Me dejó sola ante la mesa puesta y se fue corriendo al garaje a felicitar a sus amigos: cuando tu marido prefiere el taller y la cuadrilla a celebrar diez años de matrimonio – La historia de Elena, una cena olvidada y el valor de empezar de nuevo

Me dejó sola ante la mesa puesta y se escapó corriendo a felicitar a sus amigos al taller

¿De verdad te vas a ir ahora? ¿Así, sin más, te levantas y te vas? la voz de Inmaculada titubeó al principio, pero enseguida le puso un tono de acero que no permitía réplica.

Ramón quedó paralizado en el recibidor, ya con una mano metida en la manga de su cazadora antigua. No llevaba las zapatillas de estar por casa, sino esas deportivas viejas que siempre usaba cuando se proponía trastear con el coche. Desde la cocina llegaba el aroma embriagador de pato asado con manzanasun plato que exigía paciencia y cuatro horas de esmero y marinado. En el salón, la mesa vestida con el mantel de encaje de la abuela brillaba con la cristalería; los ensaladas que Inmaculada había picado desde las nueve de la mañana relucían perfectos en sus fuentes.

Inma, no empieces, por favor gruñó Ramón, apenas ocultando la molestia en su cara arrugada. Los chavales me han llamado. A Rafa se le ha fastidiado el carburador y está tirado en el taller, tengo que echarle una mano. Vamos rapidito. Una hora, hora y poco como mucho. Vuelvo y lo celebramos. Ni te dará tiempo a que se enfríe el pato.

A Rafa se le fastidia el carburador todos los viernes a las ocho apuntó Inmaculada, fría, apoyada en el marco de la puerta. Ramón, hoy hacemos diez años desde que firmamos los papeles. Pedí el día libre en el trabajo; compré tu vino favorito, el que cuesta media paga extra. Y me he vestido con este vestido. ¿Y tú te vas al taller?

Ramón ya se estaba subiendo la cremallera de la cazadora y rebuscando nervioso en los bolsillos las llaves del coche.

Estás exagerando. Es cuestión de ayudar, de lealtad. Si me pasa a mí algo, Rafa vendría sin dudar. No seas egoísta. No vamos a un restaurante, solo es arreglar un coche. No te enfades, vuelvo enseguida.

Le dio un beso seco y fugaz en la mejilla, de esos de trámite, y dio un portazo. El clic de la cerradura resonó en el apartamento como un disparo.

Inmaculada se quedó unos segundos inmóvil, sola en el pasillo. En el espejo del mueble se reflejaba una mujer elegante, peinado alto, vestido azul marino que disimulaba defectos y realzaba virtudes; solo que los ojos eran apagados.

Caminó lentamente a la cocina. El horno ya había apagado por el temporizador, pero dentro la grasa aún chisporroteaba. Sacó la pesada bandeja. El pato le había salido perfecto: la piel crujiente, el aroma de reineta y especias llenando la estancia. Una obra maestra, ahora inútil.

Colocó el ave en la fuente y la llevó al salón. Se sentó a la mesa puesta: dos platos, dos copas, velas nuevas por encender. El silencio era denso en aquel piso antiguo. En la pared de los vecinos, el televisor murmuraba el parte, pero allí, en su pequeño espacio, solo había vacío.

Desde luego, no volvería en una hora. Ni en dos. El taller era un triángulo de las Bermudas; el tiempo allí se diluía, primero mirar el carburador, luego dicen que el problema es el alternador, después corre la cerveza para aliviar la garganta, el vecino del box de al lado se suma a contar que fue abuelo, o por lo contrario su gato huyó, y así, sin más.

Inmaculada se sirvió una copa. Tinto, espeso, con cuerpo. Dio un trago, después cortó una pata del patola mejor piezay masticó casi en automático, sin notar el sabor. Por dentro no sentía histeria, ni rabia, solo una claridad fría, pesada. Como si el velo que le cubría los ojos esos años, de pronto, se hubiese caído.

¿No era esto, acaso, lo mismo de siempre?

El año anterior, por su cumpleaños, él llegó con tres horas de retraso porque estuvo ayudando a su madre a subir el sofá. Y eso que bastaba pagar cincuenta euros para que lo hicieran subir unos mozos, pero Ramón insistió: ¿Para qué malgastar dinero si yo tengo manos?. Llegó sudando, manchado y enfurruñado, y toda la velada se quejó de la espalda.

¿Y el año de las vacaciones? Tenían previsto ir a una casa rural ya estaban pagadas las reservas, pero el día antes él prestó la mitad del dinero de las vacaciones a Rafa porque el banco apremiaba. Somos amigos, Inma, lo devolverá, decía Ramón. Rafa devolvió el dinero a cuentagotas en seis meses, y ellos pasaron las vacaciones metidos en la habitación, comiendo fideos instantáneos.

