Las hijas desagradecidas: un verano de sacrificios, campos interminables y reproches familiares en la España rural

Hijas desagradecidas

Inés, doblada sobre el bancal, notaba cómo el sudor le bajaba por la espalda hasta dejarle pegada la camiseta, una sensación que ni la brisa de la sierra podía aliviar. Su hermana gemela, Blanca, soltaba resoplidos y maldiciones mientras intentaba recolocarse un mechón que no hacía más que asomar por debajo de la gorra.

Llevaban ya un buen rato deshierbando los dichosos bancales de fresas, labor por la que jamás sintieron ni un mínimo de cariño.

Inés, ¿y dime para qué demonios hacemos esto? se quejó Blanca, dejando la azada a un lado y secándose la frente con el dorso de la mano. ¡Si las dos somos alérgicas a estas fresas! Que se las lleve el viento…

Porque a los padres hay que ayudarles, respondió Inés imitando con sorna la voz de su madre, Ana Fernández, y con tanta destreza que Blanca no pudo contener la risa. Como son ya viejos y nosotras, hijas desagradecidas.

La cantinela sobre las hijas desagradecidas era el greatest hit en casa de los Fernández. Como se negaran a ir al huerto, zas, hijas desagradecidas perdidas. Y eso que entre ambas le habían dedicado los mejores años de infancia al cultivo.

Del otro lado de la verja se oyó un coro de risas.

Eran los amigos de siempre: Sergio, Diego y Marta. Habían llegado en bici, dando la nota con el timbre y una botella fría de Fanta Limón en la mano.

¡Chicas! ¿Dónde estáis? ¡Venga, a dar una vuelta en bici y luego al río! El agua es como un baño templado. Hemos pasado por el súper y Borja ya está haciendo la barbacoa. ¿Os apuntáis?

Id sin nosotras gritó Blanca.

Los padres no nos dejan remató Inés.

Pues vosotras sabréis… dijo Marta, encogiéndose de hombros.

Blanca a punto estuvo de echarse a llorar de la envidia.

Ay, Inés… qué envidia me dan, de verdad susurró, con la mirada fija en el horizonte, soñando con la playa fluvial, la carne a la brasa, el fresco de la tarde de julio… Cerró los ojos y, al abrirlos, como una maldición, las fresas seguían ahí.

Si el deseo durase menos… inició Inés, con tono agriamente irónico. Aquí hay faena para aburrir. Y para colmo, mamá acentuando lo de siempre: Hasta que no acabéis, ni sueños de río, ni paseos ni nada. Si encima llueve, peor aún, las malas hierbas vuelven en tropel. Vamos, que en una semana vuelta a empezar.

Encima las fresas son el menor de los males aquí…

Blanca miró, angustiada, las infinitas filas de patatas, los tristes repollos que no daban ni para caldo, y el invernadero de pepinos, donde el calor era como un secador de pelo a máxima potencia.

Esto no es un huerto, es una plantación de latifundista murmuró, tragándose las lágrimas. Trabajas y trabajas, y nunca se acaba y cuando acabas, vuelves a empezar.

Inés resopló, la mueca en su boca era de terror, no de satisfacción. Y por una vez, Blanca tenía razón: su huerto familiar era una finca de medio hectárea, si no más.

Sus padres, Ana Fernández y Maximiliano López, plantaban todo lo que se les ocurría. Patatas, coles, tomates de nombre impronunciable y cucurbitáceas que ni Inés ni Blanca, con años de experiencia, sabían pronunciar.

Una parte era para comer en casa, pero la mayoría salía rumbo al mercadillo del pueblo, para sacar unas pelas.

Pero para vender, había que trabajar de sol a sol, cayera quien cayera. Y las hijas, pues a currar desde que dijeron mamá.

La infancia y adolescencia de Inés y Blanca fue un homenaje permanente a la escarda de huerto. Mientras sus amigas se iban a los cines, verbenas o de excursión, ellas sólo soñaban.

***

Ahora ambas pasaban de los cuarenta.

