más tiempo. Lorenzo la agarró del hombro y la apretó fuerte. —¿Más tiempo? No, o me das el dinero o ahora mismo… —y tiró de su camiseta hasta rasgarla. Pero en ese momento vio a su compañero caer detrás, y seguido, él mismo cayó. Ya estaban los dos en el suelo, Anton les ponía los grilletes y otro policía levantaba al cómplice. —Todo ha terminado —dijo Anton—. Ahora pagarán por sus crímenes. Mañana ven a comisaría, aclararemos todo. Vasilisa fue interrogada y confesó todo al inspector. Marina y su familia volvieron de vacaciones y les devolvieron sus cosas, pero Anton pidió discreción al inspector para proteger a Vasilisa. Como fuese, el asunto se resolvió. Nadie imaginaba que aquella joven tan reservada fuera capaz de aquello. Todos pensaron que había sido Lorenzo y su cómplice, que además eran los asesinos de Denis. Fueron condenados por muchos años. Anton le pidió matrimonio y se casaron. El amor de Anton borró todos los pecados de Vasilisa y curó sus antiguas heridas. Ahora crían juntos a su hija Olguita.

No quería hacerlo, pero lo hice

Nunca aprendí a fumar, pero estaba convencida por entonces de que me ayudaba a calmar los nervios. Recuerdo cómo me apoyaba en la tapia vieja de la casa de mi abuela, contemplando la tranquila calle del pueblo, mientras mis pensamientos volaban oscuros y pesados por encima de los tejados; parecía que sólo el silencio de la tarde me escuchaba. Por aquel tiempo, la vida se había llenado de preocupaciones serias.

Vivía sola en la casa que fue de mi querida abuela, que en paz descanse. Mis padres seguían en el pueblo vecino, el de Valverde, a más de siete leguas. Tenía ganas de ser independiente, eso me movía: con veintitrés años a cuestas, no quería más tutela. Trabajaba en Correos.

No llegué a terminar el pitillo. Lo apagué con el pie y lo tiré en el quicio:

No me gusta fumar, como hace Verónica, que está dale que dale todo el día… Fue ella quien me insistió, dice que tranquiliza los nervios, pero yo lo dudo… reflexionaba entonces.

Justo en ese momento pasó delante de la verja el nuevo guardia municipal, Antonio, recién llegado del distrito de Almagro. De esto me enteré por mis compañeras en Correos. Cuando la polvareda de su coche se difuminó por la esquina, volví a entrar en casa; caía la noche, y en el aire flotaba la gravedad de un asunto peligroso que me tocaba enfrentar.

La víspera en la oficina de correos, aunque no hubo mucho trasiego, sí entraban de vez en cuando paisanos.

Mañana parece que esto se va a llenar comentó Ana Fernández, la veterana, hoy está todo muy tranquilo, ya se sabe: víspera de cobro de pensiones.

Ana llevaba en Correos desde joven nadie en el pueblo recuerda otro rostro en esa ventanilla, y ella misma lo repite:

Treinta años llevo aquí, todos me conocen, no sabría en qué otro sitio trabajar.

Vaya, tía Ana decía la jovencita Verónica entre risas, mi madre dice que sin ti no funcionaría Correos, aunque llegara el alcalde, tú eres la que lo mantienes todo en orden.

Bueno, tampoco es para tanto, ya encontrarán a quien me sustituya… cuando me jubile.

Buenas tardes saludó entrando Marina, mujer de buen carácter y cuarenta y dos años a la espalda. Uf, qué calor hace hoy… Pues veréis, mi vecina, la señora Glafira, me ha pedido que le renueve la suscripción a su revista. Ya sabéis que le encanta leer. Como mañana nosotros partimos temprano hacia la playa, ni más ni menos que a Benidorm… Y claro, ella teme quedarse sin sus revistas, la pobre apenas anda y así pasa el tiempo más deprisa.

Caray, Marina, ¿no te da reparo ir tan lejos, y en avión? preguntó Ana con tono de que acababa de regresar de ese mismo Benidorm. ¡Qué gusto! Disfrutad del sol y del agua salada.

