Cuando la indecisión te abruma, un buen té es la solución…

Cuando no sabes qué hacer, tómate un té bien cargado…

Lucía conoció a Antonio hace veintisiete años. Corría por los pasillos de la universidad, llorando a moco tendido. Las lágrimas le nublaban la vista, y no se dio cuenta de que alguien se cruzó en su camino, la detuvo con firmeza y le preguntó:

—¿Qué te pasa?

Lucía se sobresaltó, se apartó un poco para mirarlo bien.

—¿Se murió alguien? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

—Mi novio me dejó.

No se rio. No le hizo más preguntas ni intentó consolarla con palabras vacías. Solo la tomó de la mano y la apartó del gentío.

—¿Tienes abrigo?

—En el vestuario —respondió Lucía, secándose la nariz con el dorso de la mano.

—Dame el número de tu taquilla y espérame aquí.

Ella obedeció. Minutos después, el chico regresó con su abrigo. Mientras Lucía se lo ponía, él habló:

—Si te dejó, es que no te quería. No vale la pena llorar. Habrá más tontos en tu vida. Vamos. —Y le tendió la mano.

—¿Adónde? —preguntó ella, desconfiada.

—Al bar de la esquina. —Suspiró—. Mi abuela solía decir que cuando no sabes qué hacer, tómate un té bien cargado. Se te aclarará la cabeza, y la solución llegará sola. ¿Vamos?

Lucía se secó las lágrimas y lo siguió. Porque estar sola era aún peor.

Finalmente, sentados en el bar, pudo observarlo con calma. Mayor que ella, pelo oscuro y rizado, pero esos ojos… Verdes, penetrantes.

Se sintió avergonzada al imaginarse cómo debía lucir después del llanto.

—El baño está al fondo, tras la barra —dijo él, señalando.

Lucía le lanzó una mirada agradecida y corrió a arreglarse. Al regresar, había una tetera humeante, dos tazas y dos platos con pasteles. Él sirvió el té de frambuesa, arrugó los labios para soplar y se quemó al primer sorbo. Maldijo entre dientes, sacudiendo la mano.

—¿Te hiciste daño? —preguntó ella.

—Un poco —asintió, y los dos rieron.

—¿Cómo te llamas?

—Antonio.

—Yo soy Lucía.

—Lo sé. Estás en tercero. Yo me gradúo este año. Conseguiré mi título y volveré a mi pueblo.

—¿A ver a tu abuela?

—Mi abuela falleció hace un año.

—Lo siento —murmuró Lucía, confundida.

—¿Por qué? No tienes la culpa.

Volvieron a reír. Con él, todo era fácil. Empezaron a verse, a llamarse. Antonio sabía que era solo un refugio para olvidar al otro, pero no le importó.

Luego se marchó. Y una semana después, regresó.

Lucía, emocionada, se abalanzó sobre él.

—Decidí que te necesitaba. ¿O no? —Antonio la miró fijamente.

—Sí. Mucho —susurró ella, enterrando la cara en su hombro.

Un año después se casaron. No volvieron a separarse, excepto cuando ella dio a luz. Lucía presentó sus exámenes finales embarazada de ocho meses. Una semana después nació su hija, Marta. Dos años más tarde, vino Álvaro. Antonio consiguió un piso de tres habitaciones gracias a la fábrica donde trabajaba.

Veintisiete años juntos. Largos… y a la vez, fugaces.

Tuvo una buena vida. Los niños no causaron muchos problemas. Marta ya estaba casada, con su propia hija, mientras Álvaro seguía soltero. Cuando empezó la universidad, anunció que quería mudarse.

Su padre se negó al principio, pero Lucía lo convenció. Al principio le pagaron el alquiler, pero cuando Álvaro consiguió trabajo, cortaron el grifo.

—Lo malcrías —refunfuñaba Antonio.

—Bah. Si no lo hago yo, ¿quién? No te enfades.

Así vivieron… Hasta que una noche, Lucía despertó por un silencio demasiado denso.

Su corazón se encogió. Antonio no respiraba.

Encendió la lámpara y vio su rostro inmóvil, petrificado. Lo sacudió, gritó su nombre, se negó a creer que se había ido así, sin aviso.

Los médicos dijeron que fue un coágulo. Rápido, sin sufrimiento.

Se lo llevaron al amanecer, cuando el cielo plomizo empezaba a clarear.

Lucía habló con él todo ese tiempo. Recordó, preguntó, suplicó…

¿Cómo viviría ahora?

Llamó a los niños. Álvaro dijo que llegaría por la noche. Marta vino enseguida. Juntas fueron al hospital. Sin su hija, Lucía no habría resistido.

Después del funeral, colocó su foto con un lazo negro en la mesilla. Cada mañana, lo saludaba. Cada noche, le contaba su día. Y lloraba en la almohada.

A los nueve días, solo vinieron los hijos y un amigo de Antonio. Lucía, exhausta, se retiró a su habitación. El murmullo de Marta y Álvaro la arrulló hasta dormir.

No durmió mucho. Ruido de platos. “Marta está lavando”, pensó. Se levantó, buscó sus zapatillas con torpeza y, al abrir la puerta, se quedó paralizada.

—¿Por qué el piso sería solo para ti? Yo también lo necesito. Tengo una hija, y mi marido y yo queremos otro bebé. Un piso grande me vendría bien —decía Marta con voz fría.

—No dije que fuera solo para mí. Pero hay que resolver esto pronto —replicó Álvaro—. Mamá no es vieja, pero ¿qué pasará cuando aparezcan los buitres? Adiós piso.

—¿Cómo puedes hablar así? Ellos se querían —protestó Marta.

“¿Ya? —pensó Lucía, clavando la mirada en el retrato—. Ni siquiera lo enterramos, y ya reparten el piso. ¿Y yo? Tenías razón, Antonio. Les di todo… y ahora quieren echarme.”

La discusión subía de tono.

—Siempre fuiste un egoísta —dijo Marta.

—¿Y tú no quieres nada? —gruñó Álvaro—. Acabo de salir de la universidad. ¿Crees que es fácil pagar un alquiler?

—Las mujeres nos entendemos mejor. ¿Para qué quiere mamá un piso tan grande? —insistió él.

Lucía irrumpió en la cocina.

—¿Y a mí dónde me mandan? A la calle, para que no estorbe? Si su padre los oyera, los echaría por la ventana.

Marta enrojeció. Álvaro la miró con desdén.

—No tienen vergüenza.

—¿Escuchaste todo? —preguntó Marta, pálida.

—Suficiente.

—Mamá, no es justo —intervino Álvaro—. Somos herederos por igual.

—¿Ya lo repartieron? Qué rápido. —Lucía se dejó caer en una silla—. Váyanse.

—Mamá… —intentó Marta.

—Déjenme. Necesito pensar.

Se fueron en silencio. Al cerrarse la puerta, Lucía sonrió amargamente.

“Quizá morir ahora sería un regalo para ellos… y para mí.”

Pero se detuvo.

“La abuela de Antonio decía…”

Hirvió agua. Preparó té de melisa. Antonio lo tomaba solo, sin azúcar. Ella se permitía estos pequeños placeres.

Bebió… y recordó su primer té juntos. Aquel día en el bar, cuando él se quemó.

Las lágrimas volvieron.

CLucía miró hacia el retrato de Antonio, respiró hondo y susurró: “Tendré que aprender a vivir sin ti, pero nunca a olvidarte”.

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Cuando la indecisión te abruma, un buen té es la solución…
El hijo le llamó y le dijo que su esposa le había dejado enferma, y que se había ido de copas con sus amigas a un club