Una vieja historia: Amores, secretos y luchas en la posguerra de la aldea de Semiónovo

Durante los años difíciles tras la guerra, en la aldea castellana de Villaseca, la existencia era cualquier cosa menos un paseo. Los varones escaseaban, la mayoría quedaron en el frente, y los pocos que regresaron apenas lucían sombra de barba. Junto al casino, donde los jóvenes se reunían para charlar y bailar jotas, residía Eulalia, una mujer de rostro imperturbable, como si el tiempo no la rozara. Cargaba con tres hijos y una madre anciana, y se desvivía en la cooperativa agrícola para mantener a su familia. Cada jornada era una batalla cuesta arriba.

Eulalia no gozaba de simpatía entre las vecinas, especialmente entre las mujeres del lugar.

Otra vez la Lali organizando reuniones con los hombres en su salón susurraban las comadres, frunciendo el ceño. ¿Hasta cuándo va a seguir así?

Sin titubear, Eulalia enviaba a su madre y a los niños a casa de la vecina y montaba veladas en su sala que se prolongaban hasta que el gallo saludaba el alba. Algunos invitados, de paso, se quedaban a dormir, y no siempre solos. Así, al caer la noche, los maridos de medio pueblo se escabullían hacia la casa de Eulalia y, como por arte de magia, desaparecían.

Las mujeres del pueblo la criticaban sin piedad, desahogándose con cotilleos y discusiones con sus propios esposos. Podrían haber ido a la casa de Eulalia a montar un escándalo, pero el temor a represalias era más fuerte. Si el marido regresaba de mal humor, la que pagaba el pato era la esposa, y a veces hasta con testigos. Así era la vida en Villaseca, todos vigilando al prójimo.

A la pobre Beatriz también le llegaron habladurías sobre su marido, Juan. Ella era la segunda esposa de Juan; la primera, desdichada, falleció en el parto y el niño tampoco sobrevivió.

Beatriz, ¿por qué aguantas? Que tu Juan también se deja caer por la casa de Eulalia. Y tú, con la barriga, y él de juerga le soltó la vecina Rosario, abriéndole los ojos.

No puede ser, mujer. Sí, a veces llega tarde, o ni aparece hasta el amanecer, pero me jura que el alcalde le obliga a vigilar el almacén por las noches, que si no, le roban el trigo respondía Beatriz, confiando ciegamente en su apuesto marido.

Beatriz era hermosa, serena y habilidosa, y vivía en la casa de Juan. Allí también residía la suegra, una mujer de carácter férreo, y la hermana mayor de Juan, Serafina, con sus dos hijos. El esposo de Serafina, tractorista, había muerto, así que ella volvió al hogar materno, negándose a vivir con los suegros.

Serafina era de armas tomar, envidiosa y con más genio que un toro en San Isidro. No soportaba a Beatriz.

Que viva aquí si quiere le confesaba Beatriz a Rosario, pero no deja de buscarme las cosquillas, siempre con la lengua afilada, sacando punta a todo.

La belleza y el buen hacer de Beatriz le resultaban a Serafina como una piedra en el zapato, y no cesaba de amargarle la vida. Beatriz aguantaba el temporal. Amaba a Juan y no podía regresar a casa de sus padres, pues se había fugado con él desobedeciendo a la familia.

Juan era un conquistador de los de antaño, alto, robusto y con más labia que un diputado en campaña. Las mujeres le rondaban, pero él se fijó en Beatriz, una joven discreta que no supo resistirse.

Mamá, que Juan me ha pedido matrimonio le soltó un día Beatriz, con las mejillas encendidas y la voz temblorosa.

Ni se te ocurra, Beatriz, ese hombre no te conviene. Primero, ya ha estado casado. Segundo, es tan apuesto que las mujeres se le cuelgan como racimos de uvas. No tendrás más que disgustos, siempre corriendo detrás de él, sacándolo de líos con otras. Te prohíbo que te cases con él.

