No quería hacerlo, pero lo hice
Nunca aprendí a fumar, pero estaba convencida por entonces de que me ayudaba a calmar los nervios. Recuerdo cómo me apoyaba en la tapia vieja de la casa de mi abuela, contemplando la tranquila calle del pueblo, mientras mis pensamientos volaban oscuros y pesados por encima de los tejados; parecía que sólo el silencio de la tarde me escuchaba. Por aquel tiempo, la vida se había llenado de preocupaciones serias.
Vivía sola en la casa que fue de mi querida abuela, que en paz descanse. Mis padres seguían en el pueblo vecino, el de Valverde, a más de siete leguas. Tenía ganas de ser independiente, eso me movía: con veintitrés años a cuestas, no quería más tutela. Trabajaba en Correos.
No llegué a terminar el pitillo. Lo apagué con el pie y lo tiré en el quicio:
No me gusta fumar, como hace Verónica, que está dale que dale todo el día… Fue ella quien me insistió, dice que tranquiliza los nervios, pero yo lo dudo… reflexionaba entonces.
Justo en ese momento pasó delante de la verja el nuevo guardia municipal, Antonio, recién llegado del distrito de Almagro. De esto me enteré por mis compañeras en Correos. Cuando la polvareda de su coche se difuminó por la esquina, volví a entrar en casa; caía la noche, y en el aire flotaba la gravedad de un asunto peligroso que me tocaba enfrentar.
La víspera en la oficina de correos, aunque no hubo mucho trasiego, sí entraban de vez en cuando paisanos.
Mañana parece que esto se va a llenar comentó Ana Fernández, la veterana, hoy está todo muy tranquilo, ya se sabe: víspera de cobro de pensiones.
Ana llevaba en Correos desde joven nadie en el pueblo recuerda otro rostro en esa ventanilla, y ella misma lo repite:
Treinta años llevo aquí, todos me conocen, no sabría en qué otro sitio trabajar.
Vaya, tía Ana decía la jovencita Verónica entre risas, mi madre dice que sin ti no funcionaría Correos, aunque llegara el alcalde, tú eres la que lo mantienes todo en orden.
Bueno, tampoco es para tanto, ya encontrarán a quien me sustituya… cuando me jubile.
Buenas tardes saludó entrando Marina, mujer de buen carácter y cuarenta y dos años a la espalda. Uf, qué calor hace hoy… Pues veréis, mi vecina, la señora Glafira, me ha pedido que le renueve la suscripción a su revista. Ya sabéis que le encanta leer. Como mañana nosotros partimos temprano hacia la playa, ni más ni menos que a Benidorm… Y claro, ella teme quedarse sin sus revistas, la pobre apenas anda y así pasa el tiempo más deprisa.
Caray, Marina, ¿no te da reparo ir tan lejos, y en avión? preguntó Ana con tono de que acababa de regresar de ese mismo Benidorm. ¡Qué gusto! Disfrutad del sol y del agua salada.
Qué va, yo encantada. El primer día subo fotos a Internet, me he comprado bañador nuevo, así que ya lo veréis prometió Marina antes de marcharse.
¿Cuánto hará falta para llevarse a toda la familia a Benidorm? ponía los ojos en blanco Verónica.
Bah, si tienen dinero, el marido es agricultor y muy puesto respondió Ana con seguridad.
Solo yo permanecía callada, pegada a la pared, mirando el monitor, atenta, escuchando cada palabra. Y pensando…
Al rato entró Antonio, el guardia, saludando con alegría:
Buenas tardes, vengo por un aviso que deben haberme dejado, le dijo a Verónica, pero al ver mi cara y mi recogimiento, se quedó mirándome fijamente.
No sabía que aquí trabajaran chicas tan guapas… aunque parece que muy tristes.
Ana Fernández advirtió la dirección de su mirada:
Ah, Inés, hace poco enterró a su prometido.
Ya veo respondió Antonio, mientras Verónica revisaba en vano la bandeja: nada para él.
Tres semanas atrás, mi prometido, Denis, fue hallado muerto en un descampado de la ciudad. Corrían rumores de que se metía en timbas clandestinas. De eso nunca supe. La Guardia Civil no encontró culpables, pero una noche dos chavales se presentaron en mi casa. Yo los reconocía de verlos alguna vez con Denis.
Tu prometido nos debía una suma de dinero, bonita.
Pero él está muerto balbuceé aterrorizada.
Los muertos no pagan, los vivos sí. Él te dejó el encargo, tienes que saldar la deuda uno, Leandro, dijo la cifra: veinte mil euros.
¿Y de dónde saco tanto dinero?
Eso ya es cosa tuya, pero en el pueblo hay gente acomodada. Piensa.
No sé quién tiene aquí dinero…
No mientas, en Correos sabes de todos Leandro fue tajante. Quedamos en dos semanas, y ni se te ocurra ir a la Guardia Civil. Si lo haces, tú no vuelves a ver la luz. Toma estas ganzúas, cualquier cerradura cede gruñó y me entregó el juego.