Inmaculada miró el plato vacío. Diez años. Bodas de hojalata. Dicen que el estaño es flexible, pero si lo doblas mucho acaba por romperse.

Se terminó el pato, sin probar la guarnición. Después recogió la mesa, guardó las ensaladas en el frigorífico, tapó el vino. Puso los platos en el lavavajillas, pero no lo encendió.

A la una de la madrugada, el móvil de Ramón seguía apagado. A las dos apareció el usuario vuelve a estar disponible. Inmaculada no llamó. Deshizo la cama, se metió, apagó la luz. No dormía; solo escuchaba el ascensor, arriba y abajo.

La cerradura giró a las tres y media. Ramón se movía de puntillas, pero cada crujido en la noche era un trueno. Tropezó con la cómoda, farfulló un taco, peleó con los vaqueros antes de meterse en la cama, oliendo a tabaco barato, aceite industrial y a ese tufo inconfundible de taller. Intentó abrazarla.

¿Duermes? susurró con aliento agrio a su nuca. Inma, perdóname La que se ha liado, hija. No era el carburador, era el motor entero, hemos tenido que desmontar medio coche. Tenía las manos negras hasta los codos, ¿cómo lo iba a dejar tirado? Y se me acabó la batería del móvil.

Inmaculada se pegó al filo de la cama.

No me toques dijo despacio, muy quedo.

No seas melodramática, ya he vuelto. Estoy bien. Solo fue un poco tarde. Celebramos hoy, ¿vale? Compramos una tarta…

Al minuto, él roncaba. Inmaculada cogió almohada y manta y se fue a dormir al sofá, que aún olía, levemente, a patoa la promesa de una fiesta que no fue.

Por la mañana, ni disculpas ni flores. Ramón salió a la cocina alrededor del mediodía, cara de haberse peleado con una piara de cerdos, y vio a Inmaculada con un café y el portátil abierto por los correos del trabajo.

¿No hay desayuno? preguntó mientras abría el frigorífico. Ah, queda ensalada. Genial ¿Y el pato?

En la nevera, en un tupper respondió sin quitar la vista de la pantalla.

¿Me lo calientas? Tengo la cabeza como un bombo, necesito algo fuertecito.

Inmaculada cerró despacio el portátil.

No.

¿Cómo que no?

Que no te lo caliento. Tienes manos, esas manos de oro con las que ayer arreglaste medio coche a Rafa. Úsalas.

Ramón la miró con extrañeza. De normal, después de las peleillas, Inmaculada seguía preparando la comida, sirviéndole, atendiéndole. Era el guión: él la fastidia, ella se enfada, él le compra bombones, dice algún piropo, y vuelta a empezar.

Inma, tampoco será para tanto, ¿sigues por lo de ayer? Ya te expliqué, fue una emergencia. Los amigos se ven en los apuros. Eres lista, deberías entenderlo. No se puede tener al hombre siempre atado.

No te tengo atado le replicó tranquila. Eres absolutamente libre. Y yo también soy libre. De no atenderte después de una juerga.

Que no fue juerga, fue una reparación farfulló metiendo la cuchara y comiendo de la ensaladera. Mira que estás rara últimamente. Deberías comprarte vitaminas, o será lo de tus días.

Inmaculada lo observaba en silencio, como si le mirase en realidad por vez primera. Aquel hombre, devorando la ensalada de patatas y dejando el mantel perdido de migas, era su marido. El hombre en quien confió su vida. Recordó que el piso donde vivían era herencia de su abuela. Él solo estaba empadronado. La reforma la hicieron entre los dos, sí, pero casi todo el dinero lo puso ella, porque él que si no tengo encargos, que si herramienta rota, que si mi madre pide ayuda.

Ramón dijo entonces, suavemente. ¿Y el dinero que ahorrábamos para cambiar las ventanas?

Él tosió, atragantado con la ensaladilla.

¿Cómo que dónde? En la cajita de siempre.

No está. Esta mañana miré. Faltan mil euros.

Ramón apartó la mirada, las orejas enrojecidas.

Ah, eso los cogí yo. Ayer. Para las piezas del coche de Rafa, que eran caras, y era urgente. Él los devuelve a final de mes.

Que cogiste mil euros del colchón, sin preguntar, y se los diste a Rafa para arreglar su cacharro, cuando llevábamos medio año ahorrando para no pasar otro invierno con las ventanas heladas.

No hagas un drama por unos billetes golpeó con la cuchara. ¡Que los devuelve! Palabra de hombre. Además, aquí el que decide sobre el dinero soy yo. ¿Acaso tengo que pedir permiso por cada tornillo?

Sí, cuando se trata de ahorros comunes. Y más cuando la caja la lleno yo en un setenta por ciento.

