Mi suegra se queja de mi hija y quiere que, en plena vacaciones, lo dejemos todo y vayamos a recoger a la niña. Solo una vez le pedimos ayuda en la vida y tampoco lo hizo bien: antes ansiaba más que nadie que yo me quedara embarazada, y ahora no quiere quedarse con su nieta. Entiendo que no sea su deber: nunca le habíamos pedido nada. Hasta que Mónica fue mayor, apenas mi madre y yo estábamos con la niña, pero ahora mi marido y yo queríamos, por fin, irnos cuatro días de vacaciones sin nuestra hija de cinco años. Mi madre trabajaba, así que tuvimos que pedirle el favor a mi suegra. Le propusimos que no llevara a Mónica a la guardería, sino que la acompañara, y al día siguiente ya estaba quejándose por teléfono. Según ella, Mónica no es una “señorita”, ni sabe sujetar bien el tenedor, ni practica la lectura, ni asiste a conciertos con sus abuelos, y además ha dibujado con rotuladores sobre la cómoda. Sabemos perfectamente cómo es nuestra hija: activa, independiente y con mucha energía. Puede entretenerse sola, pero entonces te encuentras que ha probado todos mis cosméticos o ha roto el libro favorito de su padre. Por eso le pedimos que la vigilara, no que la dejara sola en la otra habitación como si no existiera. Ahora mi suegra exige que recojamos a la niña de inmediato o armará un escándalo con su hijo. ¿Qué podemos hacer? Estamos en la montaña y no volvemos hasta dentro de dos días; es imposible regresar antes. Queríamos un descanso, pero el teléfono se ha encargado de arruinarlo. ¿Habrá olvidado mi suegra lo revoltoso y terco que puede ser un niño, cuando siempre cuenta historias de cómo era mi marido de pequeño, que tampoco era un santo? Y ahora resulta que no aguanta ni medio semana con su nieta porque, según ella, es demasiado traviesa.

Mi suegra se queja de mi hija y quiere que interrumpamos nuestras vacaciones para recoger a la niña inmediatamente.

Solo una vez en la vida hemos pedido ayuda a mi suegra y parece incapaz de manejarnos la situación. Durante años, ella fue la que más deseaba que tuviera hijos, y ahora que ya es abuela, no quiere quedarse con su nieta ni unos días. Lo entiendo; no era su obligación ni le pedimos nunca nada más.

Desde pequeña, mi madre y yo nos encargamos de cuidar a Lucía, y según fue creciendo, nos íbamos apañando. Sin embargo, mi marido y yo soñábamos con desconectar juntos, tan solo cuatro días, y por fin teníamos oportunidad de hacer ese viaje tan deseado, dejando a nuestra niña de cinco años al cuidado de alguien en quien confiar. Mi madre no podía porque tenía trabajo, así que recurrimos a mi suegra. Le sugerimos incluso que llevase a Lucía consigo adonde quisiera, sin complicaciones, pero al segundo día ya nos llamaba para protestar.

Escuche, que si Lucía es demasiado traviesa, que no es nada señorita, que no sabe usar bien el tenedor, ni repasa la lectura, que no quiere ir a conciertos de abuelos, y encima ha dibujado con rotulador la cómoda de la habitación. Nosotros conocemos perfectamente cómo es nuestra hija. Lucía es inquieta, curiosa, muy independiente. Puede jugar sola durante horas, aunque a veces eso acaba en pequeños desastres: probarse todos mis pintalabios o romper el cómic favorito de su padre. Por eso le pedimos a mi suegra que estuviera pendiente de ella, no que la dejara sola en otra habitación fingiendo que no existe.

Ahora mi suegra nos exige que recojamos a la niña cuanto antes o, de lo contrario, armará un drama con nuestro hijo. ¿Y qué podemos hacer? Estamos en los Picos de Europa y no volvemos hasta dentro de dos días, no hay forma de regresar antes. Tan solo queríamos descansar y el teléfono no para de sonar, arruinando nuestra escapada.

¿Se ha olvidado mi suegra de cómo son los niños, de lo revoltosos e imprevisibles que pueden ser? Ella siempre contaba anécdotas de mi marido cuando era pequeño y lo difícil que era, nada de angelito tenía. Y ahora, por pasar ni medio semana con su nieta, dice que no puede aguantarla porque le resulta demasiado rebelde.

A veces, quien tanto ansía ver crecer una familia olvida cómo es el camino, y que la paciencia con un niño nunca es un tiempo perdido, sino una inversión en el amor y la memoria compartida.

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Mi suegra se queja de mi hija y quiere que, en plena vacaciones, lo dejemos todo y vayamos a recoger a la niña. Solo una vez le pedimos ayuda en la vida y tampoco lo hizo bien: antes ansiaba más que nadie que yo me quedara embarazada, y ahora no quiere quedarse con su nieta. Entiendo que no sea su deber: nunca le habíamos pedido nada. Hasta que Mónica fue mayor, apenas mi madre y yo estábamos con la niña, pero ahora mi marido y yo queríamos, por fin, irnos cuatro días de vacaciones sin nuestra hija de cinco años. Mi madre trabajaba, así que tuvimos que pedirle el favor a mi suegra. Le propusimos que no llevara a Mónica a la guardería, sino que la acompañara, y al día siguiente ya estaba quejándose por teléfono. Según ella, Mónica no es una “señorita”, ni sabe sujetar bien el tenedor, ni practica la lectura, ni asiste a conciertos con sus abuelos, y además ha dibujado con rotuladores sobre la cómoda. Sabemos perfectamente cómo es nuestra hija: activa, independiente y con mucha energía. Puede entretenerse sola, pero entonces te encuentras que ha probado todos mis cosméticos o ha roto el libro favorito de su padre. Por eso le pedimos que la vigilara, no que la dejara sola en la otra habitación como si no existiera. Ahora mi suegra exige que recojamos a la niña de inmediato o armará un escándalo con su hijo. ¿Qué podemos hacer? Estamos en la montaña y no volvemos hasta dentro de dos días; es imposible regresar antes. Queríamos un descanso, pero el teléfono se ha encargado de arruinarlo. ¿Habrá olvidado mi suegra lo revoltoso y terco que puede ser un niño, cuando siempre cuenta historias de cómo era mi marido de pequeño, que tampoco era un santo? Y ahora resulta que no aguanta ni medio semana con su nieta porque, según ella, es demasiado traviesa.
El anciano con la capa