Viviremos el uno para el otro Tras la muerte de su madre, Egor logró recuperarse un poco; ella llevaba tiempo ingresada en el hospital, donde finalmente falleció. Antes estuvo postrada en casa, y tanto él como su esposa Vera se turnaban para cuidarla. Las casas estaban una al lado de la otra, aunque Egor le insistió a su madre para que se trasladara con ellos, pero ella no quiso de ninguna manera. —Hijo, aquí murió tu padre, y aquí quiero morir yo. Así estoy más tranquila —lloraba ella, y Egor no podía negarle ese deseo. Para ellos habría sido más fácil si la madre estuviese en su casa, pero su hija tenía trece años y no querían que presenciara el deterioro de su abuela. Egor trabajaba a turnos, Vera era maestra de primaria. Así, la madre estaba siempre acompañada y hasta hacían turnos para dormir en su casa. —Mamá, ¿la abuela va a morir pronto? —le preguntaba Ksyusha—. Me da pena, es muy buena con nosotros. —No lo sé, hija, pero llegará el momento. Así es la vida. Cuando la abuela empeoró la llevaron al hospital. Egor tenía una hermana, Rita, tres años menor y madre de Antoñito, a quien solía cuidar la abuela o Vera, ya que Rita siempre andaba ausente por “viajes de trabajo”. Llevaba mucho separada de su marido, nunca quiso cuidar de su madre, sabiendo que Egor y Vera se ocupaban. Rita era la antítesis de su hermano: dura, fría, conflictiva. Tres días después, la madre de Egor y Rita murió en el hospital. Tras el entierro, decidieron vender la casa materna, pues si no se cuida, se viene abajo. La madre había puesto la casa a nombre de Egor hacía tiempo: con Rita nunca tuvo buena relación, y ella lo sabía, por eso apenas se hablaban. Pero después de la venta, su esposa Vera insistía: —En cuanto recibas el dinero, repártelo a partes iguales con Rita. —Vera, Rita tiene su propio piso, su exmarido le dejó una buena vivienda y ella gastará el dinero igual. —Eso da igual, Egor, así nuestra conciencia quedará tranquila, y evitarás que ande criticándonos por todas partes. Egor aceptó y le dio la mitad del dinero a su hermana, pero ella, en vez de agradecerle, dijo: —¿Y esto es todo? ¿Y lo demás? Con el tiempo, Ksyusha cumplió quince años, y otro infortunio recayó sobre ellos: Vera enfermó gravemente. Aunque antes ya se sentía mal, lo achacaba al cansancio de trabajar con niños. Pero un día se desmayó en el patio y la llevaron al hospital: le diagnosticaron esa enfermedad traicionera, demasiado tarde. —¿No se puede hacer nada por mi esposa? —preguntó angustiado Egor al médico, pero él solo encogía los hombros. —Hacemos todo lo posible, pero llegó demasiado tarde al hospital. ¿De verdad no notó que estaba enferma? —Claro que lo noté, le insistí muchas veces para ir al médico, pero Vera siempre pensaba en los demás y nunca en sí misma… —dijo, abatido. Pronto Egor llevó a Vera de vuelta a casa; ya no se levantaba de la cama. Él y su hija la cuidaban, pero la enfermedad avanzaba sin freno. Egor le ponía las inyecciones, incluso cogió la baja para estar con ella. Cuando terminó el permiso, tuvo que volver al trabajo. Ksyusha cuidaba de su madre después del colegio, la alimentaba, la aseaba, y se agotaba. Un día apareció Rita. —Egor, se me ha roto la lavadora. Míratela, que tú entiendes. —Vale, iré luego —prometió, y tras su jornada laboral la arregló. Al despedirse, él le comentó: —Al menos podrías venir a quedarte con Vera de vez en cuando, así Ksyusha no la cuida sola. Solo tiene quince años, no puede con todo, y yo a veces trabajo de noche. Además, Vera no te es ajena: ella crio a Antoñito, y luchó por tu piso cuando tu exmarido quiso quitártelo. —Bueno, ¡pues vaya! No me vengas ahora con lo de hace cien años. Antoñito ya tiene diecisiete, y yo me casé antes que tú. Sí, Vera me ayudó con el niño, pero yo estaba siempre fuera. Le regalé un anillo de oro, eso compensa. —Sí, pero Vera te lo devolvió al instante, y tú tan contenta te lo quedaste. —Si no lo quería, estaba en su derecho. Además, una cosa es cuidar de un niño sano y otra muy distinta es quedarse al lado de una moribunda. No cuentes conmigo —respondió fríamente y ni agradeció la reparación. Egor, tras oír eso, no solo se ofendió sino que dijo: —No vuelvas a pedirme nada. No tienes corazón. A partir de ahí, dejó de pensar en su hermana. Vera se apagaba rápidamente. Ese día Ksyusha vio a su padre por la ventana y salió corriendo a su encuentro. —Papá, papá, mamá está fatal, no come, se ha girado y ya no habla. Quise darle la medicina y agua, pero… —No pasa nada, hija, saldremos adelante, seguro que sí. Pero esa misma noche Vera murió. Ambos lloraron, se quedaron solos. A