Un milagro en Nochevieja: —¡Petri, explícame, por favor, cómo has podido olvidarlo! ¡Esta mañana te lo recordé varias veces y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche, mientras él, de pie en el umbral de la cocina, sólo se encogía de hombros con cara de culpable. —No sé cómo ha podido pasar, Anuska… Se me ha ido completamente de la cabeza, —intentaba justificarse Petri. —¿Y el móvil? —El móvil ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje… Ana empezó a hervir por dentro. —O sea, para comprar la nueva batería del coche no te has olvidado, pero para el regalo de nuestra hija debajo del árbol… eso se te ha olvidado. —Pues sí… Simplemente, la tienda de repuestos cerraba a las ocho y fui con prisa, olvidando todo lo demás. Lo siento. —A veces creo, Petri, que tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, te importa más que nuestra Marina, —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. Marcaba las once menos cinco. Noche cerrada, ya no había nada que hacer. Y por no poder arreglar la situación, el ánimo era aún peor. —Ana, ¡no digas tonterías! Quiero a Marina, y lo sabes de sobra. Simplemente se me ha olvidado… ¿A quién no le pasa? —A mí no me pasa, Petri… —Ana quería gritar, pero habló en susurros para que su hija no los oyera. Su marido intentó abrazarla para calmar el inminente escándalo, pero ella se giró dándole la espalda y… …empezó a poner ensaladilla en la fuente. “He pasado media tarde con esta ensaladilla para alegrar a mi marido, y él… olvida el regalo de su hija.” —Sabía que tendría que encargarme de todo, —murmuraba Ana—. Pero confié en ti, Petri. De verdad pensaba que eras responsable. —Ana, sé que tengo la culpa, pero si lo piensas bien… no ha pasado nada tan grave, —dijo su marido—. Si no hay regalo debajo del árbol, mañana por la mañana se lo compro y se lo doy, como si fuera de los Reyes. —¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo los supermercados. Ay, Petri, Petri… Era comprensible la decepción de Ana. Cuando nació Marina, instauraron una costumbre entrañable: la nochevieja, justo después de las campanadas, la familia reunida bajo el árbol encontraba allí los regalos. Para Marina, que creía en los Reyes, en la magia y en los milagros de Año Nuevo, era el momento más especial, la emoción más pura al abrir su pequeño paquete anhelado. Aquella noche, Marina ya había mirado varias veces bajo el árbol por si el regalo aparecía antes de medianoche, y contaba a su madre qué ilusión le hacía recibir el regalo de los Reyes este año. —¿Qué me traerán este año los Reyes? —se preguntaba la niña en voz alta—. Me encantaría una bici como la de Iván del bloque de al lado, pero si son patines también me haría ilusión. Ana sonreía mirándola. Precisamente había pedido a su marido que le comprase unos patines. Lo normal era que Ana eligiese el regalo, pero esa vez a Petri le llamaron de urgencias en el trabajo y Ana había pensado: “¿Para qué voy yo, si él puede pasar y comprarlo camino a casa?”. Petri llegó a las ocho pasadas y, a la hora de preparar la cena, cuando Ana le preguntó guiñándole un ojo por el regalo de Marina, él recordó de pronto que se le había olvidado por completo… —Ana, vamos a disfrutar el día, ¿sí? —suplicó Petri, intentando de nuevo abrazar a su mujer—. ¡De verdad no fue a propósito! Si quieres, hablo yo con Marina y se lo explico, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa, llorando en silencio: “¿Cómo ha podido olvidarse justo del regalo para su hija…?” Hasta el último momento, Ana pensaba que Petri tenía el regalo escondido en algún sitio, esperando el instante justo para ponerlo bajo el árbol. Pero ya estaban todas las tiendas cerradas, no se podía comprar nada… —¿Te ayudo en algo? —preguntó Petri sin mucha confianza, viendo cómo Ana colocaba los platos. —Ya has ayudado suficiente… déjalo. En ese mismo instante, Marina entró en la