Antes de que cerraran la puerta, ya la sangre me palpitaba en las sienes. Había silencio de muerte en casa, la noche envolvía todo. Un día después, decidí colarme en la casa de Marina, que se habían ido de vacaciones. Sabía que no tenían perro, sólo el portón cerrado. No fue problema; escalé la valla.
No tenía ni idea de cómo abrir la puerta, pero hice lo que dijo Leandro: la cerradura cedió a la ganzúa. Sentí que el alma me temblaba: iba a quebrantar la ley, era igual que esos maleantes que me empujaron.
Rebusqué durante mucho tiempo; la luz del farol de la calle se colaba por la ventana.
Dios mío, ¿qué hago? pensaba. Quiero vivir, pero quién me manda esto, Denis… Tú reposas en el cementerio y yo aquí cargando con tus pecados.
Sabía que debía acudir a la policía, pero el miedo me paralizaba, Leandro parecía capaz de encontrarme o de todo… Encontré solo novecientos euros y en el cajón de una cómoda, un anillo de oro y una pulsera de Marina. El portátil en la mesa también acabó en mi bolsa.
Me escurrí igual de silenciosa que había entrado, con la mochila al hombro, mirando por si alguien me veía, pero las ventanas estaban a oscuras, solo algún perro ladró a lo lejos. Nadie, pues Me temblaban las manos; tenía terror.
Ya en casa, escondí la mochila en el baúl viejo de mi abuela, debajo de viejas ropas. Aquella noche apenas dormí. Fui a trabajar como si llevara una piedra sobre la espalda. Al mediodía salí de la oficina para ir al comedor que hay cerca.
Buenas tardes apareció ante mí Antonio, el guardia. Me sobresalté. Sonrió:
No te asustes, venimos por el mismo camino, voy también al comedor.
Buenas contesté apenas audible, el corazón acelerado: ¿ya sabe lo que hice? ¿Me espera para detenerme?
Justo a ti esperaba respondió en tono de broma.
Al ver el fulgor de sus ojos algo me calmó: parecía un bromista. Desde ese día almorzamos juntos, y a menudo me recogía tras el trabajo y acabábamos pasando la tarde en mi casa.
Pronto el pueblo entero cuchicheaba:
Mira, Inés ha cazado al guardia, le ha quitado el sitio a la hija de Tomasa, que ya había echado el ojo a Antonio…
Bah, se nota que Antonio está colado por Inés, eso no se ve todos los días.
Y lo nuestro era mutuo, el amor abrió paso, aunque algunos nos criticaban:
No hace mucho enterró al novio y ya tiene otro.
¿Qué debe hacer, lamentar toda la vida? replicaban otros.
Yo andaba inquieta, el día de la cita con los mafiosos se acercaba. Temía que toparan con Antonio allí. Deseaba confesarle todo, y faltando dos días, me decidí:
Antonio, quiero confesarte algo empecé, él rió de buena gana.
Ya lo sé, yo también te quiero mucho…
No, no es eso
Escuchó con seriedad. Le costaba creer que una muchacha tan humilde y bella como yo fuese capaz de algo así, pero en seguida me justificó: ellos me obligaron.
Vaya, Inés… Deberás responder ante esto. ¿Dónde está lo robado? ¡Qué ingenua eres! Al menos podías haberme venido a ver…
Le di la mochila. Me habló largo, prometió ayudarme. Dos días después, ya noche cerrada, llamaron a mi puerta. Abrí temblando: allí estaban Leandro y su compinche, reclamando el dinero.
No logré reunirlo, pero buscaré una manera, dadme tiempo rogaba.
Leandro me apretó el hombro, con violencia:
¿Que necesitas tiempo? Nada de eso, o pagas ahora, o te va a salir caro me dio un tirón en la camiseta y la rasgó. Entonces vi cómo su amigo caía detrás de él y Leandro también. Los dos en el suelo. Antonio ya les ponía los grilletes; el otro policía recogía al compinche.
Ya pasó todo musitó Antonio. Pagarán por lo que han hecho. Mañana acércate a comisaría, aclararemos todo.
Me tomaron declaración, confesé todo al inspector. Marina volvió de las vacaciones con su familia, y le devolvieron sus cosas. Antonio pidió que mi culpa no se hiciera pública. Nadie en el pueblo podía imaginar que yo, Inés, la muchacha callada, hubiese hecho semejante cosa. Todos dijeron que fue obra de Leandro y el otro, y acabaron averiguando que fueron ellos quienes mataron a Denis. Se los llevaron lejos, a territorio de Castilla donde cumplirían condena.
Antonio me pidió en matrimonio; celebramos boda. Su amor lavó mis errores y curó viejas heridas. Hace ya años de aquello y juntos criamos a nuestra hija, Olalla.