Qué va, yo encantada. El primer día subo fotos a Internet, me he comprado bañador nuevo, así que ya lo veréis prometió Marina antes de marcharse.

¿Cuánto hará falta para llevarse a toda la familia a Benidorm? ponía los ojos en blanco Verónica.

Bah, si tienen dinero, el marido es agricultor y muy puesto respondió Ana con seguridad.

Solo yo permanecía callada, pegada a la pared, mirando el monitor, atenta, escuchando cada palabra. Y pensando…

Al rato entró Antonio, el guardia, saludando con alegría:

Buenas tardes, vengo por un aviso que deben haberme dejado, le dijo a Verónica, pero al ver mi cara y mi recogimiento, se quedó mirándome fijamente.

No sabía que aquí trabajaran chicas tan guapas… aunque parece que muy tristes.

Ana Fernández advirtió la dirección de su mirada:

Ah, Inés, hace poco enterró a su prometido.

Ya veo respondió Antonio, mientras Verónica revisaba en vano la bandeja: nada para él.

Tres semanas atrás, mi prometido, Denis, fue hallado muerto en un descampado de la ciudad. Corrían rumores de que se metía en timbas clandestinas. De eso nunca supe. La Guardia Civil no encontró culpables, pero una noche dos chavales se presentaron en mi casa. Yo los reconocía de verlos alguna vez con Denis.

Tu prometido nos debía una suma de dinero, bonita.

Pero él está muerto balbuceé aterrorizada.

Los muertos no pagan, los vivos sí. Él te dejó el encargo, tienes que saldar la deuda uno, Leandro, dijo la cifra: veinte mil euros.

¿Y de dónde saco tanto dinero?

Eso ya es cosa tuya, pero en el pueblo hay gente acomodada. Piensa.

No sé quién tiene aquí dinero…

No mientas, en Correos sabes de todos Leandro fue tajante. Quedamos en dos semanas, y ni se te ocurra ir a la Guardia Civil. Si lo haces, tú no vuelves a ver la luz. Toma estas ganzúas, cualquier cerradura cede gruñó y me entregó el juego.

Antes de que cerraran la puerta, ya la sangre me palpitaba en las sienes. Había silencio de muerte en casa, la noche envolvía todo. Un día después, decidí colarme en la casa de Marina, que se habían ido de vacaciones. Sabía que no tenían perro, sólo el portón cerrado. No fue problema; escalé la valla.

No tenía ni idea de cómo abrir la puerta, pero hice lo que dijo Leandro: la cerradura cedió a la ganzúa. Sentí que el alma me temblaba: iba a quebrantar la ley, era igual que esos maleantes que me empujaron.

Rebusqué durante mucho tiempo; la luz del farol de la calle se colaba por la ventana.

Dios mío, ¿qué hago? pensaba. Quiero vivir, pero quién me manda esto, Denis… Tú reposas en el cementerio y yo aquí cargando con tus pecados.

Sabía que debía acudir a la policía, pero el miedo me paralizaba, Leandro parecía capaz de encontrarme o de todo… Encontré solo novecientos euros y en el cajón de una cómoda, un anillo de oro y una pulsera de Marina. El portátil en la mesa también acabó en mi bolsa.

Me escurrí igual de silenciosa que había entrado, con la mochila al hombro, mirando por si alguien me veía, pero las ventanas estaban a oscuras, solo algún perro ladró a lo lejos. Nadie, pues Me temblaban las manos; tenía terror.

Ya en casa, escondí la mochila en el baúl viejo de mi abuela, debajo de viejas ropas. Aquella noche apenas dormí. Fui a trabajar como si llevara una piedra sobre la espalda. Al mediodía salí de la oficina para ir al comedor que hay cerca.

Buenas tardes apareció ante mí Antonio, el guardia. Me sobresalté. Sonrió:

No te asustes, venimos por el mismo camino, voy también al comedor.

Buenas contesté apenas audible, el corazón acelerado: ¿ya sabe lo que hice? ¿Me espera para detenerme?

Justo a ti esperaba respondió en tono de broma.

Al ver el fulgor de sus ojos algo me calmó: parecía un bromista. Desde ese día almorzamos juntos, y a menudo me recogía tras el trabajo y acabábamos pasando la tarde en mi casa.