cocina, feliz tras ver todos los cuentos y pelis navideñas: —¡Mami, papi! ¡Faltan menos de dos horas para el Año Nuevo! Pronto los Reyes me traerán mi regalo… Ana fulminó a su marido con la mirada. Pero se volvió de inmediato para que su hija no sospechara nada y no le diese el día. Además, Ana ya había pensado una solución: pondría bajo el árbol un sobre con dinero y en la cubierta escribiría: “Para Marina, para unos patines”. No era lo que su hija esperaba esa noche, pero era mejor que nada. Quizás, y con suerte, todo quedaría ahí… ***** A las once en punto, cuando ya estaban todos en la mesa, alguien llamó a la puerta. —¿Has invitado a alguien, Petri? —preguntó Ana extrañada—. Porque yo desde luego no he invitado a nadie. —Ni yo tampoco. Igual son los vecinos… Voy a ver, servid el zumo, —dijo Petri dirigiéndose a la puerta. Allí se encontró con un hombre barbudo vestido con una vieja chaqueta roja. En nada se parecía a Papá Noel. Más bien parecía un sintecho: por el aspecto y por el olor (no era precisamente aroma de colonia). —¿Qué desea? ¿Se ha equivocado de piso, o viene a pedir dinero? Le advierto que no le daré ni un euro, que se lo gastará en alcohol. —No, no, no vengo a pedir dinero. No soy un desgraciado —replicó el extraño con buen ánimo. “¿No es un desgraciado? ¡Será cachondo!”, pensó Petri conteniendo una risa. Él nunca había mirado por encima a un sintecho, más bien les tenía compasión, pero esa frase le resultó tan absurda como graciosa. —¿Entonces qué quiere? —Petri salió al rellano y entrecerró la puerta para que el “aroma” no entrara. —Verá… Encontré un gatito en la escalera. Mire qué cosita más linda, —el hombre sacó de debajo de su chaqueta una bolita de pelo—. ¿No será suyo? Petri sonrió de lado. “Seguro que piensa que pedir dinero no cuela y ahora intenta colarme el gato, tan sintecho como él mismo, por unas perras”. —Perdone, es la primera vez que veo ese gato. Y además nunca hemos tenido animales en casa. —¿Seguro que no quiere quedárselo? Si tiene una hija, seguro que le hace ilusión. “Lo sabía —pensó Petri—, ahora me vende el gato”. —No, gracias. —Está bien… —se entristeció el hombre barbudo—. Pues lo tiraré a la basura. Ya iba a irse el hombre, tapando de nuevo el gatito bajo la chaqueta, cuando Petri lo paró. —¡Oiga, espere! ¿Cómo que tirarlo a la basura? Déjelo aquí en el portal, al menos. —Lo echarán igualmente a la calle. Y en el contenedor, al menos hay cajas donde esconderse, y comida a veces… Petri nunca había sentido especial cariño por los animales, pero por alguna razón le dio pena aquel cachorrito. Solo de imaginarlo pasando frío y hambre toda la noche… Si hubiera tenido más tiempo para pensarlo, tal vez habría dudado… Pero todos le esperaban en la mesa, el hombre ya se iba… —¡Déjemelo a mí! —le arrebató el gatito al barbudo—. No lo tire a la basura. —Como quiera, —sonrió el desconocido y se despidió, bajando ya la escalera. ***** Cuando por fin Petri entró en casa, Ana y Marina lo esperaban asomadas en la cocina, algo nerviosas. —¿Qué pasa, por qué tardas tanto? —Nada, nada, todo bien —respondió Petri, escondiendo el minino tras la espalda y rogando que no maullara. Si Ana descubría lo que había traído, lo echaba a la calle de inmediato. Y no estaba seguro de que solo al gato… Claro que tarde o temprano se enteraría, pero Petri necesitaba tiempo para explicarse. Además, tenía que justificar cómo se le ocurre, una hora antes de Nochevieja, meter en casa un gato callejero sin consultar. