Solo una amiga de la infancia

Sólo una amiga de la infancia

¿De verdad pretendes pasarte el sábado entero ordenando trastos en el trastero? ¿Todo el sábado? preguntó Lucía, arqueando una ceja mientras pinchaba con el tenedor un trozo de tarta de queso.

Alejandro se recostó en su sillón, calentando las manos con su taza de café con leche que ya estaba casi frío.

Lucía… No son trastos, son tesoros de mi infancia. Por ahí debe de andar mi colección de cromos de fútbol, entre otras joyas. ¿Te imaginas lo que puede haber ahí?

Ay, por favor. ¿Que todavía guardas esos cromos? ¿Desde cuándo?

Lucía resopló, conteniendo la risa. Aquella cafetería, con sus desgastados sofás color ciruela madura y los cristales siempre empañados, era desde hacía tiempo su territorio común. La camarera, Beatriz, ya ni preguntaba qué querían directamente les traía café con leche para él, descafeinado para ella, y el postre del día para compartir. Quince años de amistad habían convertido aquel ritual en una coreografía automática.

Vale, lo confieso alegró Alejandro, alzando su taza a modo de brindis, el trastero puede esperar. Los tesoros también. Javier nos ha invitado el domingo a preparar barbacoa, por cierto.

Lo sé. Ayer estuvo tres horas mirando barbacoas en internet. Tres. Horas. Creí que me moría del aburrimiento.

La risa de los dos flotó entre el zumbido de la máquina de café y las conversaciones discretas de las demás mesas…

…Entre ellos nunca hubo silencios incómodos ni secretos se conocían como la palma de la mano. Lucía recordaba bien cuando Alejandro, flaco y con los cordones siempre desatados, fue el único que se le acercó en su primer día de colegio nuevo. Alejandro no olvidaba cómo ella fue la única que nunca se rió de esas enormes gafas de pasta.

Javier aceptó aquella amistad desde el primer día, sin una sola duda. Observaba a su mujer y a su amigo de toda la vida con la calma de quien confía plenamente en quienes quiere. En sus tardes de viernes jugando al Monopoly o UNO, Javier reía siempre más fuerte que nadie, sobre todo cuando Alejandro perdía por enésima vez contra Lucía al Scrabble, y rellenaba las tazas de todos mientras aquellos dos se enfrascaban discutiendo las reglas del Pictionary.

Gana porque hace trampas llegó a decir una vez Lucía, lanzándole las cartas a Javier.

Eso es táctica, querida esposa respondió él, imperturbable mientras recogía las cartas del suelo.

Y yo, entonces, observaba la escena con una sonrisa cálida. Javier me caía bien: sólido, confiable, con ese humor seco que solo entiendes al rato. Lucía a su lado era otra, más feliz y serena, y yo no podía alegrarme más.

Pero todo cambió cuando entró en escena Marta…

…La hermana de Javier apareció en su casa hacía cosa de un mes, con los ojos hinchados y esa mirada de quien solo quiere empezar de cero. El divorcio la había dejado agotada y perdida, donde antes había, al menos, tranquilidad.

La primera noche que pasé por su casa a una de nuestras partidas, Marta apenas despegó la mirada del móvil, pero cuando lo hizo, noté como si algo se activara dentro de ella al verme entrar: había un hombre, tranquilo, de gesto amable, con una sonrisa de esas que invitan a corresponder.

Te presento a Alejandro, mi amigo del cole dijo Lucía. Y esta es Marta, la hermana de Javier.

Encantada me saludó Marta.

Me apretó la mano un poco más de lo convencional.

Igualmente.

Desde ese momento, las casualidades de Marta se volvieron rutina: coincidía en la cafetería justo cuando estábamos Lucía y yo, llegaba con una fuente de magdalenas justo al aparecer yo en casa, se sentaba tan cerca en las partidas que sus hombros y los míos no podían evitar el roce.

¿Me pasas esa ficha? decía inclinándose sobre mi brazo, dejando caer el pelo en mi cuello como si no fuera intencionado. Uy, perdona.

