¿LO RECUERDO? ¡NO PUEDO OLVIDARLO!
Celia, tengo que contarte algo… Bueno, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Jimena? mi marido hablaba en clave, lo que me ponía nerviosa.
¿Qué si me acuerdo? ¡Cómo olvidar! ¿Por qué lo preguntas? me siento en la silla, intuyendo que la tormenta se avecina.
No sé ni por dónde empezar… Jimena me pide, por favor, que nos hagamos cargo de su hija, es decir, de mi nieta titubea Javier, esquivando mi mirada.
¿Y a santo de qué, Javier? ¿Y el marido de Jimena? ¿Se le ha ido la cabeza o qué? ya hasta siento curiosidad, esto se pone interesante.
Verás, a Jimena le queda poco tiempo de vida. Nunca llegó a casarse. Su madre hace años que se casó con un extranjero y vive en Estados Unidos. Jimena y su madre no se hablan, siempre andan a la gresca. Y no le queda otra familia. Por eso nos pide esto Javier se encoge y vuelve a fijar la mirada en el suelo.
Entonces, ¿qué piensas hacer? yo hace rato que tengo claro lo que toca.
Por eso te lo consulto, Celia. Lo que tú decidas, así será por fin, Javier me mira como buscando respuesta.
Qué cómodo. Tú, Javier, con tus deslices de juventud… y ahora, Celia, cárgate tú con una niña que no es tuya. ¿No es así? me revienta la poca entereza de mi marido.
Celia, somos una familia. Estas cosas hay que decidirlas en pareja Javier intenta justificar lo injustificable.
Pero mira quién se acuerda de que somos familia. Cuando andabas de juerga con la otra, ¿me pediste acaso opinión? ¡Si soy tu esposa! no puedo más, se me nublan los ojos y me encierro en la habitación.
…En el instituto salía con un compañero, Álvaro. Pero todo cambió cuando llegó el nuevo, Alejandro. Me olvidé de Álvaro en cuestión de días. Alejandro empezó a llevarme a casa, me regalaba flores que robaba de los jardines y me besaba apasionadamente en la mejilla. No tardó en llevarme a la cama. Y yo ni rechisté. Me enamoré perdidamente de Javier. Acabamos el instituto y a Alejandro lo destinaron a hacer la mili en otra ciudad.
Estuvimos escribiéndonos durante un año, hasta que Alejandro regresó de permiso. Yo no cabía en mí de felicidad. Era su sombra, le reía todo, absorbía cada palabra. Él me juró amor eterno:
Celia, en un año volvemos a casarnos. Pero para mí, ya eres como mi esposa.
Aquellas palabras me derritieron. Así fue siempre con Javier: bastaba que me mirase con dulzura y me deshacía. Era mi sol.
Alejandro volvió a la mili y yo, ya me sentía prometida. A los seis meses, recibí una carta: Alejandro había encontrado al verdadero amor en el cuartel y no pensaba regresar.
Yo ya sentía las pataditas de nuestro hijo en el vientre. Se terminó el cuento de hadas. Como decía mi abuela:
No te fíes de lo que florece, sino de lo que da fruto.
…Llegó el momento y nació Jaime. Álvaro, el de antes, se ofreció a ayudarme. No tenía elección, acepté. Sí, tuve una relación con Álvaro, más por desesperación que por cariño. Para mí, Javier ya no existía.
Desapareció sin dejar rastro. Hasta que un día, reapareció. Fue Álvaro el que abrió la puerta. Allí estaba Alejandro.
¿Puedo pasar? Javier alzó las cejas.
Si has venido, entra Álvaro lo dejó pasar a regañadientes.
Jaime, que notó la tensión, rompió a llorar y se agarró fuerte a Álvaro.
Álvaro, ¿puedes sacar a Jaime un rato al parque? no sabía cómo manejar la situación.
Cuando se fueron, Javier se quedó mirándome, celoso.
¿Ese es tu marido?
¿Y a ti qué te importa? ¿A qué has venido? yo, dolida, esperando alguna explicación.
Te echaba de menos, Celia. Veo que has rehecho tu vida. Tienes una familia. No me esperaste. Bueno, me voy, siento interrumpir tu felicidad Javier se disponía a irse.
Espera, Alejandro. ¿A qué has venido, a remover el pasado? Álvaro me ayuda porque estoy sola. Es más, cría a tu hijo de dos años intenté detenerlo porque yo aún le quería.
He vuelto a por ti, Celia. ¿Me aceptas? Javier me miraba esperanzado.
Pasa, vamos a comer sentí de nuevo esa ola de felicidad y alivio. Había vuelto, eso era lo importante. ¿Para qué reprochar?
Álvaro tuvo que retirarse. Jaime necesitaba a su padre biológico, no a un padrastro. Con el tiempo, Álvaro se casó con una buena mujer con dos hijos.
…Pasaron los años. Javier nunca llegó a querer a Jaime como propio. Siempre sospechó que era hijo de Álvaro.
Nunca se implicó con él, lo notaba. De hecho, Javier era muy mujeriego, saltaba de una a otra y yo, aunque lloraba, seguía amándole y protegiendo nuestra familia. Decía mi corazón que era más sencillo amar sin preguntas. No tenía que inventar excusas, simplemente quería a mi marido.
A veces quería dejarle, pero al final me convencía de que no podría vivir sin él. Yo era su mujer, su amante, su todo.
Javier perdió a su madre con catorce años, mientras dormía. Quizá por eso buscaba tanto cariño fuera. Yo siempre le perdonaba todo. Discutimos fuerte una vez y lo eché de casa. Se fue a vivir con sus familiares.
Pasó un mes y yo ni recordaba la razón de la pelea, pero él no volvía. Al final, fui a buscarle. Su tía abrió la puerta sorprendida:
¿A qué vienes, Celia? Javier nos ha dicho que estáis ya divorciados. Ahora tiene novia nueva.
Así descubrí la dirección de la chica y me presenté allí.
Buenas tardes, ¿puedo ver a Alejandro? intenté ser educada.
La chica me cerró la puerta en las narices con una sonrisa burlona.
…Un año después, Javier volvió. Y de la relación con aquella mujer había nacido Jimena. Toda mi vida me he echado la culpa por haberle echado de casa. A lo mejor, si no, no habría existido esa hija. Desde entonces, procuré mimar más a Javier, aún más atenta.
Nunca hablamos en casa del tema de Jimena ni de la aventura de mi marido. Penábamos que nombrarla haría saltar por los aires la familia. Callábamos.
Ya ves tú, una hija fuera de matrimonio… ¿A quién no le pasa? Ellas, que no se metan con hombres casados.
Así seguimos. Los años calmaron a Javier, ya no salía tanto. Se volvía más hogareño. Nuestro Jaime se casó joven y nos dio tres nietos. Y, de pronto, aparece Jimena, pidiendo que acojamos a su hija.
Habría que pensarlo. ¿Cómo le digo a Jaime que llega a la familia una nieta sorpresa? Jaime no sabe nada de las aventuras de su padre.
…Al final, acogimos oficialmente a la pequeña Lucía, de cinco años. Jimena falleció con treinta años. La vida sigue.
Javier habló con Jaime y le contó todo, sin rodeos. Nuestro hijo resumió:
Padres, el pasado, pasado está. No soy quien para juzgaros. Esa niña es de nuestra sangre, hay que aceptarla.
Javier y yo respiramos aliviados. Nuestro Jaime es un hombre bueno y compasivo.
…Hoy Lucía tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Javier, le cuenta todos sus secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven debía de ser igualita a ella. Y yo, claro, lo afirmo sin dudarlo.







