Milagro en Nochevieja
¡Luis, explícame cómo se te ha podido olvidar! ¡Si te lo he repetido varias veces esta mañana, incluso te mandé un mensaje! Lucía me miraba con la ceja arqueada, esa mirada con la que sabe que me deja sin escapatoria.
Yo me quedé en el umbral de la cocina con cara de cordero degollado, sin saber cómo escabullirme.
No lo sé, Lucía, de verdad Se me fue completamente de la cabeza intenté justificarme.
¿Y el móvil? insistió.
Pues eso, ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje
Lucía empezaba a hervirse por dentro.
¿No te olvidaste de comprar la batería nueva para el coche, verdad? Pero ¿el regalo para nuestra hija bajo el árbol? Eso sí que se te olvidó, ¿no?
Es que la tienda de recambios cerraba a las ocho, y fui deprisa para no llegar tarde, y al final se me fue. Lo siento de veras.
A veces me pregunto, Luis, si tu jodido coche, que se estropea cada dos por tres, te importa más que nuestra Carmen Lucía se sentó en el taburete, mirando el reloj con resignación.
Eran ya las once menos cinco. La noche cerrada, y era demasiado tarde para ponerle remedio. A medida que pasaban los minutos, el nudo en el estómago crecía.
Venga, Lucía, no digas tonterías. Sabes perfectamente lo mucho que quiero a Carmen. No lo hice aposta.
A mí eso no me pasa nunca, Luis replicó Lucía en voz baja para que la niña no la oyese. Yo quise acercarme para abrazarla e intentar apagar la tormenta, pero ella se apartó y se puso de espaldas para empezar a repartir la ensaladilla rusa en la fuente.
«Medio día preparando la dichosa ensaladilla para alegrarle la noche y resulta que se olvida del regalo de la niña»
Ya lo intuía, que al final tendría que hacerlo todo yo murmuró casi en silencio. Confié en ti, Luis. Pensé que podías responder.
Vale, lo sé. La he fastidiado, pero tampoco es un drama dije, intentando quitarle hierro. A fin de cuentas, si no hay regalo bajo el árbol, tampoco se acaba el mundo. Luego le decimos
Le decimos, ¿qué, Luis? ¿Que tienes memoria de pez a tus treinta y cinco? ¿O que era más importante el coche que su ilusión?
Pues que a los Reyes Magos les ha pillado mucho trabajo este año y que lo traen mañana. Por la mañana me paso a ver si encuentro algo y se lo damos después. Como si viniera de Sus Majestades.
¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo algún súper Ay, Luis
Y la cosa tenía su lógica. Cuando nació Carmen, instauramos una tradición: la noche de Nochevieja, justo después de las campanadas, todos íbamos juntos al árbol del salón a descubrir los regalos. Y a Carmen esa costumbre la hacía especialmente feliz. Creía en los Reyes, en la magia, en los milagros de año nuevo. Qué alegría con cada paquete, sobre todo si era algo que había pedido en secreto.
Esta vez, varias veces la había pillado asomándose al árbol antes de media noche, deseando que el regalo apareciera. Toda la tarde contándole a su madre lo mucho que esperaba ese regalo.
¿Qué me traerán este año los Reyes? decía Carmen pensativa . Yo querría una bici, como la que tiene Paula del portal de al lado. Pero si son unos patines, tampoco me quejo.
Lucía la escuchaba con una sonrisa. Había sido ella quien pidió que le comprase patines para la niña. Pero en vez de ir ella, pensó que yo podía hacer el encargo ya que volvía del trabajo.
Regresé a casa tras las ocho, y dos horas más tarde, mientras Lucía preparaba la mesa, me preguntó por lo bajo y con complicidad por el regalo, y ahí me di cuenta de que no lo había comprado.
Lucía, venga, no amarguemos la noche. Que no fue aposta, de verdad. Si quieres hablo yo misma con la niña, y se lo explico. Carmen lo entenderá.