Egor, tras la muerte de su esposa, le quedó cierta paz al pensar que ella ya no sufría y que su hija tampoco presenciaba el dolor. Amaba a Vera, pero la cruel enfermedad no solo le arrebató a su ser querido, sino que los agotó a él y a Ksyusha. Después del funeral, se sintió peor. Le faltaba la mirada de Vera, su risa y el cuidado que le prestaba; esos recuerdos no le dejaban. Ella era imprescindible y ya nunca volvería. Ksyusha también sufría, pero incluso intentaba consolarle. —Papá, hicimos todo lo que pudimos. Tenemos que aceptar que mamá ya no está, allí donde esté, no padece. Nos acostumbraremos, lo importante es que nos tenemos el uno al otro. —Qué adulta eres, hija mía —se sorprendió Egor—. Esta desgracia te ha hecho madurar mucho. Ksyusha se preocupaba por su padre y siempre estaba con él; él también se apresuraba tras el trabajo, sabiendo que ella le esperaba e incluso ya cocinaba. Después cenaban juntos y compartían sus novedades del día. Un día, al volver de trabajar, su hija le contó: —Papá, después de clase tía Rita vino a casa. —¿Y qué quería esa? —preguntó él, irritado—. No la dejes pasar. —Entró justo detrás de mí, no tuve tiempo de cerrar. Dijo que venía a recoger el abrigo de piel de mamá y otras cosas. Me dijo que tú lo sabías. —No le di nada, se fue enfadada. —Hija, no le permitas llevarse nada y, la próxima vez, cierra la puerta al llegar. No tiene nada que hacer aquí. Egor estaba trabajando cuando le dio un fuerte dolor en el pecho: apenas podía respirar. Se le puso la cara blanca y perdió el conocimiento. Su compañero llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital. Ksyusha fue corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó: —No llores, tu padre está consciente, ha sido un preinfarto. Necesita tratamiento. Ahora todas las responsabilidades recayeron en Ksyusha: cuidar del padre, la escuela, la casa. Tenía que hacerse cargo de todo sola y dedicaba más tiempo al estudio. Así vivía, de un lado para otro; iba al hospital e incluso le llevaba comida. Un día Rita apareció con un pastel. —Ksyusha, le he hecho un pastel a tu padre para el hospital. No quiero ir a verle, sabes que no me soporta. Toma, llévaselo y ni se te ocurra decirle que lo he hecho yo. —Gracias, tía Rita —le contestó, y ella se fue. Al poco, apareció Antón, el hijo de Rita y hermano de Ksyusha, que a veces la ayudaba. Estaba acabando el bachillerato. —He olvidado las llaves y he venido —dijo—. ¡Vaya, Ksyusha, tú hiciste el pastel? —No, no sé. Lo trajo tu madre para papá en el hospital. Toma un trozo, que después del cole tienes hambre y para papá es demasiado grande. Antón aceptó, ella le sirvió té y luego se fueron juntos al hospital. De repente, vieron que Antón se ponía muy pálido, le salía sudor frío, se apoyó en la barandilla de la entrada y, de pronto, se desmayó. Por suerte, estaban allí mismo en el hospital. Descubrieron que tenía una sustancia tóxica en sangre. —¿Qué comió? —preguntó el médico. —El pastel, lo llevamos a mi padre. Lo hizo la madre de Antón para mi padre. —Bajo ningún concepto se lo deis a tu padre. Me lo llevo para analizarlo. Avisaron a Rita, que llegó corriendo al hospital. —Dios mío, hijo, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo puedes estar tan grave? —Comió tu pastel, tía Rita. Le di un trozo cuando vino del colegio —y ella se quedó blanca. Al poco, la policía se llevó a Rita. Se descubrió que había envenenado el pastel para matar a su hermano y así poder venderle la casa. A Ksyusha la dejaría ir al instituto y vivir en un colegio mayor. Rita lo había planeado todo; solo no contó con que el pastel acabaría en manos de su propio hijo. Cuando Egor fue dado de alta, llevó a Ksyusha y Antón a visitar a Rita. —Perdóname, Egor, perdón, Antoñito, tú también Ksyusha… Me equivoqué, perdonadme, por Dios —lloraba ella. Egor retiró la denuncia, al poco liberaron a Rita. Pero Antón no podía perdonar a su madre y pasaba cada vez más tiempo con Egor y Ksyusha. —Tío Egor, nunca perdonaré a mi madre, la odio, ¿cómo ha podido hacerme esto? —Antón, los padres no se eligen. Lo que hizo tu madre fue horrible, pero está arrepentida. Todos podemos cometer errores. Dale una oportunidad, perdónala, porque sufre y se siente muy culpable. Poco a poco, todo fue mejorando. Antón entró en la universidad, Ksyusha acababa el colegio y también quería estudiar, aunque no quería dejar solo a su padre. —No te preocupes, hija, yo me las arreglo. Tienes que estudiar. Viviremos el uno para el otro y vendrás a casa los fines de semana y en vacaciones. Tu madre soñaba con que entraras en magisterio.

