El pequeño gato gris se sentaba a la puerta de la clínica veterinaria. Lloraba mientras a su lado yacía un diminuto gatito…

Un diminuto gatito gris estaba encaramado en la puerta de la clínica veterinaria de la Gran Vía. Lloraba, mientras junto a él yacía otro gatito aún más chiquito.

En la entrada de la clínica estaba una gata gris que sollozaba, con en sus patitas al minúsculo recién nacido.

Una mujer paseaba tranquilamente por la calle, con su perro atado al collar. Era un día claro de otoño en Madrid: el aire cantaba a pureza, las hojas amarillas y rojizas giraban en torbellinos como si bailaran al ritmo de una melodía invisible. El humor era ligero y luminiscente. Pero de pronto

Su atención se fijó en lo imposible de pasar por alto: en la entrada de la clínica había una gata. Maullaba con pena y bajo sus patas reposaba un gatito diminuto. Cada tanto se lanzaba de un salto, acercándose a los peatones como suplicando ayuda. Gritaba, pedía, exigía, pero la gente sólo aceleraba el paso.

Todos corrían con sus asuntos, sin notar o haciendo como si no vieran al ser tembloroso sobre el pavimento. Cuán fácil es pasar de largo la desgracia ajena. Sin embargo, la mujer se detuvo.

Se agachó y con delicadeza alzó al pequeño. El gatito estaba tan escuálido que sus costillas sobresalían bajo el pelaje. Respiraba con dificultad. En su cabeza sólo cruzó una idea: «¿Qué hago? ¿A dónde corro?» En ese instante la madre felina se acercó, le miró a los ojos y, con un maullido bajo pero firme, le imploró: «Ayúdame, sálvalo».

En la puerta colgaba un cartel: «28 de este mes no hay atención. Día de cierre».

La mujer se quedó desconcertada. ¿Taxi? ¿Dinero? ¿A dónde ir? Pero, siguiendo su instinto, empujó la puerta. Y, como por milagro, se abrió.

En lo profundo del pasillo apareció un hombre alto y canoso, con una bata blanca gastada. «¡Por favor!», exclamó la mujer. «¡Ayúdeme! No tengo dinero, pero lo pagaré después». El veterinario, sin vacilar, tomó al frágil animal y corrió a la sala de operaciones. La mujer y la gata se quedaron temblando en el corredor.

Al cabo de unos minutos, la mujer notó unas protuberancias extrañas bajo la bata del médico, entre los omóplatos. «Madre mía, qué desgarro», pensó. De pronto, el doctor se giró, la miró fijamente y volvió a su labor con el gatito.

Pasaron varias horas. La respiración del gatito se estabilizó. «Mire, le digo que va a vivir», anunció el veterinario. «Pero necesitará cuidados, medicinas, calor. No puede volver a la calle». Dirigiéndose a la mujer, la madre felina le lanzó una mirada fulminante.

«¡Eso no es justo!», protestó la mujer. «Claro que los llevaré a casa, a la madre también. Yo, mi perro Rufus y mi amiga Celia los acogeremos». El médico sonrió y respondió: «Entonces le daré todo lo necesario. No se preocupe por el pago, considere que ya está abonado».

La mujer se sorprendió al oír la palabra «señorita», tan arcaica en los tiempos actuales, pero no tuvo tiempo para reflexionar. Cogió los medicamentos, el gatito y se marchó acompañada del fiel perro y la gata.

Un mes después, reunió valor y llamó a la clínica para agradecer al doctor.

¿Hola, doctor? respondió una jovial voz masculina.

Contó la historia del gatito rescatado y agradeció la ayuda. El médico, visiblemente avergonzado, buscó en el ordenador y dijo: «Lo siento, no le recuerdo. Además, el día 28 estaba de vacaciones con mi familia en la sierra. Puede que se equivoque, pero lo importante es que el gatito vive y tiene hogar».

Confundida, la mujer se sentó en una silla. En ese instante, el gatito gris, ya fuerte y convertido en el favorito de la familia, se subió a su regazo. Al lado, la madre gata vigilaba atentamente.

Entonces apareció él. Su bata gastada ya no ocultaba unas alas blancas. Un ángel sonrió.

Fuiste tú quien lo salvó le dijo al mujer. Yo sólo di una mano.

La gata lo miró y ronroneó suavemente. Yo no suelo ayudar a los humanos comentó el ángel, pero ustedes, los gatos, son muy persistentes. Está bien, romperé la regla una vez más, por última vez.

Guiñó un ojo a la gata y se desvaneció en el aire. En el mismo instante sonó el timbre de la puerta.

En el umbral estaba un hombre torpe, vestido con un overol viejo y una caja de herramientas. ¿Me llamaron? dijo. Soy el fontanero, el tubo está goteando

No, no lo llamé respondió la mujer con una sonrisa. Pero ya que está aquí, arregle también el lavabo. Yo pago.

Me he confundido de nuevo balbuceó el hombre, ruborizado, y entró en el apartamento. Se arrodilló y empezó a repartir sus herramientas.

La mujer, sin decir nada, le colocó una gruesa almohada bajo los pies.

Gracias dijo el fontanero en voz baja. Entonces, ¿qué tal si preparo un buen cocido? Tengo carne y verduras.

Hace tiempo que no como suspiró él. Se ve que está hambriento, ¿no?

La mujer, ruborizada, corrió a la cocina, como quien prepara algo de vital importancia.

Mientras el fontanero intentaba concentrarse en su trabajo, no podía evitar percibir los aromas que surgían de la cocina. El hogar se llenó de olor a carne asada y al caldo de verduras recién hecho. Para pasar el tiempo, puso un viejo tocadiscos y escuchó los acordes familiares de Vivaldi, Las Cuatro Estaciones.

La mujer quedó paralizada en el umbral. Esto no puede ser murmuró. No es posible.

Pero sucedía, y ocurría allí mismo.

Otro mes después, por la Plaza Mayor, caminaba de la mano la mujer con el mismo fontanero, ahora vestido con un traje elegante. En los ojos del hombre brillaban la felicidad y la serenidad, esa paz que todos anhelamos.

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El pequeño gato gris se sentaba a la puerta de la clínica veterinaria. Lloraba mientras a su lado yacía un diminuto gatito…
Hace una semana volví a ver a mi primer amor – en el funeral de su esposa – y desde entonces siento que toda mi vida está patas arriba