«Abuela, vaya a otro departamento», sonrieron los jóvenes empleados al ver a la nueva compañera. No sabían que yo había comprado su empresa.

“Abuela, por ahí es su departamento”, sonrieron los jóvenes empleados al ver a la nueva trabajadora. No sabían que yo acababa de comprar su empresa.

“¿A quién busca?”, soltó el chico de recepción sin levantar la vista del móvil.

Su corte de pelo moderno y la sudadera de marca gritaban aires de superioridad e indiferencia total hacia lo que le rodeaba.

Isabel Martínez ajustó su bolso sencillo pero de buena calidad sobre el hombro. Había elegido el atuendo a propósito para pasar desapercibida: una blusa discreta, falda por debajo de la rodilla y zapatos cómodos sin tacón.

El anterior director, Gregorio, un hombre canoso y cansado de intrigas con quien había cerrado el acuerdo de compra, sonrió cuando le explicó su plan.

“Un caballo de Troya, Isabel Martínez”, dijo con respeto. “Tragarán el cebo sin ver el anzuelo. No sospecharán de usted… hasta que sea demasiado tarde”.

“Soy la nueva empleada. Del departamento de documentación”, dijo con voz tranquila, deliberadamente carente de autoridad.

El chico alzó por fin la mirada. La escrutó de arriba abajo, desde los zapatos gastados hasta el pelo canoso recogido con esmero, y en sus ojos brilló una burla abierta, sin disimulo. Ni siquiera lo intentó.

“Ah, sí. Dijeron que vendría alguien nuevo. ¿Recogió el pase en seguridad?”.

“Sí, aquí lo tengo”.

Señaló perezosamente hacia el torniquete, como indicando el camino a una mosca perdida.

“Su puesto está al fondo, al lado del archivo. Ya se apañará”.

Isabel asintió. “Me apañaré”, repitió mentalmente mientras caminaba hacia el ruidoso open space, que zumbaba como un panal.

Llevaba apañándosela cuarenta años. Con el negocio de su marido al borde de la quiebra tras su muerte repentina, convirtiéndolo en una empresa rentable. Con inversiones complicadas que multiplicaron su capital. Con la soledad de una casa vacía a sus sesenta y cinco años.

Comprar esta próspera pero, según intuía, podrida empresa de tecnología era el reto más interesante que había emprendido últimamente.

Su mesa estaba al fondo, junto a la puerta del archivo. Vieja, con arañazos y una silla chirriante, parecía una isla del pasado en un océano de tecnología reluciente.

“¿Cómo se encuentra?”, dijo una voz melosa a su oído. Delante de ella estaba Lucía, la jefa de marketing, con un traje color hueso impecablemente planchado.

Olía a perfume caro y éxito recién estrenado.

“Intentando adaptarme”, respondió Isabel con suavidad.

“Tendrá que organizar los contratos del proyecto ‘Altair’ del año pasado. Están en el archivo. No creo que le suponga mucho esfuerzo”.

El tono de Lucía rezumaba condescendencia, como si le encargase una tarea a alguien con capacidades limitadas.

Cuando se marchó, taconeando con decisión, Isabel oyó un comentario a sus espaldas:

“El de RRHH se ha vuelto loco. Pronto contratarán dinosaurios”.

Isabel fingió no oír. Había que tantear el terreno.

Se dirigió al departamento de desarrollo, deteniéndose junto a una sala de reuniones acristalada donde varios jóvenes debatían con vehemencia.

“Señora, ¿busca algo?”, preguntó un chico alto al levantarse.

Marcos, el desarrollador estrella. Futuro prometedor de la empresa, según su propia evaluación de desempeño, probablemente escrita por él mismo.

“Sí, cariño, busco el archivo”.

Marcos sonrió y se volvió hacia sus compañeros, que observaban la escena como si fuera un espectáculo gratuito.

“Abuela, creo que se ha equivocado de departamento. El archivo está por allá”, dijo, señalando vagamente hacia su mesa. “Nosotros aquí nos dedicamos a cosas serias. Cosas que ni se imagina”.

