Ya había caído la noche, esa hora en la que la ciudad de Madrid parece un mosaico de luces temblorosas y las sombras se estiran demasiado. El yerno, Francisco, condujo a su suegra hasta su piso del barrio de Chamberí. Al entrar, se le desdoblaron las manos en dos bolsas de piel vieja que dejó caer en el recibidor. La suegra, con paso lento y ojos de aceite, avanzó hasta donde estaba su hija, Eugenia.
Al verla aparecer, Eugenia sintió que una manta fría se le echaba por encima al corazón, tan grande fue su desaliento.
¿Ahora tendré que cuidarte para siempre, mamá? No querrás volver jamás a tu pueblo, ¿verdad?
Hace poco soñé, con la extraña nitidez de los sueños, la historia de una vieja amiga mía, cuya relación con su madre anciana fue como jugar a la lotería con el destino, y perder siempre el billete. Debo confesar que, al final, todo terminó más o menos bien: la suegra, cuidada por Francisco, vivió un tiempo en una clínica privada en las afueras de Segovia, de esas que cuestan más euros de los que caben en los bolsillos. Pero Eugenia, en ese entonces, no imaginaba nada de esto; ni siquiera olía el perfume amargo del desenlace hasta el día en que su madre regresó de la clínica.
Aquel anochecer, Francisco apareció con la suegra entre brazos e informó a Eugenia:
Tu madre está recuperada, le he comprado de todo, desde zapatillas hasta un botijo, pero los médicos dicen que ha de estar un tiempo supervisada. Vivirá con nosotros un tiempo; supongo que eso no te molesta, ¿verdad?
Quizá lo lógico hubiera sido que Eugenia le preguntase algo a su marido, pero en lugar de aquello, le salió un discurso envuelto en nubes de extrañeza, como si lo soñara de lejos:
¡Mamá! Justo me instalo en Madrid, en la capital, empiezo a ordenar mi vida y te presentas tú ¿Pretendes quedarte a vivir aquí? ¿No piensas volver a tu pueblo de Ávila? ¿Ahora me toca cuidarte yo siempre?
La madre contenía el temblor de su pena en los labios, pero quien realmente miraba como si hubiera visto el otro lado del espejo era Francisco.
Por fin, la verdadera Eugenia se había mostrado. Cuando Francisco le propuso matrimonio jamás pensó que ella guardara esa cara en su alma. La suegra, llena de nervios y fragancias a hierbas marchitas, se puso a reunir sus cosas en silencio, doblando ropa que parecía hecha de sueños y polvo. Eugenia salió dando un portazo y fue a refugiarse en casa de su amiga Claudia.
Esa noche, cuando volvió, encontró los baúles preparados en el recibidor y un billete de tren a Salamanca encima del aparador. Sin comprenderlo, preguntó a Francisco:
¿Por qué sigue aquí mi madre? ¿O acaso vas a irte tú?
No, esos son tus bultos y tu billete. Tal vez deberíamos darnos un respiro. Yo deseaba tener hijos contigo, pero esta noche entiendo que no quiero que mis hijos crezcan con una madre así. Piénsalo. Vuelve al pueblo con tu madre, quédate un tiempo allí, que ella se quedará a vivir aquí, conmigo. Cuando te aclares, si lo deseas, podrás volver dijo Francisco, mientras la luna, redonda y absurda, parecía escucharles desde el balcón.







