La herencia Una mujer alta y de voz poderosa salió del compartimento. En un instante puso orden, apartando a todos los que impedían el descanso de los pasajeros. Cabe decir que hasta los hombres más arrogantes y corpulentos se sometieron de inmediato, como si de una orden militar se tratase. Llevaba unas trenzas rubias recogidas alrededor de la cabeza. Sus ojos, de un azul intenso, y sus mejillas sonrosadas llamaban la atención. Miró de reojo hacia el baño, de donde justo salió un hombrecillo delgado y de baja estatura, con el pelo tan blanco como el algodón y una expresión tan entrañable como la de un niño pequeño. —¡Nicolás! ¡Ya pensaba que te había perdido! Escucho jaleo y la interventora ni se atreve a acercarse. ¿Te pasa algo? ¡A ti cualquiera te toma el pelo! —exclamó la mujer. —¡Ay, Ana! ¡Si yo pudiera…! ¿Por qué has salido, Anita? ¡Tú eres una señora! —él sonrió tímidamente y se escabulló en el compartimento. Ella nos observó a mí y a otros pocos que bostezábamos en los asientos. No vio ningún peligro para sí misma ni para su compañero. Y volvió a desaparecer. Más tarde nos encontramos en el vagón restaurante. No había mesas libres y me senté junto a ella. Su marido no se veía por ninguna parte. Terminada la carne con patatas, la señora exclamó: —Me llamo Ana Andreu. Puedes llamarme simplemente Ana. —¿Está usted sola? ¿Vendrá su marido luego? —Está descansando. No vendrá. Le he abrigado la garganta con una bufanda, le he dado zumo de arándanos. ¡Imagínate, en pleno viaje y Nicolás ha decidido ponerse malo! Se ha escapado a aplaudir la moqueta solo con el jersey puesto. ¡Si es que no se le puede dejar solo ni un momento! —respondió la señora. —Seguro que le quiere usted mucho. Antes pensó que los alborotadores eran otros y salió a protegerle. Usted le cuida con tanta ternura… —aventuré nostálgica. —Nicolás me llegó en herencia. No es mi marido, aunque vivamos juntos. Sigue de luto: su primera esposa, una santa, ha muerto hace poco. ¡Qué buena era! —suspiró Ana. —¿Cómo es eso, que le llegó en herencia? —pregunté. Y Ana empezó a contarme su historia. Nicolás había vivido con Lidia desde el colegio, juntos fueron a la universidad y se casaron. Era muy ingenioso: lo resolvía todo y destacaba por su talento; nunca faltaba el dinero en casa, pero en la vida diaria era completamente desvalido. Se olvidaba de la vuelta en el supermercado, cruzaba la calle donde no debía, no sabía dónde ni cómo comprar lo necesario. Su ingenuidad era tal, que podía dar dinero a cualquier desconocido. —No es de este mundo tu marido. Como si hubiera aterrizado en la Tierra por error. Y, sin embargo, ¡el dinero le viene solo! —se asombraban los amigos. Lidia no se quejaba; tenía energía y sentido práctico para ambos. Ella le vestía para ir a trabajar, vigilaba que llevase guantes, bufanda, hasta le compró un coche para poder llevarle y traerle; una vez Nicolás dio la dirección equivocada al taxista y acabó en cualquier parte. Se complementaban a la perfección. Solo una vez enfermó y estuvo una semana hospitalizada; al llegar a casa se espantó: él había sobrevivido comiendo fideos secos y bebiendo agua, ni se molestó en calentar la tetera… —Sin ti no tengo ganas ni de comer —sonrió él. Su hijo, Andrés, salió igual que él: inteligentísimo, pero tímido y distraído. Su don se apreciaba, y encontró como pareja a Elena, una chica tranquila del pueblo. Por supuesto, la jefa de la familia era Lidia. Preparada a sostener a todos, más aún desde el nacimiento del nieto, Álex. Pero enfermó súbitamente, y quedó postrada. La casa se volvió triste y desesperanzada, Nicolás no sabía ni por dónde empezar. Acudió a los mejores médicos, dispuesto a pagar lo que fuera. Pero aquella enfermedad no atendía a razones. A