“Reencuentros, sacrificios y segundas oportunidades: la historia de una abuela, su nieta y un lazo irrompible en medio de adversidades”

Sí. No tengo a dónde llevarla. No tengo con qué mantenernos. Si no te haces cargo, firmaré los papeles de abandono. Se quedará huérfana. Al fin y al cabo, no te es indiferente… Es tu única nieta.

“Huérfana” Esa palabra se deslizó como un rodillo sobre los maltrechos nervios de Natalia.

***

Natalia se estaba acostumbrando a una nueva vida, una vida en la que nunca hubiera querido estar por voluntad propia. Ahora vive y trabaja en España, en Valencia. Aquí hay un buen clima, vecinos amables… Pero no vino para disfrutar de su jubilación junto al Mediterráneo, sino para escapar de su tragedia.

¿Entonces empiezas el lunes? preguntaba Mila, una compatriota suya, nacida en Madrid. Quizá por eso a Natalia le atraía tanto la oferta de empleo que Mila le había propuesto: le daba una sensación de hogar.

Un trabajo tiene, una vivienda tiene

La vivienda, en realidad, era el apartamento que había pertenecido a su exmarido. Era la propiedad que su hijo Javier había heredado tras la muerte de su padre. Había planeado usarlo para pasar sus vacaciones.

Pero ahora que Javier ya no estaba, el apartamento pasó a Natalia.

Qué cruel es la vida, tener que gestionar la herencia de tu propio hijo suspiraba Natalia mientras revisaba documentación y trámites.

Por suerte, el apartamento vino bien en aquel momento.

Y el trabajo… Un empleo en una pequeña galería de arte, organizando exposiciones, parecía un premio en mitad de su dolor. Era su oportunidad de empezar de nuevo, de levantarse en un lugar libre de recuerdos tormentosos.

Un nuevo comienzo. Una página en blanco.

Ahora somos tú y yo, le decía Natalia a Senén, su gato recién adoptado, mientras le acariciaba las orejas.

El móvil vibró en su bolsillo.

Un número desconocido. Natalia, cansada ya de bloquear llamadas de publicistas y estafadores, no contestó. Por la noche, mientras cenaba una ensalada de tomate aderezada con un toque de alioli, volvió a ver una llamada perdida del mismo número. Aquello llamó su atención: los “spams” solían insistir desde números distintos, no desde el mismo. ¿Quién podría llamarla desde Madrid? Si había venido a España a tratar de olvidar, ¿qué había quedado atrás?

Horas más tarde, mientras su enésima pastilla para dormir no hacía efecto, Natalia miraba el televisor silenciado cuando su teléfono volvió a sonar. Esta vez respondió.

¿Natalia Pérez? la voz sonaba joven, con un eco distante, como si la comunicación se realizara desde el hueco de una escalera.

Natalia se incorporó en la cama.

Sí, soy yo. ¿Quién es usted?

Soy Alba. No sé si me recuerda Salí con Javier.

Natalia se sorprendió. Alba. Aquella chica con la que Javier había tenido una relación, intermitente, desde sus años universitarios. Nunca se entendieron del todo. Y para ser sinceros, Natalia y Alba tampoco mantenían una buena relación. Alba sospechaba que Natalia interfería en la “felicidad” de su hijo, mientras Natalia pensaba que Alba era una niña inmadura e incapaz de aportar nada significativo a la vida de Javier.

Después de que la relación hubiera terminado, nunca más supo de Alba. Ni siquiera había aparecido en el funeral de Javier. Las probabilidades de escuchar su voz después de tantos meses eran más que remotas.

Alba Estoy sorprendida murmuró Natalia, con ánimo de colgar. Pero aquella voz del pasado despertaba en ella un resquicio de nostalgia, como si pudiera revivir, aunque solo fuera por un instante, algo de Javier. Con una mezcla de emoción que no sabía si clasificaba como curiosidad o deseo de recordar, añadió: ¿En qué puedo ayudarte? ¿Por qué me llamas?

La joven habló con un tono irregular, pero con claridad:

Natalia, no sé cómo decir esto. La verdad, no sé. Las cosas no salieron como esperaba Cuando Javier falleció, yo estaba embarazada.