Yo me apartaba con cortesía, murmurando algo para salir del paso, mientras Lucía dedicaba miradas mudas a Javier, que se encogía de hombros. Marta siempre ha sido así de intensa, parecía decir.

El flirteo era cada vez más directo. Marta me dedicaba miradas largas, soltaba piropos, buscaba cualquier pretexto para el contacto. Reía mis chistes con tal entusiasmo que hasta a Lucía le rechinaba.

Tienes unas manos preciosas, esos dedos largos tan elegantes… dijo un día Marta, sujetando mi mano sobre la caja de las fichas. ¿Pianista?

Eh… informático.

Da igual, son bonitas.

Saqué la mano con suavidad y me sumí en mis cartas con fingido interés. Sentía las orejas arder.

A la tercera invitación a tomar café solo para charlar, caí. Marta me gustaba era intensa, vivaracha y me pregunté si, al estar juntos, se calmaría esa tensión, y la vida volvería a la normalidad.

Al principio, la relación funcionó. Marta estaba radiante, yo me relajé y las cenas familiares volvieron a ser eso, cenas sin más complicaciones.

Hasta que Marta se fijó en algo que ojalá no hubiera visto.

Observaba cómo mi rostro se iluminaba al ver a Lucía, cómo compartíamos bromas y acabábamos las frases del otro, cómo había entre nosotros una conexión a la que ella jamás podría acceder.

Y la envidia se le instaló como un veneno.

¿Por qué quedas tanto con ella? me frenó una tarde, cruzándose de brazos ante la puerta.

Porque es mi amiga. Son quince años, Marta, es…

¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo, no ella!

Las discusiones se volvieron rutina, una ola tras otra. Marta lloraba, me acusaba, me exigía. Yo explicaba, me justificaba, intentaba calmarla.

¡Piensas más en ella que en mí!

Marta, eso no es cierto. Solo somos amigos.

¡Los amigos no se miran así!

Mi móvil vibraba a cada instante si estaba con Lucía.

¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no respondes? ¿Estás, otra vez, con ella?

Aprendí a silenciarlo. Pero Marta empezó a seguirme: aparecía en la cafetería, en el parque, frente al portal de Lucía, hecha un manojo de nervios e ira.

Por favor, Marta… decía yo, masajeándome las sienes, rendido. Esto no puede ser.

¡Lo que no puede ser es que pases más tiempo con la esposa de otro que conmigo!

Lucía también se cansó. Cada encuentro acababa en tensión. ¿Cuándo aparecería Marta? ¿Con qué reproche? ¿Qué escenita hoy?

A lo mejor debería verme menos… sugirió Lucía un día, pero yo no la dejé acabar.

No, ni hablar. No vas a dejar de vivir por sus caprichos. Nadie lo hará.

Pero Marta ya tenía su decisión. Y si no podía ser de manera limpia, sería sucia.

Javier estaba sentado en la cocina cuando Marta irrumpió.

Hermano… Tengo que contarte algo. No quería, pero… debes saber la verdad

Desgranó sus mentiras con los sollozos justos. Encuentros secretos, miradas largas, cómo yo supuestamente cogía de la mano a Lucía pensando que nadie miraba.

Javier escuchó entero el teatro, sin interrumpir, sin hacer preguntas. Su cara era un muro.

Cuando Lucía y yo entramos en casa una hora después, el ambiente era tan denso que costaba respirar. Javier, medio recostado en el sillón, parecía esperar el inicio de la función.

Sentáos indicó. Mi hermana me acaba de contar una historia curiosa sobre vuestro supuesto romance clandestino.

Lucía se quedó petrificada. Yo rechiné los dientes.

Pero qué…

Dice que ha visto cosas bastante comprometidas.

Marta agachó la cabeza, incapaz de levantar la vista.

Me giré hacia ella, tan rápido que dio un salto atrás.

Basta ya, Marta. Te he aguantado demasiado.

Mi cara, sentí, se volvía de piedra. El Alejandro paciente estaba al límite.

Hemos terminado. Ya.

No puedes…

Esta vez lloraba de verdad.

¡Todo es culpa de ella! señaló a Lucía. ¡Siempre eliges a Lucía! ¡Siempre!