Ella no dijo nada. Siguió a lo suyo, pero yo vi cómo se le escapaba una lágrima. ¿Cómo he podido olvidarme?
Igual hasta el último momento pensaba que yo había escondido el regalo en algún rincón y esperaba el momento. Pero ya era tarde; las tiendas estaban cerradas.
¿Quieres que ayude? pregunté, sintiéndome aún más inútil mientras Lucía alineaba los platos en la mesa.
Gracias pero ya has ayudado bastante.
En ese instante, entró Carmen en la cocina, feliz como una perdiz tras devorar todos los dibujos navideños de la tele:
¡Mamá, papá! ¡Quedan menos de dos horas para Nochevieja! ¡Pronto los Reyes me traerán mi regalo!
Lucía me lanzó una mirada que literalmente quemaba, pero enseguida se volvió hacia la niña, sin ganas de estropearle la fiesta.
En ese momento, a Lucía se le ocurrió una solución. Pensó en dejar un sobre bajo el árbol con dinero, escribiendo «Para los patines de Carmen». No era lo mismo que abrir un regalo de Reyes de madrugada, pero mejor eso que nada.
*****
Eran las once cuando nos sentamos a cenar. De repente, llamaron a la puerta.
Luis, ¿esperabas a alguien? preguntó Lucía sorprendida. Porque yo, desde luego, no.
No, yo tampoco. A lo mejor son los vecinos. Voy a ver, mientras vais sirviendo las bebidas.
Fui a la puerta y, al abrir, me encontré con un hombre barbudo, de unos cincuenta y muchos, con una chaqueta roja medio rota. No tenía pinta de Papá Noel. Más bien parecía un sintecho, por su aspecto y por el olor.
¿Qué se le ofrece? ¿Se ha equivocado? Si viene a pedir, le aviso ya que no doy ni un euro, que luego lo gastan en vino.
No, no sonrió el hombre, dinero no vengo a pedir. No estoy tan mal.
«¿Y eso?», pensé, a punto de soltar una carcajada. No era yo de reírme de los que viven en la calle más bien suelo darles conversación o alguna moneda si puedo, pero aquella frase me sonó ridícula.
¿Entonces?
Verá usted, he encontrado este gatito en el portal. ¿No será suyo? y sacó de debajo de la chaqueta un pequeñísimo gato blanco, todo temblor.
Pensé que el tipo, convencido de que por dinero no le iba a caer nada, intentaba vender gato por liebre, literalmente.
No, no es nuestro. Y nunca hemos tenido animales en casa.
¿No quiere quedárselo? Si tiene hijos, seguro que le gusta.
«Ya me lo veía venir», pensé. Hasta me hizo gracia. Negué con la cabeza.
Que no, hombre. Gracias.
Bueno, pues nada el hombre suspiró, lo dejaré en el contenedor. Total, ahí al menos tiene cajas donde esconderse y algo de comer.
Ya iba de retirada, ocultando de nuevo el gato en su chaqueta, cuando me salió un no sé qué del alma y lo agarré por el hombro.
Oiga, espere ¿Cómo que al contenedor? Deje al bicho en el portal al menos, no lo tire.
¿Y qué más da? Lo echarán igual a la calle. En el contenedor al menos tiene cajas para el frío y comida.
Nunca me han tirado especialmente los animales, pero el imaginarme al bichito tiritando, hambriento en la noche… Me removió algo por dentro.
Sin tiempo para decidirme más, con Lucía y Carmen esperando en la mesa y el tipo por marcharse, se lo quité rápido de las manos.
Venga, déjemelo. No lo tire.
Como quiera el hombre sonrió amablemente, se despidió y se fue escaleras abajo.
*****
Al volver al piso, vi las cabezas de Lucía y Carmen asomando con preocupadas.
¿Qué ha pasado? ¿Todo bien?
Sí, sí, claro respondí, escondiendo el gato a la espalda, cruzando los dedos para que no maullara. Si Lucía me veía con el gato, igual echaba a ambos a la calle.