¿Eso es reprocharme? frunció los ojos. ¿Ahora me echas en cara el dinero? Pensé que eras otra persona. Te estás volviendo una interesada.

Se levantó ruidosamente y desapareció en la sala, donde subió el volumen de la tele para dejar claro lo poco que le importaba su reproche.

Inmaculada se quedó en la cocina, sintiendo romperse, cuerda a cuerda, lo poco que quedaba de aquello llamado matrimonio. Enseguida comprendió que las ventanas no se cambiarían, ni Rafa devolvería el dinerocon sus préstamos y pensiones, siempre llegaba antes otro apuro. Ramón seguiría jugando al salvador a su costa, mientras ella se ajustaba el cinturón en la comida y el maquillaje.

En toda la semana casi no cruzaron palabra. Hablaban lo justo para los asuntos domésticos. Ramón se hacía la víctima, como si ella fuera una odiosa bruja sin corazón. Llegaba tarde, devoraba lo que hubiera y dormía de espaldas.

El jueves, sin previo aviso, Ramón apareció temprano y sonriente. Traía un ramo de crisantemos, los más baratos que venden en la estación.

Inma, ya está bien de enfados dijo tendiéndole las flores. ¿Hacemos las paces?

Ella puso las flores en agua.

Vale contestó con una indiferencia gélida. Ya no le quedaba ni rabia. Todo estaba decidido en su cabeza.

¡Así me gusta! se animó. Oye, el sábado es mi cumpleaños, ¿te acuerdas?

Claro.

No me apetece celebrarlo fuera. Caro y frío. Mejor en casa. Llamo a los chicos, Rafa y su mujer, Luis y algunos más. Unos seis o siete. Tú pones la mesa a tu manera, con carne al horno, ensaladas, embutidos. Esos que tanto les gustan. Lo pasamos bien, como siempre te sale tan bien. ¿A que sí?

Inmaculada lo miró a los ojos. Ni una sombra de duda. Creía, de verdad, que tras su plantón en el aniversario, robarle el dinero de las ventanas y pasarle la semana ignorada, ella estaría feliz de matarse en la cocina para sus amigos.

De acuerdo sonrió ella. La sonrisa fue extraña, pero Ramón no se dio cuenta. Reúne a la gente. Para las dos del sábado.

¡Esa es mi mujer! Hago yo la compra, ¿me apuntas lo que hay que comprar?

No hace falta. Quiero que sea sorpresa. ¿No te gustan las sorpresas?

Me chiflan exclamó él. Les llamo ahora mismo.

El viernes pasó sin incidentes. Inmaculada fue al supermercado, regresó con varias bolsas. Ramón intentó fisgar, pero ella le soltó una colleja divertida: Nada de cotilleos, sorpresa. Toda la noche estuvo en la cocina, con la puerta cerrada. Los olores no eran como siempre. Ni asado, ni pastelesalgo insípido, cocido, quizá. Ramón pensó que serían preparaciones complejas.

Llegó el sábado. Inmaculada ya estaba arreglada antes de que él se levantase; traje y coleta, ni rastro de vestido de fiesta.

¿Tan seria vas? Pensé que te pondrías el rojo dijo Ramón.

Prefiero esto respondió ella. ¿Vienen enseguida?

Ya están en camino. Me ducho rápido.

Mientras él se acicalaba, Inmaculada dispuso la mesa: mantel de encaje, platos, cubiertos, servilletasCon esmero. Al sonar el telefonillo entró la cuadrilla entre chanzas y bolsas tintineantes de cerveza.

¡Felicidades, tronco! gritó Rafa, palmoteando a Ramón. A ver el festín que monta tu mujer. No huele a comida aún

Pasaron al salón y se quedaron paralizados.

En la mesa, en una fuente grande, estaba la montaña de raviolis baratos, pegados en un engrudo. Alrededor, cuencos con sopa de sobre, y en lugar de embutidos, rodajas gruesas del fiambre más barato, con parte de la funda aún puesta. En boles quedaban solo picatostes de bolsa y latas abiertas de sardinas en escabeche, directo de lata.

¿Esto qué es? balbuceó Ramón, pálido. ¿Es alguna broma? ¿Dónde está la carne, las ensaladas?

Silencio absoluto. Rafa miró a los platos y luego a Inmaculada; su esposa torcía el gesto.

Inmaculada avanzó al centro de la estancia. Erguida, tranquila, hasta solemne.

Esto, Ramón, es la comida de fiesta estilo taller. Como tanto te gusta estar allí con tus amigos, hasta sacrificar nuestro aniversario, pensé que nada mejor que recrear la atmósfera que tanto adoras. Comed, invitados. Es justo lo que merece vuestro club masculino.