Las dos vivían en la ciudad, con sus familias, empleos e incluso algún hobby. Y sí: el acceso legítimo al descanso, al que nunca de niñas ni olieron.

Pero cada año, cuando se acercaba julio… la ópera volvía:

Niñas, venid, ¡echadnos una mano! Somos ya mayores, no podemos con esto, ¡el huerto se nos echa encima! ¡Sin vosotras no damos abasto!

Inés y Blanca moldeaban sus vacaciones a ritmo de tomate y renunciaban al asueto urbanita y cualquier viaje previsto para entregarse al retiro rural voluntario-obligatorio.

Las vacaciones por supuesto no eran eternas. Ellas ya tenían sus propios maridos. Éstos también querían relax. Sus hijos, tres veranos después, le tenían manía al pueblo y pedían playa. Y las pobres, sólo de pensar en los bancales, se desmayaban mentalmente en el sofá.

Pero aun con eso, decirle no a los padres era impensable.

Así, toda la tropa aterrizaba en la casa familiar de Segovia para un julio en el paraíso.

El primer día, bienvenida a lo grande con banquete (callos y morcilla incluidos) y visita a la sauna de leña de la tía Eulalia. El segundo día, a las siete, el despertador-mamá: ¡Arriba! ¡A trabajar, que ya habéis descansado!

A esas alturas estaban tan reventados que ni ganas de quejarse quedaban.

Agachada entre los calabacines, Inés oía a su marido Sergio blasfemando bajo el manzano, donde peleaba sin éxito con el espino albar.

¡Sergio! ¿Por qué gruñes como un caracol? le gritó, tapando el viento. Deja el espino, aún está verde. Mejor recoge esas manzanas, que si no se pudren en el suelo. Luego ya haremos compotas, mermeladas ¡Aprovechemos!

Ni ella misma se creía. Si cabe peor que desherbar con 40 grados, eso era pasar la tarde embotando mermelada en una cocina a punto de explotar de calor… Casi mejor dejar que las manzanas se las coman los bichos.

¡Inés, no aguanto más! gruñó Sergio saliendo de entre las ramas. Mi espalda dice que me divorcie ya. Prefiero pagar la pensión alimenticia antes que otro verano en este infierno. Es amor, ¿eh? Pero esto… esto es el final y se desplomó dramático sobre el camino.

Deja el teatro, Sergio cortó Inés. No creas que a mí me hace gracia. Pero, ¿qué hacemos? ¿Quién ayuda si no nosotras?

¡Que lo dejen morir! dijo el filósofo Sergio. ¡Y tan felices!

Sergio, la techumbre de la caseta hay que arreglarla.

Pues voy, voy

En cambio, el marido de Blanca Damián era una especie de marqués al que el campo le parecía algo tan exótico que sólo acudía a mirar. Estaba tumbado en la silla plegable bajo el peral, bebiéndose una caña de horchata, traída por la hija, mientras contemplaba los sudores de su mujer con aire filosófico. De trabajar: cero. De discurso vacío: matrícula de honor.

Damián, ¿quieres cortar un poco el césped por lo menos? protestó Blanca, mientras se abanicaba para espantar moscas.

Ay, Blanquita, ¿tú me ves cara de segador? Soy de ciudad, tengo las manos pensadas para tareas nobles, para inspirar a musas como tú y transmitir energía positiva.

Y así, como si nada.

Blanca puso los ojos en blanco.

Damián era maestro del arte de mirar y opinar, rara vez sudaba salvo de calor.

Al finalizar el descanso, Inés y Blanca, al borde de la histeria, optaron por revolucionar la situación.

¿Y para qué queréis todo esto? empezó Inés, sentando a los padres en la mesa de la cocina donde se jugaba la vida familiar. ¿Para qué tanto tomate, pepino y patata? Si ya es un palizón. No os lo vais a comer todo, y venderlo ya no hace falta. Os ayudamos con dinero, comprad lo que queráis, ¡y a disfrutar de la vida! ¡Sin huertos!

