Años de soledad: seis años de prueba sin el ser amado

El año del extrañamiento: seis años de prueba sin un ser querido.
Amelia sentía un cansancio de otro mundo. Llevaba sola seis años, desde aquella tarde absurda en que su marido la dejó para siempre. Su hija, hace apenas un año, se casó y se marchó a Sevilla.
Amelia tenía cuarenta y dos años; en el mundo onírico, esa edad es la segunda primavera de una mujer. Era una anfitriona irrepetible: cocinaba como los ángeles, y sus berenjenas en escabeche con tomates eran consideradas obras maestras en sueños de domingo. ¿Para quién prepararlas ahora? En la terraza, hileras de botes de cristal vacíos contemplaban la ciudad Granada desde el ensueño.
No puede ser que desaparezca sola, ¡con lo guapa que soy!, le repetía Amelia a sus amigas que flotaban a su alrededor en la plaza Mayor de algún rincón de Castilla. Todas respondían: ¡No! Busca un hombre, todavía quedan muchos solos. Una de ellas le aconsejó probar suerte en la agencia «El Mejor Caballero». Amelia pensó que aquello era ridículo, ligeramente embarazoso, ir a una agencia. Pero también era verdad que esos cuarenta y dos la inquietaban como el repiqueteo de relojes antiguos en la casa de su abuela.
Así fue como Amelia entró, como flotando, en la agencia. Una señora amable con gafas color carmesí le dijo:
Aquí solo tenemos lo mejor. Venga, mire usted conmigo la base de datos, siéntese aquí.
Son todos guapos, sí, sonrió Amelia. Pero, ¿cómo conocer a una persona de verdad? ¿Cómo saber si es el tuyo?
Todo está pensado, contestó la mujer. Te damos una semana. Tiempo de sobra para saber si es para ti, si conviene seguir o buscar otro.
¿Que me dais?
¡Un hombre!
¿Cómo?
Así lo hacemos. Una semana conviviendo contigo. Aquí no somos novias tímidas; vamos al grano. No tenemos locos ni maníacos.
Aquella idea extraña sedujo a Amelia. Junto a la dama de las gafas carmesí eligieron cinco candidatos. Amelia pagó una pequeña suma unos setenta euros y regresó rápido a su casa, que parecía una habitación de hotel de Segovia de los años setenta. El primero llegaría esa misma noche.
Amelia se puso un vestido verde esperanza, y los pendientes de diamantes, esos que arrancaba del joyero sólo en sueños de fiesta.
¡Dlin! sonó el timbre de la puerta. Miró por la mirilla y vio rosas. Canturreó bajito de alegría. Abrió: era tan apuesto como en la foto, vestido como un dandi.
Se sentaron en la mesa y Amelia sirvió manjares. El ramo quedó en el centro, bañando la escena de un perfume irreal. Ella miraba de reojo al galán y pensaba: ¡Ya está! No hace falta ver más. Este mismo.
Comenzaron con la ensalada. El hombre torció la boca: ¿Por qué está tan salada?. Amelia sonrió, nerviosa, y le sirvió pato asado. Mordió y sentenció: Está duro…. Nada le agradó. Entre tanto, por las prisas, Amelia olvidó el vino: aquel Ribera que tanto le costó elegir. Sirvió, brindó: Por este encuentro. Él olisqueó, probó y dijo: Esto es barato. Se levantó: A ver cómo tienes organizada la casa.
Amelia sujetó el ramo y se lo tendió: La verdad es que odio las rosas. Hasta la próxima.
Lloró un poco al caer la noche; el corazón le dolía. Quedaban otros cuatro.
El segundo candidato llegó la siguiente noche. Entró saludando con seguridad: ¡Hola!. Olía a anís y aguardiente. Amelia preguntó: ¿Ya has celebrado nuestro encuentro?. Sonrió: ¡Anda ya! ¿Tienes tele? Ahora echan el derbi Madrid-Atlético. Lo vemos y todo fluye. Amelia contestó: La televisión, en la tuya.
Otra noche más, sola, con lágrimas transparentes.
Al día siguiente, apareció el tercero. No era atractivo: chaqueta raída, uñas torcidas y zapatos cubiertos de barro seco de Castilla. Amelia pensó cómo despedirlo educadamente. Antes, decidió invitarle a cenar. Él devoró la comida, halagándola con entusiasmo irrepetible. A Amelia casi le avergonzó. Sacó los pepinillos en salmuera, recuerdo de otra vida. El hombre exclamó, emocionado: ¡Esto es lo mejor que he probado nunca!.
Entonces repicaron los relojes de la abuela, llenando el salón de vibraciones doradas y oníricas. El hombre feo preguntó: ¿Qué es ese sonido?. Entró en el salón, se subió a un taburete y examinó los relojes polvorientos: Esto lo arreglo enseguida. ¿Tienes destornilladores?.
Poco después, todos los relojes marcaban la hora con un sonido limpio y metálico, de otro siglo. Amelia sintió una felicidad casi musical. Lo vio como una señal. Pensó: ese hombre debía ser el suyo. Era hábil y bueno; limpiarían su ropa y sus manos, el número tres siempre trae fortuna en los sueños.
Llegó la noche. Amelia se preparó, fue a la peluquería, cambió las sábanas por unas de satén granate con rosas (porque sí le gustaban, y mucho). Cuando salió del baño, él ya dormía. Ni se quitó la ropa. A Amelia no la molestó; le miró con ternura, Estará agotado el pobre, pensó, y se metió bajo la colcha.
Y entonces, empezó la pesadilla. El manitas comenzó a roncar, roncaba con arte y fuerza, de manera torrencial. Amelia se tapó con la almohada; después le tapó a él, luego intentó darle la vuelta; nada. No durmió nada, y sufrió la noche entera.
A la mañana siguiente, él apareció en la cocina donde Amelia, ojerosa, tomaba café: ¿Y entonces? ¿Me traigo las cosas esta tarde?.
Amelia negó: No, lo siento. Eres bueno, pero… ¡no!.
El cuarto candidato, con barba, parecía salido de una vieja película sobre geólogos del cine español. Incluso le dejó fumar en la cocina. Barbas dijo: Amelia, tenemos que hablar claro. Soy un hombre libre: pesco, me voy con amigos. Y no me gusta que me llamen preguntando dónde estoy. ¿Vale?.
Vio cómo depositaba la ceniza en la maceta de la orquídea, y preguntó: ¿Y también te vas con mujeres?. Barbas sonrió: ¿Y por qué no? Ya te he dicho, soy libre. Es lo normal en un hombre.
Después de su partida, Amelia ventiló la cocina durante horas, con la cabeza pesada y el alma agotada como si el aire de su vida se hubiera evaporado. Ni siquiera fregó los platos.
Por la mañana, la luz del sol se coló a través de las cortinas, los gorriones chiflaban felices en los tejados de Toledo. Amelia, por primera vez en mucho tiempo, se sentía bien. Sábado. Nadie la apuraba, ni la interrumpía, nadie gruñía, nadie roncaba. ¿Los platos? Los lavaría cuando le apeteciera. Silencio, paz y libertad.
Y entonces, el teléfono comenzó a sonar: ¡Amelia! Llama la agencia El Mejor Caballero. ¿Recuerda que hoy tiene otro candidato? ¡Este sí que será el tuyo, seguro!.
Amelia apenas contuvo la risa: ¡Bórrenme! Sáquenme de la base de datos. ¡No quiero más! El mejor caballero es aquel que no existe.
Y, entre risas, abrió de par en par las cortinas, dejando que el sol de Castilla inundara su mundo.

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