Beatriz, con el alma encogida, decidió desafiar a su madre. En la fiesta de la vendimia, Juan apareció en la puerta de su casa montado en un burro, como si fuera Don Quijote, y tras un guiño, Beatriz salió disparada con un hatillo y se subió al carro. Tenía diecinueve años y de dote, apenas dos vestidos de algodón y un par de enaguas.

La madre, al ver la escena, salió corriendo y, mientras el burro arrancaba, gritó:

¡No te doy mi bendición! Si vuelves, ni se te ocurra poner un pie en casa. ¡Que te quede claro!

Así fue como Beatriz se instaló en casa de Juan, sin boda ni celebraciones. Trabajaba en la extracción de turba, ganando unas pesetas.

La suegra de Juan era una mujer dura, de esas que nunca regalan una caricia y siempre tienen una queja en la boca. Convivir con ella era como dormir sobre un colchón de piedras, pero la juventud de Beatriz le daba fuerzas. Juan salía temprano a trabajar de capataz y regresaba al anochecer, sin inmiscuirse en los asuntos domésticos. Beatriz también tenía su faena. Como a la suegra no le gustaba cocinar, a la nuera le tocaba apañarse tras la jornada.

Así transcurrían los días en la casa de Juan, y más de una vez Beatriz se arrepintió de haberse metido en esa familia, donde ni la cuñada ni la suegra le daban respiro. El presidente de la cooperativa, don Clemente, se fijó en lo trabajadora y cumplidora que era Beatriz y la propuso como candidata al ayuntamiento del pueblo.

Ay, don Clemente, que yo no valgo para eso, que soy joven y no tengo ni idea de política. Me da un miedo que ni te cuento balbuceó Beatriz, con las manos sudorosas.

Tranquila, Beatriz, que aquí estamos los veteranos para echarte una mano. Eres una curranta, honrada y con buen corazón, y eso es lo que hace falta le animó el presidente.

Y así, casi sin darse cuenta, Beatriz acabó de concejala. Juan, más orgulloso que nunca, presumía de esposa, y hasta la suegra se mordía la lengua, aunque Serafina seguía echando leña al fuego por pura envidia.

Beatriz tuvo un hijo y volvió al trabajo, dejando al pequeño al cuidado de la suegra, que también se ocupaba de los nietos de Serafina, que trabajaba fuera.

Tras cinco años de matrimonio, Beatriz esperaba otro niño. Cuando ya estaba de ocho meses, Rosario vino con malas noticias sobre Juan. Que si se le veía mucho por la casa de Eulalia. Serafina, que no perdía ocasión de meter el dedo en la llaga, soltó:

Te lo tienes merecido, Beatriz. Si fueras una buena esposa, tu marido no andaría de juerga. Pero claro, con tanto pleno y tanta reunión, ¿qué esperas? Beatriz, sabiendo que la bronca estaba servida, optó por callar.

¿Será verdad que Juan se va con Eulalia? le daba vueltas en la cabeza.

Juan, tras pasar la noche en casa de Eulalia, volvía al amanecer y se metía en la cama como si nada. Beatriz, sin pegar ojo, pensaba:

Qué cosas, si hasta trabajamos juntas en la cooperativa y Eulalia siempre me da palmaditas en la espalda y me dice lo apañada que soy

Una noche, harta de esperar a Juan, mientras la suegra y Serafina roncaban, Beatriz se puso una chaqueta vieja y salió al patio. Sus pies la llevaron, casi sin querer, por el callejón que daba a la plaza, cerca de la casa de Eulalia. Agarrada a la valla, para no acabar con los pies llenos de barro, avanzó con sigilo.

Como me salga un perro, la lío pensaba, rezando para que no se armara jaleo.

Al llegar, se asomó por una rendija del desvencijado portón y vio la sala iluminada, la mesa puesta con viandas y una botella de orujo en el centro, pero ni rastro de gente. Al poco, entraron Eulalia y Juan, abrazados y riendo. Se sentaron frente a frente.

Beatriz, temblando como un flan, se apoyó en la valla, con el corazón a punto de salírsele por la boca.

