Come como si tuviese que alimentar a tres, pero solo piensa en sí mismo… En casa, he sustituido un frigorífico por un marido.
Come como si nada, pero nunca piensa en los demás… No soy una esposa, más bien siento que soy una despensa andante.
Yo pensaba que los candados en los frigoríficos eran solo una exageración, bromas que veía en internet. Hasta que, un día, lo veo con mis propios ojos: un candado metálico con una llavecita en una ferretería del barrio, aquí mismo en Madrid. Me quedo parada, mirándolo como hipnotizada, y me asalta la idea: ¿y si me lo llevo? No para proteger la comida de mi hija ni de algún ladrón, sino de mi propio marido
Me llamo Marta, tengo treinta años y vivo con mi marido y nuestra hija aquí, en el barrio de Chamberí. Trabajo mucho, siempre yendo de acá para allá, lo que se dice en mi familia, no paro quieta ni un segundo. Pero, aunque siempre ando atareada, lo que más me agota no es el trabajo ni cuidar de mi hija, sino el hombre con el que comparto mi vida. Mi marido, Javier, solo tiene ojos para el plato que le pongan delante. Come. Sin parar. Sin control, ni medida, ni un atisbo de remordimiento.
Llego agotada a casa, pensando que en la nevera hay para la cena un poco de lomo, algo de queso, tal vez un yogur para la niña. Pero, al abrir el frigo, nada. No es que haya picoteado algo ¡es que lo ha vaciado! Sin decir palabra, a oscuras, todo ha desaparecido. Lo mismo da que sea chorizo, jamón, el queso curado, o las frambuesas que compré para Carmen, mi hija; el hombre se lo zampa todo durante la noche, como si la nevera tuviera un agujero negro.
El otro día, compré fresas para mi niña. Ya saben lo que cuestan cuando no es temporada, pero Carmen las había visto en el mercado y me suplicó que se las llevase. No pude negarme. Llegó a casa y se las fue comiendo una a una, tan contenta Dejé aparte un cuenco, para que al día siguiente pudiera repetir. Al levantarme, el bol estaba vacío. No quedaba ni una. Y encima Javier se ríe: Bah, compra más, total, tenemos euros para gastar, ¿dónde está el problema?
¡El problema, Javier, es que no piensas jamás! Ni en tu hija, ni en mí. No preguntas, no te paras a pensar, solo devoras, como si todo te perteneciera. Y yo ahí, constantemente comprando y cocinando, como si solo existiera para eso. ¿Te has terminado el último trozo de embutido? Ni un ápice de culpa, ni te molestas en reponerlo.
Su madre siempre le servía raciones inmensas y dulces en cantidades industriales. Tiene porte de deportista, de eso no hay duda, pero esas costumbres siguen ahí. Yo, en cambio, siempre he valorado la moderación. Intento educar a Carmen en esa línea: sin excesos, pero con conciencia. Pero, claro, con su padre por ejemplo aprende lo contrario: cómetelo todo, y cuanto antes mejor.
El tema no es el dinero. Trabajamos los dos: yo en una agencia de diseño, él en una empresa de transporte aquí en Madrid. No nos falta de nada. Es un tema de respeto. De pensar en los demás antes que en uno mismo. ¿Ves algo en la nevera? Pregúntate a quién pertenece. ¿Tu hija lo quería? ¿Tu mujer lo había reservado? ¿Tan difícil es?
Y aquí estoy otra vez, delante del frigo, de nuevo vacío. Otra vez siento esta rabia, silenciosa pero abrasadora. Estoy harta. No me casé para convertirla en la jefa de intendencia del hogar. Quería ser una mujer querida, madre, compañera. No una proveedora de comida para un hombre que solo ve una mesa y un sofá en casa.
Se lo dije: no vives en familia, vives como un soltero con derecho a nevera. Y él, encogiéndose de hombros: Mala ama de casa eres si nunca hay nada para picar. Las buenas esposas siempre tienen comida de sobra. ¿En serio? Pues casi mejor me compro una lavadora nueva y así me reemplazas del todo.
Cada vez lo pienso más: igual lo que necesito no es un candado para la nevera, sino una llave para mi propia vida. Una vida en la que no esté condenada a servir. Una vida en la que mis deseos valgan para alguien. Una vida en la que no sea solo esposa, sino una persona a la que también se escucha y se respeta.






