No siempre elegimos bien, ni nos casamos con la persona adecuada
Atravesar el camino de la vida nunca ha sido sencillo y nadie puede esquivar lo que el destino le depara. Cada uno lleva consigo su propia suerte, su verdad. Recuerdo cómo Alma creció rodeada de mujeres, en lo que podríamos llamar un pequeño matriarcado, aunque ese término le queda grande a la humilde casa familiar de las afueras de Valladolid. Allí, entre bancales de tomate, pilas de leña, agua que había que sacar del pozo y un sinfín de tareas, la vida nunca se detenía.
La abuela Felisa llevaba años viuda en el pueblo, acostumbrada a cargar sola con los días. Su hija, Teresa, madre de Alma, tampoco tuvo suerte: su esposo la abandonó cuando la niña apenas contaba dos primaveras. Así es que aquel hogar siempre estuvo lleno de voces femeninas, y desde muy pequeña Alma aprendió a ordeñar la vaca, desyerbar el huerto o preparar unas judías sin complicaciones.
Felisa ya pasaba con creces los cincuenta cuando una tarde, regresando exhausta de trabajar en la vaquería, se dejó caer en una silla y murmuró:
Teresa, hija, qué harta estoy de esta vida
¿Qué te ocurre, madre? preguntó Teresa, y enseguida Alma acudió al oír la conversación.
Pues, cariño, que ya está bien. Tanto cargar estiércol, tanto deslomarse para nada ¿Acaso no merecemos otra vida? dijo mientras acariciaba sus manos, endurecidas por los años de trabajo.
¿Qué propones? preguntó Teresa.
Vámonos a la ciudad, vendamos esto. He ahorrado algo de dinero a lo largo de mi vida, con eso compramos un piso en Valladolid.
Abuela, ¡sí, sí! Yo quiero ir a la ciudad saltó Alma, ilusionada.
Así lo hicieron. El hermano mayor de Felisa, Don Joaquín, vivía ya en Valladolid y generoso, les ofreció alojamiento.
Tendréis una habitación hasta que encontréis algo propio decía la esposa de Joaquín, solícita. Luego ya podréis hacer vuestra vida.
La familia recibió a las recién llegadas con paciencia y amabilidad. Pronto Teresa y Don Joaquín empezaron juntos la búsqueda de vivienda. Cuando por fin encontraron un modesto piso, Felisa señaló las paredes desconchadas y suspiró:
Habrá que hacer reformas, pero hemos gastado todos los ahorros comprando la casa. Ya iremos arreglándola, poco a poco.
Eso es, madre. Por cierto, he encontrado trabajo en la Panificadora del barrio, empiezo mañana. Solo nos falta matricular a Alma en el colegio; ya casi acaba el verano y pronto empieza el curso. Hay uno cerca, paso por allí para ir a trabajar.
Deja, hija, nosotras iremos a preguntar con Alma. Ahora te tocará a ti salir a ganarte el jornal dijo Felisa.
Alma entró en sexto de primaria, y presumía de colegio mientras paseaba por el barrio:
Abuela, tengo muchas ganas de ir a clase en una escuela de ciudad. Prometo esforzarme.
El primer día que Teresa volvió del trabajo, Felisa le recibió con noticia:
Me han dado el puesto de limpiadora en el colegio de Alma. Mientras queden fuerzas, un sueldo más no nos viene mal.
Madre, ya podías quedarte en casa, cobras pensión.
No, hija. Prefiero seguir ocupada y así cuido de la nieta, que aún no conoce a nadie.
Pasaron los años entre rutinarias jornadas, Felisa limpiando en la escuela, Teresa trabajando en la panadería y Alma estudiando regular. Alma terminó octavo y decidió no seguir el instituto. Quiso arrimar el hombro, comprendiendo que hacía falta el dinero en casa.
Un día vio un cartel en la puerta de un restaurante: Buscan friegaplatos. Sin pensarlo, se presentó y la cogieron. Alma era aplicada, ayudaba en cocina, pelando patatas o removiendo alguna cazuela a su tiempo. Pronto entabló amistad con las demás chicas y comenzaron a salir juntas a los bailes del centro social.
Mamá, me voy a bailar avisaba ella.
Fíjate bien, Alma. Y no te fíes de los mozos le advertía Felisa al salir. Usa la cabeza.
No te preocupes, abuela, ya sé defenderme.
En uno de aquellos bailes conoció a Antonio. Él la invitó a bailar y no se separó de ella en toda la noche.
Te acompaño a casa dijo Antonio, tan seguro que Alma no supo decir que no.
Empezaron a salir. Poco después, Antonio la miró con seriedad:
Debo irme a la mili a Melilla. ¿Me esperarás? Yo te escribiré, tú también, ¿verdad?
Claro, te lo prometo aseguró Alma.
