Pagué por ser “más joven”. Años después, mi marido descubrió la verdad y nos divorciamos.

Mira, te cuento, yo nací en un pueblecito pequeño de Castilla. Cuando terminé la EGB, me metí en una escuela de hostelería y, tras cuatro años dándole duro, conseguí el título. Luego estuve trabajando en un bar de toda la vida, pero después de cinco años allí, me di cuenta de que esa vida no me iba a dar para mucho más. Pagaban fatal, la verdad, y yo quería algo más.

En ese bar conocí a Tomás, un madrileño con bastantes contactos en la capital. Decidí probar suerte y me fui a Madrid a verle, a ver si podía ayudarme a entrar en la universidad. No me cerró la puerta, pero me avisó de que la cosa costaría dinero. Yo tenía algo ahorrado y, sinceramente, tampoco lo dudé mucho. Le pagué una buena cantidad de euros por el favor.

También me busqué la vida para conseguir un certificado nuevo. Vamos, que pagué por unos papeles oficiales donde constaba que tenía cinco años menos y sólo sobresalientes en todas las asignaturas. Era otra época, los documentos eran de papel y todo era más fácil de manipular.

Gracias a Tomás, logré entrar en la universidad. Ahí empezó otra vida para mí, rodeada ahora de jóvenes alegres, chicos de mi nueva edad oficial. Al año conocí a Javier, con diecinueve recién cumplidos y madrileño de pura cepa. Nos casamos y, como no tenía dónde caerme muerta en Madrid, me empadroné en casa de sus padres.

Cuando terminé la carrera, el país entró en una época de cambios enormes. Cayó el franquismo y todo empezó a moverse. Con mi marido nos buscamos la vida y, entre los dos, alquilamos un pequeño local para montar un bar. Con el tiempo conseguimos comprarlo y fuimos dueños de nuestro propio negocio.

Nos iba bien, aunque nunca tuvimos hijos. Un día se nos ocurrió volver al pueblo donde pasé mi infancia. Me reencontré con mis amigas y compañeras de clase. Mi vida era muy distinta a la suya y, entre nosotros, físicamente estaba mucho mejor que ellas. Sentí la envidia y hasta hubo uno de mis antiguos compañeros que no dudó en contarle a Javier que yo no era tan joven como decía y que, además, había estado trabajando en un bar antes de irme a Madrid.

Desde ese viaje Javier empezó a echarme cosas en cara, diciéndome que le había engañado. Se volvió una persona distinta, empezó a beber demasiado y, al final, terminamos divorciándonos. Tuvimos que partir el negocio familiar y, mientras yo pude comprarme un piso, él se metió hasta el cuello de deudas por préstamos que pidió en el banco a un interés altísimo. Se vino todo abajo.

Hoy en día sigo trabajando, aunque ya he llegado a la edad de jubilación. A veces me acuerdo de Tomás, que siempre decía que estaba loca por falsificar los papeles. Pero mira, ya nada se puede cambiar y nadie puede borrar los errores que uno comete en la juventud.

Hace nada estuve visitando a mi madre en el pueblo y me encontré con una amiga de la infancia. Ella lleva ya dos años jubilada, cuida de sus nietos y del huerto familiar. Yo todavía tengo que seguir currando y la salud ya no es lo que era. Cuando eres joven haces tonterías y luego te toca pagar las consecuencias de mayor.

Ahora sólo espero que alguien me aconseje cómo arreglar el lío que armé hace tantos años.