Lidia le dolía el corazón, pero por sus hombres: temía por Nicolás, por su hijo, por su nieto. Rezaba porque Dios les ayudara. Y entonces apareció Ana, enfermera y pariente lejana del médico. La primera vez que Ana entró en la casa se encontró con aquel hombre frágil, casi un vizconde educado, que hablaba tan bajito que apenas se le oía. Había montones de ropa sucia, platos sin lavar (¡y eso que había lavavajillas!), y el aire cargado de derrota. En la cama, Lidia, delgada y agotada, aún tuvo fuerzas para sonreír. Ana suspiró y se arremangó. Al caer la tarde, la vivienda resplandecía y olía a lomo, empanadas y pollo asado. Lidia dormía tranquila en sábanas limpias. Cuando Nicolás intentó salir solo a la calle en plena ventisca, Ana le frenó con voz de mando: —¡Quieto! ¿A dónde va así vestido en invierno? Su mujer le necesita sano como un roble, así que esta cazadora, y le ato la bufanda… Y cúbrase bien las orejas. ¡Listos, adelante! —sentenció Ana. A Lidia se le llenaron los ojos de lágrimas: aquel bullicio acabó en orden y, aunque Ana era como un elefante en una cacharrería, era buena persona y se le colaba la alegría por las manos. —Gracias, Señor; ahora ya están protegidos —susurró Lidia. Cuando se sintió peor, habló con Ana. Comenzó con rodeos: dónde vivía, cómo andaba la vida. Ana compartía un piso de dos habitaciones con su madre y la familia de su hermana. Siempre demasiada gente, buscaba refugio en el trabajo. Nunca se casó ni le pesaba; 45 años y ni un asomo de drama. Lidia le pidió: —Ana, cuídate de él cuando no esté. Te lo dejo de herencia, a modo de testamento. ¡Es tan confiado y frágil! Ana se quedó sin palabras. Cuando quiso negarse, Lidia le insistió: —¡No digas que no! Al menos échale un ojo… Y Ana prometió hacerlo. Poco después, Lidia falleció. Ana se resistía a visitar a Nicolás —no fuera que la acusaran de aprovecharse por el piso—, ni le gustaba especialmente, ni a él ella. Pero había dado su palabra… Empujó la puerta, encontró a Nicolás en la habitación de Lidia, abrazado a su bata y llorando —como un perro abandonado—. Temblaba todo. Ana se agachó, él le cogió la mano, lloró de nuevo. —Pobrecito… Lidia tenía razón. Ahora, vamos a tomar té, anda; aguanta, cielo —Ana se desvivió por él. La casa revivió. Antes de cada visita, Nicolás esperaba junto a la puerta. Se alegraba. —Luego decidí mudarme. ¿Para qué iba a dejarle solo? Mi familia, encantada, pues ganaban espacio. En el fondo adopté a un niño grande, y listo además. Problemas económicos, ninguno. Me hizo dejar los otros trabajos de cuidadora. Los cotillas probaron a murmurar, pero les frené enseguida. La gente acoge perros y gatos de la calle, ¿verdad? Pues las personas también pueden necesitar ayuda, ser tan desvalidas como una tortuga patas arriba a quien se le pida caminar… Yo ayudaré mientras pueda. Nicolás es bueno, cariñoso, nos necesitamos. Ahora vamos a ver a su hijo; me ha pedido que le ayude con el niño. ¡Y yo encantada! A diez crío si hace falta —remató Ana. En ese momento se abrió la puerta del vagón restaurante; entró Nicolás, envuelto en una bufanda y con un ramo de flores silvestres. —¡Pero bueno! ¿Por qué te levantas? Todavía estás pachucho… Si es que no se le puede dejar solo —le decía Ana mientras recogía sus cosas y se encaminaba a la salida, él susurraba: —Ana, ¡mira qué flores te compré en la estación! ¿Te gustan? Ana se sonrojó aún más y le echó la mano al hombro. Se bajaron antes del final del trayecto, ella cargando la maleta grande, él la bolsa pequeña. Ana le guiaba sujetándole siempre bien por el cuello de la chaqueta, entre la gente. Para que no se le perdiera. Y sonreían como dos soles, dejando claro que, al fin y al cabo, Ana sería para Nicolás una gran segunda esposa.

