Mi suegra aseguraba que mi hija no era su nieta; ambas nos hicimos una prueba de ADN y descubrimos mucho sobre nosotras mismas

El tema de las suegras y nueras, igual que el de padres e hijos, es tan antiguo como los churros en la Plaza Mayor. Los maridos los escogemos nosotras, pero la suegra viene de regalo, la gran oferta del matrimonio. En este relato, os cuento mi vínculo con mi suegra, ese personaje digno de telenovela española.

A mi marido lo conocí mientras estudiaba en la Universidad Complutense. Él era el ejemplo perfecto del estudiante aplicado: nunca una falta, siempre el primero en llegar. Yo, por mi parte, era la alegría de la facultad, siempre riendo y buscando el mejor sitio para tomar una caña después de clase. Como dice el refrán, del roce nace el cariño o el caos.

Nos enamoramos, claro. Al año me pidió matrimonio. Se encargó de todos los gastos: desde el banquete en Segovia hasta el vestido de novia, pasando por las flores del Rastro. Estuvo seis meses estudiando y currando sin descanso, para que la boda fuese un cuento de hadas (o al menos que tuviera jamón ibérico).

Tuve siempre muchos pretendientes rondando, pero elegí a mi marido. Era el candidato perfecto… salvo por su madre. Lágrimas de cocodrilo aparte, aquello era lo único que me frenaba.

Tras la boda, nuestro matrimonio no era precisamente de película, gran culpa la tenía mi suegra. Me llovían reproches y pullas a diario, como si se estuviera entrenando para la liga de discusiones.

Y su rechazo no se limitaba a mí. Cuando nació nuestra hija, la cosa empeoró. Dijo, delante mía, que la niña no podía ser nieta suya, que era tan tonta como su madre. Y ahí, decidí hacer borrón y cuenta nueva. Pero oye, a las suegras, ni el Santo Job las borra de la agenda.

Un buen día, se plantó en mi casa con un papel y cara de detective de novela negra. Afirma que ha hecho un test de ADN y por fin podrá desenmascararme: la niña no es de su hijo.

Ni mi marido ni yo nos creímos el numerito. Así que, al día siguiente, nos fuimos todos juntos a un laboratorio en la Gran Vía a hacernos el dichoso test. El resultado nos dejó a todos boquiabiertos: la suegra no era la madre de mi marido. Probabilidad de maternidad, cero pelotero. Resulta que mi marido era adoptado, porque ella no podía tener hijos y su esposo quería un crío.

Así que, al final, todo se supo: quien siembra vientos, recoge tempestades Y en este caso, menuda tormenta familiar.

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Mi suegra aseguraba que mi hija no era su nieta; ambas nos hicimos una prueba de ADN y descubrimos mucho sobre nosotras mismas
Ya no eres más mi hija.