Vamos a vivir el uno para el otro

Tras la muerte de su madre, Gonzalo estuvo una temporada algo desconcertado. Su madre llevaba ya un tiempo ingresada en el hospital y allí fue donde falleció. Antes de aquello, estuvo encamada en su casita, donde él y su mujer, Carmen, se turnaban para cuidarla. Las casas estaban pegadas, aunque Gonzalo le insistió para trasladarla a su casa. Ella se negó en redondo.

Hijo mío, aquí murió tu padre y aquí moriré yo. Así lo prefiero lloraba, y él, ¿cómo iba a quitarle su última voluntad?

Ciertamente, para ellos hubiese sido más sencillo tenerla en casa, pero su hija Adelina tenía trece años y no era plato de buen gusto que la niña viera cómo su abuela se iba apagando poco a poco. Gonzalo trabajaba a turnos en una fábrica y Carmen era maestra de primaria en la escuela del pueblo. Por eso, la madre nunca estaba sola: incluso se turnaban para hacerle compañía por las noches.

Mamá, ¿se va a morir la abuela pronto? preguntaba Adelina. Qué pena, siempre ha sido muy buena con nosotros.

No lo sé, hija, pero ese día llegará; la vida es así.

Cuando la abuela empeoró, se la llevaron al hospital. Gonzalo tenía una hermana, Remedios, tres años menor que él, y con un hijo, Antolín, que solían cuidar la abuela y Carmen porque la otra siempre estaba de viaje por trabajo, según decía ella. Remedios llevaba tiempo separada y nunca se ofrecía a cuidar de su madre, pues daba por hecho que su hermano y su cuñada se encargaban de todo. Era el polo opuesto de Gonzalo: dura, egocéntrica y de armas tomar, por decirlo fino.