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Pagué por ser “más joven”. Años después, mi marido descubrió la verdad y nos divorciamos.
Sin nadie con quien charlar. Relato – Mamá, ¿pero qué dices? ¿Cómo que no tienes con quién hablar? ¡Si te llamo dos veces al día! – preguntó su hija, agotada. – No, Lucía, no es eso… – suspiró tristemente la señora Carmen Gómez – simplemente ya no me quedan amigos ni conocidos de mi edad. De mi época. – Mamá, no digas tonterías. Tienes a tu amiga del colegio, Irene. Y además, eres muy moderna y pareces mucho más joven. Mamá, ¿pero qué te pasa?, – se preocupó la hija. – Ya sabes que Irene tiene asma, no puede hablar por teléfono, se pone a toser. Y vive lejos, en la otra punta de Madrid. Eramos tres amigas, ¿recuerdas que te conté? Pues Maribel ya no está desde hace tiempo. Ayer vino Tania, la vecina de al lado. Le invité a tomar un té, es buena mujer, viene a menudo. Trajo bollitos que había hecho para los suyos. Me habló de sus hijos, de sus nietos. Ella también tiene nietos, aunque es como quince años más joven que yo. Pero tiene unos recuerdos totalmente diferentes de su infancia, del colegio. Y yo lo que quiero es charlar con alguien de mi generación, alguien como yo, – todo esto lo decía para su hija, sabiendo perfectamente que ella no lo iba a entender. Era joven aún. Su tiempo aún no había pasado, estaba fuera, en la calle. Todavía no sentía esa necesidad de recordar. Lucía era muy buena, cariñosa, la culpa no era suya. – Mamá, el martes tengo entradas para una noche de romanzas. ¿Te acuerdas que te apetecía ir? Y deja ya de ponerte triste, ponte tu vestido burdeos, ¡estás guapísima con él! – Vale, Lucía, estoy bien, no sé ni yo qué me ha dado, buenas noches, hablamos mañana. Acuéstate pronto, que luego no descansas, – Carmen Gómez cambió de tema. – Sí, mamá, hasta luego, buenas noches, – y Lucía colgó. Carmen Gómez se quedó mirando por la ventana, observando las luces titilantes de la noche madrileña… Décimo curso, también era primavera. Tantos planes. Qué cerca queda todo eso. A su amiga Irene le gustaba Sergio Malvar, de la clase. A Sergio le gustaba ella, Carmen. La llamaba por las noches al fijo, la invitaba a pasear. Pero Carmen solo lo veía como un amigo, ¿para qué darle esperanzas? Luego Sergio se fue a hacer la mili. Volvió y se casó. Vivía en el antiguo edificio de Irene. Y entonces tenía… el fijo de casa. El número… Carmen marcó el número que de pronto le vino a la memoria. La llamada tardó, luego alguien descolgó. Al principio hubo un crujido, y después contestó… una voz masculina y suave: – ¿Sí?, le escucho, adelante. ¿Será muy tarde ya? ¿Para qué le llamo? ¿Quizá ni me recuerda, o ni siquiera es él? – Buenas noches, – la voz de Carmen vibraba con un leve temblor de emoción. Otra vez se oyó un murmullo, y de repente escuchó sorprendida: – ¿Carmen? ¿Puedes ser tú? Claro que sí. Tu voz no la olvido jamás. ¿Cómo me has encontrado? Si es que estaba aquí por casualidad… – ¡Sergio, me has reconocido!, – a Carmen Gómez le invadió una ola de recuerdos alegres. Hacía siglos que nadie la llamaba por su nombre, solo “mamá”, “abuela”, o “señora Carmen Gómez”. Salvo Irene, claro. Pero solo “Carmen” sonaba tan bien, tan primaveral, como si esos años vividos no existieran. – Carmen, ¿cómo te va? Qué alegría escucharte, – esas palabras le dejaron el corazón calentito. Temía que no la reconociera, o que no viniera a cuento. – ¿Te acuerdas de décimo? Cuando Vítor y yo os llevamos a ti e Irene en barca por El Retiro. Acabó con las manos llenas de ampollas por los remos y las escondió. Y luego tomamos helado junto