Pronto el pueblo entero cuchicheaba:

Mira, Inés ha cazado al guardia, le ha quitado el sitio a la hija de Tomasa, que ya había echado el ojo a Antonio…

Bah, se nota que Antonio está colado por Inés, eso no se ve todos los días.

Y lo nuestro era mutuo, el amor abrió paso, aunque algunos nos criticaban:

No hace mucho enterró al novio y ya tiene otro.

¿Qué debe hacer, lamentar toda la vida? replicaban otros.

Yo andaba inquieta, el día de la cita con los mafiosos se acercaba. Temía que toparan con Antonio allí. Deseaba confesarle todo, y faltando dos días, me decidí:

Antonio, quiero confesarte algo empecé, él rió de buena gana.

Ya lo sé, yo también te quiero mucho…

No, no es eso

Escuchó con seriedad. Le costaba creer que una muchacha tan humilde y bella como yo fuese capaz de algo así, pero en seguida me justificó: ellos me obligaron.

Vaya, Inés… Deberás responder ante esto. ¿Dónde está lo robado? ¡Qué ingenua eres! Al menos podías haberme venido a ver…

Le di la mochila. Me habló largo, prometió ayudarme. Dos días después, ya noche cerrada, llamaron a mi puerta. Abrí temblando: allí estaban Leandro y su compinche, reclamando el dinero.

No logré reunirlo, pero buscaré una manera, dadme tiempo rogaba.

Leandro me apretó el hombro, con violencia:

¿Que necesitas tiempo? Nada de eso, o pagas ahora, o te va a salir caro me dio un tirón en la camiseta y la rasgó. Entonces vi cómo su amigo caía detrás de él y Leandro también. Los dos en el suelo. Antonio ya les ponía los grilletes; el otro policía recogía al compinche.

Ya pasó todo musitó Antonio. Pagarán por lo que han hecho. Mañana acércate a comisaría, aclararemos todo.

Me tomaron declaración, confesé todo al inspector. Marina volvió de las vacaciones con su familia, y le devolvieron sus cosas. Antonio pidió que mi culpa no se hiciera pública. Nadie en el pueblo podía imaginar que yo, Inés, la muchacha callada, hubiese hecho semejante cosa. Todos dijeron que fue obra de Leandro y el otro, y acabaron averiguando que fueron ellos quienes mataron a Denis. Se los llevaron lejos, a territorio de Castilla donde cumplirían condena.

Antonio me pidió en matrimonio; celebramos boda. Su amor lavó mis errores y curó viejas heridas. Hace ya años de aquello y juntos criamos a nuestra hija, Olalla.