A los tres días de hospital, la madre de Gonzalo y Remedios falleció. Tras el entierro, decidieron vender su casa; había que estar pendiente de ella o se vendría abajo. Su madre, hacía tiempo, había dejado la propiedad a Gonzalo, con Remedios la relación nunca fue buena, y esta lo sabía, por lo que apenas cruzaban palabra.

Pero nada más vender la casa, Carmen insistió una y otra vez:

Reparte el dinero con Remedios en cuanto lo tengas, mitad y mitad.

Pero Carmen, si Remedios tiene su propio piso. Además, su exmarido le dejó una buena vivienda; ya se fundirá el dinero de todas formas

Bueno, Gonzalo, pero así nuestra conciencia queda limpia. Si no, irá por ahí despotricando de nosotros.

Al final, Gonzalo cedió y le entregó la mitad a su hermana, que, lejos de agradecérselo, soltó:

¿Y esto es todo? ¿Dónde está el resto?

Pasó el tiempo y Adelina cumplió quince años cuando llegó la siguiente desgracia: Carmen cayó enferma. Llevaba un tiempo sintiéndose mal, achacándolo siempre al estrés del colegio, hasta que perdió el conocimiento en mitad del patio. De ahí, directos al hospital, y tras las pruebas, el temido diagnóstico: ya era demasiado tarde.

¿De verdad no se puede hacer nada por mi mujer? suplicaba Gonzalo al médico, que solo se encogía de hombros.

Hacemos todo lo posible, pero llegó muy tarde. Realmente, ni vino… la trajeron ya muy mal. ¿No habíais notado nada?

Claro que sí, yo le insistía para que fuera al médico, pero Carmen siempre ponía a los demás por delante y se quedó mudo, con la rabia mordiéndole por dentro.

Poco después, Carmen volvió a casa, postrada ya en la cama. Gonzalo y Adelina se turnaban para cuidarla, pero la enfermedad avanzaba sin compasión. Él mismo le ponía las inyecciones y hasta cogió una baja para estar con ella. Pero la baja se le acabó, tuvo que volver al trabajo y Adelina, tras el colegio, se encargaba de su madre como podía, agotada física y anímicamente.

Un día apareció Remedios.

Gonzalo, se me ha roto la lavadora, ¿le puedes echar un ojo? Que yo de estas cosas no entiendo, pero tú eres un manitas.

Vale, después del trabajo paso a verla prometió, y cumplió al día siguiente.

Al marcharse de casa de su hermana, soltó:

Podrías pasarte de vez en cuando por la nuestra, que Adelina se queda sola con Carmen y yo hago turnos de noche. La niña tiene quince años, esto es durísimo para cualquiera, y más para una cría. Venga, ¿tan difícil es cuidarla un rato? Carmen crió a tu Antolín hasta los diez años y te defendió el piso cuando tu marido te lo quería quitar.

Ya estamos, sacando trapos viejos. Antolín tiene ya diecisiete, yo me casé antes que tú y sí, Carmen me hizo un favor, pero yo entonces estaba todo el día por trabajo. Le regalé un anillo de oro, así que cuentas saldadas.

Ya, se lo diste y Carmen te lo devolvió al momento, y tú tan feliz de quedártelo de vuelta

Si ella no lo quería, pues lo aproveché yo. Pero vamos, que no compares: cuidar de un niño sano no es igual que ver morir a alguien. No me pidas eso, Gonzalo. Y ni las gracias por la lavadora.

Después de aquello, Gonzalo zanjó:

No vuelvas a pedirme nada. Eres una egoísta.

No volvió a recordar a su hermana. Carmen empeoraba rápido. Ese día, Adelina vio a su padre por la ventana al volver del trabajo y salió corriendo a abrazarlo.

