Diario, martes por la tarde.
Hoy he vuelto a discutir con mi suegra por el tema de los hijos de mi cuñada. No soporto cómo se comportan esos niños y no quiero que mi hija tenga trato con ellos. Más de una vez he dejado claro mi postura:
Con todo el respeto del mundo hacia usted y hacia su hija, pero prefiero que los hijos de Ana no vengan a casa cuando estoy trabajando. Se portan fatal y eso me parece inaceptable le dije.
¿Y que tu hija pase el día sola no te preocupa? Al menos los niños de Ana juegan con ella, así no está aburrida me replicó mi suegra con ese tono entre reproche y compasión.
No se aburre estando sola, de verdad. Si alguna vez tengo tiempo, os aviso e invitáis. Pero yo estoy en contra, ya lo sabes insistí.
¿Pero qué te han hecho esos niños?
Este tipo de conversación se repite mucho últimamente, porque mi suegra se niega a aceptar que no quiera esa relación.
Mi hija, Lucía, tiene 11 años y vivimos a las afueras de Segovia. Mi cuñada Ana, la hermana de mi mujer, vive a sólo un par de manzanas. Sus hijos son Javier de 13 y Marta de 10. Aunque antes parecían llevarse bien, yo siempre he estado atento y últimamente ya no me fío. Mi suegra está convencida de que Ana ha criado a unos niños ejemplares, pero la realidad, por desgracia, dista mucho de eso.
Mi suegra solo ve a sus nietos en vacaciones y fiestas, así que desconoce el día a día. Mientras mi hija es tranquila y obediente, los hijos de Ana son como una tormenta apareciendo por casa. No sólo cogen juguetes que no son suyos, sino que la última vez Javier rebuscó en mi chaqueta y me cogió la cartera para comprarse helados y refrescos en la esquina.
Vienen cuando quieren, sin avisar. Se adueñan del salón como si fuera su casa. Abren la nevera, piden merienda, y ni se cortan al rechazar la comida si no les gusta.
No pienso comer lentejas. Dame dinero y bajo a la tienda le espetó Javier a Lucía.
No tengo respondió mi hija, atónita.
Pues coge la cartera de tu padre, que la tiene en la entrada. Y, si no lo haces, la busco yo insistió.
Y claro, la encontró. Cogió el dinero y se marchó. Mi hija no fue con él ni cogió el dinero, pero a mí me sentó fatal. Llamé a Ana y no sólo no se disculpó, sino que encima me reprochó:
¡Pero hombre, no deberías dejar el dinero a mano!
Ana, esta es mi casa. Que tu hijo se ponga a rebuscar entre mis cosas no está bien. Háblalo con él, porque aquí en casa no toleramos eso y no quiero que mis valores se pongan en entredicho le respondí, bastante molesto.
Ana se ofendió, aunque luego se calmó. Cuando estamos de vacaciones, a veces vuelven a venir. Entonces yo me quedo vigilando todo el rato. Pero el colmo fue cuando el policía municipal vino preguntando por Lucía, porque al parecer Javier se había llevado algo del supermercado y mi hija iba con él.
¡Tampoco es para tanto! dijo su padre, quitándole importancia.
A raíz de aquello, le pedí a mi mujer que hablara con Ana. Ella lo hizo y prometieron que todo iba a cambiar, que Javier y Marta iban a comportarse mejor y Ana a estar encima. Pero las promesas se las llevó el viento.
Hablé con Lucía y le dejé claro que no debía dejarse arrastrar por los primos. Ella cumplió, pero ellos volvieron a liarla: la última fue que casi queman el cerezo del jardín haciendo una barbacoa con cuatro palos y papeles porque no encontraban leña. Ahí ya decidí limitar del todo el contacto de mi hija con esos niños.
¿Ni siquiera me dejas traerme a la nieta a casa? ¡Son familia! se quejó mi suegra.
Prefiero que no, no necesita amigos así.
Tendrías que educarla para que lidere y no se deje llevar; así no tendrías estos problemas comentó Ana, entre sarcástica y ofendida.
No le respondí. Me siento bien con la educación que le estamos dando a Lucía. A Ana, en cambio, quizás le ayudaría reflexionar. Mi hija no está sola, tiene amigos, y nunca le ha faltado cariño. Creo haber acertado priorizando su bienestar y sus valores. Sigo pensando que es la mejor decisión que he tomado como padre.







