Diario de Lucía Gómez
He abierto los ojos esta mañana y he visto cómo el sol se filtraba a través de las cortinas y bañaba de luz nuestra habitación. Pensando en ello, me he dicho que ya va siendo hora de cambiar las cortinas por unas más densas, porque en verano el sol en Castilla brilla con tanta fuerza. Ya es verano, mi estación favorita. He mirado de reojo a mi marido, Julio, profundamente dormido a mi lado. ¡Siempre duerme tan fuerte! Ningún sol logra despertarle, pensé con ternura.
Me he levantado y he ido a la cocina, seguido por la rutina de cada mañana: aseo, desayuno. Antes, los desayunos eran ruidosos y llenos de risas. Mis dos hijos, Miguel y Víctor, se peleaban por la última tostada, y Julio los miraba serio, aunque sus ojos chispeaban de orgullo y cariño.
Ahora, los chicos son hombres, cada uno con su familia. Miguel vive con su esposa y su hija en Valladolid, y Víctor, con su esposa y sus gemelos, en Salamanca. Trabajan, les va bien, y vienen a vernos al pueblo alguna que otra vez.
Hoy he decidido ir al centro de la provincia para visitar a los míos. Echo de menos a mi nieta, Carlota. Julio insiste en llevarme en el coche. He preparado el desayuno, y justo cuando iba a llamarle, ha aparecido justo en el marco de la puerta.
¡Vaya, te has despertado antes de que te llame! le he dicho sonriente.
Hace rato que estoy despierto, pero me quedaba con los ojos cerrados. Olía a tortitas y me daba pereza levantarme rió mientras se acercaba.
Venga, lávate y vamos a la mesa. Después tenemos que ir a ver a Miguel.
Vivimos en un pueblo pequeño; yo trabajo en la oficina de Correos, repartiendo cartas y pensiones desde hace muchos años. Julio es mecánico y repara la maquinaria agrícola del campo. Después de desayunar, hemos ido preparando todo para la visita, y le he mandado al sótano a por conservas y mermeladas.
Coge un par de tarros de pepinillos y tomates, dos de ensalada, y algunas mermeladas, la de frambuesa y la de cereza, por favor le he dicho mientras bajaba.
Hemos cargado patatas y conservas en el maletero y hemos salido de casa. El campo está precioso en junio, todo verde y lleno de vida.
Qué maravilla es el verano, Julio le he sonreído. Qué alegría me da ver todo tan colorido.
Sí… Es un regalo tener días libres y hacer lo que quieras respondió con voz tranquila.
Al llegar, nos han recibido con alegría. Carlota me ha dado un abrazo grande. La mesa estaba ya puesta por mi nuera, Elisa. Hemos charlado largo rato y, antes de que nos fuéramos, la pequeña me rogaba que no me fuera tan pronto.
Abuela, quédate, decía con carita triste, queriendo jugar conmigo.
Cariño, tenemos que pasar por el mercado antes de que cierre. Pero ven el fin de semana con tus padres, os esperamos en casa. Allí sí que vas a divertirte: jugarás en el patio y tu abuelo Julio te llevará al río le he prometido. Carlota se ha animado al instante.
Al llegar al mercado municipal, he decidido dar una vuelta; necesito una bata nueva y algo de ropa interior, además de unos calcetines y una camiseta para Julio.
Lu, voy a la tienda de electrodomésticos. Te veo luego en el coche me dijo, sonriendo, sin mucha paciencia para mis compras.
He comprado todo y, al regresar, me ha llamado la atención la música de un hombre mayor, de cabello canoso y ropa gastada, sentado entre dos puestos con una vieja gorra en el suelo llena de monedas de euros.
Ayúdenme, por caridad decía con voz ronca, inclinando la cabeza.
Un sobresalto me recorrió. ¿Será él? ¿De verdad es Pedro, aquel hombre que, alguna vez, fue tan lleno de vida y ahora parece tan vencido? Era él, sin duda. Rápidamente dejé unas monedas en su gorra y me marché directa al coche.
No sentí ni rencor ni pena. En ese momento llegó Julio, preocupado por mi expresión.
Lucía, ¿qué tienes? ¿Te encuentras bien?
Me duele la cabeza… nada más.
En casa te echas un rato al sofá y ya verás cómo se te pasa, me dijo, cariñoso.
En casa me recosté, pero el sueño nunca llegó. Los recuerdos de mi juventud, dormidos durante años, se agolpaban en mi memoria. Recordé mis dieciocho años, cuando vivía con mis padres en el pueblo, antes de entrar en Correos. Durante cinco años trabajé en la granja avícola.
A los dieciocho, me enamoré de Pedro, el chico atrevido y alegre del pueblo, que volvía de la mili y tocaba el acordeón en las fiestas. Todas las chicas suspiraban por él; su fama de juerguista era conocida.
Me esforzaba por no mirarle, pero no podía evitarlo. Me empapaba de cada palabra suya. Yo, hubiese hecho lo que fuera por estar cerca de él. Pedro no me prestaba atención. Tocaba en el centro cultural, rodeado de mujeres, siempre bromista y casi nunca sobrio. Yo no veía mal en él, soñaba con casarme algún día.