La palabra “embarazada” resonó en la cabeza de Natalia como un eco. ¿Era eso posible?

¿Embarazada? murmuró, incrédula.

Sí. Y hace dos días, di a luz a una niña.

Natalia, que se había levantado a caminar para silenciar la confusión en su mente, cayó en una silla cercana. Sentía el peso del shock, la incredulidad y una punzada de tristeza inexplorada.

¿Una niña…? alcanzó a decir.

Natalia, necesito tu ayuda. No puedo hacerlo. La maternidad no es para mí. Pensé que podría, pero no puedo. Creí que con Javier a mi lado todo sería diferente Pero él se fue, y yo me quedé sola. Por favor, te lo ruego: cuida de ella. Es tu nieta. Hazte cargo.

Los pensamientos en la mente de Natalia se agolpaban como un enjambre. Una nieta. Su nieta. Pero ¿cómo? ¿Por qué estaba enterándose así, de repente?

¿Quieres que me haga cargo de la niña? preguntó, aturdida.

Sí. No tengo recursos, ni un hogar para ella. Si no te haces cargo, firmaré un acta de abandono. Será huérfana. Es tu única nieta…

“Huérfana” esa palabra perforó lo que quedaba de los deshilachados nervios de Natalia. Ya había perdido a su hijo. ¿Ahora debía asumir el abandono de su nieta?

Alba Necesito tiempo. Necesito pensar.

El tiempo pasa rápido, Natalia. Si no lo haces pronto, me veré obligada a darla en adopción. Afortunadamente, los familiares más cercanos siempre son los primeros en la lista.

Natalia estaba bloqueada, como un disco rayado.

Necesito pensarlo…

Sabía, sin embargo, que en su interior ya había tomado la decisión. ¿Qué diría Javier? ¿Decir que sí lo amaba para luego abandonarla ella también?

Natalia colgó. España. Su nuevo trabajo. Su apartamento en Valencia. Todo eso sería, probablemente, un recuerdo. Madrid, el lugar del que había huido, la llamaba de vuelta. Por su nieta. Por Javier.

***

El proceso en Madrid para obtener la custodia se dilató por meses. Un eufemismo para Natalia, quien casi pierde la cabeza entre montones de trámites burocráticos. Validar que era la verdadera abuela biológica y que podía recibir preferencia en la adopción no fue sencillo. Por supuesto, Alba y Javier nunca se casaron.

Fueron necesarios análisis, investigaciones y entrevistas con trabajadoras sociales que evaluaron una y otra vez su hogar, su salud emocional, sus recursos

Finalmente, tras semanas de espera, el ansiado documento de custodia temporal llegó a sus manos. Sobre el papel se leía con claridad: “Sofía”. Su Sofía. Ahora Natalia era oficialmente responsable de su nieta.