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. “¿No estará tramando algo este?” —Era… nuestro vecino, Víctor, el del quinto. Preguntando por la batería del coche. —Ah, claro… si eres el rey de los coches. Ve a lavarte las manos y ven, que en nada es la Nochevieja. —Sí, en cinco minutos estoy. Con la cocina despejada, Petri empezó a recorrer la casa buscando dónde esconder el gato. En el balcón no, que hace un frío que pela. El baño, peligroso, podría entrar cualquiera. Habitación de la niña o la suya, tampoco. Solo quedaba el salón… —¡Petri, vas a venir ya! —gritó Ana disgustada—. ¿Hasta cuándo vas a estar ahí? —¡Ya voy, cariño! Sin pensar mucho, abrió el armario del salón, metió al gatito en la balda de abajo y dejó la puerta entreabierta para que respirara. ***** —¡Feliz Añoooo! —se oía gritar en la calle. Petri felicitó a su mujer y a su hija, deseó salud y suerte. Mientras lo hacía, Marina dejó el zumo sobre la mesa y corrió al salón. Cuando Ana lo vio, recordó que no había puesto el sobre bajo el árbol y fulminó a su marido con la mirada. —¡Ahora te las apañas tú para consolarla! Pero Marina, lejos de decepcionarse, empezó a gritar de alegría. Tan fuerte que ni los petardos tapaban su voz. —¡Mami, papi! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol! Petri y Ana entraron en el salón, se quedaron congelados. Junto a la niña, bajo el árbol, había un pequeño gato blanco. —¡Llevaba tanto tiempo pidiéndolo…! ¡Los Reyes me han traído el gatito! —lloraba casi la niña de emoción—. Lo llamaré Copito de Nieve. Lo abrazó, feliz, y Ana llevó a su marido aparte. —¿Esto qué es? ¿De dónde sale eso? ¿Tú lo has hecho? —Ana, solo pido que no te enfades. Te lo explico. —¿Enfadarme? ¡Pero si mira qué contenta está! Si me lo hubieses contado antes, no te hubiera echado la bronca. Ana abrazó a Petri, le dio un beso en la mejilla. Petri se quedó mudo, sin creerse la suerte que tenía. Es cierto: en Nochevieja los milagros existen. La hija feliz, la esposa cariñosa… Todo gracias a un pequeño gato blanco y… Se acordó de repente del sintecho. —Ana, tengo que contarte una cosa… Le susurró algo al oído; ella le miró sorprendida y asintió. ***** —Bueno, Egor, —el hombre barbudo dio una palmada en la espalda del otro que estaba sentado a su lado—, ya hemos colocado a todos los gatos, gracias a Dios. Ahora a volver al sótano, antes de que cierren. —Sí, Mijaíl, buena idea tuviste con la historia del contenedor, —sonrió el segundo. —¿Verdad? Temía que me mandaran a freír espárragos… —Riesgo había, pero así solo quien de verdad cuida el destino del animal lo acoge y no lo tira a la basura. —Eso es. —Total, a buenas manos han ido y estarán bien. Muy buena idea tuviste. Los sintecho estaban en un banco no lejos de la casa donde esa noche habían dado en adopción a cuatro cachorros hallados en el sótano. Mucha gente paseaba, pero nadie les decía nada. Más bien les deseaban salud y suerte. De pronto, la puerta del portal se abrió de golpe y apareció Petri, que al verlos les hizo señas y corrió hasta ellos. —¿Qué le pasa? ¿Se arrepiente del gato? —dijo Mijaíl al ver a Petri. —¿Es él? Qué raro… —¡Feliz Año, buena gente! —sonreía Petri, ofreciéndoles una gran bolsa—. Mi mujer y yo os traemos esta cena de Nochevieja para agradeceros el regalo. —Gracias, no lo esperábamos, —respondieron Egor y Mijaíl. —Y esto, de mi parte, —Petri les dio una botella de cava—. Para celebrar como merece. —Bueno, Mijaíl, al final nosotros también vamos a celebrarlo… ¡Vaya milagro! —se frotó las manos Egor contento. Iba ya a irse Petri, cuando se detuvo y preguntó: —¿Dónde vais a celebrarlo, si puede saberse? —Pues… aquí cerca, en el sótano: seco, caliente, y cartones para tumbarse. —¿Y si venís conmigo? En cinco minutos los tres entraron en el garaje. Petri abrió la puerta: —Poneos cómodos. Hay un sofá, calefactor, mesa y platos. Mejor que el sótano. Yo sacaré el coche fuera para que tengáis espacio. —Si aquí cabemos bien… —No, mejor fuera. Y no os paséis con la bebida, ¿eh? —Solo un brindis. Nada más, —aseguró Mijaíl. —Bien, confío en vosotros. Mañana vengo y me contáis, quizás pueda ayudaros a buscar algo más. —Inesperado… —murmuró Egor. —Ya ves… —asintió Mijaíl. Así fue aquella noche, realmente mágica y por completo castiza. Una auténtica Nochevieja de milagro.