Lucía supo esperar, dándole su minuto de veneno.

Mira, Marta le respondió tranquila, si hubieras dejado de intentar controlar cada segundo de su vida, si no hubieras montado escenas, nada de esto habría pasado. Tú misma has destrozado lo que querías conservar.

Marta agarró su bolso y salió corriendo, dando el portazo más sonoro que pudo.

Entonces Javier soltó una carcajada auténtica, de cabeza atrás.

Madre mía, ya era hora.

Se levantó y atrajo a Lucía. La rodeó con el brazo.

¿No te habrás creído nada? preguntó Lucía, escondiendo la cara en su cuello.

Ni por un segundo. Llevo años viendo cómo os tratáis: sois como dos primos peleándose por la última rosquilla.

Suspiré, notando como una carga enorme se evaporaba.

Perdón por meterte en este drama.

Anda ya. Marta es adulta, sus decisiones son suyas. Y ahora a cenar: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por líos ajenos.

Lucía rió, aliviada. Su familia seguía entera. Mi amistad con ella también. Javier volvió a demostrar que su confianza era irrompible.

Nos fuimos a la cocina, donde la lasaña brillaba bajo la luz, y el mundo, otra vez, recobró su forma familiar.

Hoy, al escribir esto, he comprendido que la verdadera amistad resiste, porque no se basa en la posesión, sino en la lealtad. Lo aprendido, y con eso me quedo: ni los celos, ni las dudas, ni las tormentas ajenas pueden quebrar los lazos auténticos.