Papá, papá mamá está fatal. No ha querido comer, se ha dado la vuelta y no me habla. Le quería dar el jarabe y el agua, pero…

Tranquila, hija, saldremos adelante, siempre lo hacemos.

Pero esa noche Carmen se fue. Los dos lloraron, solos los dos. Curiosamente, a Gonzalo le vino un extraño alivio: al menos Carmen ya no sufriría, ni su hija tendría que ver los estragos de la enfermedad. Amaba a su mujer, pero aquello les había drenado hasta la última gota de energía.

Tras el entierro, Gonzalo cayó en una profunda tristeza. Le faltaba todo: la risa de Carmen, sus palabras, su mimoso cuidado. No se hacía a la idea de no tenerla. Adelina también lo pasaba mal, aunque hacía lo posible por animar a su padre.

Papá, lo dimos todo. Mamá ya no sufre. Nos acostumbrarnos, nos tenemos el uno al otro.

Vaya, hija, nunca dejas de sorprenderme. ¡Has madurado con esta desgracia!

Desde entonces, Adelina se volcó aún más en su padre, y él en ella. Siempre se apresuraba a volver del trabajo para cenar juntos, intercambiar las novedades del día y, por supuesto, probar los espaguetis (penosamente) experimentales de Adelina.

Un día, al llegar a casa, Adelina le dijo:

Papá, hoy vino tía Remedios nada más llegar yo del cole. Ni me dio tiempo a cerrar la puerta.

¿Y qué quería esa ahora? bufó Gonzalo.

Dice que venía a buscar la chaqueta de visón de mamá y otras cosas de ropa… que tú lo sabías.

Yo no he dado permiso. Si vuelve, ciérrale la puerta. No tiene nada que hacer aquí.

Unos días después, en el trabajo, a Gonzalo le dio un amago de infarto. De repente, faltaba aire, le dolía el pecho, apenas podía tenerse en pie. Por suerte, su compañero avisó a emergencias y lo llevaron al hospital. Adelina llegó corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó:

No te preocupes, niña; tu padre está consciente. Ha estado al borde de un infarto, pero saldrá con tratamiento.

Así que, a partir de ese momento, todo recayó en Adelina: estudios, casa, las visitas al hospital y la comida para su padre. No había tiempo para nada, pero no se rindió. Un día, Remedios apareció con un bizcocho.

Adelina, he preparado esto para tu padre. Llévaselo al hospital, pero no me nombres, que él no me traga.

Gracias, tía, respondió Adelina, agradecida más por educación.

Al rato de irse, Antolín apareció. De vez en cuando ayudaba a Adelina; al fin y al cabo, eran primos. Estaba acabando el bachillerato y planeando entrar en la universidad.

Me he dejado las llaves. ¡Menuda pinta tiene este bizcocho! comentó.

No es mío, lo trajo tu madre. Te corto un trozo, que seguro tienes hambre después de clase. Total, para papá es mucho.

Antolín aceptó, y mientras tomaban el té, decidieron ir juntos al hospital. Pero justo al llegar, Antolín palideció, sudaba a mares, y cayó desplomado delante de la puerta. Gracias a que estaban en el hospital

Resultó que en su sangre había alguna sustancia tóxica.

¿Qué ha comido? preguntó el médico.

El bizcocho que le íbamos a llevar a mi padre. Lo trajo su madre para él explicó Adelina.

Ni se te ocurra dárselo a Gonzalo. Me lo quedo yo para analizar, aquí pasa algo.

Avisaron a Remedios, que se presentó hecha un flan.

¡Dios mío, hijo! ¿Cómo puedes estar así? ¿Qué has comido?

El bizcocho de tu madre, tía, contestó Adelina, y ella se quedó blanco ibicenco.

Poco después, la Guardia Civil vino a buscar a Remedios. Se descubrió que había puesto algo en el bizcocho, con la idea de deshacerse de su hermano para, después, vender su casa. Total, a Adelina ya la veía largándose a la universidad y ocupando una plaza en una residencia. Pero Remedios no pensó que Antolín fuera a probarlo.

