Le vestí, le limpié… y ahora, que vuelva a su casa: la historia de una mujer que curó las heridas de un hombre roto, solo para verlo regresar junto a la que le traicionó

Me estoy acordando de lo que le pasó a Lucía, mi amiga, con todo el asunto de Guillermo y demás Mira, te cuento como si estuviéramos tomándonos un café en el bar de la esquina. Fue un lío.

Lucía, de verdad disculpa, eres una santa decía Guillermo medio cohibido.
Ya, pero tú no te casas conmigo, que soy esa santa de la que hablas, sino con Clara, que te ha traicionado y humillado. ¿Por qué? le espetó Lucía, fingiendo que no se le quebraba la voz.

Y Guillermo ahí, tragando saliva, la mirada perdida en la mantelería del bar, evitando por todos los medios mirarla a los ojos. Vamos, lo típico.

Es que Lu tú eres como mi hermana, o mi mejor amiga, no sé. Y con Clara me pierdo. Pensaba que la odiaba, que no la perdonaría nunca, pero mira, aquí estoy. No puedo olvidarla, lo siento

Lucía casi ni parpadeaba. Frente a él, espalda erguida como un tronco, pero bajo la mesa apretaba el mantel con las manos, heladas de los nervios.

Vaya, qué bonito susurró. Y cuando me decías que no imaginabas la vida sin mí, ¿también lo decías como colega? ¿Y cuando me susurrabas que me querías, era amor fraternal?
Lucía fue distinto, lo sabes. En ese momento no tenía a nadie más, solo a ti. Y tú eres tan fuerte y tan genial… murmuró Guillermo . Pero Clara es otra cosa, es más frágil. Yo caí, y ella tampoco pudo aguantar

Lucía levantó la ceja. Es curioso cómo uno le da la vuelta a la tortilla: de repente, ser la paciente y la que ayuda deja de ser virtud y pasa a ser tu cruz, mientras que la que huyó en cuanto algo fue mal resulta premiada con el puesto de musa.

Pero bueno, la vida sigue, aunque Lucía esté hecha polvo.

Pues nada. Recoge tus cosas y vete. Qué le vamos a hacer, dijo levantándose y yéndose al pasillo.
¡Lucía, espera! saltó Guillermo tras ella. ¡No estarás enfadada conmigo?

Lucía estaba a punto de explotar. Bastaban dos frases más para que o se echara a llorar o se pusiera a gritar, o ambas cosas.

No estoy enfadada. Simplemente, se acabó la historia. Yo te ayudé a levantar el vuelo, y te has ido. Ya está.

Hizo un gesto con la mano, se fue al salón y cerró la puerta. Lucía no quería perder el tiempo en discusiones sin sentido, y ni siquiera podía culpar a nadie de lo que estaba pasando. Había entrado de cabeza y con los ojos abiertos en ese berenjenal.

Verás, todo empezó un poco por casualidad. Lucía fue a ver a su madre en Salamanca, y justo estaba allí su vecina de toda la vida, Mercedes. Nada más verla, empezó con las típicas frases de señora entrañable:

¡Ay, Lucía, si es que cada vez que te veo recuerdo cuando apenas levantabas un palmo del suelo! Qué guapa estás, hija… ¿Y tú cómo andas? ¿Cuándo le vas a dar una alegría a tu madre y le traes nietos?

Lucía se sonrojó un poco, normal, porque las amigas de su madre eran así: preguntar por novios y futuro cada dos por tres como si en vez de un saludo fuera un test para la Seguridad Social. Ella ya ni se lo tomaba a mal, lo veía como una forma rara de abrir conversación.

Pues ahora no tengo prisa. Estoy bien así.
¿Pero no hay nadie especial?
Todavía no. Y tampoco lo estoy buscando.
Pues te tengo que presentar a mi Guille. Hija, está fatal. Su ex mujer lo dejó tirado en cuanto se vino abajo el negocio. Cuando tenía dinero y todo iba bien, muy a gustito, pero en cuanto pintaron bastos… ¡zas! Lo abandonó, imagínate. Ahora solo bebe y está en la bodega. Yo ya no sé qué hacer con él, de verdad

Lucía estaba bastante acostumbrada a que quisieran emparejarla, pero esa historia le tocó la fibra. A lo mejor porque ella misma, hacía nada, había pasado por lo mismo: su ex la engañó y todavía iba arrastrando el dolor.

Toda la noche dándole vueltas, y al día siguiente le pidió a su madre el teléfono de Mercedes.

Lu, ¿en serio vas a meterte en esto? Anda, hija, que no te va a traer nada bueno, ahora es cuando mejor tienes que cuidarte tú intentó su madre.

Pero Lucía es terca como ella sola.

Mamá, la gente necesita ayuda, sobre todo cuando están tan perdidos. Yo tuve la suerte de tenerte a mi lado cuando me pasó a mí, pero no todos tienen esa suerte. A mí no me cuesta nada y, si puedo, igual le cambio la vida.

La madre protestó, pero al final le dio el número. Sabía que si no, Lucía lo acabaría encontrando de una u otra manera.