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Solo una amiga de la infancia
Le echó el ojo a la mujer ajena Al convivir juntos, Dudnikov mostró ser un hombre de carácter débil y sin voluntad. Todos sus días dependían del humor con el que se despertaba. A veces se levantaba animado y alegre, bromeando y riendo durante todo el día. Sin embargo, la mayor parte de su vida la pasaba sumido en pensamientos sombríos, bebiendo mucho café y deambulando por la casa más serio que un entierro, como suele ser habitual en personas de profesiones creativas. Y él se incluía entre ellas: Víctor Dudnikov trabajaba en una escuela rural, impartía clases de dibujo, tecnología y, de vez en cuando, música (si la profesora titular se daba de baja). Sentía cierta inclinación por el arte. Como no lograba desarrollar su potencial creativo en el colegio, volcó su frustración en la casa: Víctor montó allí un taller, eligiendo la habitación más grande y luminosa, la misma que, en realidad, Sofía había reservado para los futuros hijos. Pero la casa era propiedad de Víctor, así que Sofía no protestó. Dudnikov llenó la habitación de caballetes, atestó el resto del espacio de tubos de pintura y barro, y se entregó a crear: pintaba absorto, modelaba, esculpía… Podía pasarse la noche entera con un extraño bodegón o el fin de semana entero esculpiendo una figura incomprensible. No vendía ninguna de sus “obras maestras”, todo se quedaba en casa, así que las paredes acabaron repletas de cuadros que, por cierto, no le gustaban nada a Sofía; los armarios y estanterías rebosaban de figuritas y cacharros de barro. Y mira que si fueran cosas bonitas, aún… Pero no. Sus pocos amigos artistas y escultores —con los que compartió estudios y que a veces iban de visita— miraban para otro lado y suspiraban discretamente al contemplar las obras. Ninguno le felicitaba. Solo León Gerasimovich Pecherkin, el mayor de todos, exclamó, tras haberse bebido una botella entera de pacharán casero: — ¡Dios mío, qué sinsentido de mancha! Pero esto, ¿qué es? ¡No veo nada que merezca la pena en esta casa! Salvo, claro está, la magnífica anfitriona. Dudnikov encajó mal la crítica, gritó, pataleó y ordenó a su mujer que echara fuera al grosero invitado. — ¡Fuera de aquí! —vociferó— ¡¡Eres un impostor!! No tienes ni idea de arte, al revés que yo. ¡Ah, ya lo entiendo! ¡Estás molesto porque no puedes ni sujetar el pincel con esas manos temblorosas por el vino! ¡Solo me tienes envidia y por eso desprecias todo lo que hago! … León Gerasimovich bajó corriendo las escaleras del porche, casi se cae y se quedó un rato en la puerta. Sofía le alcanzó y le pidió perdón por su marido: — Perdone, no se tome en serio sus palabras. No debería haber criticado sus trabajos, pero la culpa es mía, tenía que haberle advertido antes. — No tienes que disculparte por él, niña —respondió rápido León—. Tranquila, llamaré a un taxi y me iré a casa. Me das pena. Tienes una casa preciosa, pero esos horribles cuadros de Víctor lo echan todo a perder. Y esas figuras de barro… Habría que esconderlas, no presumir de ellas. Conociendo a Víctor, imagino que no tienes una vida fácil. Entiende que para nosotros, los artistas, lo que hacemos refleja el alma. ¡Y la de Víctor está tan vacía como sus lienzos! Le besó la mano de despedida antes de irse de la inhóspita casa. Víctor estuvo semanas fuera de sí, gritando, destrozando esculturas, rompiendo cuadros y despotricando, hasta que al fin se calmó. *** A pesar de todo, Sofía nunca contradecía a su marido. Pensaba que, con el tiempo, llegarían los hijos y él dejaría de lado sus caprichos artísticos. Ya transformaría el taller en cuarto infantil; de momento, que siguiera con sus bodegones. Al principio, tras la boda, Víctor intentó ser buen esposo, traía frutas y su sueldo íntegro, se preocupaba por su mujer. Eso duró poco. Pronto dejó de prestarle atención, cortó con el sueldo, y Sofía tuvo que asumir todas las tareas de casa y del marido. También estaba el huerto, el gallinero y la suegra. Cuando llegó la noticia de un embarazo, Víctor reaccionó con entusiasmo. Pero la alegría fue efímera: Sofía enfermó, fue ingresada y perdió el bebé. En cuanto Víctor se enteró, cambió radicalmente, se volvió llorón y nervioso, gritó a su esposa y se encerró en casa. El estado de Sofía al dejar el hospital era lamentable; parecía una sombra, avanzando a trompicones hacia casa. Allí nadie la esperaba, y lo