Vamos a vivir el uno para el otro
Tras la muerte de su madre, Gonzalo estuvo una temporada algo desconcertado. Su madre llevaba ya un tiempo ingresada en el hospital y allí fue donde falleció. Antes de aquello, estuvo encamada en su casita, donde él y su mujer, Carmen, se turnaban para cuidarla. Las casas estaban pegadas, aunque Gonzalo le insistió para trasladarla a su casa. Ella se negó en redondo.
Hijo mío, aquí murió tu padre y aquí moriré yo. Así lo prefiero lloraba, y él, ¿cómo iba a quitarle su última voluntad?
Ciertamente, para ellos hubiese sido más sencillo tenerla en casa, pero su hija Adelina tenía trece años y no era plato de buen gusto que la niña viera cómo su abuela se iba apagando poco a poco. Gonzalo trabajaba a turnos en una fábrica y Carmen era maestra de primaria en la escuela del pueblo. Por eso, la madre nunca estaba sola: incluso se turnaban para hacerle compañía por las noches.
Mamá, ¿se va a morir la abuela pronto? preguntaba Adelina. Qué pena, siempre ha sido muy buena con nosotros.
No lo sé, hija, pero ese día llegará; la vida es así.
Cuando la abuela empeoró, se la llevaron al hospital. Gonzalo tenía una hermana, Remedios, tres años menor que él, y con un hijo, Antolín, que solían cuidar la abuela y Carmen porque la otra siempre estaba de viaje por trabajo, según decía ella. Remedios llevaba tiempo separada y nunca se ofrecía a cuidar de su madre, pues daba por hecho que su hermano y su cuñada se encargaban de todo. Era el polo opuesto de Gonzalo: dura, egocéntrica y de armas tomar, por decirlo fino.
A los tres días de hospital, la madre de Gonzalo y Remedios falleció. Tras el entierro, decidieron vender su casa; había que estar pendiente de ella o se vendría abajo. Su madre, hacía tiempo, había dejado la propiedad a Gonzalo, con Remedios la relación nunca fue buena, y esta lo sabía, por lo que apenas cruzaban palabra.
Pero nada más vender la casa, Carmen insistió una y otra vez:
Reparte el dinero con Remedios en cuanto lo tengas, mitad y mitad.
Pero Carmen, si Remedios tiene su propio piso. Además, su exmarido le dejó una buena vivienda; ya se fundirá el dinero de todas formas
Bueno, Gonzalo, pero así nuestra conciencia queda limpia. Si no, irá por ahí despotricando de nosotros.
Al final, Gonzalo cedió y le entregó la mitad a su hermana, que, lejos de agradecérselo, soltó:
¿Y esto es todo? ¿Dónde está el resto?
Pasó el tiempo y Adelina cumplió quince años cuando llegó la siguiente desgracia: Carmen cayó enferma. Llevaba un tiempo sintiéndose mal, achacándolo siempre al estrés del colegio, hasta que perdió el conocimiento en mitad del patio. De ahí, directos al hospital, y tras las pruebas, el temido diagnóstico: ya era demasiado tarde.
¿De verdad no se puede hacer nada por mi mujer? suplicaba Gonzalo al médico, que solo se encogía de hombros.
Hacemos todo lo posible, pero llegó muy tarde. Realmente, ni vino… la trajeron ya muy mal. ¿No habíais notado nada?
Claro que sí, yo le insistía para que fuera al médico, pero Carmen siempre ponía a los demás por delante y se quedó mudo, con la rabia mordiéndole por dentro.
Poco después, Carmen volvió a casa, postrada ya en la cama. Gonzalo y Adelina se turnaban para cuidarla, pero la enfermedad avanzaba sin compasión. Él mismo le ponía las inyecciones y hasta cogió una baja para estar con ella. Pero la baja se le acabó, tuvo que volver al trabajo y Adelina, tras el colegio, se encargaba de su madre como podía, agotada física y anímicamente.
Un día apareció Remedios.
Gonzalo, se me ha roto la lavadora, ¿le puedes echar un ojo? Que yo de estas cosas no entiendo, pero tú eres un manitas.
Vale, después del trabajo paso a verla prometió, y cumplió al día siguiente.
Al marcharse de casa de su hermana, soltó:
Podrías pasarte de vez en cuando por la nuestra, que Adelina se queda sola con Carmen y yo hago turnos de noche. La niña tiene quince años, esto es durísimo para cualquiera, y más para una cría. Venga, ¿tan difícil es cuidarla un rato? Carmen crió a tu Antolín hasta los diez años y te defendió el piso cuando tu marido te lo quería quitar.
Ya estamos, sacando trapos viejos. Antolín tiene ya diecisiete, yo me casé antes que tú y sí, Carmen me hizo un favor, pero yo entonces estaba todo el día por trabajo. Le regalé un anillo de oro, así que cuentas saldadas.
Ya, se lo diste y Carmen te lo devolvió al momento, y tú tan feliz de quedártelo de vuelta
Si ella no lo quería, pues lo aproveché yo. Pero vamos, que no compares: cuidar de un niño sano no es igual que ver morir a alguien. No me pidas eso, Gonzalo. Y ni las gracias por la lavadora.
Después de aquello, Gonzalo zanjó:
No vuelvas a pedirme nada. Eres una egoísta.
No volvió a recordar a su hermana. Carmen empeoraba rápido. Ese día, Adelina vio a su padre por la ventana al volver del trabajo y salió corriendo a abrazarlo.