El grupo soltó una risita. Isabel sintió cómo un frío y controlado enfado crecía en su pecho.

Observó sus caras satisfechas, el reloj caro de la muñeca de Marcos. Todo pagado con su dinero.

“Gracias”, respondió con calma. “Ahora sé exactamente adónde ir”.

El archivo era una habitación pequeña y sofocante sin ventanas. Isabel se puso manos a la obra. La carpeta “Altair” apareció rápidamente.

Revisó metódicamente los documentos. Contratos, anexos, facturas. A primera vista, todo parecía impecable. Pero su ojo experto detectó irregularidades. Las cantidades en las facturas del proveedor “Ciber-Soluciones” estaban redondeadas a miles enteros—señal de pereza o de intentos de ocultar cálculos reales.

Los términos eran ambiguos: “servicios de consultoría”, “soporte analítico”, “optimización de procesos”. Esquemas clásicos de desvío de fondos, que conocía desde los noventa.

Horas después, la puerta se abrió. Apareció una chica con ojos asustados.

“Buenos días. Soy Elena, de contabilidad. Lucía dijo que estaba aquí… Quizá le ayude acceder a la base digital”.

No había rastro de condescendencia en su voz.

“Gracias, Elena. Sería muy amable”.

“No es nada. Es que ellos… bueno… no entienden que no todos nacimos con una tablet en la mano”, balbuceó, ruborizándose.

Mientras Elena explicaba el sistema, Isabel pensó que hasta en el pantano hay manantiales limpios.

Apenas se fue, apareció Marcos.

“Necesito el contrato con ‘Ciber-Soluciones’. Urgente”.

Hablaba como si diera órdenes a un sirviente.

“Buenos días”, respondió Isabel con calma. “Justo revisaba esos documentos. Dame un momento”.

“¡No tengo un momento! Tengo una llamada en cinco minutos. ¿Por qué esto no está digitalizado? ¿En qué trabaja aquí?”.

Su arrogancia era su punto débil. Estaba seguro de que nadie, y menos esta vieja, se atrevería a cuestionarle.

“Es mi primer día”, dijo ella con serenidad. “Y estoy arreglando lo que otros no hicieron”.

“¡Me da igual!”. Arrebató la carpeta sin miramientos. “Con los viejos siempre son problemas”.

Salió dando un portazo. Isabel no lo siguió con la mirada. Ya había visto suficiente.

Sacó el teléfono y marcó el número de su abogado personal.

“Javier, buenos días. Revisa una empresa: ‘Ciber-Soluciones’. Intuyo que sus dueños son… interesantes”.

A la mañana siguiente, el teléfono vibró.

“Isabel, tenía razón. ‘Ciber-Soluciones’ es una estructura ficticia. Registrada a nombre de un tal Pedro Martínez. Primo de su desarrollador estrella, Marcos. Un esquema clásico”.

“Gracias, Javier. Era lo que necesitaba saber”.

El clímax llegó después del almuerzo. Todos fueron convocados a la reunión semanal. Lucía brillaba mientras presentaba los últimos logros.

“Parece que olvidé imprimir el informe de conversión. Isabel”, dijo con voz fría y amplificada por el micrófono, “¿sería tan amable de traer la carpeta Q4 del archivo? Pero no se pierda por el camino”.

La sala estalló en risas contenidas. Isabel se levantó con calma. El punto de no retorno ya estaba atrás.

Regresó minutos después. Marcos susurraba algo a Lucía, divertido.

“¡Ahí está nuestra salvadora!”, exclamó Marcos con falsa calidez. “Hay que trabajar más rápido. El tiempo es dinero. Sobre todo, nuestro dinero”.

Ese “nuestro” fue la gota que colmó el vaso.

Isabel se irguió. La espalda ya no estaba encorvada. Su mirada era fría e implacable.

“Tienes razón, Marcos. El tiempo es dinero

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