Diario, 14 de Octubre
La noticia corrió como la pólvora en el pueblo de Sepúlveda: Lucía rehuía casarse con el viudo don Eugenio. Todos pensaban que era porque él tenía una niña pequeña, o porque ya había cumplido bastantes años; pero yo, que conozco a Lucía desde niña, sé que la verdadera razón era otra: ella le temía profundamente. Había algo en su mirada, fría y penetrante, que le helaba la sangre a cualquiera, y a Lucía la dejaba paralizada. Cuando le obligaban a levantar la vista, todos podían distinguir cómo sus ojos se cubrían de lágrimas contenidas.
Aquellas lágrimas resbalaban como riachuelos por unas mejillas sonrosadas de vergüenza. Le temblaban las manos, intentaba defenderse con sus pequeños puños de la presión de su madrastra, que la había empujado hacia este compromiso. Terminó susurrando casi sin voz: Sí, me casaré.
Pues ya está decidido. Es un pecado rechazar a un hombre así, de buena casa, sentenció la madrastra. A su primera esposa la trató como a una reina; ella era frágil y enfermiza, y él no se separaba de su lado ni un momento. Mientras los demás andaban rápidamente, él daba siempre tres pasos y ella uno, deteniéndose para que pudiera respirar con calma. Cuando se puso peor, fue él quien cuidó cada noche de la niña. Así hablaba la madre de Eugenio.
Tú, Lucía, eres fuerte como un roble. Él te va a poner en lo más alto de la casa. Sabes trabajar con la hoz y el telar, y eres buena para todo. No te conviene un mozo joven, que aún no ha demostrado su carácter. Eugenio es un libro abierto. ¡Qué dicha la tuya!
He prometido sacar de la bodega un buen orujo para celebrar el convite, aunque Eugenio no quiera fiesta de bodas; tampoco va a sacar el ajuar, dice que la casa está llena de todo lo necesario.
La verdad es que Eugenio se casó enamorado de su primera mujer, Carmen, aunque todos decían que ella estaba enferma y sólo le traería dolores de cabeza. Corrió el rumor por la villa de que Carmen le había embrujado, porque nadie en su sano juicio tomaría la decisión de arrimarse a la desgracia voluntariamente. Los médicos le repetían que los pulmones de Carmen no valían mucho; cualquier resfriado podía ser fatal.
Eugenio pensaba que, con su amor, podría ahuyentar a la muerte. Los primeros tiempos, después de la boda, todo era alegría. Pero cuando Carmen quedó encinta, su salud se vino abajo; no pudo lavar la ropa ni peinar sus largos cabellos. Los médicos decían que era normal, y que después del parto se repondría. Eugenio la cuidó con esmero, pero su madre no dejaba de recordarle, día y noche, que había traído un problema a casa en vez de una mujer. Eugenio defendía a Carmen como un halcón defiende su nido, y pidió incluso a su madre que dejara de visitarle.
Cuando nació la niña, Eugenio pensó que el Buenos Aires volvería al hogar. Y así fue por breve tiempo. Un invierno, Carmen cayó gravemente enferma y ya no remontó. Se la llevaron al hospital de Segovia, y el médico fue tajante:
No queda fuerza en sus pulmones.
Carmen sabía que le quedaba poco tiempo. No quería perder la compostura, esbozaba sonrisas tristes, pero en sus ojos se adivinaba el miedo al futuro de su hija. Flaca, con las clavículas sobresalientes y los dedos huesudos, parecía que la muerte la rondaba esperando el último aliento.
Al presentir el final, Carmen hizo llamar a su marido y le pidió que escuchara su último deseo:
Nadie puede cambiar el destino que Dios nos da. Nuestro amor está agotado, Eugenio. Perdóname, y perdona también a nuestra hija. Nací para el dolor, y arrastré a mi familia conmigo.
Eugenio le tomó las manos ardientes y las llenó de besos, comprendiendo que le quedaban sólo minutos a su lado. Entonces Carmen, con voz entrecortada, le suplicó dulcemente:
Cásate con Lucía. Es sufrida y trabajadora. Será una buena madre para nuestra hija. La vida no ha sido fácil con ella, pero es bondadosa. Trátala con el mismo cariño con el que me has tratado a mí. No dejes que nadie le haga daño, y si no cumples mi deseo, te maldeciré desde el otro mundo.
Dicho esto, le apretó la mano y se fue apagando, mientras Eugenio lloraba amargamente y prometía cumplir su última voluntad.
Un año después de la muerte de Carmen, Eugenio hizo lo que prometió. La suegra, doña Matilde, también quería asegurar el futuro de su nieta y su yerno; conocía el sufrimiento de ambos y rezaba para que la dicha volviese a su casa. Al ver el vacío de madre en su nieta Aurora y la falta de alegría en Eugenio, no dudó en animar la unión con Lucía.
La petición de mano fue sencilla, casi nublada por la tristeza. Eugenio observaba a Lucía y le llamaba la atención su docilidad y hasta el parecido físico con Carmen: la misma trenza, la misma sonrisa, la misma forma de caminar. A veces, se encontraba tentado de abrazarla solo para recordar el calor de su difunta esposa.
Lucía misma nunca supo explicar por qué aceptó la propuesta. Tal vez por cansancio después de tantos años bajo el yugo de una madrastra autoritaria y un padre borracho; quizás por pena por la pequeña Aurora.
El día en que Eugenio presentó a Lucía a su hija, la casa estaba silenciosa. La niña había pasado días buscando a su madre tras las ventanas, cada vez que sonaba la puerta. Eugenio intentaba explicarle la ausencia materna, pero Aurora sólo necesitaba una madre tierna.
Cuando vio a Lucía, la niña la miró con curiosidad, y, en vez de miedo, le tendió las manos para jugar con ella. Lucía, que recordaba las veces en las que fue rechazada, las humillaciones de su madrastra, los ayunos y malos tratos, sintió que debía proteger y arropar a Aurora, que no se merecía ese dolor.
Arropó a la niña con cariño y la acompañó hasta quedarse dormida. Eugenio, viéndolo, comprendió que había hecho lo correcto. Esa noche, Lucía no regresó a su casa; Eugenio no pudo dejarla marchar.
He aprendido que a veces los caminos que tememos son los que nos traen verdadera paz y redención. Que los corazones heridos saben reconocerse y consolarse en silencio, y que la vida, aunque a menudo cruel, siempre puede darnos una segunda oportunidad si la aceptamos con humildad y coraje.
He intentado escribir la historia tan fiel como la he sentido. Ojalá sirva de consuelo para quienes, como Lucía y Eugenio, caminan juntos hacia un futuro nuevo, aprendiendo a amar y ser amados en la adversidad.