Milagro en Nochevieja

¡Luis, explícame cómo se te ha podido olvidar! ¡Si te lo he repetido varias veces esta mañana, incluso te mandé un mensaje! Lucía me miraba con la ceja arqueada, esa mirada con la que sabe que me deja sin escapatoria.

Yo me quedé en el umbral de la cocina con cara de cordero degollado, sin saber cómo escabullirme.

No lo sé, Lucía, de verdad Se me fue completamente de la cabeza intenté justificarme.

¿Y el móvil? insistió.

Pues eso, ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje

Lucía empezaba a hervirse por dentro.

¿No te olvidaste de comprar la batería nueva para el coche, verdad? Pero ¿el regalo para nuestra hija bajo el árbol? Eso sí que se te olvidó, ¿no?

Es que la tienda de recambios cerraba a las ocho, y fui deprisa para no llegar tarde, y al final se me fue. Lo siento de veras.

A veces me pregunto, Luis, si tu jodido coche, que se estropea cada dos por tres, te importa más que nuestra Carmen Lucía se sentó en el taburete, mirando el reloj con resignación.

Eran ya las once menos cinco. La noche cerrada, y era demasiado tarde para ponerle remedio. A medida que pasaban los minutos, el nudo en el estómago crecía.

Venga, Lucía, no digas tonterías. Sabes perfectamente lo mucho que quiero a Carmen. No lo hice aposta.

A mí eso no me pasa nunca, Luis replicó Lucía en voz baja para que la niña no la oyese. Yo quise acercarme para abrazarla e intentar apagar la tormenta, pero ella se apartó y se puso de espaldas para empezar a repartir la ensaladilla rusa en la fuente.

«Medio día preparando la dichosa ensaladilla para alegrarle la noche y resulta que se olvida del regalo de la niña»

Ya lo intuía, que al final tendría que hacerlo todo yo murmuró casi en silencio. Confié en ti, Luis. Pensé que podías responder.

Vale, lo sé. La he fastidiado, pero tampoco es un drama dije, intentando quitarle hierro. A fin de cuentas, si no hay regalo bajo el árbol, tampoco se acaba el mundo. Luego le decimos

Le decimos, ¿qué, Luis? ¿Que tienes memoria de pez a tus treinta y cinco? ¿O que era más importante el coche que su ilusión?

Pues que a los Reyes Magos les ha pillado mucho trabajo este año y que lo traen mañana. Por la mañana me paso a ver si encuentro algo y se lo damos después. Como si viniera de Sus Majestades.

¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo algún súper Ay, Luis

Y la cosa tenía su lógica. Cuando nació Carmen, instauramos una tradición: la noche de Nochevieja, justo después de las campanadas, todos íbamos juntos al árbol del salón a descubrir los regalos. Y a Carmen esa costumbre la hacía especialmente feliz. Creía en los Reyes, en la magia, en los milagros de año nuevo. Qué alegría con cada paquete, sobre todo si era algo que había pedido en secreto.

Esta vez, varias veces la había pillado asomándose al árbol antes de media noche, deseando que el regalo apareciera. Toda la tarde contándole a su madre lo mucho que esperaba ese regalo.

¿Qué me traerán este año los Reyes? decía Carmen pensativa . Yo querría una bici, como la que tiene Paula del portal de al lado. Pero si son unos patines, tampoco me quejo.

Lucía la escuchaba con una sonrisa. Había sido ella quien pidió que le comprase patines para la niña. Pero en vez de ir ella, pensó que yo podía hacer el encargo ya que volvía del trabajo.

Regresé a casa tras las ocho, y dos horas más tarde, mientras Lucía preparaba la mesa, me preguntó por lo bajo y con complicidad por el regalo, y ahí me di cuenta de que no lo había comprado.

Lucía, venga, no amarguemos la noche. Que no fue aposta, de verdad. Si quieres hablo yo misma con la niña, y se lo explico. Carmen lo entenderá.

Ella no dijo nada. Siguió a lo suyo, pero yo vi cómo se le escapaba una lágrima. ¿Cómo he podido olvidarme?

Igual hasta el último momento pensaba que yo había escondido el regalo en algún rincón y esperaba el momento. Pero ya era tarde; las tiendas estaban cerradas.

¿Quieres que ayude? pregunté, sintiéndome aún más inútil mientras Lucía alineaba los platos en la mesa.

Gracias pero ya has ayudado bastante.

En ese instante, entró Carmen en la cocina, feliz como una perdiz tras devorar todos los dibujos navideños de la tele:

¡Mamá, papá! ¡Quedan menos de dos horas para Nochevieja! ¡Pronto los Reyes me traerán mi regalo!

Lucía me lanzó una mirada que literalmente quemaba, pero enseguida se volvió hacia la niña, sin ganas de estropearle la fiesta.

En ese momento, a Lucía se le ocurrió una solución. Pensó en dejar un sobre bajo el árbol con dinero, escribiendo «Para los patines de Carmen». No era lo mismo que abrir un regalo de Reyes de madrugada, pero mejor eso que nada.

*****

Eran las once cuando nos sentamos a cenar. De repente, llamaron a la puerta.

Luis, ¿esperabas a alguien? preguntó Lucía sorprendida. Porque yo, desde luego, no.

No, yo tampoco. A lo mejor son los vecinos. Voy a ver, mientras vais sirviendo las bebidas.

Fui a la puerta y, al abrir, me encontré con un hombre barbudo, de unos cincuenta y muchos, con una chaqueta roja medio rota. No tenía pinta de Papá Noel. Más bien parecía un sintecho, por su aspecto y por el olor.

¿Qué se le ofrece? ¿Se ha equivocado? Si viene a pedir, le aviso ya que no doy ni un euro, que luego lo gastan en vino.

No, no sonrió el hombre, dinero no vengo a pedir. No estoy tan mal.