Pues sí, Rosario tenía razón. Mi Juan se ha buscado entretenimiento fuera, que de una embarazada poco se puede esperar pensó, justo cuando Eulalia apagó la luz y la casa quedó a oscuras.

¿Y ahora qué hago? se preguntaba, sin atreverse a entrar.

Tras un rato, agachó la mano, cogió una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas contra la ventana. Luego, se esfumó en la noche. Juan regresó al amanecer. Beatriz no dijo ni pío. La ventana de Eulalia estuvo semanas tapada con un cojín, que para poner un cristal nuevo no había ni un euro.

Beatriz nunca confesó lo ocurrido aquella noche. Con el tiempo, hasta se le fue pasando el disgusto. A veces sentía que Juan le daba igual. Al fin y al cabo, siempre volvía a casa, y hasta le llamaba mi reina con esa carita de pillo. Qué le iba a hacer, si en el fondo le quería.

Pasaron los meses. Una tarde, don Clemente la llamó al ayuntamiento. Allí estaban el guardia civil del pueblo y un par de vecinos con ganas de lío.

Hoy hemos pillado a Eulalia con grano robado anunció don Clemente. No era mucho, pero el hurto es hurto. Y ya sabes cómo está la ley. Vamos a registrar su casa, a ver dónde esconde el resto. Seguro que no es la primera vez.

Como concejala, Beatriz tenía que participar en el registro. Al llegar, el presidente la mandó entrar con Nicolás.

Tú, Beatriz, busca en la casa con Nicolás. Nosotros miramos en el corral y la bodega.

Eulalia, pálida y con las manos temblorosas, se sentó en una silla. Un primo suyo, que hacía de testigo, estaba igual de descolocado. Beatriz, sin experiencia en estos líos, no sabía ni por dónde empezar. Eulalia la miraba con ojos de cordero.

Nicolás revisó detrás de la cocina y le susurró:

Mira debajo de la cama y en ese rincón.

Beatriz levantó la colcha, luego el colchón de paja, y en el hueco entre la cama y la pared vio un barreño tapado con una sábana. Al destaparlo, encontró grano, no mucho, pero sí para llenar un tercio del barreño. Eulalia lo había ido trayendo a puñados.

Las miradas de ambas se cruzaron.

Ahora sí que me las pagas. No volverás a quitarme a mi marido. Voy a tirar el grano por el suelo y que todos lo vean. Esta será mi venganza pensó Beatriz.

Eulalia, muerta de miedo, pensaba:

Ya está, se acabó. Ahora Beatriz me va a denunciar por lo de Juan. ¿Para qué me metería en este lío? Seguro que ha venido a mandarme a la cárcel.

Ambas seguían en silencio cuando apareció don Clemente en la puerta.

¿Qué, Beatriz, has encontrado algo?

Nada, aquí no hay nada respondió ella, bajando la cabeza. Nicolás también negó con la cabeza.

Aun así, la guardia civil se llevó a Eulalia al cuartelillo, que la habían pillado con las manos en la masa. Al día siguiente, volvió al pueblo.

Con los años, Eulalia se marchó con sus hijos a un pueblo cercano y nunca más se la vio por Villaseca. Beatriz y Juan criaron a sus hijos, el mayor se casó, pero la vida de Juan fue corta. Tras enterrar a su madre, él también se fue. En los últimos tiempos, la relación con Beatriz había mejorado, pero la salud le falló. Serafina encontró pareja en otro pueblo y se mudó.

Tras la muerte de Juan, pasó el tiempo. Beatriz sigue viviendo sola en la casa. Los hijos y nietos la visitan. Las piernas ya no le responden como antes, pero sus hijos siempre están ahí para echarle una mano.

En la soledad de su hogar, Beatriz comprendió que la vida, con sus penas y alegrías, enseña a perdonar y a seguir adelante, porque al final, lo que permanece es el cariño de los tuyos y la dignidad de haber actuado con bondad.

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Una vieja historia: Amores, secretos y luchas en la posguerra de la aldea de Semiónovo
Cuando empezamos a vivir juntos, yo ya tenía piso y coche, pero lo que hizo mi prometido es incomprensible