Dos días después, se plantó en casa de Guillermo con varias bolsas del Mercado Central: fruta, carne, verduras, ni una gota de vino. Justo abrió él la puerta. Olía a colonia de abuelo y a alcohol.

Vaya, ¿el servicio de rescate de corazones? saludó, medio sonriendo. Lucía, ¿no?
Sí. Me habló de ti tu madre y quería ayudarte. Además, te entiendo muy bien, yo pasé por algo parecido hace nada.

A la media hora, Lucía estaba en la cocina cocinando, contándole su historia y escuchando la de él. Dos horas después, ya estaba limpiando, recogiendo trastos y hasta barriendo el suelo. Guillermo al principio la miraba de soslayo, pero luego acabó uniéndose.

Desde entonces, la vida de Lucía se dio la vuelta. Después del trabajo, se pasaba por casa de Guillermo, dejaba la casa niquelada, cocinaba. Por las tardes, veían alguna serie, jugaban a ajedrez o a las cartas para distraerse. Hasta consiguió arrastrarlo al psicólogo, darle un aire nuevo al armario. Vamos, en plan hada madrina.

Guillermo ni protestaba. Parecía que hasta le gustaba.

Aunque una vez, él volvió a las andadas y se fue de fiesta con los colegas. Lucía se sintió fatal, tras haber puesto tanto de su parte, y decidió dejar de ir, a ver si el paciente espabilaba solo.

Y funcionó, o eso pensó ella.

Lucía No me lo tengas en cuenta. Yo es que no soporto la soledad y, claro, cuando vinieron los amigos, pues caí le dijo a los tres días.
Pero podías haberme llamado, ¿no? Haber venido tú.
Es que no quería molestarte ¿Puedo?
¡Claro que sí!

Primero fue una vez, luego otra, y al final Guillermo se quedó a vivir con Lucía. Ella, feliz. Desde fuera, parecía una familia de verdad. Los dos necesitaban cariño y achuchones. ¿Por qué no iba a funcionar?

Al tiempo, Guillermo consiguió trabajo, gracias a un amigo de Lucía que tenía una empresa de carpintería en Valladolid. Y Guillermo, para qué engañarnos, esta vez estuvo a la altura. El primer sueldo, le regaló a Lucía un perfume.

Es para ti. Me apetecía, además todo esto es mérito tuyo le dijo dándole un beso en la mejilla. Eres mi ángel de la guarda. No sé qué habría hecho sin ti

A lo mejor en ese momento sí la quería de verdad. O solo era gratitud. El caso es que la miraba con tanto cariño que Lucía no pudo evitar creerse el cuento de hadas, pensar que con amor y paciencia podía cambiar el destino. Que había magia entre ellos, vamos. Y que aquel te quiero suyo valía para algo.

Pero se equivocó.

Cuando todo acabó y Guillermo se fue, Lucía se fue de cabeza a casa de su madre, buscando consuelo.

Ay, hija Te lo advertí dijo la madre abrazándola.

Pero al rato ya estaban las dos riéndose, la madre quitándole hierro:

Mira, tranquila, que borrachos hay para todas. Si es que muchos esperan a que venga la princesa a salvarlos, pero quedan muchos por vestir, consolar y limpiar
No, gracias respondió Lucía, riendo también . Ya no rescato más príncipes. Si me sobra la generosidad, la mando a una protectora de animales. Ellos al menos no han elegido esa vida.

Y así lo hizo.

Pasaron seis meses. Lucía ya no corría a socorrer a cualquiera. Si ayudaba, era solo a los suyos. Eso sí, alguien nuevo sí apareció en su vida.

Un mes antes había adoptado a una perrita preciosa del refugio, una bodeguera andaluza llamada Canela. Solo pedía paseos, comida y cariño. Y Lucía, por fin, recibía a cambio una lealtad limpia.

De pronto, sonó el móvil: era Guillermo. Lucía dudó en cogerlo, pero la curiosidad la pudo.

Lucía Hola se le oyó la voz rota. ¿Charlamos como antes? Dijiste que siempre estarías para mí
Vamos, que cuando va mal, me buscas, pensó Lucía.
No, Guillermo. Lo siento, pero ya es hora de que cada uno arregle su vida. Suerte.

Antes hubiera aguantado la conversación, pero esta vez no. Lucía sabía que todo eso era pasado, y no iba a engancharse. Además, Canela ya rascaba la puerta con la correa en la boca.

Después la madre le contó que Guillermo estaba otra vez bebiendo, sin curro y que Clara se había largado. Que ahora vivía del dinero de su madre, Mercedes.

Pues bueno dijo Lucía simplemente. Pena me da Mercedes, la verdad.

Ese mismo día, bloqueó el número de Guillermo y punto. Y seis meses después, empezó con un compañero de trabajo, sin dramas del pasado a cuestas. Ahí sí que Lucía comprobó que sí, que ayudar está bien, pero que no es lo mismo un filete que una mosca, y que es mejor buscar relaciones en igualdad.

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