Sin “deberes”: Una tarde cualquiera en la mesa familiar, entre platos sin lavar, confesiones y miedos compartidos, Antón y sus hijos descubren que ser familia también es hablar de lo que duele, sin fingir que todo va bien

Sin deber

Hoy, al llegar a casa, abrí la puerta y lo primero que vi fue la mesa de la cocina llena con tres platos de espaguetis resecos, un vaso del yogur volcado y un cuaderno de cuadros abierto. La mochila de Mateo tirada a mitad del pasillo. Clara sentada en el sofá, totalmente abstraída con su móvil.

Dejé el maletín en el suelo, me quité los zapatos. Iba a decir algo sobre los platos, pero el cansancio me apretó la garganta, así que simplemente me acerqué a la mesa, cogí un plato y fui hacia el fregadero.

Papá, en un rato los friego dijo Clara sin levantar la vista.

Ajá.

Abrí el grifo y pasé el plato bajo el agua. La pasta se despegó y se fue por el desagüe. Cerré el agua y me paré un momento mirando la vajilla mojada.

Clara, ¿dónde está Mateo?

En su cuarto. Está con mates.

¿Y tú?

Acabé todo ya.

Me sequé las manos en el trapo y fui hasta la habitación de Mateo. El chaval estaba tumbado en la alfombra, apoyado sobre el puño, con apenas un par de ejercicios resueltos en el cuaderno.

Hola dije.

Hola.

¿Qué tal?

Bien.

¿Los deberes?

En ello estoy.

Me senté en el borde de la cama. Mateo me miró de reojo y volvió a los ejercicios.

¿Pasa algo, papá?

No sé, Mateo. Creo que estoy cansado.

La verdad, no lo sabía bien. Por la mañana mi madre había llamado implorando que fuera a ayudarla a vaciar el armario. Después, la reunión en la oficina se alargó hasta las seis, y pasé media hora en el metro como sardina en lata, pegado a la puerta. Ahora estaba allí, sentado en la habitación de Mateo, y sabía que no me apetecía hablar ni de los platos, ni de los deberes, ni del orden. No quería ser una función que llega a casa y se enciende.

Escucha, ¿por qué no nos reunimos en la cocina? Todos juntos propuse.

¿Para qué?

Para hablar.

Mateo puso mala cara.

¿Otra vez por el suspenso de lengua?

No, solo hablar.

Papá, no he terminado los deberes.

Los acabarás después. Solo cinco minutos.

Me levanté y llamé a Clara. Ella levantó la vista y suspiró, molesta.

¿En serio?

En serio.

Dejó el móvil en el sofá y vino. Mateo salió despacio de su cuarto y se quedó en la puerta de la cocina, dudando.

Me senté a la mesa, aparté el cuaderno. Clara se sentó enfrente, Mateo en el borde de la silla.

¿Qué pasa? preguntó Clara.

Nada. No pasa nada.

Entonces, ¿para qué?

Miré a los dos. Los ojos de Mateo estaban inquietos, como esperando una mala noticia.

Solo quiero hablar, de verdad. Sin hay que hacer los deberes, hay que fregar, ni historias de ese tipo.

¿Entonces no hay que fregar los platos? preguntó Mateo, cuidadoso.

Eso lo haremos después, no es de eso.

Clara cruzó los brazos.

Hoy estás raro.

Sí, raro admití. Supongo que porque estoy cansado de fingir que todo va bien.

Guardaron silencio. Buscaba palabras y solo encontraba huecos.

No sé ni cómo decir esto empecé, pero siento que todos vamos por la vida fingiendo. Yo finjo al volver, vosotros fingís que todo es normal, y hablamos de colegio, de comida pero en realidad no hablamos de nada.

Papá, nos estás agobiando susurró Clara. ¿Por qué?

No sé. Igual porque yo tampoco puedo con todo, y me da miedo que a vosotros os pase igual y ni me entere de en qué.

Mateo frunció el ceño.

Yo sí puedo.

¿De verdad? Le sostuve la mirada. ¿Entonces por qué llevas dos semanas durmiéndote tan tarde?

Mateo se calló, mirando a la mesa.

Te oigo moverte por la noche le dije. Y por la mañana tienes cara como de no haber dormido.

No tengo sueño.

Mateo

¿Qué?

Dímelo de verdad.

Removió el hombro y giró la cara.

En el cole todo bien. Hago los deberes. ¿Qué más quieres?

Clara entró en la conversación:

Papá, deja de interrogarle.

No le interrogo. Solo quiero entender.

Él no quiere hablar. Es su derecho.

Me volví hacia ella.

Vale. Entonces dime tú. ¿Cómo estás?

Se rió sin ganas.

¿Yo? Genial. Estudio, hablo con las amigas, todo lo que toca.

Clara.

Calló y apartó la vista.

¿Qué?

Llevas un mes casi sin salir de casa. Dos veces te invitaron tus amigas y dijiste que no.

¿Y qué? No me apetecía.

¿Por qué?

Apretó los labios.

Porque me canso ya de ellas, de lo de siempre, los chicos, las tonterías. Ya está.