Papá, papá mamá está fatal. No ha querido comer, se ha dado la vuelta y no me habla. Le quería dar el jarabe y el agua, pero…
Tranquila, hija, saldremos adelante, siempre lo hacemos.
Pero esa noche Carmen se fue. Los dos lloraron, solos los dos. Curiosamente, a Gonzalo le vino un extraño alivio: al menos Carmen ya no sufriría, ni su hija tendría que ver los estragos de la enfermedad. Amaba a su mujer, pero aquello les había drenado hasta la última gota de energía.
Tras el entierro, Gonzalo cayó en una profunda tristeza. Le faltaba todo: la risa de Carmen, sus palabras, su mimoso cuidado. No se hacía a la idea de no tenerla. Adelina también lo pasaba mal, aunque hacía lo posible por animar a su padre.
Papá, lo dimos todo. Mamá ya no sufre. Nos acostumbrarnos, nos tenemos el uno al otro.
Vaya, hija, nunca dejas de sorprenderme. ¡Has madurado con esta desgracia!
Desde entonces, Adelina se volcó aún más en su padre, y él en ella. Siempre se apresuraba a volver del trabajo para cenar juntos, intercambiar las novedades del día y, por supuesto, probar los espaguetis (penosamente) experimentales de Adelina.
Un día, al llegar a casa, Adelina le dijo:
Papá, hoy vino tía Remedios nada más llegar yo del cole. Ni me dio tiempo a cerrar la puerta.
¿Y qué quería esa ahora? bufó Gonzalo.
Dice que venía a buscar la chaqueta de visón de mamá y otras cosas de ropa… que tú lo sabías.
Yo no he dado permiso. Si vuelve, ciérrale la puerta. No tiene nada que hacer aquí.
Unos días después, en el trabajo, a Gonzalo le dio un amago de infarto. De repente, faltaba aire, le dolía el pecho, apenas podía tenerse en pie. Por suerte, su compañero avisó a emergencias y lo llevaron al hospital. Adelina llegó corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó:
No te preocupes, niña; tu padre está consciente. Ha estado al borde de un infarto, pero saldrá con tratamiento.
Así que, a partir de ese momento, todo recayó en Adelina: estudios, casa, las visitas al hospital y la comida para su padre. No había tiempo para nada, pero no se rindió. Un día, Remedios apareció con un bizcocho.
Adelina, he preparado esto para tu padre. Llévaselo al hospital, pero no me nombres, que él no me traga.
Gracias, tía, respondió Adelina, agradecida más por educación.
Al rato de irse, Antolín apareció. De vez en cuando ayudaba a Adelina; al fin y al cabo, eran primos. Estaba acabando el bachillerato y planeando entrar en la universidad.
Me he dejado las llaves. ¡Menuda pinta tiene este bizcocho! comentó.
No es mío, lo trajo tu madre. Te corto un trozo, que seguro tienes hambre después de clase. Total, para papá es mucho.
Antolín aceptó, y mientras tomaban el té, decidieron ir juntos al hospital. Pero justo al llegar, Antolín palideció, sudaba a mares, y cayó desplomado delante de la puerta. Gracias a que estaban en el hospital
Resultó que en su sangre había alguna sustancia tóxica.
¿Qué ha comido? preguntó el médico.
El bizcocho que le íbamos a llevar a mi padre. Lo trajo su madre para él explicó Adelina.
Ni se te ocurra dárselo a Gonzalo. Me lo quedo yo para analizar, aquí pasa algo.
Avisaron a Remedios, que se presentó hecha un flan.
¡Dios mío, hijo! ¿Cómo puedes estar así? ¿Qué has comido?
El bizcocho de tu madre, tía, contestó Adelina, y ella se quedó blanco ibicenco.
Poco después, la Guardia Civil vino a buscar a Remedios. Se descubrió que había puesto algo en el bizcocho, con la idea de deshacerse de su hermano para, después, vender su casa. Total, a Adelina ya la veía largándose a la universidad y ocupando una plaza en una residencia. Pero Remedios no pensó que Antolín fuera a probarlo.
Cuando Gonzalo salió del hospital, llevó a Adelina y a Antolín a ver a Remedios al calabozo.
Perdóname, Gonzalo, perdóname, Antolín y tú, Adelina, por Dios, perdóname. Me he dado cuenta de todo el daño que he hecho. Os lo suplico, perdón lloraba desconsolada.
Gonzalo retiró la denuncia y, al poco, soltaron a Remedios. Antolín no podía ni mirarla y se refugiaba más en casa de Gonzalo.
Tío Gonzalo, no puedo perdonar a mi madre. La odio, ¿cómo ha sido capaz?
Antolín, uno no elige a sus padres. Lo que hizo tu madre es imperdonable, pero realmente está arrepentida. Todos metemos la pata alguna vez. Dale una oportunidad: también sufre.
Al final, poco a poco, las aguas volvieron a su cauce. Antolín entró en la universidad, Adelina acabó el instituto, aunque le dolía dejar a su padre solo.
Tranquila, hija, apáñate tú, que para eso está la juventud. Vendrás algún fin de semana, y en verano. Tu madre siempre quiso que fueras profesora.
Y así, entre tortilla de patatas, lloros, alguna discusión y mucha ternura, Gonzalo y Adelina aprendieron a vivir el uno para el otro.







