Lárgate, Óscar
Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Ana los miraba sin verlos realmente. En cambio, no podía apartar los ojos del reloj, cuyos números avanzaban despacio, como burlándose de ella. 22:47.
Óscar había prometido llegar a las nueve. Como siempre…
El móvil no sonaba.
Ana ya no estaba enfadada.
Todo lo vivo que quedaba en su interior se había consumido, dejando solo un agotamiento frío.
Cerca de las once y media, sonó la cerradura en la puerta.
Ana ni giró la cabeza. Sentada en el sofá, envuelta en una manta, miraba fijamente a ningún sitio.
Hola, cariño. Perdona, se me ha alargado el trabajo dijo Óscar con un tono artificialmente animado, aunque el cansancio se adivinaba. Siempre sonaba así cuando mentía.
Se acercó y, al inclinarse para besarle la mejilla, Ana casi inconscientemente se apartó. Fue apenas un gesto, pero él lo notó.
¿Pasa algo? preguntó mientras se quitaba la bufanda.
¿Recuerdas qué día es hoy? la voz de Ana era suave, casi sin vida.
Él se quedó pensativo un instante.
Miércoles ¿Por?
Hoy es el cumpleaños de mi madre. Habíamos planeado ir a su casa con una tarta. Me lo prometiste.
La cara de Óscar cambió de golpe. La sonrisa se borró, dejando paso a una expresión de culpa y pánico.
Dios, Anita, se me ha pasado por completo. Perdóname, este trabajo ahora me tiene enterrado. Le llamaré mañana, te lo juro.
Entró a la cocina. Ana escuchaba el ruido de platos y la agitación inútil de Óscar en la nevera. Siempre se refugiaba así: enredado entre tazas y cubiertos era fácil esconderse de las preguntas incómodas.
Pero esta vez, Ana no iba a dejarlo escapar tan fácil. Se levantó y fue a la puerta de la cocina.
Óscar, ¿con quién decías que estabas hoy hasta las once de la noche “atrapado” en el trabajo?
Él se volvió. La mano que sujetaba el cartón de leche tembló ligeramente.
Con el equipo. Estamos lanzando un proyecto nuevo y vamos a contrarreloj. Ya sabes cómo va esto.
Ya, asintió Ana. Y también sé que a las tres de la tarde llamabas diciendo: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglar esto”.
Elena. Su ex esposa. Una sombra que vivía entre ellos desde hacía tres años. Una presencia gélida, cargada de reproches y silencios.
Óscar se quedó blanco.
¿Has estado escuchando?
No tenía que esconderme para hacerlo. Hablabas tan alto en el baño que era imposible no oírte.
Dejó la leche sobre la mesa y se sentó pesadamente.
No es lo que parece.
¿Y qué debería pensar? por primera vez, la voz de Ana mostraba un destello de emoción. ¿Que llevas medio año inquieto, desapareciendo por las noches, mirándome como si no existiera? ¿Intentas volver con ella? Dímelo directamente. Puedo soportarlo.
Con la cabeza gacha, Óscar miraba sus propias manos. Manos firmes y hábiles, capaces de construir cualquier maquinaria, pero incapaces de fabricar la felicidad.
No pienso volver con Elena, susurró.
¿Entonces? ¿Te acuestas de nuevo con ella?
¡No! su mirada mostraba una sinceridad y angustia tan auténticas, que Ana por un segundo dudó de sus propias sospechas. Anita, créeme, no es eso.
¿Entonces qué? ¿Qué es lo que estás intentando “arreglar”? casi gritó. ¿Pagas sus deudas? ¿Resuelves sus problemas? ¿Vives su vida en vez de la nuestra?
Óscar no respondió.
Las palabras que Ana había guardado tanto tiempo salieron al fin.
Vete, Óscar. Vete con ella si tanto la necesitas. O con quien quieras. Arregla tus errores si puedes. Pero déjame en paz. Ya no puedo más. Y no quiero.
Intentó salir, pero Óscar saltó, bloqueando la puerta.
¡No tengo a nadie! Ni a Elena, ni a otra. Yo… ni siquiera sé qué me pasa. Solo intento arreglarlo todo.
Se volvió, tragando saliva con esfuerzo.
No hables en acertijos, musitó Ana.
¿Preguntas qué estoy arreglando? no pudo contenerse Óscar. ¡A mí! Intento arreglarme a mí mismo. Y no puedo. Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena, creíste en mí incluso cuando yo no lo hacía. Contigo todo debería haber salido bien, yo debería haber cambiado, ser mejor. Pero no lo consigo. Otra vez destruyo todo: olvido fechas importantes, me quedo horas en el trabajo aunque sé que me esperas, me callo. Te miro y veo cómo se apaga tu luz, igual que se apagó en los ojos de ella.
Ana guardó silencio.
No quiero buscar a otra, continuó Óscar con la voz baja, porque sé que volvería a pasar. Y volvería a destrozarlo todo. No sé ser esposo. No sé convivir Día tras día. Sin dramas, sin escándalos. Solo sé romperlo todo a mi alrededor. Por eso vivo como si caminara sobre una cuerda floja, siempre temiendo caerme. Y tú también pareces muerta a mi lado.
Óscar la miró. Esta vez sus ojos estaban vacíos y sinceros.
Así que el problema no eres tú. Ni Elena. El problema soy yo
Ana escuchó aquella confesión desordenada y de pronto lo entendió todo claramente: Óscar no la había traicionado con otra mujer, sino con sus propios miedos. No era ningún malvado, solo un hombre perdido, incapaz de entender su propio camino.
¿Y ahora qué, Óscar? preguntó tranquilamente, sin rencor. Has entendido todo eso. ¿Y ahora?
No lo sé, admitió él, sincero.
Pues entonces arréglate tú solo soltó Ana. Ve a un psicólogo, enrédate en libros, date un golpe en la cabeza, lo que sea, pero deja de buscar una varita mágica que lo resuelva todo de golpe. No la hay. Solo queda trabajo. Trabajo sobre ti mismo. Ve y hazlo. Solo.
Sin mí.
Salió de la cocina, pasando junto a él en el pasillo y se puso el abrigo.
***
La puerta se cerró. Óscar se quedó solo en el silencio apenas roto por el golpeteo de la lluvia. Se acercó a la ventana; vio cómo la silueta de Ana se desdibujaba bajo la lluvia oscura y de repente sintió un enorme peso. El peso de todo lo que quedaba a su lado.
Su fracaso ya no era un fantasma. Estaba allí, en ese piso vacío, en la cena fría, en sus propias manos, incapaces de retener nada.
Y, en vez de salir corriendo tras Ana, sacó una botella de brandy…







