Oye, escúchame lo que me pasó el otro día con mi madre Carmen. Resulta que le conté que mi mujer estaba embarazada, y te puedes imaginar la cara de felicidad que puso. Fue directa al armario, buscando esa ropa de bebé que ha guardado con tanto cariño durante años. Pero lo que pasó después con mi mujer Lucía te va a dejar sin palabras.
Mira, Carmen ha sido una madre entregada toda la vida. Ha pasado más de treinta años cuidando de mí, su único hijo. Yo trabajo como encargado en una empresa pequeñita aquí en Salamanca y, desde que mi padre murió, siempre he vivido con ella. Los sábados los teníamos reservados para el mercadillo del barrio; aunque le costaba el doble de tiempo elegir la fruta y la verdura, a ella le encantaba ese plan de madre e hijo, paseando entre los puestos, preguntando los precios, regateando un poco. Luego íbamos a la finca del pueblo y allí pasábamos la tarde plantando lechugas, aunque ni a ella ni a mí nos gustaban mucho, pero siempre había algún amigo o primo que las cogía al vuelo.
La cosa es que ese equilibrio tan bonito se rompió de repente. Un día, cenando, le solté: Mamá, que me caso. Y claro, Lucía, mi novia, es una chavala tranquila, de esas que no hacen ruido pero siempre están ahí. Compramos una vivienda a medias, pero mi madre, con ese arte que la caracteriza, me convenció para que mejor alquiláramos y nos quedásemos en su casa: Ese dinerillo extra os va a venir bien, decía ella, toda convencida. Total, que aceptamos y así siguió todo un tiempo más.
Pero, conforme fue avanzando la cosa, era Lucía quien ocupaba todo mi tiempo. Por las noches aprovechábamos para pasear juntos por la Plaza Mayor, salir a tomar algo, y así empezamos a construir nuestra vida en pareja. Cuando le contamos a Carmen lo del embarazo, su reacción fue sacar todos esos trajecitos de bebé que tenía como oro en paño, pero Lucía fue clara: Muchísimas gracias, Carmen, pero quiero escoger yo la ropita y las cosas para el pequeñín. Ahí noté un chasco tremendo en mi madre, porque había puesto todas sus ilusiones en esos preparativos.
Al poco, hicimos números, y Lucía y yo decidimos mudarnos a un piso en la misma ciudad. Mi madrete lo jurose lo tomó fatal. Pensaba que la había dejado de lado por mi mujer joven. ¡Qué va! Pero claro, esas cosas pesan, y el cambio fue duro para las dos. Yo sigo pendiente de Carmen, pero ya nada es como antes. A veces, tengo la sensación de que nunca terminó de perdonarme por volar del nido.