La Herencia

Una mujer alta y de voz potente salió del compartimento con una determinación que despejó en un instante el pasillo del tren, haciendo que hasta los hombres más corpulentos y osados se apartaran sin chistar, como si hubieran recibido una orden militar.

Llevaba el pelo recogido en trenzas rubias, enmarcando unos ojos azules y vivaces y unas mejillas sonrosadas como si acabara de bajar de la sierra. Miró con impaciencia hacia el baño. Justo entonces, de allí salió un hombrecito delgado y bajito, de pelo canoso, casi blanco, con el rostro de una ternura casi infantil.

¡Nicolás! ¡Pensé que te había perdido! Oía el alboroto, la revisora ni se atrevía a acercarse. Pensaba, ¿cómo estarás tú? ¡A gente como tú cualquier gamberro le hace daño! soltó la señora con voz rugiente.

¡Ay, Ana! ¡Pero que yo podría con ellos! ¿Por qué sales del compartimento, Anita? ¡Tú eres una señora! replicó el hombre con una sonrisa tímida, escurriéndose de vuelta hacia el interior.

Ella echó un rápido vistazo, evaluando a los pasajeros que quedábamos en el pasillo, y, al no percibir ninguna amenaza, desapareció tan súbitamente como había llegado.

Más tarde nos vimos en el vagón restaurante. No había mesas libres, así que me acomodé con ella. Su marido no estaba a la vista. Tras despachar el filete y las patatas, la señora exclamó sin preocuparle la discreción:

Me llamo Ana Andreu. Puedes llamarme Ana.

¿Viajas sola? ¿Tu marido vendrá luego?

Él está descansando. No va a venir. Le he puesto un pañuelo al cuello y le he dado un vaso de zumo de arándanos. Imagínate, ¡viajando, y al señor Nicolás le ha dado por ponerse malo! Salió a la plataforma con un jersey solo, ¡y yo sin darme cuenta! resopló levantando la voz.

Se nota que le quieres mucho. Creíste que había gamberros y saliste a defenderle. Hablas de él con tanto cariño, como si fuera tu niño aventuré, soñadora.

Ana suspiró y una sombra de tristeza pasó por su cara.

A Nicolás lo he heredado, en realidad. No era mío. Aunque ahora vivimos juntos. Todavía está de luto. Su primera mujer falleció hace nada. Una santa, de verdad. Tan buena… dejó la frase en el aire.

¿Cómo que lo has heredado? pregunté con incertidumbre.

Y Ana comenzó a contarme la historia.

Nicolás había estado casado con Lidia. Se conocieron en la escuela, fueron juntos a la universidad, se casaron. Cualquier invento le salía bien, era increíblemente talentoso, recibía encargos de empresas y no les faltaba de nada. Pero en la vida diaria, Nicolás era un desastre: podía dejarse el cambio en la tienda, cruzar las calles por donde no debía, no sabía ni lo que tenía que comprar ni cómo hacerlo. Ingenuo, confiado, hasta el punto de dar dinero a un desconocido.

Ese hombre no es de este mundo decían los amigos. Nosotros no conseguimos ahorrar nada y él, tan despistado, ¡y el dinero le llueve!

Lidia era pura practicidad y energía. Le organizaba el día, lo vestía para el trabajo, vigilaba que llevara los guantes, el pañuelo. Le compró un coche para llevarle a trabajar, porque Nicolás una vez le dio al taxista una dirección equivocada y se perdió. Se complementaban de forma asombrosa.

Sin embargo, cuando Lidia estuvo una semana hospitalizada, al volver a casa casi se desmaya: Nicolás había estado comiendo fideos secos y bebiendo agua. No había calentado ni un solo cazo. Todo lo que ella había dejado en el congelador, ahí seguía.

Sin ti, no me da hambre musitó Nicolás, sonriendo como un niño.

Tuvieron un hijo igualito a él: Andrés. Listísimo pero tan tímido y distraído como su padre. Eso sí, todos apreciaban la inteligencia de Andrés. Se buscó una esposa que era su reflejo en femenino: Elena, una chica introvertida y noble de un pueblo cercano. Pero el alma de la casa era Lidia. Cuando nació el nieto, Álex, ya estaba lista para seguir tirando de toda la familia.

Y, de pronto, la enfermedad. Lidia cayó en cama. La casa, huérfana. Nicolás perdido, desesperado, intentó pagar a todos los médicos. Lidia sufría, no por ella, sino por ellos, sabiendo que ni su marido ni su hijo sabrían valerse solos como si pretendiera plantar una orquídea delicada en los surcos de otoño. Rezaba, no por sí misma, sino pidiendo ayuda para su marido, su hijo y su nieto.

Fue entonces cuando apareció Ana, que trabajaba de cuidadora y era parienta lejana de un médico implicado en los cuidados de Lidia.