al río. Había música, – la voz de Sergio era suave, soñadora. – Claro que me acuerdo, – Carmen se rio feliz – ¿Y aquella acampada en el monte con la clase? No sabíamos abrir las latas de conserva y teníamos hambre. – Sí, sí – se sumó Sergio a sus risas – Y luego Viti logró abrirlas, después cantamos canciones con la guitarra junto a la hoguera, ¿recuerdas? Por eso me quise aprender a tocar la guitarra. – ¿Y aprendiste? – la voz de Carmen irradiaba juventud, inundada de recuerdos. Sergio parecía revivir su pasado común, evocando cada vez más detalles. – ¿Y tú, cómo estás ahora?, – preguntó Sergio, y él mismo respondió – bueno, qué pregunto, en la voz se nota que eres feliz. ¿Hijos, nietos? ¿Sigues escribiendo poemas? Lo recuerdo bien, ¡lo recuerdo! “Disolverme en la noche y renacer por la mañana”. ¡Vitalista! Siempre fuiste como el sol. Contigo, uno podía calentar el alma, no hubo nunca frío. Qué dichosos los tuyos, vaya madre y abuela tienen. – Venga ya, Sergio, no digas esas cosas… Mi tiempo ya ha pasado, yo… La interrumpió: – Ni hablar, desprendes una energía que el auricular se calienta. Es broma. No creo que hayas perdido el gusto de vivir, no lo parece. Así que tu tiempo sigue, Carmen, vive y disfruta. El sol brilla para ti. Y las nubes cruzan el cielo solo para ti. Y los pájaros cantan solo para ti. – Sergio, sigues igual de romántico… ¿Y tú qué tal? Que solo hablo de mí…, – pero de repente el teléfono crujió, sonó un clic y se cortó la llamada. Carmen se quedó un rato con el teléfono en la mano, pensó en volver a llamar, pero le pareció raro, era tarde. En otra ocasión. Qué bien había charlado con Sergio, cuántos recuerdos… Un timbre la sobresaltó. Era su nieta. – Sí, Daria, hola, no, no me he dormido. ¿Qué te ha dicho tu madre? No, estoy de buen humor. Vamos a ir juntas al concierto. ¿Vienes mañana? Estupendo, te espero, hasta mañana. De muy buen humor, Carmen Gómez se metió en la cama. Tenía tantos planes en la cabeza… Mientras se dormía, componía versos nuevos. A la mañana siguiente decidió ir a ver a Irene. Unas paradas en tranvía, al fin y al cabo, no se sentía tan mayor. Irene estaba muy contenta de verla: – Ya era hora, lo prometiste y nunca venías. Vaya, ¿has traído tarta de albaricoque? ¡Mi favorita! Cuéntame, – Irene tosió, llevándose la mano al pecho, pero enseguida sonrió: – Estoy bien, tengo un inhalador nuevo. Vamos a por el té. Carmen, te noto rejuvenecida. ¿Qué te pasa? – No sé, será la quinta juventud… ¡Imagínate! Ayer llamé por casualidad a Sergio Malvar. Sí, sí, tu amor del instituto. Se puso a recordar… Había olvidado la mitad de cosas… ¿Por qué te quedas callada, Irene, otra vez te ahogas? Irene se quedó pálida, miró a Carmen y murmuró: – Carmen, ¿no sabías que Sergio murió hace un año? Y además, no vivía ya en esa casa desde hacía mucho. – ¿Cómo? ¿Cómo es posible? ¿Y entonces con quién hablé? Recordó todos los detalles de nuestra juventud… Yo estaba de bajón, y hablando con él sentí que la vida sigue, que aún me quedan fuerzas y ganas de vivir… ¿Cómo puede ser?, – Carmen no podía creerlo. – Pero era su voz, lo juro. Y dijo cosas preciosas: “El sol brilla para ti. Las nubes cruzan el cielo para ti. ¡Y los pájaros cantan para ti!” Irene negó, aún dudando, y acabó diciendo: – Carmen, no sé cómo ha pasado esto, pero parece que realmente era él. Esas frases son tan suyas… Sergio te quiso mucho. Quiso animarte… desde donde esté. Y creo que lo ha conseguido. Hace tiempo que no te veía tan contenta y llena de energía. Algún día, alguien recogerá los pedacitos de tu maltrecho corazón. Y recordarás, por fin, que eres… simplemente feliz.