peor aún: Víctor estaba atrincherado y se negaba a dejarla entrar. — ¡Abre, Vítor! — No abro —respondió lloroso tras la puerta—. ¿Por qué has vuelto? Tenías que haber llevado mi hijo a término. No cumpliste tu misión. ¡Y por tu culpa mi madre está en el hospital con un infarto! ¿Por qué me casé contigo? ¡Has traído la desgracia! No estés en la puerta, márchate. No quiero vivir más contigo. A Sofía se le nubló la vista y se sentó en el porche. — Pero Vítor, también yo sufro, también lo estoy pasando mal. ¡Abre la puerta! Él no respondió a sus lágrimas y Sofía se quedó allí hasta que anocheció. Por fin, chirrió la puerta y apareció Víctor, demacrado por el dolor. Cerró de golpe y buscó el cerrojo, pero no lo encontraba. En general, no sabía dónde tenía nada y siempre preguntaba a Sofía. Ella esperó a que se marchara y luego entró en casa, cayendo en la cama. Pasó la noche esperando a su marido. Por la mañana, la vecina vino con una mala noticia: la suegra de Sofía no superó el infarto y había fallecido. El golpe hundió a Víctor. Dejó el trabajo, se metió en la cama y confesó a su joven esposa: — Nunca te he querido. Ni te quiero. Me casé contigo por mandato de mi madre, porque quería nietos. Pero tú arruinaste nuestra vida, jamás te lo perdonaré. Las palabras dolían, pero la joven decidió no abandonar a su esposo. El tiempo pasó y nada mejoró. Dudnikov no salía de la cama, solo bebía agua y casi no comía. Lo cierto era que se le agravó una úlcera. Sin apetito, apático, al poco tiempo apenas podía moverse, quejándose de estar desnutrido y sin vitaminas. Y pronto presentó los papeles de divorcio. Los divorciaron. Sofía lloró mucho. Intentó abrazar a Víctor, besarle, pero él se apartaba, susurrando que en cuanto se recuperara la echaría de casa. Que ella le arruinó la vida. *** Sofía no podía irse porque no tenía adónde ir. Su madre, que la casó joven casi al salir del colegio, se ocupó pronto de rehacer su vida y se marchó con un viudo junto al Mediterráneo. La vendió rápidamente para tener algo de dinero y se instaló lejos con el nuevo marido, dejando a Sofía sin ninguna posibilidad de volver en caso de divorcio. Así, la joven quedó atrapada. *** Llegó el día en que se acabaron las provisiones. Sofía raspó los últimos granos del armario, coció el último huevo puesto por la gallina y llevó a Víctor una papilla con yema. Sí, la vida quiso que Sofía, en vez de alimentar a un bebé con cucharita, como habría sido si no hubiera trabajado tanto, tenía ahora que cuidar a su ex, que no la valoraba en absoluto. — Me voy un rato, ha venido la feria del pueblo vecino. Intentaré vender la gallina o cambiarla por comida. Víctor, mirando al techo con ojos vidriosos, preguntó: — ¿Para qué venderla? Haz un caldo, ya cansa tanta papilla, me apetece un buen caldo. Sofía jugueteó con el borde de su vestido. Era el único; lo llevó en la fiesta de graduación, después en la boda y ahora, sin más, en verano. — Sabes que no tengo valor… La canjearé o venderé. Antes la daría a los vecinos, pero Pinta está tan encariñada conmigo que me buscará. — ¡¿Pinta?! —dijo Víctor despectivo—, ¿le has puesto nombre a cada gallina? Qué tontería de mujer… En fin, qué se puede esperar… Sofía apretó los labios y bajó la mirada. — ¿Vas a la feria? —se animó un poco el marido—. Llévate unas figuras mías, o algún cuadro, ¡igual alguien lo compra! Sofía esquivó los ojos y trató de salir al paso: — Pero, cariño… les tienes tanto aprecio… — ¡Que las lleves! —ordenó caprichoso. Eligió dos silbatos de barro y una hucha con forma de cerda. Salió corriendo antes de que le hiciera coger algún cuadro. Porque si las figuritas aún podían tener salida, los cuadros, imposible; eran feos, incomprensibles, nadie los querría. Y a ella le daba demasiada vergüenza. *** El día era sofocante. Aunque Sofía iba ligera de ropa, el calor no perdonaba. Su cara brillaba y el flequillo se pegaba a la frente. Era día de fiesta en el pueblo. Hacía tiempo que no salía a la calle y admiraba el bullicio de la gente entre los puestos de los vendedores forasteros. Había mucho que ver: mieles de mil flores, pañuelos de seda, dulces para niños. El barullo de la parrilla llenaba el aire de olores, la música sonaba, la gente reía. Sofía se detuvo en un puesto. Apretó la bolsa de tela en la que llevaba la gallina y la acarició. En realidad le costaba despedirse de la ponedora, la quería mucho. Se la había encontrado herida de