Vale le respondí. Solo creo que te noto triste.

Sacudió la cabeza como quitándose algo de encima.

No estoy triste.

De acuerdo.

Se hizo silencio, solo se oía el zumbido del frigorífico detrás.

Mirad dije despacio, no quiero ser el padre aleccionador ahora. Tampoco quiero que me animéis. Solo voy a deciros la verdad: tengo miedo. Cada día. Me asusta no llegar a fin de mes, me preocupa que la abuela enferme y no lo diga, que en el trabajo me echen. Me da miedo que sufráis por algo y ni siquiera me entere porque no estoy. Y estoy cansado de fingir que lo controlo todo.

Clara me miró despacio, atenta.

Pero eres adulto susurró. Tienes que poder con todo.

Ya pero no siempre puedo.

Mateo levantó la cabeza.

¿Y si no puedes, qué pasa?

No lo sé respondí de verdad. Supongo que tendría que pedir ayuda.

¿A quién?

Pues a vosotros, por ejemplo.

Mateo frunció el ceño aún más.

Pero somos críos.

Sí, lo sois. Pero sois parte de esta familia. Y a veces solo necesito que me digáis la verdad. No el todo bien, sino cómo estáis de verdad.

Clara pasó la mano por la mesa, recogiendo migas invisibles.

¿Y para qué quieres saberlo?

Para no estar solo.

Levantó la vista y creí ver comprensión en sus ojos.

A mí me da miedo ir al cole confesó de pronto Mateo. Hay un chaval que me llama tonto todos los días. Y se ríen.

Sentí un nudo en el pecho.

¿Cómo se llama?

No te lo digo. Si vas a hablar con él será peor.

No voy a hacer nada. Te lo prometo.

Mateo me miró, dudoso.

¿Seguro?

Seguro. Pero necesito que sepas que no estás solo.

Mateo asintió, bajando la vista.

No estoy solo. David está conmigo. Nos sentamos juntos.

Bien.

Clara suspiró.

No quiero ir a la uni dijo bajito. Me preguntan todos a qué voy a ir, y no lo sé. De verdad, no lo sé. Y siento que al final no iré, que no sobresalgo en nada.

Clara, tienes catorce años.

¿Y qué? Todos ya lo tienen claro menos yo.

No todos.

Todos los que conozco sí.

Guardé silencio un momento.

A tu edad yo quería ser geólogo. Luego cambié de opinión. Y cambié otra vez. Y ahora ni siquiera trabajo en lo que pensaba.

¿Y es mejor así?

A veces sí, a veces no. La vida no es para tenerlo todo decidido de antemano.

Clara asintió pero con dudas.

Es que todo el mundo dice que hay que tenerlo claro.

Eso dicen contesté. Pero son sus palabras, no las tuyas.

Ella me miró y, por un instante, casi sonrió.

Hoy estás muy distinto, papá.

Estoy cansado de ser el perfecto.

Mateo sonrió de medio lado.

¿Puedo preguntarte algo?

Claro.

¿Tienes miedo de verdad?

Sí, mucho.

¿Y qué haces cuando tienes miedo?

Me quedé pensando.

Me levanto por la mañana y hago cosas. Aunque no sepa si las hago bien. Sólo hago.

Mateo asintió.

Guardamos silencio. Les miré y supe que no había resuelto nada, ni dado respuestas ni quitado preocupaciones. Pero algo había cambiado: les mostré que podía no ser solo la función de padre, sino también una persona. Y ellos hicieron lo mismo.

Bueno dijo Clara levantándose. Hay que fregar la loza.

Te ayudo dijo Mateo.

Yo también añadí.

Nos pusimos en marcha: Clara abrió el grifo, Mateo cogió la esponja. Yo el paño de cocina. Trabajábamos en silencio, pero era otro silencio, no el de antes. Este estaba lleno.

Cuando la última taza se quedó en el escurridor, Clara se secó las manos y me miró.

Papá, ¿podemos hablar así otra vez? Cuando tú quieras.

Cuando tú quieras le respondí.

Ella asintió y se fue a su cuarto. Mateo se quedó un segundo, balanceándose.

Gracias por no hablar con ese chico me dijo.

¿Pero si va a más, me avisarás?

Avisaré.

Bueno, vamos a acabar mates.

Fuimos juntos a su cuarto, nos sentamos en la alfombra. Cogí el cuaderno y miré sus ejercicios. Mateo se acercó y nos pusimos a resolverlos juntos, despacio, casi como siempre. Solo que ahora yo sabía que detrás de aquellos problemas había un chaval que tenía miedo, y que yo podía estar ahí no solo como quien revisa, sino como otro que también tiene miedo y aun así, cada mañana se levanta.

Puede ser poco, pero ya es un principio.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 − eleven =

Sin “deberes”: Una tarde cualquiera en la mesa familiar, entre platos sin lavar, confesiones y miedos compartidos, Antón y sus hijos descubren que ser familia también es hablar de lo que duele, sin fingir que todo va bien
La Madre que se Sacrifica: Un Viaje a través del Amor y el Sacrificio