Junto a mi esposo adoptamos a una niña de dos años de un centro de acogida. Muchas personas nos desaconsejaron hacerlo, pero no les hicimos caso.

Recuerdo con el alma abierta aquel día en que, junto a mi esposa, decidimos acoger a una niña de dos años procedente de un centro de protección en Salamanca. Muchos amigos y familiares nos tildaron de temerarios, nos advirtieron que era una insensatez, pero desoímos sus juicios y seguimos adelante, guiados por nuestra convicción.

Nunca llegué a conocer a mi padre, y mi madre apenas se acercaba a verme. Mucho tiempo después, los encargados del centro me relataron cómo acabé allí. Siendo apenas un recién nacido, una neumonía me dejó tan débil que ni fuerzas tenía para emitir un llanto. Pasé días inmóvil en la cuna, apagándome poco a poco, mientras mi madre, vencida por la pena, se refugiaba en el aguardiente y el vino en la habitación de al lado.

La dependencia de mi madre al alcohol, especialmente al vino de la tierra y al licor de hierbas, marcó a mi familia. Bebía sin tregua, y los estrépitos de sus borracheras me impedían dormir. Los vecinos, molestos por mis lamentos, terminaron denunciando la situación, así que mi madre me llevó al hospital. Cuando la enfermera entró a revisarme, descubrió que mi ropa ardía. Tres personas tuvieron que intervenir para apagar el fuego. Me trasladaron de urgencia y trataron mis heridas, pero mi madre no apareció ni una sola vez durante mi recuperación.

La felicidad que encontré en el centro de protección me acompañó incluso después de tener a mi primer hijo. Pude estudiar en la universidad, conseguí un trabajo estable y nuestro piso en Burgos era amplio y decorado con esmero. Compartir la vida con Gregorio me llenaba de satisfacción. Nos queríamos con esa complicidad que solo se encuentra en una familia auténtica. Lo único que nos faltaba era ampliar el hogar

Por eso, adoptamos a la pequeña, ignorando las advertencias. La llevamos con nosotros al mudarnos a Toledo, y aunque algunos insinuaban que podía arrastrar alguna dolencia hereditaria, jamás ha presentado ningún problema de salud.

Agradezco cada día a Dios por darme criterio propio y no dejarme arrastrar por la opinión ajena. Ninguna de las predicciones médicas se cumplió: mi hija está sana y crece feliz. Es demasiado sencillo culpar a la genética de los males de los niños, como si el entorno y la educación no influyeran. Al final, lo único que necesita un niño es cariño y sentir que es valioso para alguien, para poder crecer como una buena persona.

Ahora se acerca el quinto aniversario de la adopción y, sinceramente, me siento inquieto. Amo a mi hijo tanto como a mi hija biológica, ambos son mi familia. Pero temo que Jimena descubra que fue adoptada y que lo interprete mal. No sé cómo abordar esa conversación si llega el momento. ¿Lo comprenderá? Me aterra más que alguien se lo revele antes que yo.

Hoy, al cerrar este diario, entiendo que el amor y la honestidad son el verdadero legado que puedo dejar a mis hijos.

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