***

Varios años después…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 × 1 =

“Reencuentros, sacrificios y segundas oportunidades: la historia de una abuela, su nieta y un lazo irrompible en medio de adversidades”
El amigo vendido. Relato del abuelo ¡Y él me entendió! No fue divertido, comprendí que era una idea tonta. Lo vendí. Él pensó que era un juego, pero luego se dio cuenta de que lo había vendido. Las épocas, en fin, siempre son diferentes para cada uno. Para unos, el todo incluido nunca es suficiente, otros se conforman con un buen pedazo de pan negro con chorizo. Así vivíamos nosotros también, cada uno a su manera, pasaba de todo. Yo era pequeño entonces. Mi tío, el hermano de mi madre, me regaló un cachorro de pastor alemán y yo era el niño más feliz del mundo. El cachorro se encariñó conmigo, me entendía sin palabras, me miraba a los ojos y esperaba, esperaba a que le diese una orden. —¡Túmbate! —decía yo tras esperar un poco, y él, tumbado, me miraba con unos ojos tan leales que parecía que sería capaz de morir por mí. —¡Sirve! —mandaba yo, y el cachorro se levantaba torpemente sobre sus patas regordetas y se quedaba quieto, tragando saliva, esperando, esperando la recompensa, el bocado sabroso. Pero yo no tenía nada con lo que premiarle. Nosotros mismos pasábamos hambre en aquella época. Así eran los tiempos. Mi tío, el Tío Paco—el hermano de mi madre que me regaló el cachorro—me dijo un día: —No te preocupes, chaval, fíjate lo fiel y leal que es. ¿Por qué no lo vendes, y luego lo llamas? Ya verás cómo se escapa y vuelve contigo. Nadie te verá. Así tendrás dinerillo para un capricho, para ti, tu madre y para el perro. Hazme caso, te lo digo en serio. La idea me gustó. No pensé entonces que estuviera mal. Al fin y al cabo, me lo decía un adulto, sería una broma, y así podría comprar alguna chuchería. Le susurré al hocico calentito y peludo de Fiel—ese era su nombre—que lo iba a dejar con otros, pero luego lo llamaría y debía escaparse y volver conmigo. ¡Y él me entendió! Ladró, afirmando que así lo haría. Al día siguiente le puse la correa y lo llevé a la estación. Allí todo el mundo vendía algo: flores, pepinos, manzanas. De pronto se llenó la estación, llegó la gente del tren, empezaron a comprar y a regatear. Me adelanté y tiré del perro. Pero nadie se acercaba. Cuando casi todos pasaron, se me acercó un señor serio: —Chaval, ¿a quién esperas? ¿O quieres vender el perro? Buen cachorro, me lo quedo—me metió el dinero en la mano. Le di la correa; Fiel movió la cabeza y estornudó contento. —Venga, Fiel, ve, amigo, ve—le susurré—, luego te llamaré, vuelve a mí, huye de los desconocidos. Él se fue con el hombre, yo escondido los seguí hasta ver dónde se lo llevaba. Por la tarde llevé pan, chorizo y caramelos a casa. Mi madre preguntó con severidad: —¿De dónde has sacado esto? ¿Lo has robado? —No, mamá, ¿qué dices? Ayudé a cargar unas cosas en la estación y me lo dieron. —Bien hecho, hijo, venga, cenemos y a dormir que estoy agotada—ni preguntó por Fiel, tampoco le interesaba mucho. El Tío Paco vino esa mañana. Yo debía ir al cole aunque sólo quería salir corriendo a por Fiel. —¿Qué, ya vendiste al amigo? —rió, despeinándome. Me aparté sin contestar. No dormí aquella noche, el pan con chorizo ni lo probé, no me pasaba por la garganta. No fue divertido, entendí que era una idea tonta. No era de extrañar que mamá no soportara al Tío Paco. —Es un caso perdido ese hombre, no le hagas caso—me decía. Agarré mi mochila y salí volando de casa. La casa estaba a tres manzanas; las recorrí sin parar. Fiel estaba sentado tras un alto muro, atado con una cuerda gorda. Lo llamaba, pero me miraba triste, con la cabeza sobre las patas, meneando la cola, intentaba ladrar pero ya no le salía la voz. Lo vendí. Él pensó que era un juego, luego comprendió que era real. El dueño salió al patio y le silbó serio. Fiel bajó la cola, y yo entendí que estaba todo perdido. Por la tarde en la estación cargué cosas. Pagaban poco pero gané lo justo. Me armé de valor, fui a la casa y llamé. El hombre salió: —Vaya, chaval, ¿qué haces aquí? —Tío, que me he arrepentido. Aquí tienes el dinero—le devolví lo que me pagó por Fiel. El hombre me miró entornando los ojos, cogió el dinero y desató a Fiel: —Venga, llévatelo, se le ve que está triste. No será buen guardián. Pero ojo, igual no te perdona. Fiel me miró cabizbajo. Aquel juego nos puso a prueba. Luego se acercó, me lamió la mano y empujó su hocico contra mi barriga. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero entendí que jamás, ni en broma, se debe vender a un amigo. Y mi madre se alegró: —Ayer estaba tan cansada, luego pensé: ¿y el perro dónde está? Ya le había tomado cariño, ya es de la familia, ¡es nuestro Fiel! Desde entonces, el Tío Paco ya no pasó mucho por casa. Sus bromas dejaron de hacernos gracia.