«¿Y eso?», pensé, a punto de soltar una carcajada. No era yo de reírme de los que viven en la calle más bien suelo darles conversación o alguna moneda si puedo, pero aquella frase me sonó ridícula.

¿Entonces?

Verá usted, he encontrado este gatito en el portal. ¿No será suyo? y sacó de debajo de la chaqueta un pequeñísimo gato blanco, todo temblor.

Pensé que el tipo, convencido de que por dinero no le iba a caer nada, intentaba vender gato por liebre, literalmente.

No, no es nuestro. Y nunca hemos tenido animales en casa.

¿No quiere quedárselo? Si tiene hijos, seguro que le gusta.

«Ya me lo veía venir», pensé. Hasta me hizo gracia. Negué con la cabeza.

Que no, hombre. Gracias.

Bueno, pues nada el hombre suspiró, lo dejaré en el contenedor. Total, ahí al menos tiene cajas donde esconderse y algo de comer.

Ya iba de retirada, ocultando de nuevo el gato en su chaqueta, cuando me salió un no sé qué del alma y lo agarré por el hombro.

Oiga, espere ¿Cómo que al contenedor? Deje al bicho en el portal al menos, no lo tire.

¿Y qué más da? Lo echarán igual a la calle. En el contenedor al menos tiene cajas para el frío y comida.

Nunca me han tirado especialmente los animales, pero el imaginarme al bichito tiritando, hambriento en la noche… Me removió algo por dentro.

Sin tiempo para decidirme más, con Lucía y Carmen esperando en la mesa y el tipo por marcharse, se lo quité rápido de las manos.

Venga, déjemelo. No lo tire.

Como quiera el hombre sonrió amablemente, se despidió y se fue escaleras abajo.

*****

Al volver al piso, vi las cabezas de Lucía y Carmen asomando con preocupadas.

¿Qué ha pasado? ¿Todo bien?

Sí, sí, claro respondí, escondiendo el gato a la espalda, cruzando los dedos para que no maullara. Si Lucía me veía con el gato, igual echaba a ambos a la calle.

Sabía que antes o después descubriría el asunto, pero necesitaba tiempo para preparar la excusa: cómo había traído un gato callejero a casa a una hora de la medianoche, sin decir ni mú.

¿Quién era? preguntó Lucía, con un brillo extraño en los ojos.

Era, mmm el vecino de arriba, Roberto. Me preguntaba por la batería nueva del coche y tal.

Aaaah, claro, consultando al experto. Anda, lávate las manos y vente a la mesa, que ya queda poco para las uvas.

Un minuto y voy.

Aproveché para esconder el gato. El balcón descartado con el frío que hacía; el baño, mala idea también; ni la habitación ni el cuarto de Carmen… Así que acabé dejándolo en el aparador del salón, con la puerta entreabierta para que respirase.

*****

En la calle empezaron los gritos de ¡Feliz Año Nuevo! Yo también felicité a Lucía y a Carmen, deseándoles toda la dicha y salud del mundo.

Carmen, de repente, dejó el vaso sobre la mesa y salió corriendo al salón. Lucía, al darse cuenta, se llevó una mano a la frente por el olvido del sobre con dinero, y me dedicó otra mirada fulminante.

Ahora te toca consolar tú mismo a la niña.

Pero Carmen no se puso triste. Al contrario, un grito de alegría nos llegó desde el salón.

¡Mamá, papá! ¡Corred! ¡Mirad lo que me han traído los Reyes Magos este año!

Aparecimos en el salón y, junto al árbol, estaba Carmen con el pequeño gato blanco entre los brazos.

¡Lo quería tantísimo, mamá! ¡Y los Reyes me lo han traído! ¡Le llamaré Copito!

La niña abrazaba al gato con ganas, mientras Lucía me llevó aparte.

¿Se puede saber de dónde ha salido esto? ¿Es cosa tuya?

Lucía, déjame que te lo explique, por favor empecé mi defensa.

No hace falta me interrumpió. Mira qué feliz está Carmen. Si llego a saber que preparabas una sorpresa, no te habría dicho ni media. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla.

Allí me quedé, boquiabierto, aliviado de que la tormenta pasara.

Y pensé que era verdad lo que dicen: en Nochevieja aún pueden suceder milagros.

*****

Salí al portal unos minutos después, con una bolsa grande llena de comida y dulces en la mano, y encontré al hombre barbudo sentado en un banco con otro, charlando animados.

¡Feliz Año Nuevo, señores! les dije con una sonrisa grande, extendiéndoles la bolsa . Lucía y yo hemos preparado este pequeño lote para ustedes. Gracias por el gato.

Qué detalle, de verdad respondieron con una sonrisa sincera.

Y esto, ya entre nosotros dije, dando una botellita de cava. Para que brindemos todos.