Eso, mamá corroboró Blanca con esperanza. Si no queréis el dinero directamente, podemos contratar a alguien para el trabajo del campo. Un mes de ayuda no sale tan caro… Seguramente más barato que acabar en el hospital.

¡Ay, qué tonterías decís! soltó la madre, ofendida.

¿Cómo que sin huerta? protestó el padre. ¡Eso es nuestra vida! ¿Qué haríamos si no, tirados en el sofá?

Bueno, teatro, cine… intentó improvisar Inés.

¡Teatro dice! exclamó Ana Fernández. Nuestra vida es la faena, y nunca pensamos que a vosotras os molestara tanto ayudar a los padres.

Vamos, que no, que nada de dejarse la huerta añadió Maximiliano López. Además, ¿qué es eso de depender de las hijas para las transferencias? Que si un mes sí, otro no ¡No! ¡Hay que ser autosuficiente!

Esa conversación, por cierto, ya había ocurrido. El año pasado. Y el anterior.

¡Pero si os cuesta un mundo! suplicó Blanca, sin entender la terquedad.

Cuesta más estar sin hacer nada zanjó su padre. ¡Nos queda cuerda para rato!

Pero

¡Sólo queréis quitárosnos de encima! clamó la madre. Bien fácil se ve vuestra gratitud Si no fuera por el huerto ni apareceríais.

Y la conversación terminó ahí.

***

Pasó un año.

Llegaba el verano, tan prometedor como siempre.

Sergio al fin sorprendió a Inés con un viaje a Italia, su gran sueño.

Blanca, que acababa de divorciarse tras años de soportar a Damián sin saber lo que era un jornal, lo único que pedía era tranquilidad y quedarse en la ciudad con la hija, sin horarios, ni madrugones, sólo sofá y un libro.

Un día, frente a dos tazas de café, repasaron la situación y tomaron una decisión que les pareció tan lógica como invencible: no irían en julio, ni en agosto.

Solían evitar los viajes al pueblo entre semana. Si la lejanía no les diera tregua, su única vida sería arar. Así que eligieron un martes, mentalizadas.

Nada más asomar, Ana Fernández entrecerró los ojos, olfateando malas noticias.

A ver, ¿qué tramáis ahora?

Nada malo, mamá aseguró Blanca. Es que este verano no podremos venir al pueblo el mes completo. Ni julio, ni agosto.

¿¡Qué!? ¿Qué cuento es ese? ¡Menuda cara! ¿No tenéis vergüenza?

Y la famosa estrategia maternal de hacerlas sentir el peor bicho.

Mamá Sergio también tiene vacaciones, ya está reservado el avión para Italia. Llevamos años deseando poder tener unas vacaciones normales. Se lo merece él también…

Nada. Imposible conmoverla.

El padre refunfuñó:

¡Italia, ni más ni menos! repitió la madre, sarcástica. ¡Los padres, que se apañen y desherben el huerto solos! ¡Bravo!

Pero mamá, si te propusimos contratar a gente insistió Blanca. Cualquier vecino por unos euros ayuda con la huerta.

La ayuda no es lo mismo cortó Maximiliano López. No me fío ni un pelo. Harán lo justo. En cambio vosotras vosotras sí sois de fiar. Eso se nota en la recolección, hija.

Pero, papá ¿qué inspiración hay en desherbar patatas? se exasperó Inés.

¡El trabajo dignifica!

¿Dignifica? ¡Si acabamos baldadas! protestó Blanca. Bastante tenemos con el trabajo, y en vacaciones lo que queremos es descansar. No somos esclavas.

¡Ya descansaréis cuando os jubile! zanjó la madre. Ahora toca ayudar.

Ayudar sí, mamá, pero esto se os va de las manos…

Y así se fueron calentando los ánimos.

Ya nadie recordaba lo que era un verano de descanso.

