Anoche estaba en mi piso de Madrid, preparando una tortilla de patatas mientras cuidaba de mi hijo Mateo, que tiene tres años, y esperaba a que regresara mi marido de trabajar. De repente, como salido de una niebla espesa, sonó el timbre y apareció mi hermano, Javier, junto a su hijo Lucas, que parece tener seis años aunque algunas veces, en sueños, parece más viejo y otras, más pequeño. Traía una bolsa llena de naranjas de Valencia que parecían más pesadas que el propio tiempo. Me pidió que cuidara de Lucas pues tenían una cita ineludible. Acepté con una sonrisa, sabiendo que Mateo adora compartir minutos con su primo, y ya nada era muy real excepto sus risas que llenaban el salón como campanas bajo el mar.
De pronto, la noche empezó a doblarse sobre sí misma y mis hermanos no regresaron a la hora que juraron, el reloj se derretía sobre la mesa y sus manecillas giraban al revés. Llamé varias veces, y sus voces distorsionadas me susurraban que llegaban enseguida, pero las horas se escapaban, resbaladizas, por la ventana. Finalmente, acosté a los niños, que ya flotaban entre sábanas blancas y dragones invisibles. Entonces, Mateo se tornó pálido y movedizo como un espectro y, presa del pánico, avisé a una ambulancia. Los médicos, envueltos en batas que parecían hechas de humo, sugirieron llevarle al hospital.
Intenté contactar una vez más con mi hermano y su esposa, Lucía, pero mi móvil sólo emitía ecos que danzaban en el aire. Agarrada por la ansiedad, recurrí a mi vecina, Rosario, una señora siempre sonriente con voz de estatua antigua, acostumbrada a cuidar niños en la finca. Rosario aceptó encargarse de Lucas, y así pude acompañar a Mateo al hospital, donde la noche se deshizo en luces frías y murmullos.
A la mañana siguiente, Javier llegó temprano, envuelto en sombras, para recoger a Lucas, como si nada hubiera pasado.
Unos días después, crucé a Lucía en el mercado de San Miguel. Sus ojos ardían como carbones y de su boca salieron palabras agrias; me acusó de haber dejado a su hijo con una desconocida. Su voz, que retumbaba como un tambor en el pecho, subía y bajaba como el viento en la sierra. Traté de explicarle la noche surrealista, pero ella se negó a escuchar, exigiendo que le devolviera los euros que había pagado a Rosario por cuidar de Lucas, negándose rotundamente a asumir ese coste, y chilló aún más fuerte, amenazando con llamar a la Guardia Civil. Me invadió una tristeza antigua, densa como el humo de una chimenea, pensando en lo improbable que es, a veces, que la bondad sea entendida o apreciada cuando el sueño y la vigilia se entremezclan en la vida real.