Mira, Juan, hoy sí que brindamos como Dios manda el barbudo repiqueteaba las manos, contento.

Estaba por irme ya, pero me paré y les pregunté:

¿Dónde vais a pasar la noche? Si no es indiscreción.

Aquí cerca, en el garaje vacío. Más cálido que el portal, y se está tranquilo.

Pues os venís al mío. Tengo un sofá, estufa, hasta platos. Monto la mesa y dejo el coche fuera. No seáis tímidos.

No queremos molestar.

Anda, ni una palabra más. Os lo agradecemos con una copa y algo de charla, y mañana vengo a ver qué tal, y de paso os echo una mano.

Se miraron los dos sorprendidos y acabaron aceptando.

Qué noche más especial, pensé al volver después al piso, viendo la cara de Carmen dormida con Copito a su lado. La más mágica de mi vida, sin duda. Entendí por fin que las pequeñas acciones dar un poco de cobijo y amor, aunque sea improvisado valen más que cualquier regalo envuelto. Esta Nochevieja aprendí que los milagros, a veces, solo necesitan que les abras la puerta.

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Un milagro en Nochevieja: —¡Petri, explícame, por favor, cómo has podido olvidarlo! ¡Esta mañana te lo recordé varias veces y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche, mientras él, de pie en el umbral de la cocina, sólo se encogía de hombros con cara de culpable. —No sé cómo ha podido pasar, Anuska… Se me ha ido completamente de la cabeza, —intentaba justificarse Petri. —¿Y el móvil? —El móvil ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje… Ana empezó a hervir por dentro. —O sea, para comprar la nueva batería del coche no te has olvidado, pero para el regalo de nuestra hija debajo del árbol… eso se te ha olvidado. —Pues sí… Simplemente, la tienda de repuestos cerraba a las ocho y fui con prisa, olvidando todo lo demás. Lo siento. —A veces creo, Petri, que tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, te importa más que nuestra Marina, —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. Marcaba las once menos cinco. Noche cerrada, ya no había nada que hacer. Y por no poder arreglar la situación, el ánimo era aún peor. —Ana, ¡no digas tonterías! Quiero a Marina, y lo sabes de sobra. Simplemente se me ha olvidado… ¿A quién no le pasa? —A mí no me pasa, Petri… —Ana quería gritar, pero habló en susurros para que su hija no los oyera. Su marido intentó abrazarla para calmar el inminente escándalo, pero ella se giró dándole la espalda y… …empezó a poner ensaladilla en la fuente. “He pasado media tarde con esta ensaladilla para alegrar a mi marido, y él… olvida el regalo de su hija.” —Sabía que tendría que encargarme de todo, —murmuraba Ana—. Pero confié en ti, Petri. De verdad pensaba que eras responsable. —Ana, sé que tengo la culpa, pero si lo piensas bien… no ha pasado nada tan grave, —dijo su marido—. Si no hay regalo debajo del árbol, mañana por la mañana se lo compro y se lo doy, como si fuera de los Reyes. —¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo los supermercados. Ay, Petri, Petri… Era comprensible la decepción de Ana. Cuando nació Marina, instauraron una costumbre entrañable: la nochevieja, justo después de las campanadas, la familia reunida bajo el árbol encontraba allí los regalos. Para Marina, que creía en los Reyes, en la magia y en los milagros de Año Nuevo, era el momento más especial, la emoción más pura al abrir su pequeño paquete anhelado. Aquella noche, Marina ya había mirado varias veces bajo el árbol por si el regalo aparecía antes de medianoche, y contaba a su madre qué ilusión le hacía recibir el regalo de los Reyes este año. —¿Qué me traerán este año los Reyes? —se preguntaba la niña en voz alta—. Me encantaría una bici como la de Iván del bloque de al lado, pero si son patines también me haría ilusión. Ana sonreía mirándola. Precisamente había pedido a su marido que le comprase unos patines. Lo normal era que Ana eligiese el regalo, pero esa vez a Petri le llamaron de urgencias en el trabajo y Ana había pensado: “¿Para qué voy yo, si él puede pasar y comprarlo camino a casa?”