Cuando sea mayor, me casaré con ella

¡Qué bonita historia! Vamos a adaptarla al estilo español, con todos los detalles culturales. Aquí tienes:

—¡Por fin tengo mi título! Me voy a un pueblecito, dicen que hay una escuela nueva y podré enseñar a los niños —se alegraba Lucía—. Los sueños sí se cumplen; desde pequeña quise ser maestra, como el tío Fernando.

Lucía viajaba en autobús hacia el pueblo donde trabajaría, sonriendo mientras miraba el paisaje por la ventana. Recordó al tío Fernando, amigo de su padre, que les visitaba hace años. Su padre decía que habían servido juntos en el ejército. Con solo nueve años, Lucía se enamoró de él al instante.

—Será mi marido —pensó, y no se separó ni un segundo de su lado. Él le dio caramelos y una tableta de chocolate enorme.

Cuando se despidió, la levantó en brazos y le dio un beso en la mejilla. Entonces, Lucía le susurró:

—Tío Fernando, no se haga viejo ni se muera. Cuando sea mayor, nos casaremos.

¡Cómo se rió él!

**La recién llegada**

El viejo autobús chirrió al detenerse. Lucía había llegado al pueblo donde empezaría su trabajo en la escuela rural. Al bajar, vio a un abuelo llamado Isidro, que esperaba en la parada, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

—Buenas, ¿me podría decir dónde está la escuela?

El abuelo la miró con curiosidad, pero antes de que contestara, un chaval de unos doce años saltó adelante.

—Ahí está, en esa loma —señaló un edificio nuevo a lo lejos—. Yo la acompaño.

Isidro solo atinó a murmurar:

—Este Miguel es más rápido que el rayo… Seguro que es la maestra nueva. ¡Pero si es una cría! ¿Qué les enseñará a los niños? —Y, sin encontrar a quien esperaba, se encaminó hacia el bar.

—Tengo que avisar a las vecinas… Ha llegado la maestra nueva.

A Miguel le encantó Lucía González, como se presentó. Él, sonriendo, dijo:

—¡Como la mujer de Cervantes! Lo sé por los libros.

Ella rio.

—Vaya, qué culto eres.

Al llegar a la escuela, Miguel se despidió:

—Bueno, aquí está. Me voy corriendo.

—Gracias, Miguel —le dijo Lucía.

El chico, emocionado, fue directo al taller de su hermano mayor.

—¡Antonio! ¡Ha llegado una maestra nueva! Es guapísima. No hay nadie así en el pueblo. Se llama Lucía González, como la de Cervantes.

Antonio sonrió. Llevaban nueve años de diferencia, pero Miguel era un chico listo y servicial, con esa mirada seria que heredó de su padre.

**Buenas acciones**

A Lucía la alojaron en una casa vacía cerca de la de Miguel. Él no tardó en enterarse.

—Antonio, la han puesto en la casa de la abuela Petra. La verja está colgando de un gozne y la vaya tiene tablones sueltos. Hay que ayudarla.

—¿A quién? —preguntó Antonio, que ya lo había olvidado.

—¡A Lucía! Come rápido y vamos.

Entraron al patio por la verja medio rota. Miguel iba delante; Antonio, con sus herramientas, detrás. Entonces salió Lucía, con una camiseta rosa, vaqueros viejos y un pañuelo en la cabeza, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros.

—¡Vaya, tiene razón Miguel! —pensó Antonio.

—Es mi hermano mayor, Antonio. Vamos a arreglar la verja y la valla.

—Gracias —dijo ella, y volvió a ordenar la casa.

—¿Ves? ¿No es preciosa? —preguntó Miguel.

—Sí —masculló Antonio—. Y ahora, a trabajar.

No tardaron en arreglarlo todo. Antonio se fue a casa, pero Miguel entró a saludar.

—¡Listo! Ahora está todo bien.

Lucía le dio las gracias.

Al día siguiente, Antonio estaba sentado en el escalón de la entrada mientras su madre ordeñaba la vaca. Miguel llegó cansado.

—He traído agua a Lucía del pozo de los Martínez. El suyo está atascado. Hay que limpiarlo, porque es un rollo ir hasta allí, y los Martínez son unos agarrados.

Antonio lo miró.

—Mañana es festivo. Lo haremos. Oye, Miguel, ¿te estás haciendo mayor o qué?

—¡Claro! —dijo orgulloso, dándole un codazo—. Mamá está ordeñando… ¿Le llevo leche a la profe?

**El engaño**

Al día siguiente, limpiaron el pozo. Lucía les invitó a un café, pero se negaron.

Empezó el curso. Miguel la ayudaba en la escuela y en su casa, llevándole empanadas que hacía su madre, Carmen, una mujer de buen corazón. Lucía hablaba de su familia; Miguel, del pueblo, contándole quién era bueno y quién no.

—Miguel, una cosa… ¿Por qué tu hermano no habla nunca?

Él sonrió, malicioso.

—Es que no tiene lengua. Se la mordió de pequeño.

—¡Ay, qué pena! Es tan guapo…

Miguel se despidió corriendo, riéndose por dentro.

Esa noche, ya tarde, llamaron a la puerta de Carmen.

—¿Quién anda ahí con este aguacero? —refunfuñó al abrir.

—Carmen, ¡creo que lo he matado! Le he dado con un leño en la cabeza… —Lucía temblaba, empapada—. Pensé que era Miguel, pero era un borracho, se cayó dentro…

Antonio salió corriendo, cogió una chaqueta y se fue. Minutos después regresó.

—Era Félix el Pelirrojo. Lo he echado y le he dado un escarmiento. No volverá.

Le tendió su capa a Lucía.

—Póngasela. La acompaño.

Ella lo miraba atónita.

—¿Qué pasa? ¿Me ve y cree que soy un fantasma?

—Es que… ¡hablas! Miguel me dijo que…

Entonces apareció Miguel, riendo.

—¡Era una broma, Antonio! Le dije que no tenías lengua.

Todos rieron.

—Buenas noches —dijo Lucía, saliendo con Antonio.

—Vuelve cuando quieras —dijo Carmen.

Antonio tardó en regresar. Esa noche hablaron y bromearon, recordando las travesuras de Miguel.

Llegaron los primeros fríos.

—Me voy a casa de mis padres en las vacaciones —le dijo Lucía a Antonio.

—Miguel vendrá a encenderte la chimenea.

A Antonio le gustaba mucho Lucía: era dulce, lista, divertida… Pero no se atrevía a decírselo.

**Por fin**

Las vacaciones terminaron. Antonio casi no podía esperar a que volviera. Lucía preparaba con los niños la función de Navidad: hacían adornos, disfraces…

Como no tenía máquina de coser, Miguel la llevó a su casa. Carmen y Lucía pasaban horas en la cocina, cosiendo. Antonio siempre la acompañaba después. Resultó que Lucía, aunque joven, sabía hacer de todo: coser, tejer, hasta ordeñar vacas. Carmen pensaba:

—¿A qué espera Antonio? Se la van a quitar.

Una noche, al volver, Carmen no aguantó más.

—Antonio, ya es hora de que te cases. Mira a Lucía… ¡Es una joya!

Él asintió. Sabía que tenía razón.

Después de Navidad, Lucía volvió con regalos para todos. Carmen le sirvió té, y Antonio la acompañó a casa. Esa vez tardó mucho.

Pronto, Antonio pasaba todas las tardes con ella.

—Antonio —le dijo Miguel—, mamá dice que si no te das prisa, otro se la llevará. O me caso yo

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