Se escribieron durante un año, Antonio hasta prometió visitarla en permiso. Cuando volvió, Alma le recibió emocionada. Pero notó en Antonio una tibieza, una mirada huidiza.
Pronto partió de nuevo, y las cartas empezaron a escasear y acortarse. Después, simplemente, dejaron de llegar. Tampoco regresó a buscarla; ella, sin teléfono ni dirección, sólo podía esperar y preguntar por él en los bailes del barrio.
Chicas, ¿sabéis algo de Antonio? Debería de estar de vuelta
Vete a su casa y conoce a su esposa le soltó una compañera con sorna. Se casó estando en la mili y ya trajo a la mujer. Olvídalo, Alma, los hombres son así.
No puede ser, si yo le esperé…
Tú sí, él no.
Al tiempo, Alma se lo cruzó por casualidad en el parque. Sentado en un banco le recordó los viejos tiempos.
Hola, Almadita le saludó, levantándose.
Ella siguió su camino. Antonio la alcanzó, apurado:
Espera, Alma, discúlpame No dejo de pensar en ti. Me casé porque me vi obligado, va a nacer un hijo. Pero no la amo, te juro que eres tú la que necesito.
Alma se detuvo y le miró con seriedad:
¿Y ahora qué quieres? ¿Que me convierta en tu amante mientras vives con otra? No, Antonio. Me fallaste. Haz tu vida y cuida de tu familia. Siempre buen viaje.
Alma prosiguió trabajando en el restaurante, cada vez más hábil en cocina. Uno de los encargados la animó:
Alma, deberías ir a Salamanca a hacer cursos de cocina, tienes buena mano.
Encantada iría, lo que más me gusta es cocinar.
Así, vestida con ropas modernas y elegantes, Alma marchó sola en el tren a Salamanca, nerviosa pero ilusionada. En la estación vio a un grupo de chicos cantando; uno de ellos, de uniforme militar, se separó y se acercó.
¿Nos conocemos? Soy Julián. ¿Y tú?
Alma respondió ella.
¿Esperas al tren? preguntó él. Ella asintió.
Al presentarse el tren, Julián corrió de vuelta con sus amigos.
Qué chico más raro pensó. ¿Para qué quiere saber cómo me llamo?
En el vagón, buscó asiento. Al poco, Julián apareció y exclamó:
¡Por fin te encuentro! He recorrido medio tren. Me gustaste al verte y no podía dejar pasar la ocasión de hablarte. ¿Intercambiamos direcciones? Quizá podamos escribirnos. ¿Adónde vas?
A un curso de cocina en Salamanca respondió ella.
Pronto vio que Julián era una persona distinta, de palabra, responsable. Pasaron el viaje conversando y compartiendo historias. Se despidieron y comenzaron a escribirse, aunque Alma no creía demasiado en finales felices, ya que su experiencia con Antonio le pesaba. Pero Julián le agradaba, era un hombre alegre y sincero, no prometía imposibles, así que escribirle no le costaba apenas.
Mi abuela Felisa siempre decía: no siempre acertamos en quién nos cruza el destino, ni en quién elegimos para casarnos reflexionaba Alma, desconfiando todavía de la suerte.
Durante casi un año se escribieron, hasta que Julián terminó la mili y fue a buscarla directamente. Ella tenía aquel día libre y la visita fue tan grata que enseguida supo que él era de fiar, que no faltaba a su palabra.
Pasó el tiempo y acabaron casados. Alma trabajaba de cocinera, Julián en una fábrica de metales. Cuánta paz sentía en su hogar, con todo ordenado, ropa limpia, despensa bien cargada, los gemelos recién nacidos yendo a la guardería, bien peinados y pulcros.
Lo único que desquiciaba a Alma era lo desordenado que era Julián; dejaba herramientas hasta en la cocina, tiraba su ropa de trabajo oliendo a grasa por cualquier parte y no paraba de ensuciar el garaje.
Al principio se quejaba, luego pensó: mejor ganarme a base de cariño y sosiego. Así, canturreando y pidiendo las cosas con dulzura, fue enseñándole a dejar las botas fuera, las llaves bien colgadas y las herramientas guardadas. Al final, hasta el garaje parecía una relojería de limpio y ordenado. Y ella se decía, sonriendo:
Mira que sí encontré a la persona adecuada, pese a los viejos augurios de la abuela Felisa.
Vivieron así muchos años, hasta que cierto día, Julián no regresó de la fábrica: un infarto fulminante le segó la vida camino a casa. Nada avisó su marcha temprana. Alma sintió la pérdida como su abuela Felisa o su madre Teresa: condenadas a vivir sus últimos días en soledad.
Ahora Alma vive sola, los hijos y nietos la visitan, pero ella sabe que el destino no se esquiva, que las historias se repiten aunque cambie el tiempo y el escenario.