Cuando Gonzalo salió del hospital, llevó a Adelina y a Antolín a ver a Remedios al calabozo.

Perdóname, Gonzalo, perdóname, Antolín y tú, Adelina, por Dios, perdóname. Me he dado cuenta de todo el daño que he hecho. Os lo suplico, perdón lloraba desconsolada.

Gonzalo retiró la denuncia y, al poco, soltaron a Remedios. Antolín no podía ni mirarla y se refugiaba más en casa de Gonzalo.

Tío Gonzalo, no puedo perdonar a mi madre. La odio, ¿cómo ha sido capaz?

Antolín, uno no elige a sus padres. Lo que hizo tu madre es imperdonable, pero realmente está arrepentida. Todos metemos la pata alguna vez. Dale una oportunidad: también sufre.

Al final, poco a poco, las aguas volvieron a su cauce. Antolín entró en la universidad, Adelina acabó el instituto, aunque le dolía dejar a su padre solo.

Tranquila, hija, apáñate tú, que para eso está la juventud. Vendrás algún fin de semana, y en verano. Tu madre siempre quiso que fueras profesora.

Y así, entre tortilla de patatas, lloros, alguna discusión y mucha ternura, Gonzalo y Adelina aprendieron a vivir el uno para el otro.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eighteen + five =

