A los veintiséis años, Lucía se casó con Álvaro y, dos años después, nació nuestra preciosa hija, Sofía. Vivíamos los tres en un piso en el barrio de Chamberí de Madrid, que Lucía heredó de su abuela materna. Recuerdo que fue una época tranquila, hasta que la madre de Álvaro, Doña Carmen, decidió acometer una reforma integral en su vivienda de Salamanca.
Para no aguantar el olor a pintura ni el caos interminable de las obras, Carmen nos pidió quedarse una temporada en nuestra casa. Aunque la relación de Lucía con su suegra nunca había sido fácil, aceptamos su presencia más bien por insistencia mía y por esa manera conciliadora que tiene Lucía, a la que Carmen siempre tachó de blanda y sin carácter.
A Carmen le gustó la experiencia de vivir con nosotros; pronto se sintió como la dueña del piso, olvidando por completo el papel de invitada. Desde primera hora de la mañana, empezaban los reproches:
¿Pero qué comida es esta que le das a mi hijo para desayunar? A tu hija no la alimentarías así, pero a él cualquier cosa vale decía Carmen, mirando con desdén los platos sobre la mesa.
Él elige lo que quiere desayunar, ayer me pidió huevos revueltos con chorizo y café recién hecho. Tiene treinta y un años, ya no es un niño le recordaba Lucía, intentando que yo mismo defendiese mis elecciones.
Si le das esa libertad, solo va a elegir tonterías. Jamás ha decido algo bueno por sí mismo replicaba Carmen sin apartar la vista.
Yo optaba por guardar silencio y dejar que debatieran entre ellas. Lucía, por orgullo, jamás permitía que Carmen interviniese en la educación de Sofía, y su suegra lo sabía mejor que nadie. Por eso, nunca cruzaba esa línea.
Pasó un mes, y Lucía me preguntó cuándo volvería mi madre a su piso. Carmen respondió entre quejas sobre los albañiles y el color de las paredes, diciendo que tardarían aún un mes o dos más. Era obvio que se sentía cómoda con nosotros, aprovechando que todos los gastos los financiábamos nosotros y apenas ayudaba en casa, salvo algún rato entreteniendo a la niña.
Recuerdo que un día me soltó:
¡No sabes la suerte que tienes conmigo! Comparada con mi suegra, yo soy un sol. La abuela de Álvaro, Doña Matilde, me hacía la vida imposible todos los días. Pero yo contigo ni me meto.
Solo te metes para ridiculizar mi desayuno y hacer algún comentario sarcástico respondía Lucía, ya sin paciencia.
Un día, Carmen dejó caer, casi sin querer, que para saber lo que es incomodidad en una casa ajena, tendría que venir su propia suegra de visita. Lucía, sin pensárselo, llamó esa misma tarde a Matilde y la invitó a pasar unos días. Matilde aceptó encantada, deseando ver a su bisnieta.
A la mañana siguiente, todo siguió igual: Carmen criticando el desayuno, yo tragando saliva y Lucía ignorando las pullas. En ese momento sonó el telefonillo. Lucía fue corriendo a abrir.
¿Quién será tan temprano? No olvides que eres una mujer casada, a ver a quién dejas entrar soltó Carmen con su habitual tono inquisidor.
No se preocupe, es familia le respondió Lucía, esbozando una sonrisa traviesa.
A los pocos minutos, apareció Doña Matilde por la puerta.
¡Buenos días! Qué alegría veros. Álvaro estará feliz cuando vuelva del trabajo y vea que está su abuela favorita trineó Lucía dulcemente.
¡Hola, querida! Ah, Carmen, también tú aquí. Pasé por los cubos de basura y me acordé de ti; si no fuera por mi hijo, seguro que te encontraría hurgando ahí se rió Matilde, echando leña al fuego.
A Carmen se le heló el gesto. No tardó en intentar justificarse ante Lucía, pero la situación le resultaba tan incómoda que se refugió en la cocina.
Pase, le enseño a su bisnieta dijo Lucía, rodeando de atenciones a Matilde.
Matilde, con su humor afilado, no paraba de bromear y pinchar a Carmen, que en poco tiempo ya no aguantaba más. Al cabo de un rato, la oí hablando por teléfono.
Tengo buenas noticias, han terminado las obras en mi piso, ya puedo volver anunció repentinamente, ignorando a Matilde.
Voy a pedir un taxi enseguida, me muero de ganas de ver cómo ha quedado todo añadió Carmen, comenzando a recoger sus cosas a toda prisa.
En cuanto se fue, Lucía suspiró aliviada. Álvaro se sorprendió de que su madre se marchase sin avisarle, pero tampoco puso pegas. Matilde, por su parte, se quedó solo un día más y se marchó contenta, sabiendo perfectamente por qué Lucía la invitó.
Aquella experiencia me enseñó que a veces hay que conocer a quienes estuvieron antes para entender lo que es sentirse extraño en tu propia casa. Y también que, con una pizca de ingenio y mucho sentido del humor, se pueden resolver hasta las situaciones más incómodas.