pequeña y la curó ella misma. Después, Pinta se convirtió en una mascota. En cuanto Sofía entraba en el gallinero, la gallina acudía cojeando. Y ahora, la gallina miraba curiosa y picoteaba la mano de Sofía. *** La tendera la miró: — Llévate alguna bisutería, guapa. Tengo cosas de acero, de plata, de oro… — No, gracias, vengo a vender una gallina, ponedora. Pone huevos grandes y buenos —dijo Sofía educadamente. — ¿Una gallina…? ¿Y qué hago yo con eso…? Entonces un hombre joven, que estaba allí, se animó y dijo: — Enséñame la gallina. — Ahora mismo. Le dio la gallina con cuidado. — ¿Por cuánto la vendes? ¿Dónde está el truco? La estudió de arriba abajo, Sofía sudó más aún. — Cojea un poco, pero es buena ponedora. — Bien, te la compro. ¿Y eso otro? El hombre vio las figuritas. — Ah, son figuras. Silbatos y una hucha. El tipo examinó la cerda y sonrió ladeado: — Anda, hechos a mano. — Sí, artesanía. No son caros, me hace falta el dinero. — Me lo quedo todo. Me gusta lo original. La tendera bufó: — ¿Y para qué quieres eso, chiquillo? ¿No jugaste bastante de pequeño? Mejor vete a ayudar a tu hermano con las brochetas. Sofía se inquietó: — ¿Vende usted brochetas? ¡Entonces no puedo venderle la gallina! Intentó recuperarla, pero él se apartó con agilidad. — Tome el dinero de vuelta —tembló Sofía—. ¡No matará a Pinta para asarla! ¡No es de carne! — Tranquila. Era para mi madre; cría gallinas. No la voy a sacrificar. — ¿De verdad? — Sí —le sonrió amable—. Puedes venir a visitarla. No sabía que las gallinas tenían nombre. *** Cuando volvía a casa, Sofía vio que se acercaba un coche. Era el joven, que bajó la ventanilla: — Disculpa… ¿Te quedan más figuras de barro? Te las compraría para regalar. Sofía, cegada por el sol, sonrió: — ¡Claro! En casa sobran. *** Dudnikov, desde la cama, escuchó las voces y gimió. — ¿Quién anda ahí, Sofía? Tráeme agua. El invitado lanzó una mirada a Víctor y luego recorrió los cuadros. — Increíble —susurró—. ¿Quién ha pintado esto? —preguntó a Sofía, que pasaba con un vaso de agua. — ¡Yo! —saltó Dudnikov—. ¡Y no se pinta! Pintan los niños en las aceras con tizas, yo…¡yo compongo! Se levantó algo, apoyado en una mano, vigilando al visitante. — ¿Qué le interesan mis cuadros? —preguntó caprichoso. — Me han gustado. Quiero comprarlos. ¿Y esas esculturas? — Mías también —gritó Dudnikov, apartando la mano de Sofía—. ¡Todo esto lo he hecho yo! ¡Todo es mío! Se levantó y anduvo cojeando hacia el visitante. Este, mientras Dudnikov presumía, miraba a Sofía y su delicada timidez. Epílogo Sofía se asombró del “milagroso” restablecimiento del ex-marido. Resulta que Dudnikov no estaba enfermo. Bastó que alguien se interesara por sus obras para curarse de golpe. El misterioso visitante volvió cada día, compró cuadros, luego figuras. Dudnikov, al ver salir arte de casa, volvió a la carga creando más. Lo que no vio es que al “comprador” no le interesaban los “tesoros”, sino la propia mujer. O sea, la exmujer. Cada vez que se iba con otro “cuadro”, Denis (así se llamaba) se quedaba un buen rato hablando con Sofía en la puerta. Entre los jóvenes creció la simpatía. Luego, el sentimiento. Al final, Denis se llevó de casa de Dudnikov lo que realmente quería: su exmujer. Por ella había ido. Cuando volvía a su pueblo, Denis echaba los cuadros al fuego y guardaba las “figuras horribles” en un saco, aún sin saber dónde tirarlas. Pero recordaba la cara dulce de Sofía. La había notado en la feria, con su vestido ligero y la bolsa al hombro. Desde el primer momento supo que era su destino. Luego indagó y descubrió que la joven era infeliz con un tipo excéntrico que se creía artista. Muy infeliz, sin salida. Por eso iba a casa de los Dudnikov cada día: para comprar otro “cuadro” —y verla. Y al final, Sofía lo comprendió todo. *** Dudnikov no imaginó lo que iba a pasar. Denis, el que compraba sus “obras”, dejó de aparecer cuando se llevó a Sofía. Dudnikov supo que la pareja se había casado y sintió rabia de haber sido engañado tan fácilmente. Y es verdad, no es fácil encontrar buena esposa, y Sofía lo era. Le costó entender lo que perdió: lo más valioso, su esposa. ¿Dónde encontraría otra tan atenta? Sofía le aguantaba, cuidaba como una madre. Y además, ¡qué guapa era! Pero él, necio, perdió su tesoro. Pensó en hundirse en la depresión, pero lo descartó. Ya no habría quien le diera el puré de huevo, ni le llevara agua. Ni a quién endosar la casa y el patio…