Sabía que antes o después descubriría el asunto, pero necesitaba tiempo para preparar la excusa: cómo había traído un gato callejero a casa a una hora de la medianoche, sin decir ni mú.
¿Quién era? preguntó Lucía, con un brillo extraño en los ojos.
Era, mmm el vecino de arriba, Roberto. Me preguntaba por la batería nueva del coche y tal.
Aaaah, claro, consultando al experto. Anda, lávate las manos y vente a la mesa, que ya queda poco para las uvas.
Un minuto y voy.
Aproveché para esconder el gato. El balcón descartado con el frío que hacía; el baño, mala idea también; ni la habitación ni el cuarto de Carmen… Así que acabé dejándolo en el aparador del salón, con la puerta entreabierta para que respirase.
*****
En la calle empezaron los gritos de ¡Feliz Año Nuevo! Yo también felicité a Lucía y a Carmen, deseándoles toda la dicha y salud del mundo.
Carmen, de repente, dejó el vaso sobre la mesa y salió corriendo al salón. Lucía, al darse cuenta, se llevó una mano a la frente por el olvido del sobre con dinero, y me dedicó otra mirada fulminante.
Ahora te toca consolar tú mismo a la niña.
Pero Carmen no se puso triste. Al contrario, un grito de alegría nos llegó desde el salón.
¡Mamá, papá! ¡Corred! ¡Mirad lo que me han traído los Reyes Magos este año!
Aparecimos en el salón y, junto al árbol, estaba Carmen con el pequeño gato blanco entre los brazos.
¡Lo quería tantísimo, mamá! ¡Y los Reyes me lo han traído! ¡Le llamaré Copito!
La niña abrazaba al gato con ganas, mientras Lucía me llevó aparte.
¿Se puede saber de dónde ha salido esto? ¿Es cosa tuya?
Lucía, déjame que te lo explique, por favor empecé mi defensa.
No hace falta me interrumpió. Mira qué feliz está Carmen. Si llego a saber que preparabas una sorpresa, no te habría dicho ni media. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla.
Allí me quedé, boquiabierto, aliviado de que la tormenta pasara.
Y pensé que era verdad lo que dicen: en Nochevieja aún pueden suceder milagros.
*****
Salí al portal unos minutos después, con una bolsa grande llena de comida y dulces en la mano, y encontré al hombre barbudo sentado en un banco con otro, charlando animados.
¡Feliz Año Nuevo, señores! les dije con una sonrisa grande, extendiéndoles la bolsa . Lucía y yo hemos preparado este pequeño lote para ustedes. Gracias por el gato.
Qué detalle, de verdad respondieron con una sonrisa sincera.
Y esto, ya entre nosotros dije, dando una botellita de cava. Para que brindemos todos.
Mira, Juan, hoy sí que brindamos como Dios manda el barbudo repiqueteaba las manos, contento.
Estaba por irme ya, pero me paré y les pregunté:
¿Dónde vais a pasar la noche? Si no es indiscreción.
Aquí cerca, en el garaje vacío. Más cálido que el portal, y se está tranquilo.
Pues os venís al mío. Tengo un sofá, estufa, hasta platos. Monto la mesa y dejo el coche fuera. No seáis tímidos.
No queremos molestar.
Anda, ni una palabra más. Os lo agradecemos con una copa y algo de charla, y mañana vengo a ver qué tal, y de paso os echo una mano.
Se miraron los dos sorprendidos y acabaron aceptando.
Qué noche más especial, pensé al volver después al piso, viendo la cara de Carmen dormida con Copito a su lado. La más mágica de mi vida, sin duda. Entendí por fin que las pequeñas acciones dar un poco de cobijo y amor, aunque sea improvisado valen más que cualquier regalo envuelto. Esta Nochevieja aprendí que los milagros, a veces, solo necesitan que les abras la puerta.