. Petri llegó a las ocho pasadas y, a la hora de preparar la cena, cuando Ana le preguntó guiñándole un ojo por el regalo de Marina, él recordó de pronto que se le había olvidado por completo… —Ana, vamos a disfrutar el día, ¿sí? —suplicó Petri, intentando de nuevo abrazar a su mujer—. ¡De verdad no fue a propósito! Si quieres, hablo yo con Marina y se lo explico, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa, llorando en silencio: “¿Cómo ha podido olvidarse justo del regalo para su hija…?” Hasta el último momento, Ana pensaba que Petri tenía el regalo escondido en algún sitio, esperando el instante justo para ponerlo bajo el árbol. Pero ya estaban todas las tiendas cerradas, no se podía comprar nada… —¿Te ayudo en algo? —preguntó Petri sin mucha confianza, viendo cómo Ana colocaba los platos. —Ya has ayudado suficiente… déjalo. En ese mismo instante, Marina entró en la cocina, feliz tras ver todos los cuentos y pelis navideñas: —¡Mami, papi! ¡Faltan menos de dos horas para el Año Nuevo! Pronto los Reyes me traerán mi regalo… Ana fulminó a su marido con la mirada. Pero se volvió de inmediato para que su hija no sospechara nada y no le diese el día. Además, Ana ya había pensado una solución: pondría bajo el árbol un sobre con dinero y en la cubierta escribiría: “Para Marina, para unos patines”. No era lo que su hija esperaba esa noche, pero era mejor que nada. Quizás, y con suerte, todo quedaría ahí… ***** A las once en punto, cuando ya estaban todos en la mesa, alguien llamó a la puerta. —¿Has invitado a alguien, Petri? —preguntó Ana extrañada—. Porque yo desde luego no he invitado a nadie. —Ni yo tampoco. Igual son los vecinos… Voy a ver, servid el zumo, —dijo Petri dirigiéndose a la puerta. Allí se encontró con un hombre barbudo vestido con una vieja chaqueta roja. En nada se parecía a Papá Noel. Más bien parecía un sintecho: por el aspecto y por el olor (no era precisamente aroma de colonia). —¿Qué desea? ¿Se ha equivocado de piso, o viene a pedir dinero? Le advierto que no le daré ni un euro, que se lo gastará en alcohol. —No, no, no vengo a pedir dinero. No soy un desgraciado —replicó el extraño con buen ánimo. “¿No es un desgraciado? ¡Será cachondo!”, pensó Petri conteniendo una risa. Él nunca había mirado por encima a un sintecho, más bien les tenía compasión, pero esa frase le resultó tan absurda como graciosa. —¿Entonces qué quiere? —Petri salió al rellano y entrecerró la puerta para que el “aroma” no entrara. —Verá… Encontré un gatito en la escalera. Mire qué cosita más linda, —el hombre sacó de debajo de su chaqueta una bolita de pelo—. ¿No será suyo? Petri sonrió de lado. “Seguro que piensa que pedir dinero no cuela y ahora intenta colarme el gato, tan sintecho como él mismo, por unas perras”. —Perdone, es la primera vez que veo ese gato. Y además nunca hemos tenido animales en casa. —¿Seguro que no quiere quedárselo? Si tiene una hija, seguro que le hace ilusión. “Lo sabía —pensó Petri—, ahora me vende el gato”. —No, gracias. —Está bien… —se entristeció el hombre barbudo—. Pues lo tiraré a la basura. Ya iba a irse el hombre, tapando de nuevo el gatito bajo la chaqueta, cuando Petri lo paró. —¡Oiga, espere! ¿Cómo que tirarlo a la basura? Déjelo aquí en el portal, al menos. —Lo echarán igualmente a la calle. Y en el contenedor, al menos hay cajas donde esconderse, y comida a veces… Petri nunca había sentido especial cariño por los animales, pero por alguna razón le dio pena aquel cachorrito. Solo de imaginarlo pasando frío y hambre toda la noche… Si hubiera tenido más tiempo para pensarlo, tal vez habría dudado… Pero todos le esperaban en la mesa, el hombre ya se iba… —¡Déjemelo a mí! —le arrebató el gatito al barbudo—. No lo tire a la basura. —Como quiera, —sonrió el desconocido y se despidió, bajando ya la escalera. ***** Cuando por fin Petri entró en casa, Ana y Marina lo esperaban asomadas en la cocina, algo nerviosas. —¿Qué pasa, por qué tardas tanto? —Nada, nada, todo bien —respondió Petri, escondiendo el minino tras la espalda y rogando que no maullara. Si Ana descubría lo que había traído, lo echaba a la calle de inmediato. Y no estaba seguro de que solo al gato… Claro que tarde o temprano se enteraría, pero Petri necesitaba tiempo para explicarse. Además, tenía que justificar cómo se le ocurre, una hora antes de Nochevieja, meter en casa un gato callejero sin consultar. