Ya era de noche. El yerno había llevado a su suegra a casa, dejó sus dos bolsas en el recibidor y ella se dirigió hacia su hija. Cuando la madre vio a su hija, se sintió profundamente decepcionada. —¿Ahora tengo que ocuparme de ti para siempre? No querrás volver a tu pueblo… Hace poco me enteré de la historia de una vieja amiga mía que gestionó de una forma poco agradable el destino de su madre anciana. Es un alivio saber que al final todo acabó bien, y que fue el yerno quien cuidó de su suegra ingresándola en una prestigiosa clínica privada. Pero entonces, Sara no sabía nada sobre lo que había ocurrido y no lo descubrió hasta que su madre recibió el alta médica. El marido de Sara llevó a su suegra a casa y le explicó a su esposa: —Tu madre ya está bien, le he comprado todo lo necesario, pero tiene que estar un tiempo bajo supervisión. Así que vivirá con nosotros durante una temporada. ¿No te importa, verdad? Evidentemente habría sido más lógico que Sara consultase antes con su marido. Pero en vez de agradecerle a su esposo el cuidado hacia su madre, la mujer tuvo una reacción extraña pero hasta cierto punto comprensible: —¡Mamá, acabo de mudarme a la capital y empezar a organizar mi vida, y ahora estás tú aquí! ¡Y quieres quedarte conmigo! ¿Y ahora qué? ¿Tengo que ocuparme de ti para siempre? ¿No vas a querer volver a tu pueblo? La madre, lógicamente, se preocupó mucho al escuchar las palabras de su hija, pero quien más sorprendido se quedó fue el propio marido de Sara. Por fin, su mujer le mostró su verdadera cara. No conocía esa faceta de ella cuando le pidió matrimonio. La suegra apurada empezó a hacer la maleta, mientras que Sara salió frustrada y se fue con una amiga. Cuando esa noche Sara regresó a casa, vio sus propias maletas preparadas junto a un billete de tren. Sin comprender nada, preguntó a su marido: —¿Por qué sigue mi madre aquí? ¿O te vas tú de viaje? —No, esas son tus cosas y tu billete —le respondió su esposo—. Quizá deberíamos vivir separados. Yo quería tener hijos, pero ahora veo que no estoy dispuesto a que mis hijos tengan una madre así. Piénsalo bien. Ve una temporada al pueblo con tu madre, ella por ahora se quedará conmigo y cuando recapacites podrás volver —dijo su marido.

Ya había caído la noche, esa hora en la que la ciudad de Madrid parece un mosaico de luces temblorosas y las sombras se estiran demasiado. El yerno, Francisco, condujo a su suegra hasta su piso del barrio de Chamberí. Al entrar, se le desdoblaron las manos en dos bolsas de piel vieja que dejó caer en el recibidor. La suegra, con paso lento y ojos de aceite, avanzó hasta donde estaba su hija, Eugenia.

Al verla aparecer, Eugenia sintió que una manta fría se le echaba por encima al corazón, tan grande fue su desaliento.

¿Ahora tendré que cuidarte para siempre, mamá? No querrás volver jamás a tu pueblo, ¿verdad?

Hace poco soñé, con la extraña nitidez de los sueños, la historia de una vieja amiga mía, cuya relación con su madre anciana fue como jugar a la lotería con el destino, y perder siempre el billete. Debo confesar que, al final, todo terminó más o menos bien: la suegra, cuidada por Francisco, vivió un tiempo en una clínica privada en las afueras de Segovia, de esas que cuestan más euros de los que caben en los bolsillos. Pero Eugenia, en ese entonces, no imaginaba nada de esto; ni siquiera olía el perfume amargo del desenlace hasta el día en que su madre regresó de la clínica.

Aquel anochecer, Francisco apareció con la suegra entre brazos e informó a Eugenia:

Tu madre está recuperada, le he comprado de todo, desde zapatillas hasta un botijo, pero los médicos dicen que ha de estar un tiempo supervisada. Vivirá con nosotros un tiempo; supongo que eso no te molesta, ¿verdad?

Quizá lo lógico hubiera sido que Eugenia le preguntase algo a su marido, pero en lugar de aquello, le salió un discurso envuelto en nubes de extrañeza, como si lo soñara de lejos:

¡Mamá! Justo me instalo en Madrid, en la capital, empiezo a ordenar mi vida y te presentas tú ¿Pretendes quedarte a vivir aquí? ¿No piensas volver a tu pueblo de Ávila? ¿Ahora me toca cuidarte yo siempre?