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No quería, pero lo hice Vasilisa nunca había aprendido a fumar, pero creía firmemente que aquello le ayudaba a calmar los nervios. De pie en el patio de su casa, observaba la calle del pueblo, mientras sus pensamientos navegaban oscuros, sombríos y agitados. Últimamente, su vida se había llenado de serias preocupaciones. Vivía sola en la casa de su abuela fallecida; sus padres residían en la aldea, a siete kilómetros de distancia. Había decidido independizarse, tenía veintitrés años y deseaba ser autónoma. Trabajaba en Correos. No logró terminar el cigarro, lo apagó y lo lanzó lejos: — No me gusta fumar, y mira que Verónica no para, una detrás de otra… fue ella quien me lo aconsejó, decía que calma los nervios, pero lo dudo… —pensaba Vasilisa. En ese momento, pasó por su casa el nuevo guardia rural, Anton, recién trasladado de la comarca vecina. De esto se había enterado a través de sus compañeras de la oficina de Correos. Observó su coche hasta que desapareció y luego entró en casa: empezaba a oscurecer y tenía hoy algo importante y peligroso que hacer… El día anterior, la oficina de Correos había estado tranquila, aunque de vez en cuando entraban vecinos. —Mañana esto va a estar lleno —dijo doña Ana—, hoy sólo es la calma antes de la pensión. Doña Ana lleva en Correos desde sus años jóvenes; los vecinos ni recuerdan cuándo empezó, y ella suele decir: —Ya treinta años llevo aquí, todo el mundo me conoce y ni me imagino dónde hubiera trabajado si no fuera aquí. —Claro que sí, tía Ana —sonreía la joven Verónica—. Mi madre dice que sin ti ni existiría esta oficina. Todo se sostiene por ti. —Bueno, tampoco exageréis, cualquier sitio tiene sustituto, cuando me jubile… —Buenas tardes —saludó Marina, una mujer corpulenta de cuarenta y dos años—. ¡Uf, qué calor hace hoy! Vengo porque mi vecina, la abuela Glafira, quiere que le renueve la suscripción a la revista, le encanta leer. Y como mañana nos vamos a las costas, a Turquía nada menos… me pidió el favor, porque se le acaba el plazo y teme quedarse sin revistas. Pobrecilla, como no anda, lee mucho, dice que así pasa más rápido el tiempo. —Caray, Marina, ¿no te da miedo viajar tan lejos y en avión? —preguntó doña Ana—. Turquía está bien, os vais a tostar al sol —comentaba como si también ella acabara de regresar de allí. —No, para nada. El primer día subo fotos a internet, me he comprado un bañador nuevo, ¡para que lo vean! —prometió Marina y se marchó. —¿Cuánto hay que gastar para irse con toda la familia a Turquía? —puso los ojos en blanco Verónica. —Pues hay quien tiene dinero, el marido de Marina es agricultor —afirmó doña Ana. Vasilisa permanecía callada, sentada junto a la pared, mirando el monitor y escuchándolo todo con atención, pensando… Al rato, entró Anton, el guardia rural, alegre y saludando: —Buenas tardes, creo que tengo un aviso por aquí —dijo dirigiéndose a Verónica, y entonces divisó a Vasilisa y la observó fijamente. —No sabía que aquí trabajan chicas tan guapas… aunque muy triste, eso sí… Doña Ana siguió su mirada. —Ah, Vasilisa. Hace poco enterró a su prometido. —Vaya… —dijo Anton, y Verónica le informó que aún no había llegado nada a su nombre. Tres semanas atrás, el prometido de Vasilisa, Denis, había aparecido muerto en la capital de la comarca, en un descampado. Decían que era jugador clandestino y frecuentaba un club ilegal. De todo esto Vasilisa no sabía nada. La policía no encontraba culpables, pero de pronto, una noche, dos jóvenes de la ciudad llegaron a su casa. Vasilisa les había visto alguna vez con Denis. —Tu prometido nos dejó una deuda gorda. —Pero ha muerto… —balbuceó Vasilisa, aterrorizada. —Ja, las deudas no mueren, así que tú tendrás que pagarlas —Lorenzo, uno de ellos, dijo una cifra grande: trescientos mil rublos. —¿Dónde voy a sacar ese dinero? —Ese es tu problema. Por cierto, en vuestro pueblo hay gente pudiente, así que piensa. —Pero no sé quién tiene dinero… —No mientas, trabajas en Correos, conoces a todos —afirmó Lorenzo—. Y necesitamos el dinero. En dos semanas venimos a por él, si vas a la policía, acabarás mal, tú y los tuyos. Aquí tienes unas ganzúas. Podrás abrir cualquier cerradura —dijo, entregándole el set de llaves falsas. Al irse, Vasilisa cerró la puerta con rapidez. Tenía la cabeza a punto de estallar, la casa estaba