Papá, quiero que conozcas a mi futura esposa y tu nuera.
Papá, quiero que conozcas a mi futura esposa, y tu nuera, Clara dijo Javier, con una sonrisa que le iluminaba la cara.
¿Qué? respondió sorprendido y un tanto seco el profesor, doctor en Historia, Don Gonzalo Álvarez. Si eso es una broma, tiene muy poca gracia.
Miró a la joven Clara con desprecio: sus manos toscas y la tierra atrapada bajo las uñas le causaron auténtico repelús. Juraría que esa chica desconocía el agua y el jabón.
Virgen Santa… Menos mal que mi querida Carmen no llegó a ver semejante despropósito. Siempre quisimos enseñarle a Javier las mejores maneras, pensó angustiado por dentro.
¡No es ninguna broma! se defendió Javier con firmeza. Clara se quedará en casa, y en tres meses nos casamos. Si no quieres venir a nuestra boda, no hace falta, ya me las apañaré sin ti.
¡Hola! saludó Clara, y fue directamente a la cocina, como si fuese suya. He traído empanadas, mermelada de frambuesa, setas secas… empezó a enumerar los productos que sacaba de una bolsa raída.
Don Gonzalo se echó las manos al pecho al ver cómo Clara, sin ningún cuidado, manchaba con la mermelada el que era su mantel blanco inmaculado.
¡Javier! ¡Vuelve en ti! Si esto es una venganza, es demasiado cruel… ¿De dónde has sacado a esta ignorante? No voy a permitir que se quede en mi casa gritó el profesor.
Yo amo a Clara. Y mi mujer tiene derecho a vivir en mi casa replicó Javier, con una sonrisa irónica.
Don Gonzalo entendió que su hijo se estaba burlando de él. Ya no discutió más y se encerró en su cuarto, en silencio.
Desde hacía meses, la relación con Javier se había torcido. Tras la muerte de su madre, Javier se volvió incontrolable; dejó la universidad, trataba a su padre con descaro y llevaba una vida despreocupada y rebelde.
Don Gonzalo aún tenía la esperanza de que su hijo cambiara, de que volviera a ser el joven listo y bueno de antes. Pero cada día sentía que le perdía más. Y hoy, remató la faena: traía a esa campesina a casa, consciente de que nunca tendría la aprobación de su padre.
En poco tiempo Javier y Clara se casaron. Don Gonzalo se negó a acudir a la boda, incapaz de aceptar aquella nuera indeseada. Sentía rabia de que fuera Clara, y no su querida Carmen, quien ahora llevaba la casa, más aún siendo una muchacha sin formación, que apenas hilaba dos frases seguidas.
Clara, sin parecer afectada por el desprecio de su suegro, intentaba agradarle, pero solo conseguía que todo fuese a peor. Don Gonzalo no veía en ella nada bueno, convencido de que solo era una paleta con malos hábitos.
Por su parte, Javier pronto se cansó de aparentar y volvió a su antigua costumbre de salir y beber. Don Gonzalo escuchaba las discusiones constantes de la pareja e, incluso, se alegraba en secreto, esperando que Clara acabara marchándose para siempre.
Don Gonzalo, su hijo quiere que nos divorciemos y, además, me echa de la casa. ¡Estoy embarazada! exclamó Clara entre lágrimas un día.
Bueno, a ver… ¿Por qué has de irte a la calle? Seguramente puedes volver con los tuyos Y estar embarazada no te da derecho a vivir aquí tras el divorcio. Perdona, hija, pero no me voy a meter en vuestros asuntos le dijo, experimentando una secreta satisfacción ante la idea de librarse al fin de esa nuera que nunca aceptó.
Clara, hundida y sin entender por qué desde el principio su suegro no la quiso, comenzó a recoger sus cosas. No podía comprender por qué Javier la trataba peor que a un perro y la había dejado completamente sola. Sí, era de pueblo, pero también tenía sentimientos y alma…
***
Pasaron ocho años Don Gonzalo vivía en una residencia de ancianos. En los últimos tiempos su salud se había deteriorado mucho. Por supuesto, Javier se apresuró a ingresarle allí, librándose de cualquier responsabilidad.
El anciano aceptó su destino, consciente de que ya no había vuelta atrás. Durante su vida enseñó a miles de personas valores como el cariño, el respeto y la atención al prójimo. Aún recibía cartas de agradecimiento de antiguos alumnos Pero con su propio hijo no supo hacerlo.
Don Gonzalo, tiene visitas de nuevo le avisó su compañero de habitación al volver de un paseo.
¿Javier? preguntó sorprendido el anciano, aunque sabía bien que era imposible; su hijo jamás le visitaría, le odiaba demasiado
No sé. Solo me dijeron que te avisara. ¿A qué esperas? ¡Ve a ver quién es! rió el compañero.
Don Gonzalo se apoyó en su bastón y caminó despacio hacia el pequeño salón. Al asomarse por la puerta, la reconoció desde lejos.
¡Hola, Clara! saludó en voz baja, apartando la mirada. Sentía aún el peso de la culpa por no haber defendido a esa muchacha sencilla y buena, aquella vez hacía ya ocho años
¡Don Gonzalo! exclamó sorprendida ella, ahora convertida en una mujer elegante. Cuánto ha cambiado ¿Se encuentra bien?
Ya ve más o menos respondió con una sonrisa triste. ¿Cómo ha sabido que estaba aquí?
Javier me lo contó. Verá, él no quiere saber nada de su hijo. Y el niño solo quiere ver tanto a su padre como a su abuelo Jonás no tiene la culpa de que usted no lo reconozca. Necesita a su familia. Solo estamos él y yo, dijo temblorosa. Perdone, igual no debería haber venido a molestarle.
¡Espera! pidió el anciano. ¿Qué tal está Jonás? Recuerdo que la última foto que me enviaste tendría solo tres añitos.
Está aquí, en la entrada. ¿Quiere verle? preguntó Clara, bajando la voz.
¡Claro que sí! se animó Don Gonzalo.
Entonces entró en la sala un niño moreno que era idéntico a Javier cuando era pequeño. Jonás se acercó tímidamente al abuelo que nunca había conocido.
¡Qué mayor estás, hijo! sollozó el abuelo, abrazando a su nieto.
Charlaron largo rato, paseando entre los árboles dorados del parque de la residencia. Clara le fue contando lo difícil que había sido su vida: perdió a su madre muy joven, y tuvo que sacar adelante a Jonás y el campo ella sola.
Perdóname, Clara dijo don Gonzalo, apesadumbrado. He sido muy injusto contigo. Siempre pensé que saber mucho y tener educación te hacía mejor persona, pero ahora, tan tarde, entiendo que importa mucho más la bondad y la sinceridad.
Don Gonzalo, queríamos proponerle algo dijo Clara, con cierto nerviosismo. Venga a vivir con nosotros al pueblo. Usted está solo, y nosotros también Sería un honor que viviera cerca.
Abuelo, por favor añadió Jonás, apretándole la mano. ¡Tenemos río para pescar, montes para coger setas y la casa es enorme y preciosa! Seguro que le gusta el pueblo.
De acuerdo, iré. Mucho me equivoqué al criar a mi hijo, pero espero poder darle a mi nieto lo que no supe darle a Javier. Y la verdad Nunca he vivido en el campo. ¡Tengo mucha curiosidad!
¡Le va a encantar! rió Jonás.