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. “¿No estará tramando algo este?” —Era… nuestro vecino, Víctor, el del quinto. Preguntando por la batería del coche. —Ah, claro… si eres el rey de los coches. Ve a lavarte las manos y ven, que en nada es la Nochevieja. —Sí, en cinco minutos estoy. Con la cocina despejada, Petri empezó a recorrer la casa buscando dónde esconder el gato. En el balcón no, que hace un frío que pela. El baño, peligroso, podría entrar cualquiera. Habitación de la niña o la suya, tampoco. Solo quedaba el salón… —¡Petri, vas a venir ya! —gritó Ana disgustada—. ¿Hasta cuándo vas a estar ahí? —¡Ya voy, cariño! Sin pensar mucho, abrió el armario del salón, metió al gatito en la balda de abajo y dejó la puerta entreabierta para que respirara. ***** —¡Feliz Añoooo! —se oía gritar en la calle. Petri felicitó a su mujer y a su hija, deseó salud y suerte. Mientras lo hacía, Marina dejó el zumo sobre la mesa y corrió al salón. Cuando Ana lo vio, recordó que no había puesto el sobre bajo el árbol y fulminó a su marido con la mirada. —¡Ahora te las apañas tú para consolarla! Pero Marina, lejos de decepcionarse, empezó a gritar de alegría. Tan fuerte que ni los petardos tapaban su voz. —¡Mami, papi! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol! Petri y Ana entraron en el salón, se quedaron congelados. Junto a la niña, bajo el árbol, había un pequeño gato blanco. —¡Llevaba tanto tiempo pidiéndolo…! ¡Los Reyes me han traído el gatito! —lloraba casi la niña de emoción—. Lo llamaré Copito de Nieve. Lo abrazó, feliz, y Ana llevó a su marido aparte. —¿Esto qué es? ¿De dónde sale eso? ¿Tú lo has hecho? —Ana, solo pido que no te enfades. Te lo explico. —¿Enfadarme? ¡Pero si mira qué contenta está! Si me lo hubieses contado antes, no te hubiera echado la bronca. Ana abrazó a Petri, le dio un beso en la mejilla. Petri se quedó mudo, sin creerse la suerte que tenía. Es cierto: en Nochevieja los milagros existen. La hija feliz, la esposa cariñosa… Todo gracias a un pequeño gato blanco y… Se acordó de repente del sintecho. —Ana, tengo que contarte una cosa… Le susurró algo al oído; ella le miró sorprendida y asintió. ***** —Bueno, Egor, —el hombre barbudo dio una palmada en la espalda del otro que estaba sentado a su lado—, ya hemos colocado a todos los gatos, gracias a Dios. Ahora a volver al sótano, antes de que cierren. —Sí, Mijaíl, buena idea tuviste con la historia del contenedor, —sonrió el segundo. —¿Verdad? Temía que me mandaran a freír espárragos… —Riesgo había, pero así solo quien de verdad cuida el destino del animal lo acoge y no lo tira a la basura. —Eso es. —Total, a buenas manos han ido y estarán bien. Muy buena idea tuviste. Los sintecho estaban en un banco no lejos de la casa donde esa noche habían dado en adopción a cuatro cachorros hallados en el sótano. Mucha gente paseaba, pero nadie les decía nada. Más bien les deseaban salud y suerte. De pronto, la puerta del portal se abrió de golpe y apareció Petri, que al verlos les hizo señas y corrió hasta ellos. —¿Qué le pasa? ¿Se arrepiente del gato? —dijo Mijaíl al ver a Petri. —¿Es él? Qué raro… —¡Feliz Año, buena gente! —sonreía Petri, ofreciéndoles una gran bolsa—. Mi mujer y yo os traemos esta cena de Nochevieja para agradeceros el regalo. —Gracias, no lo esperábamos, —respondieron Egor y Mijaíl. —Y esto, de mi parte, —Petri les dio una botella de cava—. Para celebrar como merece. —Bueno, Mijaíl, al final nosotros también vamos a celebrarlo… ¡Vaya milagro! —se frotó las manos Egor contento. Iba ya a irse Petri, cuando se detuvo y preguntó: —¿Dónde vais a celebrarlo, si puede saberse? —Pues… aquí cerca, en el sótano: seco, caliente, y cartones para tumbarse. —¿Y si venís conmigo? En cinco minutos los tres entraron en el garaje. Petri abrió la puerta: —Poneos cómodos. Hay un sofá, calefactor, mesa y platos. Mejor que el sótano. Yo sacaré el coche fuera para que tengáis espacio. —Si aquí cabemos bien… —No, mejor fuera. Y no os paséis con la bebida, ¿eh? —Solo un brindis. Nada más, —aseguró Mijaíl. —Bien, confío en vosotros. Mañana vengo y me contáis, quizás pueda ayudaros a buscar algo más. —Inesperado… —murmuró Egor. —Ya ves… —asintió Mijaíl. Así fue aquella noche, realmente mágica y por completo castiza. Una auténtica Nochevieja de milagro.
Una anciana regañaba a un joven por sus tatuajes en el autobús, pero él no le hacía caso… hasta que ocurrió algo inesperado