silenciosa, y afuera era noche cerrada. Al día siguiente, en plena madrugada, Vasilisa decidió colarse en casa de Marina. Sabía que se habían ido de vacaciones y que no tenían perro, sólo el portón cerrado. Pero eso no era problema, trepó la valla. No sabía cómo entraría pero, tal y como prometió Lorenzo, pudo abrir la cerradura con las ganzúas. El corazón se le salía del pecho, sabía que estaba cruzando la línea —convertida ahora en delincuente, igual que aquellos matones que la obligaron a delinquir. Buscó mucho, la habitación se iluminaba con la luz del farol de la calle que entraba por la ventana. —Dios mío, ¿qué estoy haciendo? —pensó—. Las ganas de vivir… ¡¿qué hiciste, Denis?! Estás ahí enterrado y ahora tengo que pagar por ti, incluso delinquir… Sabía que debía ir a la policía, pero tenía miedo—ese Lorenzo brutal podría alcanzarla en cualquier sitio. Sólo encontró quince mil rublos y, en un cajón, el anillo de oro y una pulsera de Marina. Vio el portátil sobre la mesa y lo metió en la bolsa. Salió silenciosa, la mochila al hombro, mirando por todos lados, ninguna ventana encendida, solo algún perro ladrando a lo lejos, ni una sola alma—nadie vio nada. Temblaba, estaba asustada. En casa, escondió la bolsa en el viejo baúl de su abuela, bajo mantas y cosas viejas. Esa noche no dormía, la cabeza no le dejaba descansar. Al trabajo fue con dolor de cabeza. Cerca del mediodía, salió de Correos y fue al comedor del pueblo. —Buenas —saludó Anton, el guardia rural, al verla, y Vasilisa se estremeció, él sonrió—. No te asustes, sólo coincidimos, yo también como aquí. —Hola… —respondió ella en voz baja, pensando febril: ¿sabrá ya mi crimen? ¿Me esperabais? —Eso es, te esperaba —bromeó Anton. Ella le miró a los ojos alegres y se tranquilizó; vio que iba de broma. Desde ese día, comían juntos, y a veces la acompañaba por la tarde o se quedaba con ella. Los rumores circularon rápido por la aldea: —¡Mira a Vasilisa, se agenció al guardia rural antes que nadie! —rezongaba Tamara—. A mi hija Tania le gustaba Anton, pero esta chica se lo llevó… —Va, que se nota que a Anton le gusta Vasilisa, se ha enamorado. Lo suyo era mutuo, el amor surgió, aunque algunos vecinos la criticaban: —Hace nada que enterró al novio y ya tiene otro… —Y qué, ¿acaso debe sufrir sola toda la vida? —la defendían otros. Vasilisa no tenía paz; se acercaba el día en que vendrían por el dinero. Temía que pudieran encontrar allí a Anton… deseaba confesarle lo sucedido, y el tiempo volaba. Ya no aguantó más; a falta de dos días, se armó de valor: —Anton, tengo que confesarte algo —empezó, y él se echó a reír. —Ya lo sé, yo también te quiero mucho… —No, no es eso… Anton la escuchó atento y serio; no podía creer que aquella joven tan delicada y bella se hubiera atrevido a tal cosa. Pero la justificaba: la habían amenazado. —Madre mía, Vasilisa… tendrás que responder por ello. ¿Dónde está lo robado? Qué ingenua eres, tenías que haber acudido a mí… Ella sacó la bolsa y se la dio. Él le habló largo rato, prometiendo ayudarla. Y justo, dos noches después, llamaron a su puerta. Vasilisa abrió temblando. Era Lorenzo, acompañado por su cómplice, y exigieron el dinero. —No pude encontrar nada, pero intentaré buscar otra solución —dijo Vasilisa, asustada—. Denme más tiempo. Lorenzo la agarró del hombro y la apretó fuerte. —¿Más tiempo? No, o me das el dinero o ahora mismo… —y tiró de su camiseta hasta rasgarla. Pero en ese momento vio a su compañero caer detrás, y seguido, él mismo cayó. Ya estaban los dos en el suelo, Anton les ponía los grilletes y otro policía levantaba al cómplice. —Todo ha terminado —dijo Anton—. Ahora pagarán por sus crímenes. Mañana ven a comisaría, aclararemos todo. Vasilisa fue interrogada y confesó todo al inspector. Marina y su familia volvieron de vacaciones y les devolvieron sus cosas, pero Anton pidió discreción al inspector para proteger a Vasilisa. Como fuese, el asunto se resolvió. Nadie imaginaba que aquella joven tan reservada fuera capaz de aquello. Todos pensaron que había sido Lorenzo y su cómplice, que además eran los asesinos de Denis. Fueron condenados por muchos años. Anton le pidió matrimonio y se casaron. El amor de Anton borró todos los pecados de Vasilisa y curó sus antiguas heridas. Ahora crían juntos a su hija Olguita.
Ahorraba para tiempos difíciles, pero esos tiempos ya han llegado…