La madre contenía el temblor de su pena en los labios, pero quien realmente miraba como si hubiera visto el otro lado del espejo era Francisco.

Por fin, la verdadera Eugenia se había mostrado. Cuando Francisco le propuso matrimonio jamás pensó que ella guardara esa cara en su alma. La suegra, llena de nervios y fragancias a hierbas marchitas, se puso a reunir sus cosas en silencio, doblando ropa que parecía hecha de sueños y polvo. Eugenia salió dando un portazo y fue a refugiarse en casa de su amiga Claudia.

Esa noche, cuando volvió, encontró los baúles preparados en el recibidor y un billete de tren a Salamanca encima del aparador. Sin comprenderlo, preguntó a Francisco:

¿Por qué sigue aquí mi madre? ¿O acaso vas a irte tú?

No, esos son tus bultos y tu billete. Tal vez deberíamos darnos un respiro. Yo deseaba tener hijos contigo, pero esta noche entiendo que no quiero que mis hijos crezcan con una madre así. Piénsalo. Vuelve al pueblo con tu madre, quédate un tiempo allí, que ella se quedará a vivir aquí, conmigo. Cuando te aclares, si lo deseas, podrás volver dijo Francisco, mientras la luna, redonda y absurda, parecía escucharles desde el balcón.

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Ya era de noche. El yerno había llevado a su suegra a casa, dejó sus dos bolsas en el recibidor y ella se dirigió hacia su hija. Cuando la madre vio a su hija, se sintió profundamente decepcionada. —¿Ahora tengo que ocuparme de ti para siempre? No querrás volver a tu pueblo… Hace poco me enteré de la historia de una vieja amiga mía que gestionó de una forma poco agradable el destino de su madre anciana. Es un alivio saber que al final todo acabó bien, y que fue el yerno quien cuidó de su suegra ingresándola en una prestigiosa clínica privada. Pero entonces, Sara no sabía nada sobre lo que había ocurrido y no lo descubrió hasta que su madre recibió el alta médica. El marido de Sara llevó a su suegra a casa y le explicó a su esposa: —Tu madre ya está bien, le he comprado todo lo necesario, pero tiene que estar un tiempo bajo supervisión. Así que vivirá con nosotros durante una temporada. ¿No te importa, verdad? Evidentemente habría sido más lógico que Sara consultase antes con su marido. Pero en vez de agradecerle a su esposo el cuidado hacia su madre, la mujer tuvo una reacción extraña pero hasta cierto punto comprensible: —¡Mamá, acabo de mudarme a la capital y empezar a organizar mi vida, y ahora estás tú aquí! ¡Y quieres quedarte conmigo! ¿Y ahora qué? ¿Tengo que ocuparme de ti para siempre? ¿No vas a querer volver a tu pueblo? La madre, lógicamente, se preocupó mucho al escuchar las palabras de su hija, pero quien más sorprendido se quedó fue el propio marido de Sara. Por fin, su mujer le mostró su verdadera cara. No conocía esa faceta de ella cuando le pidió matrimonio. La suegra apurada empezó a hacer la maleta, mientras que Sara salió frustrada y se fue con una amiga. Cuando esa noche Sara regresó a casa, vio sus propias maletas preparadas junto a un billete de tren. Sin comprender nada, preguntó a su marido: —¿Por qué sigue mi madre aquí? ¿O te vas tú de viaje? —No, esas son tus cosas y tu billete —le respondió su esposo—. Quizá deberíamos vivir separados. Yo quería tener hijos, pero ahora veo que no estoy dispuesto a que mis hijos tengan una madre así. Piénsalo bien. Ve una temporada al pueblo con tu madre, ella por ahora se quedará conmigo y cuando recapacites podrás volver —dijo su marido.
Le regalé a mi nieto en su boda un regalo hecho a mano con todo mi amor, pero su novia lo levantó delante de todos los invitados y empezó a burlarse — Apenas pude contener las lágrimas y estaba a punto de marcharme cuando alguien me agarró fuerte de la mano… Y lo que pasó a continuación dejó a todos los presentes sin palabras