Mi marido y yo solo tenemos un hijo, ya adulto, que ha formado su propia familia y hasta nos ha convertido en abuelos. Me crié en la España de la transición, y me casé pasada la treintena. Por aquel entonces, la gente pensaba que ya era una solterona. Como era de esperar, todo el mundo esperaba que tuviéramos hijos enseguida. No tener descendencia en aquellos tiempos era como estar marcado por la peste. Pues bien, tuvimos un hijo y consideramos que era suficiente. Como personas formadas, entendíamos que criar a un hijo requiere un buen esfuerzo económico. Y cuantos más hijos, más gastos. Por algo decidimos que con uno bastaba; así pudimos darle una buena educación y organizar nuestra vida de manera cómoda. Pero mi hijo pensaba muy distinto. Nada más casarse, su esposa se quedó embarazada y nos convertimos en abuelos. Los jóvenes no tenían piso propio, así que pidieron una hipoteca. Ayudábamos cada mes con los pagos. Cuando supe que mi nuera estaba de nuevo embarazada, les pregunté cómo iban a mantener a dos niños y pagar el piso. Se ofendieron y dijeron que se las arreglarían. Yo les deseé suerte. Durante un tiempo les fue bien. Pero luego mi nuera no pudo trabajar, y mi hijo perdió el empleo. ¿Qué hacer? Decidieron mudarse a nuestro piso, que teníamos alquilado. Mi marido pensó que lo mejor era ayudarles con la hipoteca. Así que pasamos todo un año pagando su préstamo. Creí que hacíamos bien ayudando a nuestros hijos. Pero me equivoqué. Hace poco descubrí que el crédito sigue sin estar pagado: tienen medio año de retraso. ¿Dónde está el dinero? Mi marido está furioso y dice que ya no puede más. Yo estoy en shock. No sé qué decir ni qué hacer. Les ayudamos, y ellos se aprovecharon. ¿Y ahora, qué hacemos?

Hoy me he sentado a reflexionar sobre mi vida y la de mi familia, escribiendo estas líneas como si fueran un espejito donde me miro con sinceridad.

Mi marido y yo solo tuvimos un hijo, ya adulto y con su propia familia. Hace poco nos convertimos en abuelos, algo que jamás pensé que me emocionaría tanto.

Crecí en pleno franquismo, una época dura donde casarse después de los treinta era casi como ser señalada de solterona por el barrio. Recuerdo cómo las vecinas cuchicheaban y los familiares preguntaban, todos esperando que tuviéramos hijos cuanto antes. Ser una mujer sin descendencia era visto como si padecieras una enfermedad contagiosa.

Al final, tuvimos solo nuestro hijo, y para nosotros fue suficiente. Los dos somos universitarios, sabemos bien que mantener a un niño exigen mucho esfuerzo económico. Y cuantos más hijos, más difícil es ofrecerles una vida dignaaunque en aquella época todos decían que cuanta más familia, mejor.

Nunca nos arrepentimos de nuestra decisión. Gracias a ello pudimos darle a nuestro hijo una educación excelente y vivir con cierta tranquilidad, siempre orgullosos de su crecimiento.

Sin embargo, mi hijo ve la vida de otra manera. Apenas se casó, su esposa, Inés, quedó embarazada y llegó nuestro primer nieto. Eran jóvenes y aún no tenían piso propio, así que pidieron una hipoteca. Durante meses estuvimos ayudándoles, enviando euros mes tras mes para aliviarles la carga.

Cuando Inés volvió a quedarse embarazada, no pude evitar preguntarles si de verdad estaban preparados para afrontar dos hijos y seguir pagando la hipoteca. Les sentó mal; se enfadaron y aseguraron que sabían lo que hacían. Respondí que, si de verdad podían con ello, pues adelante.

Y al principio, lo fueron llevando. Pero Inés no pudo reincorporarse al trabajo y mi hijo, Rodrigo, perdió el suyo. La situación se complicó y, después de discutirlo, decidieron mudarse al piso que nosotros alquilábamos. Mi marido, Andrés, pensó que lo mejor sería ayudarles aún más y empezó a pagar su hipoteca. Así pasamos casi un año destinando parte de nuestros ahorros a sus pagos hipotecarios, creyendo que estábamos haciendo lo correcto, siendo unos padres ejemplares.

Pero la realidad nos ha golpeado de repente: hace poco descubrí que la hipoteca tiene medio año de impagos. ¿Dónde han ido a parar los euros que les enviábamos? Andrés está furioso, dice que ya no puede con ellos. Yo estoy paralizada, sin saber qué pensar ni cómo actuar. Ayudamos a nuestros hijos pensando que estaban luchando, pero parece que solo se acomodaron y dejaron todo en nuestras manos.

Y ahora, ¿qué hago? ¿Qué decisión tomar como madre y como abuela? La culpa, la decepción y la impotencia se enredan por dentro Ojalá encontrar pronto la luz para resolver esta situación familiar.

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Mi marido y yo solo tenemos un hijo, ya adulto, que ha formado su propia familia y hasta nos ha convertido en abuelos. Me crié en la España de la transición, y me casé pasada la treintena. Por aquel entonces, la gente pensaba que ya era una solterona. Como era de esperar, todo el mundo esperaba que tuviéramos hijos enseguida. No tener descendencia en aquellos tiempos era como estar marcado por la peste. Pues bien, tuvimos un hijo y consideramos que era suficiente. Como personas formadas, entendíamos que criar a un hijo requiere un buen esfuerzo económico. Y cuantos más hijos, más gastos. Por algo decidimos que con uno bastaba; así pudimos darle una buena educación y organizar nuestra vida de manera cómoda. Pero mi hijo pensaba muy distinto. Nada más casarse, su esposa se quedó embarazada y nos convertimos en abuelos. Los jóvenes no tenían piso propio, así que pidieron una hipoteca. Ayudábamos cada mes con los pagos. Cuando supe que mi nuera estaba de nuevo embarazada, les pregunté cómo iban a mantener a dos niños y pagar el piso. Se ofendieron y dijeron que se las arreglarían. Yo les deseé suerte. Durante un tiempo les fue bien. Pero luego mi nuera no pudo trabajar, y mi hijo perdió el empleo. ¿Qué hacer? Decidieron mudarse a nuestro piso, que teníamos alquilado. Mi marido pensó que lo mejor era ayudarles con la hipoteca. Así que pasamos todo un año pagando su préstamo. Creí que hacíamos bien ayudando a nuestros hijos. Pero me equivoqué. Hace poco descubrí que el crédito sigue sin estar pagado: tienen medio año de retraso. ¿Dónde está el dinero? Mi marido está furioso y dice que ya no puede más. Yo estoy en shock. No sé qué decir ni qué hacer. Les ayudamos, y ellos se aprovecharon. ¿Y ahora, qué hacemos?
Ahora ya no soy ninguna madre para ti