Hace unos días, me encontré en una extraña situación en casa de mi nuera. La atmósfera era brumosa, como si caminara entre nubes de algodón, y una desconocida merodeaba por los pasillos, encargándose de la limpieza del hogar.
Siempre le dije a mi hijo Juan que el dinero de la futura esposa no era importante, que bastaba la buena voluntad, así que él sonriente se casó con Carmen, una joven que nunca tuvo una peseta y a quien la vida parecía tratar con manos de seda.
Tras la boda, los chicos se instalaron en el piso que les compramos en Salamanca. Mi marido y yo, Tomás, lo habíamos reformado con esmero, y procuramos ayudarles con algo de dinero y la cesta de la compra cada semana. Carmen, mi nuera, parecía cómoda y feliz, había traído al mundo a mi nietecito y ahora no trabaja. Mi hijo tiene un empleo corriente, nada del otro mundo y el salario anda justillo.
Por eso, cuando crucé el umbral de esa casa soñolienta y vi a una extraña limpiando los suelos con su bayeta, fue como despertarme en una película de Buñuel. Carmen había contratado a una asistenta doméstica, que además no movía un dedo más de la cuenta. ¿Cómo era posible que se permitiera semejante lujo? ¿No le picaba la conciencia?
Sin pensármelo, espanté a esa mujer con prisas, argumentando que esa casa aún me pertenecía, al menos en los papeles. Además, limpiaba el suelo con nuestros euros. ¿Acaso Juan y Carmen se habían hecho millonarios de la noche a la mañana? Decidí aguardar a mi nuera, que paseaba con mi nieto por las calles de la ciudad. Cuando regresaron, la niebla onírica seguía flotando en el aire y yo no tardé en preguntar:
Carmen, ¿cómo podéis permitiros esto? ¿De dónde sale el dinero para una criada?
Ella, a media voz y mirando a ninguna parte, contestó:
Suegra, desde que estoy de baja maternal me he vuelto bloguera; ahora gano bastante, y de verdad necesito la ayuda, porque trabajo más de lo que parece…
Bloguera, dijo. ¿Eso es siquiera un oficio de verdad? ¿Qué mundo es este donde escribir en internet da para vivir? No quiero a una extraña trajinando en mi piso.
Pues si tienes tantos euros, págame a mí por limpiar y así no hace falta traer forasteras , dije, con voz firme.
Carmen murmuró palabras incomprensibles y fue a dar el biberón al niño, disolviéndose en otra habitación como humo. Aguanté hasta que Juan volvió del trabajo, dispuesto a contarle la última rareza familiar.
Mamá, sí que sabía lo de la asistenta me respondió él, sin emoción. Carmen no para, y yo también quiero pasar tiempo con nuestro hijo cuando llego. Así que no pasa nada.
No entiendo a esta juventud soñadora. ¿Cómo hacen para pagar estas cosas? Bajé corriendo las escaleras del bloque para contárselo todo a Tomás. ¿Y sabes lo que me dijo mi marido, sabio y tranquilo como siempre?
No te metas, mujer, que los jóvenes ya se apañan solos. Hay que dejarles vivir.
Hace tiempo que no sentía esta furia flotante por dentro. Estoy segura de haber dicho y hecho lo correcto, aunque todo parezca tan surrealista aquí. ¿Y vosotros, qué opináis?