Viviremos el uno para el otro Tras la muerte de su madre, Egor logró recuperarse un poco; ella llevaba tiempo ingresada en el hospital, donde finalmente falleció. Antes estuvo postrada en casa, y tanto él como su esposa Vera se turnaban para cuidarla. Las casas estaban una al lado de la otra, aunque Egor le insistió a su madre para que se trasladara con ellos, pero ella no quiso de ninguna manera. —Hijo, aquí murió tu padre, y aquí quiero morir yo. Así estoy más tranquila —lloraba ella, y Egor no podía negarle ese deseo. Para ellos habría sido más fácil si la madre estuviese en su casa, pero su hija tenía trece años y no querían que presenciara el deterioro de su abuela. Egor trabajaba a turnos, Vera era maestra de primaria. Así, la madre estaba siempre acompañada y hasta hacían turnos para dormir en su casa. —Mamá, ¿la abuela va a morir pronto? —le preguntaba Ksyusha—. Me da pena, es muy buena con nosotros. —No lo sé, hija, pero llegará el momento. Así es la vida. Cuando la abuela empeoró la llevaron al hospital. Egor tenía una hermana, Rita, tres años menor y madre de Antoñito, a quien solía cuidar la abuela o Vera, ya que Rita siempre andaba ausente por “viajes de trabajo”. Llevaba mucho separada de su marido, nunca quiso cuidar de su madre, sabiendo que Egor y Vera se ocupaban. Rita era la antítesis de su hermano: dura, fría, conflictiva. Tres días después, la madre de Egor y Rita murió en el hospital. Tras el entierro, decidieron vender la casa materna, pues si no se cuida, se viene abajo. La madre había puesto la casa a nombre de Egor hacía tiempo: con Rita nunca tuvo buena relación, y ella lo sabía, por eso apenas se hablaban. Pero después de la venta, su esposa Vera insistía: —En cuanto recibas el dinero, repártelo a partes iguales con Rita. —Vera, Rita tiene su propio piso, su exmarido le dejó una buena vivienda y ella gastará el dinero igual. —Eso da igual, Egor, así nuestra conciencia quedará tranquila, y evitarás que ande criticándonos por todas partes. Egor aceptó y le dio la mitad del dinero a su hermana, pero ella, en vez de agradecerle, dijo: —¿Y esto es todo? ¿Y lo demás? Con el tiempo, Ksyusha cumplió quince años, y otro infortunio recayó sobre ellos: Vera enfermó gravemente. Aunque antes ya se sentía mal, lo achacaba al cansancio de trabajar con niños. Pero un día se desmayó en el patio y la llevaron al hospital: le diagnosticaron esa enfermedad traicionera, demasiado tarde. —¿No se puede hacer nada por mi esposa? —preguntó angustiado Egor al médico, pero él solo encogía los hombros. —Hacemos todo lo posible, pero llegó demasiado tarde al hospital. ¿De verdad no notó que estaba enferma? —Claro que lo noté, le insistí muchas veces para ir al médico, pero Vera siempre pensaba en los demás y nunca en sí misma… —dijo, abatido. Pronto Egor llevó a Vera de vuelta a casa; ya no se levantaba de la cama. Él y su hija la cuidaban, pero la enfermedad avanzaba sin freno. Egor le ponía las inyecciones, incluso cogió la baja para estar con ella. Cuando terminó el permiso, tuvo que volver al trabajo. Ksyusha cuidaba de su madre después del colegio, la alimentaba, la aseaba, y se agotaba. Un día apareció Rita. —Egor, se me ha roto la lavadora. Míratela, que tú entiendes. —Vale, iré luego —prometió, y tras su jornada laboral la arregló. Al despedirse, él le comentó: —Al menos podrías venir a quedarte con Vera de vez en cuando, así Ksyusha no la cuida sola. Solo tiene quince años, no puede con todo, y yo a veces trabajo de noche. Además, Vera no te es ajena: ella crio a Antoñito, y luchó por tu piso cuando tu exmarido quiso quitártelo. —Bueno, ¡pues vaya! No me vengas ahora con lo de hace cien años. Antoñito ya tiene diecisiete, y yo me casé antes que tú. Sí, Vera me ayudó con el niño, pero yo estaba siempre fuera. Le regalé un anillo de oro, eso compensa. —Sí, pero Vera te lo devolvió al instante, y tú tan contenta te lo quedaste. —Si no lo quería, estaba en su derecho. Además, una cosa es cuidar de un niño sano y otra muy distinta es quedarse al lado de una moribunda. No cuentes conmigo —respondió fríamente y ni agradeció la reparación. Egor, tras oír eso, no solo se ofendió sino que dijo: —No vuelvas a pedirme nada. No tienes corazón. A partir de ahí, dejó de pensar en su hermana. Vera se apagaba rápidamente. Ese día Ksyusha vio a su padre por la ventana y salió corriendo a su encuentro. —Papá, papá, mamá está fatal, no come, se ha girado y ya no habla. Quise darle la medicina y agua, pero… —No pasa nada, hija, saldremos adelante, seguro que sí. Pero esa misma noche Vera murió. Ambos lloraron, se quedaron solos. A Egor, tras la muerte de su esposa, le quedó cierta paz al