Mi suegra, la pobre, nos propuso echar una mano cuidando a los críos durante el verano. Ahora que está jubilada y le sobran las horas, aceptamos sin pensarlo.
Los dos tenemos curro y tres hijos, pero las vacaciones normales son poco más que una leyenda urbana para nosotros. Lo habitual es turnarnos los días libres para cubrir ausencias cuando uno de los niños cae enfermo o surge algún evento especial tipo función del colegio. Si no hay ninguna emergencia familiar, igual nos escapamos un finde a la playa de vez en cuando, pero poco más.
Llevamos tres años pagando una hipoteca a 20 años en un piso en las afueras de Madrid. Ya estábamos hartos de mudanzas y alquileres a precio de oro, así que decidimos meternos en algo nuestro, aunque la mensualidad sea como para plantearse vender un riñón. Así que aunque todo el verano currando, lo de irnos de vacaciones no entra en nuestros planes. Entre la letra del banco y los tres monstruitos sin cole durante el verano, ni soñarlo con dejarles solos ni tirar de canguro, que en euros, ni te cuento. Al menos, con la abuela cuidándolos en casa, están en buenas manos y tan fresquitos.
Así que tiramos para el pueblo de mi marido y, siempre que lo hacemos, le llevamos a su madre la compra y un sobre con euros para algún capricho con los niños. Mi suegra, muy práctica, dice que no puede tirar de su pensión para comprarles cosas; que no le llega. Preferimos darle el dinero directamente y aun así nos sale más barato que pagar a una señora de confianza para que esté con los críos. Todos contentos, o eso parece.
Pero el asunto se complica: el hermano de mi marido, que también tiene tres retoños, se apunta al plan y también los deja con la abuela. Los suyos son pequeños terremotos, más revoltosos y encima más pequeños que los nuestros. Y claro, ni trajo comida, ni trajo dinero nada de nada. Al final, teníamos que darles de comer nosotros y comprarles yogures y galletas como si fueran nuestros.
Vamos, que es para volverse loco. Se lo he dicho a mi marido mil veces: “Habla con tu hermano, a ver si espabila,” pero él pasa, que no quiere enfrentamientos. ¿Por qué tengo que hacer yo malabares para que otro críe a sus hijos a nuestra costa? ¿Cómo narices se habla con alguien así sin acabar discutiendo y quemando la paella?






