Mi marido trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo.
Me preguntáis cómo he llegado a este punto en mi vida y cómo acepté algo así, pero os respondo que todas las mujeres que aman, son ciegas. Yo, también fui ciega. Toda la vida lo intenté, aprendí. Mi madre, desde pequeña, me decía que si quería una buena vida, tenía que esforzarme mucho. Decía también que una mujer debe ser fuerte y autosuficiente, para que, en caso de necesidad, pudiera mantenerse sola.
Al parecer, ese último consejo me jugó una mala pasada. Cuando salía con hombres, me mostraba demasiado independiente, y muy pocos querían salir conmigo. En aquella época, la mayoría de los hombres buscaba una mujer dulce, a la que cuidar, donde pudieran demostrar su fuerza, su masculinidad. Yo siempre me ocupaba de mí misma.
Después de un tiempo, empecé a concentrarme únicamente en el trabajo. Seguí soltera hasta los 35 años, cuando conocí a Alonso. Tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia, es decir, nunca insistió en hacer algo o ayudarme si yo decía que lo haría sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras azucaradas y vacías, cosas que siempre me hacían sentir incómoda. Junto a él me sentía igual que él, como una compañera. Tenía que haber sabido cuánto iba a costarme esa supuesta igualdad, que en realidad, nunca fue igualitaria.
Nos casamos y Alonso vino a vivir a mi piso en Madrid. Él no tenía casa propia, vivía con su madre en Alcalá de Henares. Yo, por nada del mundo quería vivir con mi suegra, había escuchado ya demasiadas historias de ese tipo y ninguna me gustaba. El primer mes, Alonso no me dio ni un euro de su sueldo, diciendo que debía pagar una pequeña deuda que pidió para una operación de su madre.
No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia que pague su deuda, y después trabajaremos juntos en todo. Pero pasaron siete meses y seguía sin terminar de pagar el préstamo. Todo el tiempo decía que le pagaban poco, que le redujeron horas, o salía con cualquier otra excusa. Durante todo ese tiempo, yo pagaba la comida, los servicios, el ocio… Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para que compráramos una casita en algún pueblo, para veranear.
Pero durante cinco años, nunca me mostró un extracto de su cuenta bancaria. Siempre repetía: somos familia. Hasta que discutí con él. ¿Cómo era posible que llevara mantenido cinco años? Eso no es normal. Él hizo las maletas y se marchó a casa de su madre, así, tal cual. Tres días después, no soportando la situación, le pedí que volviera. Y otra vez la misma historia. No quiere contribuir ni con un céntimo. Yo ya estoy agotada. Me gustaría gastar algo en mis caprichos, en cosas de mujer, pero no puedo todo lo gasto en la familia. ¿Qué hago? ¿Le pido el divorcio? ¿Cambiará alguna vez?
A veces, aprender a amar sin perderse a una misma es el mayor reto de la vida. No debemos nunca olvidar que merecemos reciprocidad y respeto, y que el amor verdadero nunca debe impedirnos crecer ni ser quienes somos.