pensar que ella ya no sufría y que su hija tampoco presenciaba el dolor. Amaba a Vera, pero la cruel enfermedad no solo le arrebató a su ser querido, sino que los agotó a él y a Ksyusha. Después del funeral, se sintió peor. Le faltaba la mirada de Vera, su risa y el cuidado que le prestaba; esos recuerdos no le dejaban. Ella era imprescindible y ya nunca volvería. Ksyusha también sufría, pero incluso intentaba consolarle. —Papá, hicimos todo lo que pudimos. Tenemos que aceptar que mamá ya no está, allí donde esté, no padece. Nos acostumbraremos, lo importante es que nos tenemos el uno al otro. —Qué adulta eres, hija mía —se sorprendió Egor—. Esta desgracia te ha hecho madurar mucho. Ksyusha se preocupaba por su padre y siempre estaba con él; él también se apresuraba tras el trabajo, sabiendo que ella le esperaba e incluso ya cocinaba. Después cenaban juntos y compartían sus novedades del día. Un día, al volver de trabajar, su hija le contó: —Papá, después de clase tía Rita vino a casa. —¿Y qué quería esa? —preguntó él, irritado—. No la dejes pasar. —Entró justo detrás de mí, no tuve tiempo de cerrar. Dijo que venía a recoger el abrigo de piel de mamá y otras cosas. Me dijo que tú lo sabías. —No le di nada, se fue enfadada. —Hija, no le permitas llevarse nada y, la próxima vez, cierra la puerta al llegar. No tiene nada que hacer aquí. Egor estaba trabajando cuando le dio un fuerte dolor en el pecho: apenas podía respirar. Se le puso la cara blanca y perdió el conocimiento. Su compañero llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital. Ksyusha fue corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó: —No llores, tu padre está consciente, ha sido un preinfarto. Necesita tratamiento. Ahora todas las responsabilidades recayeron en Ksyusha: cuidar del padre, la escuela, la casa. Tenía que hacerse cargo de todo sola y dedicaba más tiempo al estudio. Así vivía, de un lado para otro; iba al hospital e incluso le llevaba comida. Un día Rita apareció con un pastel. —Ksyusha, le he hecho un pastel a tu padre para el hospital. No quiero ir a verle, sabes que no me soporta. Toma, llévaselo y ni se te ocurra decirle que lo he hecho yo. —Gracias, tía Rita —le contestó, y ella se fue. Al poco, apareció Antón, el hijo de Rita y hermano de Ksyusha, que a veces la ayudaba. Estaba acabando el bachillerato. —He olvidado las llaves y he venido —dijo—. ¡Vaya, Ksyusha, tú hiciste el pastel? —No, no sé. Lo trajo tu madre para papá en el hospital. Toma un trozo, que después del cole tienes hambre y para papá es demasiado grande. Antón aceptó, ella le sirvió té y luego se fueron juntos al hospital. De repente, vieron que Antón se ponía muy pálido, le salía sudor frío, se apoyó en la barandilla de la entrada y, de pronto, se desmayó. Por suerte, estaban allí mismo en el hospital. Descubrieron que tenía una sustancia tóxica en sangre. —¿Qué comió? —preguntó el médico. —El pastel, lo llevamos a mi padre. Lo hizo la madre de Antón para mi padre. —Bajo ningún concepto se lo deis a tu padre. Me lo llevo para analizarlo. Avisaron a Rita, que llegó corriendo al hospital. —Dios mío, hijo, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo puedes estar tan grave? —Comió tu pastel, tía Rita. Le di un trozo cuando vino del colegio —y ella se quedó blanca. Al poco, la policía se llevó a Rita. Se descubrió que había envenenado el pastel para matar a su hermano y así poder venderle la casa. A Ksyusha la dejaría ir al instituto y vivir en un colegio mayor. Rita lo había planeado todo; solo no contó con que el pastel acabaría en manos de su propio hijo. Cuando Egor fue dado de alta, llevó a Ksyusha y Antón a visitar a Rita. —Perdóname, Egor, perdón, Antoñito, tú también Ksyusha… Me equivoqué, perdonadme, por Dios —lloraba ella. Egor retiró la denuncia, al poco liberaron a Rita. Pero Antón no podía perdonar a su madre y pasaba cada vez más tiempo con Egor y Ksyusha. —Tío Egor, nunca perdonaré a mi madre, la odio, ¿cómo ha podido hacerme esto? —Antón, los padres no se eligen. Lo que hizo tu madre fue horrible, pero está arrepentida. Todos podemos cometer errores. Dale una oportunidad, perdónala, porque sufre y se siente muy culpable. Poco a poco, todo fue mejorando. Antón entró en la universidad, Ksyusha acababa el colegio y también quería estudiar, aunque no quería dejar solo a su padre. —No te preocupes, hija, yo me las arreglo. Tienes que estudiar. Viviremos el uno para el otro y vendrás a casa los fines de semana y en vacaciones. Tu madre soñaba con que entraras en magisterio.
El marido de Jessica solía alzar la mano contra ella y, tras el nacimiento de su hija, la situación no hizo más que empeorar.