La primera vez que Ana entró en la casa, la recibió un hombre con aire frágil, de maneras finas y voz tan baja que casi ni se le oía. El desorden era total: montañas de ropa sucia, platos amontonados y eso que había lavavajillas, y un ambiente cargado de tristeza.

En la cama, una mujer demacrada la saludó con una sonrisa dulcísima. Ana suspiró hondo y se remangó.

Esa misma tarde, la vivienda era otra: olía a limpio y a pan recién hecho, a croquetas y pollo guisado. Lidia, limpita y con sábanas frescas, se quedó dormida al poco. Nicolás, que había salido en mangas de camisa al frío, fue interceptado por la voz potente de Ana:

¡Quieto ahí! ¿A dónde vas vestido así, criatura? ¡Así vas a caer enfermo! Tu mujer te necesita bien, andando y con salud. Ponte esta chaqueta, el pañuelo y el gorro. ¡Así sí, ya puedes salir, pero con alegría!

En el cuarto de Lidia, las lágrimas le empañaban la vista. Ana era un torbellino, a veces se movía como un elefante en una cristalería, pero con ella todo funcionaba y, sobre todo, era buena gente.

Gracias, Dios mío. Ahora están en buenas manos susurró Lidia.

Cuando empeoró, Lidia quiso hablar con Ana. Primero, charlando de trivialidades y de su vida. Ana vivía con su madre y la familia de su hermana en un pisito pequeño. Se pasaba el tiempo trabajando, porque en casa siempre había lío y poca tranquilidad. Tenía 45 años y no se había casado; algún romance, pero nada serio. No se quejaba, estaba acostumbrada a vivir sola.

Lidia entonces le dijo:

Ana, cuando yo no esté, cuida de él. Te lo dejo en herencia, así, en confianza. Él es muy confiado, se resfría al mínimo, necesita a alguien.

Ana quedó muda. Cuando iba a negarse, Lidia la atajó:

No me digas que no. Aunque sea échale un ojo de vez en cuando. Si pudiera me arrodillaba, ¡pero no tengo fuerzas!

Ana asintió, conteniendo las lágrimas. No mucho después, Lidia falleció.

Ana pensó olvidarlo todo. Seguro que la criticarían, que dirían que lo hacía por el piso. Y, la verdad, ni él le caía tan bien, ni ella sentía nada especial. Era como el sol: solo provocaba ternura.

Pero había dado su palabra y, sintiéndose incómoda, fue a visitarlo. Nadie abría, así que empujó la puerta. En la habitación donde Lidia había estado enferma, encontró a Nicolás, sentado en el suelo, abrazado a un albornoz de su esposa y llorando como un niño abandonado. Su sollozo era tan hondo que la casa temblaba.

Ana se acercó, le cogió la mano, dejó que se desahogase.

Ay, pobrecito. Lidia tenía razón. Tranquilo, ya verás cómo mejora todo. Tomamos un té y charlamos, ¿vale, querido?

Ana salió buena y compasiva.

La casa revivió. Nicolás la esperaba en la puerta cada vez, feliz como un chiquillo.

Luego, decidí mudarme con él. ¿Para qué dejarlo solo? Mi familia contenta, tendrían más espacio. En realidad, lo que recibí fue un niño grande, no un marido. Eso sí, inteligentísimo. Nunca hubo problema de dinero. Incluso me animó a dejar mis trabajos como cuidadora yo hacía horas cuidando ancianos aquí y allá. Si la gente criticó, no me importó. Mira, hay quien recoge perros de la calle. Una persona también puede ser indefensa y necesitar a alguien, como ese pobre animal que lo tiran de espaldas y le dicen que camine. ¿Cómo va a vivir así? Yo le ayudo hasta donde pueda. Nicolás es bueno, muy dulce. Y nos necesitamos. Ahora vamos a ver a su hijo, que nos pidió ayuda con el niño. A mí me hace ilusión: ¡podría cuidar a diez si hace falta! explicó Ana, radiante.

En ese momento las puertas del vagón restaurante se abrieron y, con un largo pañuelo y un ramo de flores silvestres, entró Nicolás.

¿Por qué te has levantado, hombre? ¡Estás flojo aún! No puedo dejarte solo ni un momento, te mojas de sudor y hay que cambiarte, ¡ay! dijo Ana, cuidadosamente, mientras recogían sus cosas para salir.

Nicolás le susurraba:

Anita, mira qué flores te he comprado en la estación, ¿te gustan?