¡Se os va de las manos! repitió Ana Fernández. ¿Quién os ha dado de comer, vestido y criado? ¿Quiere decir que diez días de buffet libre en Benidorm valen más que vuestra familia?

Nada de chantajes emocionales Inés se masajeó las sienes. Os agradecemos todo, pero pongamos un poco de cordura…

Todo acabó a grito pelado.

Que si las hijas se olvidan, que si las hijas no tienen corazón, que si las hijas han salido vagas…

¡Pues muy bien! saltó Inés. Haced con la finca y la herencia lo que os plazca, pero no contéis con nosotras este verano, ¿está claro?

¡Ya os lo recordaré yo! gritó la madre.

¡Estupendo!

***

Sergio e Inés volaron a Italia. Fueron las dos mejores semanas de sus vidas: mar azul, playa y pasta sin parangón y los niños portándose como santos del soponcio de la novedad.

Blanca, en el colmo de la civilización, organizó su propio balneario: sofá, novelas, siesta Power, masajes y ninguna preocupación.

Cuando las vacaciones tocaban a su fin, cuando Inés ya preparaba la vuelta al trabajo y Blanca recuperaba el tono vital, el móvil sonó, poniendo el universo del revés.

Era el padre.

Blanca, cariño, venid enseguida. Tu madre está en el hospital. Llámate a Inés.

Blanca notó el corazón en un puño.

En una hora, las dos estaban camino del hospital comarcal.

En la puerta, su padre.

¿Qué le ha pasado?

¿Está bien?

¿Es el corazón?

¿Un infarto?

¿Está consciente?

¿Podemos verla?

Las preguntas se atropellaban.

El corazón respondió Maximiliano, resignado. Desde las seis hasta las tres, dándole a la faena bajo el sol… Pues le ha pasado factura.

Al final, la cosa no fue a peor. Ana Fernández estaba más pálida que la bechamel, pero estable y quejándose (eso es que está bien, murmuró una enfermera). Sin grandes daños aparentes.

No les dirigió más que una mirada de soslayo:

Ah, sois vosotras… Venís a visitar a vuestra madre moribunda, ¿no?

Anda, no digas tonterías, mamá atajaba Inés. En nada te dan el alta y a casa. Estás hecha una jabata.

No lo sé, hijas… Ya estoy vieja. La carga me ha podido. Y mira que lo avisé qué lástima que no vino nadie a ayudar.

Blanca apretó los dientes.

Mamá, nadie te dijo que te dejaras la salud. ¡Te lo propusimos todo! Podíais haber contratado ayuda, si hay gente deseando hacer una chapuza en verano. ¿Por qué no?

¡¿Ayuda!? bufó Ana Fernández. No necesito vuestra limosna, yo me las apaño sola. Como nadie vino… yo sigo currando.

Así has acabado… susurró Inés.

¡Inés! la amonestó Blanca.

¿Y qué he dicho?

Por favor, no discutáis por mi culpa suspiró la madre, de forma dramática.

Ellas callaron. Batalla perdida.

Mamá, de todo nos hacemos cargo dijo Blanca. Medicinas, doctor y, si quieres, la huerta, pero dejas que contratemos a alguien.

Eso, ayuda añadió Inés.

Ana Fernández no contestó.

A los pocos días estaba en casa. Los médicos le prohibieron esfuerzos.

Inés y Blanca pensaron que, por fin, los padres se darían por vencidos.

Pero al volver a la casa a visitarlos, no vieron a las mujeres contratadas, sino a su madre, agachada ya entre los tomates.

¡Mamá!, ¿pero qué haces? ¡El médico te ha prohibido esto!

¿Y qué hago entonces? Esas chicas lo dejaban todo manga por hombro. ¡No pienso malgastar vuestro dinero! Si os importamos, venid a la huerta. Si no, ya me las apañaré.

Discutir era inútil. La madre siempre se salía con la suya.

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Las hijas desagradecidas: un verano de sacrificios, campos interminables y reproches familiares en la España rural
¡Si vuelvo a encontrar tu pelo en el sofá, me divorcio de ti!