¡Estás loca! escupió Ramón, encendido de rabia. ¿Me dejas en ridículo? Quita eso y saca la comida de verdad. Anoche te vi cocinando.

Yo he cocinado para mí, para los próximos días. Está en la nevera. Esto es para vosotros. Además, lo he pagado con las sobras de casa, después de que tú vaciases la caja de ahorros.

Rafa tose.

Creo que es mejor que nos vayamos Esto no es plan.

¡Ni hablar! aulló Ramón. Nadie se va. Inma va a arreglar esto ahora mismo. ¿Verdad? Vas a sacar comida decente, pedir perdón yo si no

¿O si no qué? inquirió ella, con interés.

O si no no respondo de mis actos. Te estás pasando, mujer. Esta es mi casa, mis amigos.

¿Tu casa? rió Inmaculada, seca y cortante. Vamos con las precisiones. El piso es mío, legado de mi abuela tres años antes del matrimonio. Según las leyes españolas, bienes adquiridos por herencia o donación siguen siendo propiedad de quien los recibe. Tú solo estás empadronado aquí. El uso no te da derecho a la propiedad.

Ramón se quedó sin habla. Nunca la había oído utilizar ese registro. Siempre hablaba de recetas, rebajas y vacaciones.

¿Qué tonterías dices? ¡Yo también ayudé en la reforma!

El alicatador lo pagué yo, hay recibos de todo. Tú trajiste dos sacos de mortero y los celebraste con una ronda de cerveza. Si quieres reclamar gastos, el juzgado decidirá, pero que sepas que llevas años restando más que sumando.

¡Me cago en!pegó un grito y amagó con tirar el mantel. ¡Llamo a la policía, digo que armas escándalo!

Hazlo respondió, con calma. Entretanto, aquí tienes tus cosas.

Fue al dormitorio y arrastró dos maletas llenas.

He recogido todo: ropa, zapatos, tus herramientas del balcón y hasta esa taza que es del menaje mío.

Los amigos se escabullían hacia el recibidor, Rafa y su mujer los primeros.

Te esperamos abajo, Ramón siseó Rafa desapareciendo.

Ramón quedó solo, rodeado de tortellini fríos y bultos.

¿Esto va en serio? preguntó con voz pequeña. Vale, reconozco que fui un imbécil. Te devolveré lo de las ventanas. No me eches, ¿dónde voy? ¿A casa de mi madre? ¿A ese piso minúsculo?

Eso es asunto tuyo, Ramón. Tienes tus amigos, tu taller, tu coche. Vive como quieras. Pero aquí no.

Volvió la rabia cuando vio que nada funcionaba.

¡Tú verás! ¡A tus años nadie te querrá! ¡En cuanto salga, la semana que viene tengo a una más joven y tú aquí, sola con gatos!

Muy bien respondió tranquila. Atrévete. Y la llave, por favor.

Él dudó, y al ver su mirada inaudita, arrojó el manojo al recibidor.

¡Quédate con tu zulo!

Se fue arrastrando las maletas. La puerta se cerró de golpe.

Inmaculada giró dos veces la llave. Colocó la cadena de seguridad. Apoyó la espalda en la puerta fría y cerró los ojos. El corazón se le aceleró, las manos le temblaban. Pero no lloraba. Sentía una liviandad casi mágica, como si al fin se hubiera quitado de encima un saco de piedras, creyendo durante diez años que eso era felicidad conyugal.

Recogió todo aquel banquete grotesco en un gran saco de basura y lo tiró sin mirar. Abrió las ventanas, para ahuyentar el olor a lata y a colonia rancia.

Sacó la botella de aquel vino de aniversario: la misma que había quedado casi llena. Llenó una copa y se sentó en su sillón.

El móvil vibró. Mensaje de su madre: ¿Cómo va la fiesta, hija? ¿Ramón contento?

Inmaculada escribió: La fiesta fue perfecta, mamá. El mejor cumpleaños de su vida. Y el primer día de la mía.

Mañana cambiaría la cerradura. Y el lunes pediría el divorcio. Sería complicado; habría gritos, amenazas, reparto de cubiertos tal vez. Pero ya nada importaba. Lo importante era que, por primera vez en años, no cenaba sola. Cenaba consigo misma: una mujer fuerte, inteligente y libre.

Si os ha gustado mi historia, dadle al corazón y seguid el canal para no perderos nuevos relatos de vida. Me encantará leeros en los comentarios.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 + 3 =

Me dejó sola ante la mesa puesta y se fue corriendo al garaje a felicitar a sus amigos: cuando tu marido prefiere el taller y la cuadrilla a celebrar diez años de matrimonio – La historia de Elena, una cena olvidada y el valor de empezar de nuevo
¿Llegaste? ¿Quién te invitó, francamente? Hubieras hecho mejor en ayudar económicamente, respondió fríamente la tía.