Elige: ¡O tu perro o yo! ¡Estoy harto de oler a perro! soltó su marido. Ella eligió a su marido, llevó al perro al campo Y esa misma noche él confesó que se iba con otra.
Eulalia amaba a su marido, Javier, con locura. Llevaban cinco años casados, no tenían hijos, pero sí tenían a Truco: un viejo pastor alemán que Eulalia había recogido siendo cachorro, antes siquiera de conocer a Javier.
Truco era un miembro más de la familia. Fiel, inteligente y leal, parecía entender cada palabra. Pero la edad no perdona: sus patas ya le fallaban, el olor no era el mismo y el pelo se le caía a montones.
Javier aguantó durante años. Pero el día en que Truco no pudo esperar el paseo y dejó un charco en el flamante parquet nuevo, perdió la paciencia.
¡Basta ya! gritó Javier, restregando el hocico del perro en la mancha. ¡Esto es una perrera! ¡Hace peste, hay pelos en la comida y ahora hasta pis en el suelo! Eulalia, decide: o yo, o este despojo.
Javier, ¿qué quieres que haga? Tiene doce años lloraba Eulalia, abrazando al perro, que bajaba la mirada culpable.
¡A la protectora! ¡Al campo! ¡Eútanasialo si quieres! ¡Me da igual! sentenció Javier. Si hoy no está fuera de casa, me voy yo. Quiero vivir limpio, no recogiendo porquería de tu hijito peludo.
Eulalia era frágil. La soledad le aterraba. Temía perder el sustento de Javier, sus planes de vacaciones, la hipoteca
Eligió a su marido.
Condujo a Truco fuera de Madrid, por la carretera que sale hacia la sierra. El perro subió al coche con dificultad, gimoteando del dolor, pero aún así, lamió la mano de su dueña. Él pensó que iban de excursión.
Eulalia lloró todo el camino.
Lo dejó atado a un árbol, en un paraje desierto a veinte kilómetros de la ciudad. Le dejó junto al tronco su cuenco de pienso. No se atrevía a mirarle a los ojos enturbiados por los años.
Perdóname, Truco perdóname murmuró, sin fuerza.
Truco no tiró de la correa. Simplemente se sentó y la miró fijamente. Lo había comprendido todo.
Eulalia volvió al coche y arrancó. Por el retrovisor vio a Truco lanzarse tras ella, olvidando el dolor, estirando y tensando la correa, aullando con desesperación. Ese lamento la acompañó durante el regreso a casa.
Volvió destrozada; los ojos rojos de tanto llorar.
Javier estaba recogiendo sus cosas.
¿Qué haces? preguntó Eulalia sin entender. He hecho lo que pediste. Truco ya no está, he ido al campo
Javier la miró con una sonrisa fría.
Muy eficiente. Pero igualmente me voy.
¿Que te vas? ¿Adónde?
Con Berta. La de contabilidad, ya la conoces. Hace medio año que estamos juntos. Está embarazada.
Eulalia se desplomó en una silla, el mundo girándole.
Pero me diste un ultimátum Perro o tú ¿Por qué?
Era una prueba respondió Javier, cruel. Quería ver si tenías carácter. Pensaba que defenderías lo que amas, pero preferiste traicionar a tu amigo por mí. Eso asusta. Si a ese pobre animal, que te fue fiel doce años, lo dejaste así, ¿qué no me harías a mí, si caigo enfermo?
Cerró la maleta y fue a la puerta.
Adiós, Eulalia. Y Truco era el único hombre de esta casa. Tú sólo eres una traidora.
Al cerrarse la puerta, Eulalia rompió a llorar.
Comprendió de golpe. Por alguien que jamás la amó, apagó el alma de quien la adoraba.
Cogió las llaves y condujo bajo la lluvia de vuelta al campo.
Ya era de noche cuando llegó. La correa estaba mordida, el cuenco volcado. Truco no estaba.
¡Truco! ¡Truco, mi chico! gritó, arañándose la cara con las ramas y corriendo bajo el aguacero.
Lo buscó durante tres días. Repartió carteles, avisó en redes de voluntarios. No comía ni dormía.
Al cuarto día sonó el teléfono.
¿Buscabas un pastor alemán? Han encontrado uno en la carretera nacional. Lo atropelló un camión.
Eulalia fue a reconocer el cuerpo.
Era él.
Truco había roto la correa, intentó volver a casa. Caminó kilómetros, venciendo el dolor y el miedo, buscando a su dueña traidora. Murió en el asfalto, esperándola en vano.
Eulalia lo enterró.
Pasaron dos años.
Vive sola. No ha vuelto a casarse; ya no confía en nadie, ni en sí misma.
Javier rehizo su vida, feliz con su nueva familia; borró a Eulalia de su memoria. Para él sólo fue una prueba, una excusa para marcharse sin culpa.
Eulalia ahora trabaja de voluntaria en un refugio para perros viejos. Limpia jaulas, recoge excrementos, cuida heridas; busca, al menos, aliviar a otros el dolor que ella provocó.
Cada noche sueña lo mismo: está junto al árbol, y Truco la observa. Ella lo llama, pero él no viene nunca. Solo la mira, sin odio, con la tristeza infinita que sólo un perro fiel puede sentir.
En esa mirada está su condena.
Moraleja: La traición no se olvida. Nunca sacrifiques a tus amigos leales por quienes te ponen entre la espada y la pared. Quien de verdad te quiere, nunca te obligará a elegir. Si lo hace, ya te ha traicionado, y solo lograrás retrasar el final, cometiendo un error del que no hay vuelta atrás.