Ana se sonrojó aún más y le pasó el brazo por los hombros. Bajaron del tren en la siguiente parada: ella cargando una gran maleta y él una mochilita, siempre agarrado de la chaqueta de él, guiándole por la multitud, como para que no se despistara. Y así, sonriendo los dos, era fácil intuir que ella sería, por fin, la segunda esposa que tan bien le cuidaría.

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La herencia Una mujer alta y de voz poderosa salió del compartimento. En un instante puso orden, apartando a todos los que impedían el descanso de los pasajeros. Cabe decir que hasta los hombres más arrogantes y corpulentos se sometieron de inmediato, como si de una orden militar se tratase. Llevaba unas trenzas rubias recogidas alrededor de la cabeza. Sus ojos, de un azul intenso, y sus mejillas sonrosadas llamaban la atención. Miró de reojo hacia el baño, de donde justo salió un hombrecillo delgado y de baja estatura, con el pelo tan blanco como el algodón y una expresión tan entrañable como la de un niño pequeño. —¡Nicolás! ¡Ya pensaba que te había perdido! Escucho jaleo y la interventora ni se atreve a acercarse. ¿Te pasa algo? ¡A ti cualquiera te toma el pelo! —exclamó la mujer. —¡Ay, Ana! ¡Si yo pudiera…! ¿Por qué has salido, Anita? ¡Tú eres una señora! —él sonrió tímidamente y se escabulló en el compartimento. Ella nos observó a mí y a otros pocos que bostezábamos en los asientos. No vio ningún peligro para sí misma ni para su compañero. Y volvió a desaparecer. Más tarde nos encontramos en el vagón restaurante. No había mesas libres y me senté junto a ella. Su marido no se veía por ninguna parte. Terminada la carne con patatas, la señora exclamó: —Me llamo Ana Andreu. Puedes llamarme simplemente Ana. —¿Está usted sola? ¿Vendrá su marido luego? —Está descansando. No vendrá. Le he abrigado la garganta con una bufanda, le he dado zumo de arándanos. ¡Imagínate, en pleno viaje y Nicolás ha decidido ponerse malo! Se ha escapado a aplaudir la moqueta solo con el jersey puesto. ¡Si es que no se le puede dejar solo ni un momento! —respondió la señora. —Seguro que le quiere usted mucho. Antes pensó que los alborotadores eran otros y salió a protegerle. Usted le cuida con tanta ternura… —aventuré nostálgica. —Nicolás me llegó en herencia. No es mi marido, aunque vivamos juntos. Sigue de luto: su primera esposa, una santa, ha muerto hace poco. ¡Qué buena era! —suspiró Ana. —¿Cómo es eso, que le llegó en herencia? —pregunté. Y Ana empezó a contarme su historia. Nicolás había vivido con Lidia desde el colegio, juntos fueron a la universidad y se casaron. Era muy ingenioso: lo resolvía todo y destacaba por su talento; nunca faltaba el dinero en casa, pero en la vida diaria era completamente desvalido. Se olvidaba de la vuelta en el supermercado, cruzaba la calle donde no debía, no sabía dónde ni cómo comprar lo necesario. Su ingenuidad era tal, que podía dar dinero a cualquier desconocido. —No es de este mundo tu marido. Como si hubiera aterrizado en la Tierra por error. Y, sin embargo, ¡el dinero le viene solo! —se asombraban los amigos. Lidia no se quejaba; tenía energía y sentido práctico para ambos. Ella le vestía para ir a trabajar, vigilaba que llevase guantes, bufanda, hasta le compró un coche para poder llevarle y traerle; una vez Nicolás dio la dirección equivocada al taxista y acabó en cualquier parte. Se complementaban a la perfección. Solo una vez enfermó y estuvo una semana hospitalizada; al llegar a casa se espantó: él había sobrevivido comiendo fideos secos y bebiendo agua, ni se molestó en calentar la tetera… —Sin ti no tengo ganas ni de comer —sonrió él. Su hijo, Andrés, salió igual que él: inteligentísimo, pero tímido y distraído. Su don se apreciaba, y encontró como pareja a Elena, una chica tranquila del pueblo. Por supuesto, la jefa de la familia era Lidia. Preparada a sostener a todos, más aún desde el nacimiento del nieto, Álex. Pero enfermó súbitamente, y quedó postrada. La casa se volvió triste y