En cambio, Julio, callado, de aspecto sencillo, siempre me amó en silencio. Yo apenas reparaba en él, pero él sufría cada vez que veía cómo miraba a Pedro.
¿Para qué pierdes el tiempo con Pedro? me decía mi amiga Inés, que no soportaba a ese chico. Mira a Julio, que te adora desde que erais niños. Quien te quiere de verdad merece tu amor. Yo no quiero saber nada de Pedro decía, con cara de asco.
Nadie podía convencerme. Estaba ciega de amor por Pedro. Hasta que una noche, en mitad de la fiesta, Pedro me miró con sus ojos oscuros. Llevaba tiempo notando que yo lo observaba, pero nunca se molestó en fijarse en mí, pues nunca le faltaba compañía femenina hasta que decidió que ya era mi turno.
Jugaba el acordeón y me miró, sonriendo. Yo salté de felicidad.
Lucía, hoy te acompaño a casa dijo con voz fanfarrona. Yo acepté, pese a notar su aliento a vino.
Caminamos, y esa noche la pasamos juntos. Pedro me susurraba al oído:
Solo me importa estar contigo, nunca te dejaré.
Y yo, qué tonta, le creí y fui tan feliz.
Al día siguiente llegué radiante al centro cultural. Al verlo, me acerqué a él. Pedro me miró extrañado; se giró y, de pronto, me soltó:
¿Qué quieres, Lucía? Ayer bebí demasiado. Olvida lo que pasóy siguió tocando, sonriendo a las demás.
Aquellas palabras me quemaron por dentro. Sentía el corazón herido.
Pero tú me lo prometiste. Yo te quiero insistí, humillada.
No te he prometido nada; eres tú la que se me colgó. Déjame en paz respondió, tajante. Mi mundo se derrumbó.
Desde aquel día, Pedro me evitó. Yo dejé de ir a la fiesta, me refugié en mi casa y en el trabajo. Pronto me di cuenta de que estaba embarazada. Para colmo, mi padre falleció; todo se volvió oscuro. Nadie concebía tener un hijo fuera del matrimonio, era una vergüenza en el pueblo.
Conté a Pedro que esperaba un hijo. Se burló:
Vete con tu cuento a otro; no voy a hacerme cargo. Déjame en paz dijo, escupiéndome sus palabras.
Se lo confesé a mi madre. Se preocupó mucho, aunque pronto decidió que debía tener el bebé, estaría a mi lado siempre. Un día, Inés y yo vimos a Pedro paseando por el pueblo. Acabó casándose con una chica de Valladolid y se fue.
Me sentía fatal, y la noticia de su boda terminó de hundirme. Lloré todo lo que pude y me encerré en casa. Inés y Julio venían a darme ánimos.
Cuando el embarazo empezó a notarse, Julio se decidió a hablar conmigo en serio.
Lu, sé que no me quieres. Pero déjame, al menos, ser padre de tu hijo. Estaré a vuestro lado, cuidaré de los dos y os querré siempre. Si no me llegas a querer, lo haré por los dos. No me dejes sin respuesta
No sé qué decirte, Julio No sé si podré quererte.
Julio y yo terminamos casándonos en primavera, de manera discreta. Nació Miguelito. Inés fue su madrina, y Julio cumplió su promesa: fue el mejor padre para mi hijo. Nos quedamos con la casa de Julio, él me ayudaba en todo, siempre pendiente de nosotros. Yo seguía un tiempo sin sentir amor, como si algo en mí estuviera congelado. Intentaba olvidar a Pedro; dejar de amarle fue fácil, pero querer a Julio me costaba más.
Julio jamás me reprochó nada. Con paciencia, no perdió la esperanza. Al poco tiempo, Miguel comenzó a hablar y llamó a Julio “papá”, y él, emocionado, no podía evitar llorar de felicidad. Mi corazón se ablandaba cada día más, al mirarlos juntos. No tardó mucho en llegar la noticia de un nuevo embarazo.
Julio, vamos a tener otro hijo le dije, tímida.
Santo cielo, Lucía. ¡Qué alegría más grande!
Con el nacimiento de Victorín, Julio no lo soltaba del brazo, y fue justo entonces cuando caí en la cuenta de cuánto le había llegado a querer.
Julio es el mejor esposo y el mejor padre le confesé feliz a Inés, que entendía perfectamente que, al fin, yo valoraba a Julio y estaba contenta por mí. Debo serle la mejor esposa, siempre agradeceré su paciencia.
Un día, vino Julio del trabajo y me propuso:
Lucía, ¿por qué no nos casamos por la iglesia? Así estaremos juntos siempre, incluso ahí arriba dijo mirando al cielo.
Sí, por supuesto, quiero compartirlo todo contigo le respondí.
Desde entonces, llevamos muchos años juntos en amor y armonía. No me canso de dar gracias por mi suerte. ¿Y Pedro? Para mí fue un error, una sombra de mi pasado que superé gracias al amor de mi esposo. Aprendí a perdonar, porque todos merecemos una segunda oportunidad. Al final, cada uno tiene derecho a ser perdonado.