desesperanzada, Nicolás no sabía ni por dónde empezar. Acudió a los mejores médicos, dispuesto a pagar lo que fuera. Pero aquella enfermedad no atendía a razones. A Lidia le dolía el corazón, pero por sus hombres: temía por Nicolás, por su hijo, por su nieto. Rezaba porque Dios les ayudara. Y entonces apareció Ana, enfermera y pariente lejana del médico. La primera vez que Ana entró en la casa se encontró con aquel hombre frágil, casi un vizconde educado, que hablaba tan bajito que apenas se le oía. Había montones de ropa sucia, platos sin lavar (¡y eso que había lavavajillas!), y el aire cargado de derrota. En la cama, Lidia, delgada y agotada, aún tuvo fuerzas para sonreír. Ana suspiró y se arremangó. Al caer la tarde, la vivienda resplandecía y olía a lomo, empanadas y pollo asado. Lidia dormía tranquila en sábanas limpias. Cuando Nicolás intentó salir solo a la calle en plena ventisca, Ana le frenó con voz de mando: —¡Quieto! ¿A dónde va así vestido en invierno? Su mujer le necesita sano como un roble, así que esta cazadora, y le ato la bufanda… Y cúbrase bien las orejas. ¡Listos, adelante! —sentenció Ana. A Lidia se le llenaron los ojos de lágrimas: aquel bullicio acabó en orden y, aunque Ana era como un elefante en una cacharrería, era buena persona y se le colaba la alegría por las manos. —Gracias, Señor; ahora ya están protegidos —susurró Lidia. Cuando se sintió peor, habló con Ana. Comenzó con rodeos: dónde vivía, cómo andaba la vida. Ana compartía un piso de dos habitaciones con su madre y la familia de su hermana. Siempre demasiada gente, buscaba refugio en el trabajo. Nunca se casó ni le pesaba; 45 años y ni un asomo de drama. Lidia le pidió: —Ana, cuídate de él cuando no esté. Te lo dejo de herencia, a modo de testamento. ¡Es tan confiado y frágil! Ana se quedó sin palabras. Cuando quiso negarse, Lidia le insistió: —¡No digas que no! Al menos échale un ojo… Y Ana prometió hacerlo. Poco después, Lidia falleció. Ana se resistía a visitar a Nicolás —no fuera que la acusaran de aprovecharse por el piso—, ni le gustaba especialmente, ni a él ella. Pero había dado su palabra… Empujó la puerta, encontró a Nicolás en la habitación de Lidia, abrazado a su bata y llorando —como un perro abandonado—. Temblaba todo. Ana se agachó, él le cogió la mano, lloró de nuevo. —Pobrecito… Lidia tenía razón. Ahora, vamos a tomar té, anda; aguanta, cielo —Ana se desvivió por él. La casa revivió. Antes de cada visita, Nicolás esperaba junto a la puerta. Se alegraba. —Luego decidí mudarme. ¿Para qué iba a dejarle solo? Mi familia, encantada, pues ganaban espacio. En el fondo adopté a un niño grande, y listo además. Problemas económicos, ninguno. Me hizo dejar los otros trabajos de cuidadora. Los cotillas probaron a murmurar, pero les frené enseguida. La gente acoge perros y gatos de la calle, ¿verdad? Pues las personas también pueden necesitar ayuda, ser tan desvalidas como una tortuga patas arriba a quien se le pida caminar… Yo ayudaré mientras pueda. Nicolás es bueno, cariñoso, nos necesitamos. Ahora vamos a ver a su hijo; me ha pedido que le ayude con el niño. ¡Y yo encantada! A diez crío si hace falta —remató Ana. En ese momento se abrió la puerta del vagón restaurante; entró Nicolás, envuelto en una bufanda y con un ramo de flores silvestres. —¡Pero bueno! ¿Por qué te levantas? Todavía estás pachucho… Si es que no se le puede dejar solo —le decía Ana mientras recogía sus cosas y se encaminaba a la salida, él susurraba: —Ana, ¡mira qué flores te compré en la estación! ¿Te gustan? Ana se sonrojó aún más y le echó la mano al hombro. Se bajaron antes del final del trayecto, ella cargando la maleta grande, él la bolsa pequeña. Ana le guiaba sujetándole siempre bien por el cuello de la chaqueta, entre la gente. Para que no se le perdiera. Y sonreían como dos soles, dejando claro que, al fin y al cabo, Ana sería para Nicolás una gran segunda esposa.
Al sonar el timbre, abrí la puerta y vi a mi suegra llorando. Resulta que la amante le había robado.